domingo, 31 de mayo de 2015

Quiero ir a casa (1989)











Título original: I Want to Go Home
Director: Alain Resnais
Francia, 1989, 100 minutos

Cartel original de Quiero ir a casa (1989)

Muchas han sido las películas que han explotado la imagen del estadounidense en la capital francesa: Un americano en París (1951), La última vez que vi París (1954), Alrededor de la medianoche (1986), Frenético (1988), Midnight in Paris (2011)... Los americanos han visto siempre en París una ciudad romántica y con un legado cultural que, llevados por su proverbial complejo de inferioridad de país sin historia, admiran enormemente.

Gérard Depardieu y Adolph Green

Alain Resnais tuvo a bien realizar su personal contribución a este peculiar subgénero con Quiero ir a casa (1989). En ella Joey Wellman, un caricaturista estadounidense bastante cascarrabias al que da vida el actor Adolph Green, acepta una invitación para asistir a una exposición en París, ya que su hija Elsie (de la que está muy distanciado) estudia allí. Llega a Francia con su novia Lena Apthrop (Linda Lavin), pero muy pronto se querrá ir de vuelta a casa porque el choque cultural es demasiado fuerte para él: ¿por qué diablos los franceses tienen monedas y billetes con el mismo valor? ¿Por qué usan tarjetas para llamar en las cabinas de teléfono?  Elsie, por otra parte, evita reunirse con su padre porque está ocupada tratando de contactar con el profesor Christian Gauthier (Gérard Depardieu), con el fin de conseguir que lea su tesis doctoral sobre Flaubert. Sin embargo, Gauthier está enamorado de la cultura norteamericana, e invita a Joey y a otros estadounidenses a pasar el fin de semana en la villa que su madre posee en el campo. Elsie llegará a la reunión a tiempo para la fiesta de disfraces y para ver cómo su padre comienza a "apreciar" la cultura francesa.

Escrita por el dibujante Jules Feiffer, Quiero ir a casa incluye diversas escenas de animación, como aquellas en las que intervienen, a modo de conciencia, los personajes con los que dialogan padre e hija.

A pesar de la barrera del idioma, Joey acaba haciendo amigos


La dama del perrito (1960)











Título original: Dama s sobachkoy
Director: Iosif Kheifits
U.R.S.S., 1960, 83 minutos

Cartel original de La dama del perrito (1960)

En una carta que Anton Chéjov enviara a Aleksandr Semenovich Lazarev (pseudónimo de A. S. Gruzinsky), fechada el 1 de noviembre de 1889, decía Chéjov que si una pistola aparece colgada en la pared durante el primer acto de una obra, en el segundo esta forzosamente tiene que ser disparada. Verdad o no, lo cierto es que la frase pone de manifiesto que el autor ruso era de los que cuidan su estilo.



Para conmemorar el centenario de su nacimiento, se le encargó al director Iosif Kheifits la adaptación de "La dama del perrito", uno de los relatos más célebres del autor ruso. Se contó con la participación de algunas de las estrellas del cine soviético, como Iya Savvina o Aleksey Batalov en los papeles protagonistas. La delicada banda sonora corrió a cargo de Nadezhda Simonyan. Elegante fotografía en blanco y negro, puesta en escena mesurada y sin prisas.

En la localidad costera de Yalta, el aristócrata moscovita Dimitri Gurov se fija en Anna Sergeyovna mientras esta pasea acompañada de su pequeño perro. Ambos se encuentran atrapados en matrimonios infelices: el de Dimitri fue de conveniencia, organizado por su familia cuando él era apenas un joven universitario, y Anna se casó por amor, aunque dicho amor se fue esfumando con el paso de los años. De modo que Dimitri y Anna acabarán viviendo una aventura.



Cuando Anna vuelva a Saratov y Dimitri a Moscú, él llevará una vida presidida por el hastío, pasando la mayor parte de su tiempo en el trabajo y acudiendo al club por las noches para beber y jugar a las cartas con sus amigos. En Navidad, Dimitri echa de menos a Anna y miente a su esposa, diciéndole que tiene un viaje de negocios a San Petersburgo. Sin embargo, se dirige a Saratov y encuentra a Anna en la Ópera con su marido. Su amor se reaviva entonces y Anna se comprometerá a reunirse con él en Moscú. En una época en la que el divorcio era algo impensable, Anna y Dimitri están condenados a verse a escondidas en habitaciones de hotel. Desde la ventana ella le hace señas con lágrimas en los ojos. Él responde desde abajo, caminando en la penumbra sobre la nieve. Anna ya lo dijo unos minutos antes: "me parece que somos como un par de avecillas, cada uno preso en su jaula..."

