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sábado, 7 de abril de 2018

Los fieles sirvientes (1980)




Director: Francesc Betriu
España, 1980, 88 minutos

Los fieles sirvientes (1980) de Francesc Betriu


Cuando el gato está ausente, los ratones se divierten... Como los "fieles" criados que dan título a esta película del siempre cáustico Francesc Betriu. Sin ser uno de los títulos más conocidos del director catalán, la situación que plantea parece beber de dos fuentes meridianamente reconocibles: por un lado, la impronta buñueliana se deja sentir a través de esos señores cuya llegada se anuncia una y otra vez sin que llegue a concretarse sino hasta el último plano, presidido por un estridente estrépito de campanas que recuerda al del final de El ángel exterminador; por otra parte, el juego perverso de cómo se puede pasar de sumiso a dominante (y viceversa) remite al clásico de Joseph Losey The servant (1963).

La pega es que Betriu, al inspirarse en esos modelos, tal vez apuntaba demasiado alto, tratándose la suya de una producción modesta, si bien protagonizada por un notable elenco de actores de la época entre los que sobresale Amparo Soler Leal. Su personaje (Fernanda) actúa de bisagra entre los propietarios de la masía y el resto del servicio, motivo por el cual acabará sufriendo las iras de unos subalternos que sueñan con emular la glamurosa vida de sus amos.



Comedia sí, con un cierto regusto del teatro del absurdo a lo Mihura o Jardiel Poncela, y en la que unos relojes que se adelantan y se atrasan parecen querer indicarnos algún tipo de clave, entre lo esotérico y lo metafísico, aunque no del todo bien resuelta. En cualquier caso, el desenlace da a entender que la inversión de roles que se ha vivido en esa residencia ha tenido un carácter onírico, un tanto irreal, a juzgar por la normalidad con la que los automóviles de los invitados irrumpen en escena para aparcar frente a la entrada.

Tanto el rudo Natalio (Paco Algora) como la sensual Eli (Pilar Bayona) transmiten una similar melancolía, casi el mismo aire ridículamente dramático de aquellos célebres personajes de Pirandello que iban en busca de autor y destino. Y, asimismo, el mayordomo Álvarez (José Vivó) "interpretará" al piano un Nocturno de Chopin con la misma grotesca extravagancia que, por ejemplo, Rafaela (María Isbert) al entonar la patética cancioncilla de juventud mediante la que pretende inútilmente rebelarse contra el paso del tiempo y contra su insufrible condición de criada.


domingo, 17 de septiembre de 2017

Furia española (1975)




Director: Francesc Betriu
España, 1975, 76 minutos

Furia española (1975) de Francesc Betriu


A buen seguro que el rodaje de Furia española debió de ser muy divertido a juzgar por lo disparatado de muchas de sus situaciones. Con el telón de fondo de la Liga de Cruyff, la película mostraba una instantánea de la ciudad condal que hoy en día se nos antoja impagable, poblada por criaturas cuyo universo tenía como epicentro las Ramblas y sus oscuros aledaños. La misma Barcelona sórdida que Francesc Betriu volvería a retratar, décadas después, en su documental Mónica del Raval, aunque los pisos turísticos y la especulación urbanística le van restando autenticidad de año en año.

Sebastián, su protagonista, trabaja cobrando las entradas en las golondrinas del puerto. Interpretado por Cassen, es el típico pusilánime que tantas veces retrató el cine cómico español en los sesenta y setenta: sin más ambición que celebrar los goles del Barça, su vida transcurre entre fulanas del barrio chino hasta que conoce a Juliana (Mónica Randall), que no es mucho más honesta pero accede a casarse con él. Mientras tanto, don Amadeo (Carlos Ibarzábal), su suegro, se dedica a cultivar marihuana en cajas de zapatos desperdigadas por toda la casa, con la esperanza de forrarse.

