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viernes, 9 de octubre de 2026

Digger (2026)




Director: Alejandro González Iñárritu
EE.UU., 2026, 129 minutos

Digger (2026) de Alejandro G. Iñárritu


La escena inicial de Digger (2026) deja entrever un cierto eco de Ciudadano Kane (1941) por esos ángulos en contrapicado que permiten captar el artesonado de los techos. Posibilidad que vendría avalada por el hecho de que el protagonista, como en el clásico de Orson Welles, es otro magnate que reside en una lujosa mansión rodeado de criados y todo tipo de caprichos. No obstante, conforme avance la acción se irá desvelando que el personaje de Tom Cruise se mueve en unas coordenadas mucho más propias de la comedia distópica, un poco en la línea del Dr. Strangelove... (1964) de Kubrick. De ahí que John Goodman encarne al presidente de Estados Unidos, adoptando unos aires de prepotencia y rudeza que inevitablemente remiten a los del actual inquilino de la Casa Blanca...

Al mismo tiempo, la puesta en escena del mejicano González Iñárritu, a partir de un guion escrito por él mismo en colaboración con varios miembros de su equipo, plantea un complejo juego de metaficción según el cual todo lo que vemos en pantalla no sería más que una costosa representación escénica cuyo montaje tiene lugar en algún teatro londinense. Posibilidad que, al concluir la función, sitúa al espectador en el crudo escenario de emergencia climática y crisis humanitaria que muy probablemente nos depara el futuro inmediato.



Sea como fuere, la crispación política está igualmente presente en un parlamento (muy similar al europeo) donde unos y otros se desgañitan y tiran los trastos a la cabeza con el furor propio de los extremistas. Radicalidad que el campechano Digger parece calmar momentáneamente con un discurso de lo más demagógico, repleto de los mismos lugares comunes que, por desgracia, imperan en las cámaras de representantes de medio mundo. 

El caso es que la cinta constituye una provocadora diatriba en la que González Iñárritu desafía las convenciones habituales del género, apostando por una sátira incisiva sobre la desmesura corporativa y el colapso ambiental que encuentra en la interpretación audaz e inédita de Tom Cruise (caracterizado mediante cuantiosas prótesis) su principal fuerza motriz. Pese a un tono polarizante que divide a la crítica entre la fascinación visual y el exceso grotesco, la obra demuestra que la ambición formal del cineasta mexicano permanece intacta, entregando un ejercicio cinematográfico tan descarnado como divisivo que no busca la complacencia fácil, sino dejar una huella duradera en el debate cultural contemporáneo.



miércoles, 1 de abril de 2026

Proyecto Salvación (2026)




Título original: Project Hail Mary
Directores: Phil Lord y Christopher Miller
EE.UU., 2026, 156 minutos

Proyecto Salvación (2026) de Lord y Miller


Son muchos los guiños cinéfilos que contiene Project Hail Mary (2026), estupenda cinta de ciencia ficción en la que no faltan alusiones a clásicos del género como 2001: Una odisea del espacio (1968) o Encuentros en la tercera fase (1977). Así pues, su protagonista, Ryland Grace, interpretado por Ryan Gosling, despierta en el otro confín del universo tras una travesía de años luz. Y lo hace sin recordar siquiera qué es lo que le llevó hasta allí o incluso cuál es su propia identidad, de modo que buena parte de las dos horas y media de metraje consisten en reconstruir el pasado y el sentido último de una misión trascendental.

De lo anteriormente expuesto se desprende que el guion de Drew Goddard, según la novela de Andy Weir, transcurre en tres ámbitos distintos. Por una parte, la supervivencia de Grace en el interior de la nave, luchando por dominar cuestiones técnicas para las que nunca recibió la formación necesaria; en segundo lugar, todo el proceso que, años atrás, le llevó a implicarse, de la mano de Eva Stratt (Sandra Hüller), en un proyecto internacional de vital importancia para el futuro de la humanidad; por último, cómo contacta con el representante de una civilización extraterrestre...



Ese tercer elemento supone, sin duda alguna, la parte más entrañable de la trama. Y no porque la apariencia de Rocky (una especie de "cangrejo" de piedra, por llamarlo de alguna manera) sea precisamente atractiva, sino porque la relación que se establece entre ambos personajes, el humano desorientado y vulnerable y el alienígena tierno e inocente, resulta cuando menos entrañable. De hecho, la representación visual de este insólito aliado y su nave de larguísimas varitas constituye un hito en el diseño de criaturas extraterrestres, ya que se aleja de los rasgos humanoides para presentarnos algo verdaderamente extraño, pero profundamente empático. Tanto es así que la química entre uno y otro, basada en el aprendizaje mutuo, termina siendo el núcleo emocional del filme.