Anton Chéjov (1860-1904)

sábado, 30 de mayo de 2015

Mis escenas de lucha (2013)












Título original: Mes séances de lutte
Director: Jacques Doillon
Francia, 2013, 99 minutos

Mis escenas de lucha (2013)


Jacques Doillon dirigió en 1979 La mujer que llora: trataba, efectivamente, de una mujer que lloraba (y mucho). Ahora presenta Mis escenas de lucha: trata, el título vuelve a ser inequívoco, de una pareja que se tira los trastos a la cabeza. Con muy buen criterio, el realizador ha elegido como banda sonora la pieza pianística de Claude Debussy "Golliwogg's Cakewalk", extraída de su obra Children's corner. Y eso es precisamente lo que son los dos jóvenes de la pareja protagonista de esta película: dos "niños" traviesos a los que les gusta comprobar a través de la violencia física si es amor lo que sienten el uno por el otro. Y que conste que no es exactamente sadomasoquismo lo que practican. Tal y como muestra el cartel promocional que adjuntamos, sería más bien una especie de Amour fou o pasión salvaje (no en vano, los amantes en el fango recuerdan por su aspecto al niño salvaje de François Truffaut).



Habrá quien dirá que, con el aluvión de casos de violencia sexista que continuamente padecemos, una película como Mis escenas de lucha parece hacer apología de lo que realmente es una lacra a la que debería ponerse freno de una vez por todas. Aunque no es menos cierto que sin provocación no hay arte: la violencia del film es consentida tanto por él como por ella y, por lo que parece, no solo no acaba en lesiones de consideración sino que es fuente de placer para ambos. Otra cosa es si quien mira se lo pasa igual de bien...

Corn Island (2014)













Título original: Simindis kundzuli
Director: George Ovashvili
Georgia/Alemania/Francia/República Checa/Kazajistán/Hungría, 2014, 100 minutos

Cartel promocional

Resulta curioso cómo, con pocas semanas de diferencia, se han estrenado dos películas georgianas que coinciden ahora mismo en nuestra cartelera. Primero fue Mandarinas, de la que ya hablamos días atrás, y ahora le toca el turno a Corn Island.

Son, sin embargo, varias las similitudes que unen a ambas producciones, al margen de su nacionalidad: la acción de las dos se sitúa en Abjasia y tiene como eje el conflicto separatista que acaeció en la mencionada región de mayoría musulmana; una y otra tienen como protagonistas a hombres mayores que se mantienen al margen del conflicto (tanto el uno como el otro, además, viven de la tierra y son consumados carpinteros); finalmente, lo mismo en Mandarinas que en Corn Island cada uno de los ancianos acogerá en su casa a un soldado herido del bando contrario al suyo y cuidará de él hasta que se recupere.

En el caso de Corn Island, apenas hay diálogo: de hecho no es hasta el minuto 25 que escuchamos las primeras palabras. Se trata, por tanto, de un film en el que lo esencial lo comunican las imágenes. Por una parte las de la naturaleza salvaje que apenas se deja dominar y, por otra, las del anciano y su nieta quienes, con su labor constante y callada, obran el milagro de convertir un islote inhóspito en una parcela ubérrima donde crece el maíz. Lo poco que se habla es en abjasio (el abuelo, la nieta, los mercenarios abjasios), en georgiano (los soldados) e incluso, estos últimos, también usan el ruso.

Mariam Buturishvili, la joven actriz que interpreta a la nieta, fue elegida tras un casting por el que, según dicen, pasaron más de cinco mil chicas. En cuanto a la isla en cuestión, en realidad está construida sobre un lago artificial, como era de esperar, para facilitar las tareas de rodaje. Aunque eso son minucias.

Lo importante es constatar cómo una película tan sencilla, remotamente parecida a La tierra (1930) de Dovzhenko, es al mismo tiempo de una enorme profundidad: la niña que deja de ser niña (con su muñeca de trapo, que acabará enterrada en el fango), las fuerzas telúricas desbocadas, el absurdo de la guerra... Quizá por todo ello, su director, el georgiano George Ovashvili (Tbilisi, 1963) obtuvo gracias a Corn Island el primer premio en el festival de cine de Karlovy Vary.

¿Vida contemplativa?


En algunos momentos, las imágenes recuerdan a La tierra (1930) de Dovzhenko

Primeros brotes

La nieta y el abuelo de Corn Island (2014)

viernes, 29 de mayo de 2015

Hannah y sus hermanas (1986)











Título original: Hannah and Her Sisters
Director: Woody Allen
EE.UU., 1986, 106 minutos




Siempre genial y divertido, Woody Allen plantea una historia de enredos sentimentales entre las parejas de tres hermanas en un guion que a punto estuvo de ser nominado al premio Pulitzer. Los elementos habituales de su universo están presentes: Nueva York, hipocondría (Mickey, el personaje interpretado por Woody Allen, está obsesionado con la posibilidad de padecer un tumor cerebral), religión (Mickey, también, se debate entre si dejar el judaísmo para convertirse al catolicismo o bien hacerse hare krishna), crisis matrimoniales, psicoanálisis, intelectualismo (la poesía de E. E. Cummings, la música de Bach), el jazz, sexo, miedo a la muerte, monólogo interior de los personajes, un sentido del humor afiladísimo...