Mónica Randall (Juliana) en el puerto de Barcelona


Y cuando, finalmente, Sebastián y el resto de socios de la peña barcelonista Estanislao pueden cantar el alirón en el Camp Nou, Juliana se pone de parto. Aunque, teniendo en cuenta que incluso las monjas de la maternidad son culés acérrimas, hasta las posibles complicaciones que experimenta la parturienta pasan a un segundo plano.

En suma, la estampa que se mostraba en Furia española a través del humor negro era la de una realidad sumamente degradada, cuyos alienados habitantes buscan consuelo en el sexo o en el fútbol. Análisis un tanto tosco de la sociedad tardofranquista, pero que no es lo más interesante de la película. Porque lo llamativo del trabajo llevado a cabo por Betriu y su colaborador José Luis García Sánchez son esos pequeños detalles que van dejando dispersos en uno u otro plano, como si de un cuadro de El Bosco se tratase. Por ejemplo, el libro que reposa sobre una mesa en casa de Juliana y que lleva por título La verdadera historia de Matesa. O la pintada que hay a la entrada de dicha finca y que reza "Parleu català" (más tarde volverá a aparecer, pero alguien la habrá tachado). Son, en fin, pequeños indicios de lo que se estaba cociendo a nivel político y que anunciaban un cambio inminente en la sociedad española.

Cassen y Ovidi Montllor (derecha) en el Nou Camp

jueves, 17 de agosto de 2017

Asalto al Banco Central (1983)




Director: Santiago Lapeira
España, 1983, 94 minutos

Asalto al Banco Central (1983)


—Esa foto no debe salir nunca de aquí, Andrés. 
—¿Por qué? 
—Por el bien de todos. Porque a veces la paz está por encima de la verdad. La paz bien vale este silencio...

Quienes estén más o menos habituados al universo literario de Juan Marsé o hayan leído novelas como Crónica sentimental en rojo de Francisco González Ledesma o la serie Carvalho de Vázquez Montalbán seguro que encontrarán elementos que les resulten familiares en Asalto al Banco Central (1983) de Santiago Lapeira. Aunque sólo se trate de las calles de una Barcelona un tanto cañí y muy anterior a la diseñitis que nos legaron los Juegos Olímpicos y demás fastos del 92.

Basada en el libro homónimo del italiano especializado en best-sellers sensacionalistas Alberto Speratti, la película pretendía, sin embargo, aportar un cierto tono de docudrama al ir puntualmente consignando los acontecimientos tal y como se produjeron en mayo de 1981, llegando incluso a valerse del recurso de los titulares sobreimpresos, como si de un reportaje televisivo se tratase. Realismo que también se procuraba transmitir con la participación de auténticos periodistas en el reparto, siendo Carlos Herrera el que posee mayor protagonismo (con un breve diálogo con Isabel Mestres), pero no el único: fugazmente veremos, entre otros, a Chelo García-Cortés (luego catapultada a la popularidad por la prensa del corazón y los programas de cotilleos) e incluso se puede escuchar la voz de una jovencísima Julia Otero.

Molinero (Sacristán) tras visitar al Seta en el cementerio


Pepe Sacristán, el actor estrella del cine de la Transición, encarna al reportero de investigación Andrés Molinero, empeñado en destapar un oscuro complot para el que fueron reclutados delincuentes comunes (ahí están, en sendos papeles, Arnau Vilardebò y Francesc Orella, este último sólo de pasada), pero cuyos cerebros apuntaban mucho más alto, con conexiones con la intentona golpista del 23-F incluidas. Se habla hasta de un maletín el contenido del cual podría comprometer seriamente a altas instancias del Estado. Quizá por ello, en un afán por demostrar las implicaciones de la conspiración a escala internacional, los guionistas situaron parte de la trama en Roma, adonde se rodaron algunas escenas.

De entonces a esta parte, el paisaje urbano barcelonés ha cambiado muchísimo: la sede del Banco Central pertenece ahora a El Corte Inglés: de hecho, todo el perímetro de Plaza Catalunya (antaño monopolizado por entidades bancarias) hace ya tiempo que fue copado por FNAC, Apple, el Hard Rock Cafe e incluso un Zara en lo que fueran las oficinas del Banco de Bilbao.