En ese mismo orden de cosas, resulta igualmente originalísimo que la amenaza externa se plantee en términos de desastre ecológico a escala cósmica debido a unos supuestas partículas astrófagas que hacen enfermar a las estrellas apagándolas gradualmente. Planteamiento nada frecuente en el cine de ciencia ficción y que tiene su correlato en otros enfoques, igualmente rompedores, como el hecho de que Grace sea un héroe "a la fuerza" o concebir la lógica matemática como un lenguaje universal que propicia el entendimiento entre civilizaciones por muy dispares que éstas sean. Interesantes reflexiones que nos recuerdan que vivimos a bordo de una nave espacial natural (la Tierra) que, en definitiva, requiere del mismo cuidado técnico y cooperativo que la Hail Mary.



martes, 23 de enero de 2024

La zona de interés (2023)




Título original: The Zone of Interest
Director: Jonathan Glazer
EE.UU./Reino Unido/Polonia, 2023, 105 minutos

La zona de interés (2023) de Jonathan Glazer


Se ha dicho de The Zone of Interest (2023) que es una película que juega con el fuera de campo. Y aunque ello sea esencialmente cierto, lo que de verdad incomoda de su singular puesta en escena no es tanto la cruda realidad de los crematorios de Auschwitz que se intuyen más allá de los muros de la casa familiar donde transcurre la acción, que también, sino sobre todo la frialdad de unos individuos que han normalizado el exterminio nazi hasta convertirlo en algo cotidiano.

De hecho, casi podría decirse que no lo ven, o no quieren verlo, si no fuera porque algunos miembros del clan suministran alimentos a los internos a escondidas (básicamente fruta). Un acto de rebeldía que el director, el británico Jonathan Glazer (Londres, 1965), filma en negativo, tal vez con la finalidad de remarcar el carácter subversivo de lo que, en cierto modo, representa el reverso de la historia oficial. De hecho, los intérpretes, captados mediante un equipo oculto de cámaras fijas, transmiten una mayor sensación de realismo al desconocer la planificación de cada secuencia.



Dentro de ese universo en apariencia civilizado de jardín floreciente y excursiones al río con los niños reina, sin embargo, un ambiente represivo cuyas cabezas visibles son el oficial Höss (Christian Friedel) y su esposa Hedwig (Sandra Hüller). En ese orden de cosas, él encarna la pura ambición del jerarca ávido de escalar puestos en el escalafón, mientras que ella, la reina de su casa, replica sobre el servicio los ademanes autoritarios del marido.

Viéndolos actuar resulta inevitable no acordarse fugazmente de lo ya expuesto con similar distanciamiento por el Haneke de La cinta blanca (Das weiße Band - Eine deutsche Kindergeschichte, 2009), otro título que indagaba en la esencia perversa del mal que se adueñó de toda una sociedad, si bien ahora, con esas imágenes documentales, en el último tramo, del espacio museístico en que se ha convertido el antiguo campo de concentración, se hace mayor hincapié en los hechos consumados de la barbarie que no en sus orígenes.



miércoles, 20 de diciembre de 2023

Anatomía de una caída (2023)




Título original: Anatomie d'une chute
Directora: Justine Triet
Francia, 2023, 151 minutos

Anatomía de una caída (2023) de Justine Triet


Que una película venga avalada por el prestigio de haber obtenido la Palma de Oro en Cannes predispone al espectador a esperar poco menos que una obra maestra. Sin embargo, el interés de Anatomie d'une chute (2023) no reside tanto en los premios (merecidos o no) que acumule, sino en la forma de abordar los entresijos de una relación conflictiva cuyo punto álgido termina con el cuerpo del marido (Samuel Theis) precipitándose al vacío desde lo alto de su solitaria casa de montaña.

El entramado judicial que se pone en marcha a partir de ese momento colocará a la viuda (Sandra Hüller) en el ojo de un huracán mediático alimentado por su condición de escritora de éxito. Y es que todas las sospechas recaen sobre una mujer que, ayudada por el abogado y amigo Renzi (Swann Arlaud), tendrá que defender su inocencia ante los feroces envites del ministerio fiscal (Antoine Reinartz).



Las intimidades que irán sucesivamente quedando al descubierto (rencillas, infidelidades, celos, frustración...) dibujan un escenario espeluznante a la altura de las desavenencias conyugales descritas por Bergman en Secretos de un matrimonio (1974), con audios de inusitada violencia que el hijo de la pareja se ve obligado a escuchar, haciendo añicos su candor de niño a base de exponerlo a la aspereza de los adultos.