Y, como también es habitual desde hace tiempo, el reparto del que se rodeó Woody Allen es espectacular: Michael Caine, Mia Farrow, Max von Sydow, John Turturro, Dianne Wiest o Maureen O'Sullivan (madre de Mia Farrow en la película y en la vida real, por cierto, además de novia de Tarzán muchos años antes).

En sucesivas cenas de Acción de Gracias la familia al completo se reunirá en el apartamento de los padres (una veterana pareja de actores) y nosotros, entre tanto, habremos tenido ocasión de asistir a cómo se han hecho y deshecho diversas relaciones entre ellos.

Aventuras y desventuras de un italiano emigrado (1974)










Título original: Pane e cioccolata
Director: Franco Brusati
Italia, 1974, 100 minutos

Aventuras y desventuras de un italiano emigrado (1974)

Las vicisitudes de los emigrantes del sur de Europa para abrirse camino en las opulentas sociedades del norte ha dado una filmografía notable integrada por películas como, por ejemplo, Españolas en París (1971), Tamaño natural (1974), Un franco, 14 pesetas (2006), 2 francos, 40 pesetas (2014) o Las chicas de la 6ª planta (2010). 

La comedia italiana Pane e cioccolata, dirigida por Franco Brusati e interpretada por Nino Manfredi, se centra en el caso de Giovanni Garofoli: tras un tiempo en Suiza intentando abrirse camino como camarero, parece que la Fortuna no acaba de sonreírle. Ni siquiera cuando entabla cierta amistad con un industrial compatriota suyo que prometía darle trabajo. Y, como es lógico, volver a Italia con las manos vacías es algo a lo que Garofoli no está dispuesto.

Una de las muchas situaciones embarazosas a las que habrá de enfrentarse Garofoli

Este Giovanni, al que encarna magistralmente Nino Manfredi, es un perdedor simpático (pero perdedor, a fin de cuentas), algo pícaro quizá, pero siempre encantador en su torpeza. Hace lo imposible por adaptarse al orden helvético, aunque fracasará en su empeño una vez tras otra. De modo que el choque cultural se perfila como algo evidente e inevitable. 

A los demás italianos que allí conoce no parece irles mucho mejor. Menos mal que Garofoli logrará encontrar algo de comprensión en su vecina Elena (Anna Karina), una griega exiliada que vive con su hijo Grigory (un niño virtuoso del piano). Pero se diría que la felicidad no fue concebida para los pobres, y así el bueno de Giovanni se irá degradando conforme avance la trama hasta llegar casi a renegar de sus raíces.

La picaresca a menudo está presente en esta película

Vemos pues que, a pesar de los gags, los ingeniosos diálogos o la vis cómica de Nino Manfredi, la tesis que subyace en el fondo de Aventuras y desventuras de un italiano emigrado es de lo más amargo. Como, por ejemplo, la escena en la que los desharrapados italianos observan absortos tras los alambres de un gallinero a los apolíneos hijos de los dueños mientras juegan y se bañan en su particular locus amoenus: altos, rubios y fornidos, dichos jóvenes representan el ideal que los emigrantes ansían en vano.

A juzgar por sus caras, no parecen concebir el mundo de belleza que se atisba más allá del gallinero

jueves, 28 de mayo de 2015

Hasta que llegó su hora (1968)













Título original: C'era una volta il West/Once Upon a Time in the West
Director: Sergio Leone
Italia/EE.UU./España, 1968, 165 minutos

Hasta que llegó su hora (1968)


Cuando América parecía haberse cansado del western, Europa lo acogió con sumo placer. Pero dándole otro enfoque... Cualquiera que empiece a ver Hasta que llegó su hora (1968) se dará cuenta enseguida de que estamos ante una obra maestra, sin duda palabras mayores de un género al que Sergio Leone supo hacer evolucionar más allá de sus planteamientos tradicionales. De ahí que, aunque se reconozcan fácilmente sus lugares comunes (por ejemplo, tres pistoleros esperando la llegada de un tren al inicio de la película, como ocurría en Solo ante el peligro [1952]), la música de Ennio Morricone (quien no dudó en servirse de teclados o de la guitarra eléctrica), las largas secuencias, los primerísimos planos del rostro de los actores... todo ello contribuye a pergeñar la versión barroca del Far West (Spaghetti Western lo llamarían sus detractores).

