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lunes, 14 de abril de 2025

Una mujer bajo la influencia (1974)




Título original: A Woman Under the Influence
Director: John Cassavetes
EE.UU., 1974, 147 minutos

Una mujer bajo la influencia (1974) de John Cassavetes


La que, en opinión de muchos, pudiera ser la película más lograda de Cassavetes lo fue, sin ningún género de dudas, gracias a la impresionante actuación que en ella brinda Gena Rowlands. En efecto, ya desde su propio título, A Woman Under the Influence (1974) perfila el protagonismo absoluto de un personaje femenino de los que dejan huella. Esposa, madre, ama de casa, la salud mental de Mabel Longhetti se acaba resintiendo a consecuencia del estrés emocional al que se ve constantemente expuesta. Algo a lo que contribuye, en buena medida, el carácter un tanto brusco de su marido (Peter Falk), un obrero de origen italiano que no siempre sabe cómo afrontar las excentricidades de su mujer.

Aunque lo cierto es que Nick, que es bruto pero no es malo, debe atender, a su vez, a las muchas obligaciones laborales que lo retienen lejos de casa (el inesperado reventón de una tubería, por ejemplo), lo cual se acaba traduciendo en que Mabel, aturdida al ver frustrado su deseo de pasar una noche a solas con él, saldrá en busca de compañía en la barra de cualquier bar. De hecho, esta tensión constante entre el afecto y la incomprensión es uno de los pilares sobre los que se sustenta la fuerza emocional del filme.



El resto de familiares, mayormente los hijos pequeños de la pareja, así como la suegra y la madre, e incluso los compañeros de trabajo de Nick, se van a ver envueltos en medio de las trifulcas conyugales, añadiendo leña a un fuego cuyo desenlace no podía ser otro que el ingreso de Mabel en un centro psiquiátrico. Seis meses después, la mujer regresa al hogar, donde sus allegados la esperan para darle un recibimiento por todo lo alto. Lo que nadie puede garantizar es si Mabel se ha recuperado por completo...

Semejante obra maestra, candidata en su momento a dos Premios Óscar, emerge en la filmografía de John Cassavetes no como un melodrama al uso, sino más bien como una inmersión incisiva y dolorosamente honesta en las fisuras de la psique femenina y, por extensión, en la fragilidad de la institución familiar. A este respecto, Mabel, una mujer cuya sensibilidad exacerbada la sitúa en los márgenes de la normalidad, se ve enfrentada a un entorno que, cargado de buenas intenciones y torpezas, contribuye a exacerbar aún más su desasosiego.



viernes, 4 de abril de 2025

Too Late Blues (1961)




Título en español: El blues tardío
Director: John Cassavetes
EE.UU., 1961, 103 minutos

Too Late Blues (1961) de John Cassavetes


Cassavetes habría querido que la pareja protagonista de su segunda película como director hubiese estado formada por Gena Rowlands y Monty Clift. Sin embargo, tuvo que conformarse con los menos glamurosos Stella Stevens y Bobby Darin. Comenzaba así a comprobar personalmente hasta qué punto las imposiciones de la industria podían condicionar el trabajo de un cineasta que en su debut direccional, la extraordinaria Shadows (1958), había dado muestras de un indiscutible talento.

En cambio, y pese al interés de algunos personajes y situaciones, Too Late Blues (1961) está lejos de ser una gran película. Quizá porque le falta credibilidad a la historia de un conjunto de músicos de jazz blancos en busca de la fama o tal vez porque adolece, en líneas generales, de una serie de limitaciones técnicas e interpretativas que la convierten en un producto convencional.



Sea como fuere, merece la pena destacar los títulos de crédito iniciales, con esos niños negros que chasquean alegremente sus dedos al ritmo de la música de David Raksin. O la memorable actuación del secundario Nick Dennis en el papel de Bubalinos, un griego histriónico y bonachón en cuya taberna se dan cita los integrantes de la banda de John 'Ghost' Wakefield (Darin).

Por lo demás, la chica que canta sin cantar, apenas tarareando la melodía, el compositor que prefiere tocar en el parque, para los árboles, antes que rendirse a la servidumbre del éxito comercial, la relación sentimental entre dos almas solitarias, quién sabe si dos perdedores... dan pie a un drama de tono melancólico en el que la fotografía en blanco y negro de Lionel Lindon contribuye a la atmósfera noir y a la sensación de autenticidad de los ambientes jazzísticos de la época.



viernes, 16 de noviembre de 2018

Toro salvaje (1980)




Título original: Raging Bull
Director: Martin Scorsese
EE.UU., 1980, 129 minutos

Toro salvaje (1980) de Martin Scorsese


Cuenta la leyenda (o, en su defecto, IMDb) que Scorsese se hallaba convaleciente de una sobredosis de cocaína cuando Robert De Niro lo convenció para que dirigiese Toro salvaje. Tanto si la anécdota es verdadera o espuria —que en esto, como en todo lo relacionado con el séptimo arte, suele haber más mito que fiabilidad histórica— lo cierto es que De Niro había leído con avidez la biografía de Jake LaMotta durante el rodaje de El padrino, por lo que no es de extrañar que hiciera lo imposible por meterse en la piel de un personaje que acabaría reportándole, al fin y a la postre, el que hasta la fecha sigue siendo su segundo Óscar. Y a fe que el galardón fue merecidísimo, habida cuenta de la espectacular transformación a que sometió su físico, incrementando en muchos kilos su ya de por sí imponente personalidad.

En cualquier caso, y en lo que respecta a la destreza del director, valerse de la obertura de Cavalleria rusticana como acompañamiento de las imágenes de un boxeador a cámara lenta en pleno combate es un recurso expresivo de los que marcan época. Para ganar en intensidad dramática —y así, de paso, diferenciarse de los clichés que habían establecido las dos primeras entregas de Rocky (estrenadas, respectivamente, en 1976 y 1979— el cineasta se decantó por el uso del blanco y negro. Ardid al que, por cierto, también había recurrido Hitchcock en Psicosis (1960) con la finalidad de que la enorme cantidad de sangre vertida no resultase tan escandalosa y que, en el caso de un ring, podía ser igualmente beneficioso.



Scorsese sitúa la cámara en el interior del cuadrilátero con la finalidad de hacer más cercano el ascenso y posterior caída de quien, en tiempos, fue campeón mundial en la categoría de los pesos medios para terminar regentando, ya en plena decadencia, garitos de mala muerte en los que lo mismo te explicaba un chiste malo que recitaba a Shakespeare, Tennessee Williams o los monólogos de La ley del silencio (1954).

Pero Raging Bull es mucho más que eso: se trata, ante todo, de un duelo interpretativo entre actores de raza como el ya mencionado De Niro o el no menos dúctil Joe Pesci, capaz de encarnar con tanta credibilidad al hermano del púgil que hasta salió de la filmación con alguna costilla rota, por no mencionar el hieratismo de Cathy Moriarty a la hora de soportar el difícil carácter de un esposo enfermizamente celoso. Tanto es así que cuando el verdadero Jake LaMotta vio la película llegó a darse cuenta, por primera vez en su vida, de lo terrible que había sido con los suyos. Y dicen que, en un arrebato de contrición, preguntó angustiado a la verdadera Vicki LaMotta: "¿Era yo realmente así?". Ella, con la parsimonia que la caracterizaba, se limitó a responder simplemente: "No. Eras mucho peor...".