Aunque, en definitiva, algo de macguffin hay en este drama forense en el que lo de menos es si estamos ante un suicidio o un crimen, puesto que lo principal se halla en el proceso y no en el desencadenante. A fin de cuentas el título ya advierte de que las dos horas y media de metraje son un análisis minucioso, prácticamente una disección a lo Otto Preminger, de los pormenores que se ocultan tras el fatídico batacazo de un hombre sobre la nieve.



sábado, 18 de enero de 2020

El reflejo de Sibyl (2019)




Título original: Sibyl
Directora: Justine Triet
Francia/Bélgica, 2019, 100 minutos

El reflejo de Sibyl (2019) de Justine Triet


El hecho de que un cineasta intente ensayar nuevas formas de expresión es siempre admirable, independientemente de que salga airoso o no de sus experimentos. Que es, por cierto, lo que le ocurre a Justine Triet en El reflejo de Sybil (2019), una de esas películas que, a fuerza de querer abarcar demasiadas cosas, termina por no llegar a ninguna parte.

A este respecto, podría parecer que psicóloga en plena crisis de los cuarenta, novelista que se inspira en casos clínicos de su propia consulta, miembro de Alcohólicos Anónimos, madre soltera, script en un rodaje en la isla de Estrómboli y hasta cantante ocasional son demasiados roles para un solo personaje, aunque Virginie Efira los aborde todos con la soltura que es habitual en ella. Ahora bien: cómo se le queda la cara al espectador ante semejante engendro ya es otro tema…



Quizá porque su protagonista es escritora, el filme adolece de una estructura narrativa a base de saltos en el tiempo y mezcla de planos ficcionales que iría muy bien para un libro, pero que en el cine, más dado a lo lineal, corre el riesgo de generar una cierta confusión. Se adivina, en todo ello, una ligera influencia del Alain Resnais de Mon oncle d'Amérique (1980) o de modelos más recientes como Personal Shopper (2016) de Olivier Assayas, pese a que habrá quien diga que el fondo carece de la misma fuerza.

En todo caso, si la dependencia recíprocamente enfermiza que aquí se plantea entre psicoterapeuta y paciente psicoanalizada (Adèle Exarchopoulos) adquiere, por momentos, tintes de thriller, también hay lugar, al mismo tiempo, para la confesión autobiográfica de aires un tanto rossellinianos, toda vez que la directora se desdobla en uno de los personajes de los varios triángulos amorosos expuestos en la película.


sábado, 4 de enero de 2020

Próxima (2019)




Título original: Proxima
Directora: Alice Winocour
Francia/Alemania, 2019, 107 minutos

Próxima (2019) de Alice Winocour


El hecho de ir adentrándonos en el siglo XXI no sólo entraña que la temática espacial se haya vuelto paulatinamente más familiar en numerosas producciones cinematográficas, sino que, además, pierda parte del halo de misterio que siempre la ha envuelto. Eso es al menos lo que se intuye en una película como Próxima, interesante reflexión en torno a cómo las astronautas pueden conciliar una carrera profesional en extremo absorbente con la faceta no menos trascendental de ser madres.

Quizá porque ambas han sido dirigidas y protagonizadas por mujeres, ésta es una cinta que en determinados momentos puede recordar remotamente a High Life (2018) de Claire Denis. Con la diferencia, claro está, de que Próxima toca temas menos alegóricos. A este respecto, la relación entre la cosmonauta Sarah Loreau (interpretada por Eva Green) y su hija Stella (que por algo significa 'estrella' en latín) es el único rasgo mínimamente simbólico del filme. Eso y la paradoja de que, llamándose Próxima, la expedición consista en separarlas enviando a Sarah a bordo del que podría ser el primer viaje tripulado a Marte.



Una distancia enorme en kilómetros que, por si no fuera poco, viene a sumarse a la circunstancia de que los padres de Stella están separados. De ahí que, a sus siete u ocho años de edad, la niña, que también flaquea en su rendimiento académico, deba habituarse a pasar, alternativamente, temporadas en Francia o en Alemania, de donde es su padre (Lars Eidinger).

Rodada en varios idiomas y bajo el asesoramiento de la Agencia Espacial Europea, la puesta en escena de Alice Winocour, adornada con una banda sonora compuesta por el japonés Ryuichi Sakamoto, oscila continuamente entre la dureza del entrenamiento al que son sometidos los aeronautas y el pánico que asalta a madre e hija como consecuencia de no poder pasar juntas todo el tiempo que ellas quisieran. Un sentimiento de culpa que, en el caso de Sarah, se atenúa hasta cierto punto cuando su compañero Mike (Matt Dillon) intenta consolarla diciéndole que, de igual modo que no existe el astronauta perfecto, tampoco hay que obsesionarse con alcanzar la perfección en la todavía más compleja tarea de educar a los hijos.