Que, además, el malo de la peli sea interpretado por Henry Fonda es un plus, ya que hasta ese momento el actor americano se había distinguido por encarnar a personajes angelicales: vendría a ser una forma de impactar al espectador similar a la que había supuesto previamente ver a Gregory Peck hacer de Capitán Ahab en Moby Dick (1956). Y si, encima, le acompañan en pantalla Charles Bronson y la sex symbol del momento Claudia Cardinale, el cóctel resultante tenía que ser a la fuerza memorable.

Como inolvidables son muchos de los diálogos. Por ejemplo aquel en el que Cheyenne (Jason Robards) se lamenta cínicamente de que Armónica (Charles Bronson) le esté entregando a las autoridades a punta de pistola:

Harmonica: The reward for this man is 5000 dollars, is that right?
Cheyenne: Judas was content for 4970 dollars less.
Harmonica: There were no dollars in them days.
Cheyenne: But sons of bitches... yeah.

Armónica: La recompensa por este hombre ascendía a 5000 dólares, ¿no es cierto?
Cheyenne: Judas se habría conformado con 4970 dólares menos.
Armónica: Todavía no existían los dólares en aquellos tiempos.
Cheyenne: Pero sí que había hijos de perra...

Es probable que en el desierto de Tabernas (Almería) aún resuenen los ecos del rodaje de esta épica producción.

La música es un personaje más de la película

La armónica actúa de leitmotiv

¡Donde las dan las toman!

Sergio Leone (de pie en el centro) y los cuatro protagonistas en un descanso del rodaje

miércoles, 27 de mayo de 2015

Qué extraño llamarse Federico (2013)











Título original: Che strano chiamarsi Federico
Director: Ettore Scola
Italia, 2013, 90 minutos



La hoguera pone al campo de la tarde,
unas astas de ciervo enfurecido.
Todo el valle se tiende. Por sus lomos,
caracolea el vientecillo.

El aire cristaliza bajo el humo. 
¿Ojo de gato triste y amarillo?
Yo en mis ojos, paseo por las ramas.
Las ramas se pasean por el río.

Llegan mis cosas esenciales.
Son estribillos de estribillos.
Entre los juncos y la baja tarde,
¡qué raro que me llame Federico!
Con estos versos de Federico García Lorca recitados en un castellano ligeramente macarrónico comienza la última película del italiano Ettore Scola. Y lo hace también con una bella estampa del otro Federico (Fellini), sentado en su butaca de director frente al mar. A lo largo de hora y media se recreará su singladura por la capital italiana desde que llegara a ella con apenas 19 años, repleto de ilusiones y dispuesto a integrarse en la redacción del semanario satírico Marco Aurelio. Una Roma a la que poco tiempo después llegará el propio Scola, cuyo destino se irá cruzando inevitablemente con el del maestro de Rímini a lo largo de los años.
La banda sonora de Andrea Guerra intentará recrear el estilo del compositor italiano por antonomasia: el Nino Rota que puso música a las obras maestras de Fellini con partituras igualmente geniales. Así, los ecos de Ocho y medio (1963), Amarcord (1973) o Casanova (1976) irán y vendrán de forma recurrente. También se incluyen imágenes de archivo, algunas inéditas, que muestran a Fellini en su plató predilecto de Cinecittà o en compañía de algunos de sus actores fetiche: Mastroianni, Gassman, la imponente Anita Ekberg... Por cierto que, y esto es otro nexo común entre homenajeador y homenajeado, algunos de ellos también intervendrían en películas de Ettore Scola.
En ocasiones, son extractos de declaraciones de Fellini lo que acompaña a las imágenes. De manera que la voz del personaje real acompaña a los dobles de Fellini y Scola en su particular odisea nocturna, frecuentando las afueras y a las meretrices romanas.
Cuando el director de La dolce vita (1960) fallece en 1993, varios carabinieri flanquean su féretro en la capilla ardiente. Es un fin digno de los filmes de Fellini, aunque Ettore Scola ha preferido imaginar un desenlace alternativo. Quizá de esta manera, Qué extraño llamarse Federico logra emparentar con el estilo visual del amigo al que rinde un sentido homenaje.




lunes, 25 de mayo de 2015

Una nueva amiga (2014)




Título original: Une nouvelle amie
Director: François Ozon
Francia, 2014, 108 minutos
Una nueva amiga (2014)


No cabe duda de que François Ozon es uno de los directores de cine más audaces que hay ahora mismo en Europa. Lo que Ozon no se atreva a hacer pocos osarían ponerlo en práctica. Con su última película el cineasta francés ha vuelto a rizar el rizo una vez más (y ya van unas cuantas). En esta ocasión se trata de ahondar en el travestismo, una práctica que, pese a ser tabú en nuestra sociedad, ha dado pie a grandes filmes tales como Con faldas y a lo loco (1959), Tootsie (1982), Viridiana (1961) o ¿Víctor o Victoria? (1982).
Con doce candidaturas a los premios César, Una nueva amiga denota una más que evidente influencia almodovariana: en títulos del manchego tales como Tacones lejanos (1991) o Todo sobre mi madre (1999) intervienen personajes que recuerdan al David/Virginia a los que ahora da vida Romain Duris. En cuanto a ciertos toques de fetichismo necrófilo (que haberlos, haylos: véase, si no, la escena inicial en la que se viste al cadáver de Laura [Isild Le Besco] con su vestido de boda), el referente más inmediato podría ser La piel que habito (2011). Añádase a esto su poco de trama folletinesca (dos amigas inseparables desde la más tierna infancia, una muere y le hace prometer a la otra que se ocupará de su hijita recién nacida...) y ya tenemos el esbozo principal de lo que es Una nueva amiga.
Aun así, a pesar de la libertad y la valentía con la que Ozon aborda el tema de la condición sexual de sus protagonistas, cabe señalar que el resultado final es totalmente inverosímil (aunque quien conozca su cine sabe que este tipo de incongruencias son bastante habituales en él, puesto que parece no importarle sacrificar la credibilidad de sus historias en aras de derribar ciertos prejuicios bastante arraigados).

domingo, 24 de mayo de 2015

Elemental, Dr. Freud (1976)











Título original: The Seven-Per-Cent Solution
Director: Herbert Ross
Reino Unido/EE.UU., 1976, 113 minutos
Elemental, Dr. Freud (1976)


El novelista (y más tarde director de cine) Nicholas Meyer tuvo la genial ocurrencia de reunir en una novela a Sherlock Holmes y a Sigmund Freud: siendo adicto Holmes a la cocaína y obsesionado por la manía persecutoria contra el profesor Moriarty (interpretado en un fugaz papel nada menos que por Laurence Olivier), su inseparable doctor Watson (Robert Duvall) no tendrá más remedio que llevar al detective privado hasta Viena para someterlo al método psicoanalítico. Una vez allí, además de poner en orden su subconsciente, tendrá tiempo para resolver el enigma del secuestro de la bella cantante Lola Deveraux (Vanessa Redgrave).

De izquierda a derecha: Alan Arkin (Freud),
Nicol Williamson (Holmes) y Robert Duvall (Watson)

La dirección estuvo a cargo del veterano Herbert Ross (1927-2001), quien le dio a la historia un aire más de comedia que no de película de misterio. Así pues, los ya clásicos personajes creados por Sir Arthur Conan Doyle parecen más bien caricaturas de sí mismos.
Por cierto que el título original del filme (The Seven-Per-Cent Solution) hace referencia a la droga de la que Sherlock Holmes suele abusar: de ordinario se inyecta una mezcla formada por un 7% de cocaína y un 93% de solución salina.



Laurence Olivier caracterizado como Profesor Moriarty
Entre las escenas más logradas de Elemental, Doctor Freud, resulta memorable la persecución en tren que llevan a cabo los protagonistas en pos del pérfido Barón Karl von Leinsdorf (Jeremy Kemp): para aligerar peso y quemar combustible van arrancando los listones de madera de las paredes hasta quedarse prácticamente al aire.
En cuanto a la banda sonora, estaba previsto que la compusiera Bernard Herrmann. Pero habiendo fallecido éste poco antes, finalmente sería John Addison el encargado de la partitura.

  

sábado, 23 de mayo de 2015

It's All True (1993)












Título completo: It's All True: Based on an Unfinished Film by Orson Welles
Directores: Orson Welles, Richard Wilson, Myson Meisel, Bill Krohn, Norman Foster
Francia/EE.UU., 1941/42-1993, 88 minutos
De entre los muchos proyectos fallidos de Orson Welles, It's All True tuvo el dudoso honor de ser uno de los primeros. Tras el éxito de Ciudadano Kane, el cineasta fue enviado a Brasil para rodar un documental en color sobre el carnaval de Río. Dentro de la política de buena vecindad, se trataba de dar a conocer en Estados Unidos las virtudes del paisaje brasileño para así estrechar lazos, fomentar el turismo y, de paso, frenar la influencia que la Alemania nazi ejercía sobre Sudamérica.
Welles se vio forzado a abandonar el rodaje de El cuarto mandamiento y de Estambul y, una vez allí, se dedicó a filmar entre 1941 y 1942 no solo en carnaval sino, sobre todo, la vida de los pescadores pobres. Pero los estudios RKO cambiaron repentinamente de propietario y la nueva dirección no parecía muy entusiasmada con el proyecto. Atrapado entre dos frentes, perdió el control sobre el montaje de las películas que estaba rodando en Hollywood y le cortaron el suministro de material en Brasil.
A pesar de las adversidades, Welles planeó tres episodios: My friend Bonito (historia de un niño y un ternero rodada en Méjico por Norman Foster), The Story of Samba y Four men in a raft. Los filmó como pudo y... no se supo más. Hasta que en 1985 (año de la muerte de Welles) se encontraron en un almacén las latas que contenían el material. En 1993, un equipo capitaneado por Bill Krohn llevó a cabo un montaje de las escenas rodadas por Welles en Brasil, añadiéndole música y efectos de sonido.

El único episodio que se conserva íntegramente es el de los jangadeiros, pescadores pobres que a bordo de una rudimentaria balsa recorrieron buena parte de la costa del país hasta llegar a la capital donde fueron recibidos como héroes. La belleza de las imágenes es increíble. Sin quizá él saberlo, Welles estaba inventando el neorrealismo: muy lejos de Italia, pero muy cerca de la sensibilidad de un Visconti o de un De Sica. Los rostros curtidos de estos pescadores diríase que son el eslabón perdido entre Tabú de Murnau (1931) y Barravento de Glauber Rocha (1962).
Orson Welles durante el rodaje de It's all true

La profesora de historia (2014)












Título original: Les héritiers
Directora: Marie-Castille Mention-Schaar
Francia, 2014, 105 minutos
La profesora de historia (2014)

Desde que Laurent Cantet triunfó con La clase (Entre les murs, 2008, Palma de oro en Cannes), otros cineastas se han lanzado a la aventura de reflejar la a veces convulsa vida en las aulas de un instituto de secundaria. Como en el caso de la película que ahora nos ocupa: La profesora de historia (pedestre título que, como es habitual en España, ha sustituido en nuestra cartelera al más engagé del original francés: Les héritiers).
El guion se basa en una historia real: la experiencia personal de Anne Anglés, profesora del instituto Léon Blum de Créteil, y de su antiguo alumno Ahmed Dramé (coguionista e intérprete de uno de los personajes, Malik, junto a su hermana Koro Dramé, quien también da vida a otra de las alumnas, Léa). La actriz Ariane Ascaride ha sido la encargada de ponerse en la piel de esta veterana profesora que (bajo el nombre de Anne Gueguen en la película) decidirá presentarse a un concurso de ámbito nacional para intentar motivar a su conflictiva tutoría. Bienintencionada y, en su desenlace, excesivamente ingenua (la escena del grupo degustando felizmente alitas de pollo de Kentucky fried chicken con la torre Eiffel de fondo sería más propia de un publirreportaje), La profesora de historia pretende sensibilizar a los jóvenes de hoy en día sobre la importancia de la Shoah. Trabajando un aspecto del pasado francés más ominoso aprenderán valores necesarios en el presente: a aceptarse y a respetarse mutuamente, a sentirse parte de un grupo muy heterogéneo en sus orígenes raciales y religiosos, como multicultural es la sociedad francesa de hoy en día.



Madame Gueguen les enseñará el valor de la democracia, cómo los antiguos griegos preferían echar a suertes quiénes serían los elegidos (porque el azar depende de los dioses) y ellos mismos acabarán adoptando estos métodos. De manera que gradualmente se produce el milagro y los mismos salvajes que en un principio eran capaces de boicotear cruelmente la clase de una joven profesora sustituta acaban sensibilizándose ante el sufrimiento de las víctimas en los campos de concentración (un superviviente acude al aula para ofrecerles su testimonio) e interiorizando los valores laicos de la República Francesa de los que son herederos (de ahí el título original). En fin: soñar es gratis.
Aunque pensándolo mejor, puede que, a pesar de no estar a la altura de La clase, siempre será mejor que nuestros adolescentes se aficionen a este tipo de películas con mensaje antes que a historias de vampiros y otras birrias tan al uso.

Anne Anglés

viernes, 22 de mayo de 2015

Orson Welles en el país de Don Quijote (2000)












Director: Carlos Rodríguez
España, 2000, 90 minutos
Se trata de un documental televisivo que repasa la vinculación de Welles con España que en su día escribieran para Canal + Carlos F. Heredero y Esteve Riambau. Contiene una interesante variedad de materiales inéditos sobre Orson Welles, así como el testimonio de no pocas personalidades que tuvieron ocasión de trabajar con él: Juan Cobos (estrecho colaborador), Emma Penella (viuda de Emiliano Piedra, productor de Campanadas a medianoche), Andrés Vicente Gómez (productor de The other side of the wind, uno de sus proyectos abandonados), Gil Parrondo (director de arte), Jesús Franco (ayudante de dirección y autor de un montaje del Quijote inacabado de Welles), Amparo Rivelles (actriz de Mister Arkadin), Juan Luis Buñuel (hablando del rodaje en Méjico de Don Quijote y de Francisco Reiguera, el exiliado español que lo encarnó), Oja Kodar (la actriz y modelo croata que fue su última musa y compañera...)
Son muchos los detalles y curiosidades que se desvelan a propósito del cineasta. Por ejemplo, su gusto por la comida: le veremos aliñar una ensalada o, en declaraciones a RNE en 1973, explicar en un más que correcto castellano que había degustado un cabrito en Murcia... Edmond Richard, director de fotografía (entre otras películas) de Campanadas a medianoche, se muestra a este respecto contundente: cuando comía con Welles debía darse prisa, ya que al mínimo despiste este se zampaba la comida de su comensal (aunque su ración fuera el doble de abundante...)

También se da buena cuenta de la afición de Welles por los toros, revelando que incluso fue torero ocasional en 1933, durante su primera visita a España. Al igual que hiciera Hemingway (al que le unió una relación de amor/odio durante toda la vida), frecuentó y cultivó la amistad con varios diestros.
Fuera de su proyección en festivales o cinematecas, no es demasiado habitual poder ver Orson Welles en el país de Don Quijote. El pase de hoy en la Filmoteca de Catalunya ha sido con motivo de la presentación del libro Las cosas que hemos visto. Welles y Falstaff de Esteve Riambau (uno de los coguionistas del documental). El acto ha contado con la presencia del autor del texto acompañado del actor Josep Maria Pou, quien ha dedicado entusiastas elogios al volumen.
Portada de Las cosas que hemos visto. Welles y Falstaff de Esteve Riambau (Luces de Gálibo, 2015)

Josep Maria Pou interpretando a Orson Welles en 2008

Te amo, te amo (1968)











Título original: Je t'aime, je t'aime
Director: Alain Resnais
Francia, 1968, 94 minutos
Te amo, te amo (1968)


Curiosa cinta de ciencia ficción en la línea de lo que en 1972 llevaría a cabo Tarkovsky en Solaris. Más que los efectos especiales lo que realmente tiene en cuenta Resnais es "cómo sustituir el orden lógico por el orden afectivo". Así pues, nos enfrentamos a una sucesión caótica de secuencias (a menudo repetidas) mediante las cuales se pretende explicar la historia de Claude Ridder quien, con tal de recuperarse de un intento de suicidio, es seleccionado por una organización secreta para participar en unas pruebas de viaje en el tiempo que solo se han probado previamente con ratones.

¿Es una calabaza, es un ajo...? ¡No, es una máquina del tiempo!

Los científicos responsables informan a Claude de que será enviado justo un año atrás, cuando estaba disfrutando de sus vacaciones en la playa con su novia. A tal efecto, es introducido en una cápsula junto a uno de esos ratones blancos de laboratorio. Aun así, un error de cálculo en dicho experimento hará que el hombre pase a vivir momentos de su pasado en un orden completamente aleatorio y caleidoscópico.


Amalgama de recuerdos...

 La música coral del polaco Krzysztof Penderecki contribuye a aumentar la atmósfera de críptico misterio tal y como sucede con el Réquiem de Ligeti en 2001, rodada el mismo año que Je t'aime, je t'aime. Aun así, el resultado final dista mucho de igualar el conseguido por Kubrick o Tarkovsky, amén de que el paso del tiempo no ha jugado a favor de la película.

Dentro de la cápsula
 

martes, 19 de mayo de 2015

Las sombras de El tercer hombre (2004)












Título original: Shadowing the Third Man
Director: Frederick Baker
Reino Unido/Austria/Francia/Japón/EE.UU., 2004, 90 minutos

Las sombras de El tercer hombre (2004)


Interesante documental que se adentra en el proceso de rodaje de El tercer hombre (1949), la película de Carol Reed en la que Orson Welles interpretaba al cínico Harry Lime. De la misma manera que el personaje se hacía esperar hasta su irrupción en escena, parece ser que el actor también se hizo de rogar hasta que finalmente aceptó el papel: fue necesario que lo fueran a buscar a París, luego a Roma y finalmente de nuevo a París hasta que lograron contactar con él. Tampoco se avino fácilmente a rodar según qué escenas, como la famosa secuencia en el alcantarillado vienés. Respecto a la tan traída cuestión de si Welles intervino o no en la dirección de la película, es él mismo quien, en una entrevista de archivo, se encarga de desmentirlo. Lo que sí hizo fue improvisar el célebre diálogo junto a Joseph Cotten en la noria, aquel que acaba haciendo referencia a los quinientos años de paz en Suiza y la invención del reloj de cuco.

Narrado por el actor británico John Hurt, Shadowing the Third Man recorre la Viena actual para buscar en ella algunas de las localizaciones originales de la película. También cuenta con el interesante testimonio de los respectivos hijos de los productores: David O. Selznick y Alexander Korda, quienes acabarían peleándose. Al parecer, Selznick no tenía nada claro que nadie pudiera estar interesado en ir a ver una película titulada El tercer hombre y, en su lugar, propuso que se llamara Una noche en Viena. El temperamental Korda no acabó, pues, de hacer buenas migas con el adicto al trabajo Selznick (este último era capaz de atiborrarse de estimulantes para poder trabajar 22 o hasta 23 horas diarias...)

Otra de las curiosidades que se mencionan es que, una vez acabado el rodaje, la copia ardió en un incendio, con lo que hubo que recorrer a los negativos para crear una nueva. Y, como no podía ser menos, tanto Graham Greene (novelista autor del guion) como Anton Karas (intérprete de cítara responsable de la banda sonora) ocupan un lugar destacado en el anecdotario de una película que, como en algún momento del documental se nos recuerda, representa el pesimismo tras el conflicto mundial opuesto al optimismo de sus inicios que transmite Casablanca (1942).

domingo, 17 de mayo de 2015

Impulso criminal (1959)












Título original: Compulsion
Director: Richard Fleischer
EE.UU., 1959, 103 minutos

Cartel promocional de Impulso criminal (1959)

En el año del centenario de Orson Welles, sería un error centrarse exclusivamente en su faceta de realizador y no prestar igual atención a sus inmensas dotes como actor. Aunque a menudo lo hiciera como puro trabajo alimenticio, cierto, siempre logró otorgar a sus caracterizaciones una fuerza remarcable. Aun cuando frecuentemente su aparición se hiciese esperar: es lo que sucede en El tercer hombre (1949) y en Impulso criminal (1959). En esta última, Welles no hará acto de presencia hasta... ¡el minuto 65 de película!

Ambientada en Chicago en 1924, Impulso criminal se basa en el mismo hecho real que La soga (1948) de Hitchcock: el crimen de Leopold y Loeb. Dos brillantes y adinerados jóvenes estudiantes de Derecho (interpretados por Dean Stockwell y Bradford Dillman, respectivamente) creen haber cometido el crimen perfecto. Una vez detenidos e inculpados (por culpa de unas gafas que "la mano de Dios" hizo que perdiera uno de ellos en la escena del crimen), el abogado Jonathan Wilk (Orson Welles) será el encargado de su defensa y de evitar que se les condene a muerte.

En la ciudad, hay quien acusa a Wilk de ateo (el Ku Klux Klan intenta intimidarlo, por ello, quemando una cruz a las puertas de su casa), pero él se muestra impávido. Es un hombre tranquilo que dice llevar ejerciendo la abogacía durante 45 o 46 años (Welles, en realidad, solo tenía 43 en ese momento...) Igual de impertérrito seguirá durante el juicio: la fuerza de sus argumentos reposa en su voz grave y profunda, haciéndose evidente (una vez más, si cabe) que Orson Welles había destacado en el mundo de la radio en los inicios de su carrera.

Stockwell, Dillman y Welles: ganadores del premio de interpretación en Cannes
Como era habitual en él, Welles prefirió sustituir su nariz por una postiza

sábado, 16 de mayo de 2015

National Gallery (2014)












Director: Frederick Wiseman
Francia/EE.UU./Reino Unido, 2014, 180 minutos




El veterano Frederick Wiseman (Boston, 1930) nos brinda este documental sobre una de las pinacotecas más visitadas de Londres, lo cual vale tanto como decir del mundo entero: la National Gallery. Sucesivamente, va saltando de las visitas guiadas al museo, a las reuniones que mantienen los miembros de la directiva, un taller con invidentes que aprenden a desentrañar los misterios de una pintura de Pissarro, el montaje de una exposición sobre Leonardo da Vinci, cómo se restauran las obras ajadas por el paso del tiempo, primeros planos de cuadros de todas las épocas depositados en el museo (en especial los de Turner)...

Todo muy bonito: el museo, digo. Porque a propósito del documental se me ocurren por lo menos un par de detalles que no me han acabado de gustar. Uno es la duración: ¿realmente era necesario extenderse durante tres horas? ¿No se podía decir lo mismo en mucho menos tiempo? El otro tiene que ver con la excesiva verborrea de algunos de los que intervienen: si una imagen vale más que mil palabras (perdón por el topicazo, pero este museo londinense alberga algunas de las más bellas obras jamás concebidas por el ser humano), ¿por qué perder el tiempo explicándolas?

Al menos, la pareja que danza entre los lienzos expuestos en una de las salas del museo al son de una melodía de William Byrd (c. 1539/40—1623) le añade un broche poético a una producción en la que aquello del Direct Cinema (siempre a mi juicio, claro está) ha sido tomado muy a rajatabla por su realizador.

viernes, 15 de mayo de 2015

Too Much Johnson (1938)



Director: Orson Welles
EE.UU., 1938, 67 minutos

El apuesto actor y dramaturgo William Gillette (1853-1937) se hizo célebre interpretando a Sherlock Holmes, aunque también escribió comedias como Too Much Johnson, de la que ya en 1919 se realizó una adaptación cinematográfica hoy perdida. Cuando Orson Welles decidió montar la obra con el Mercury Theater, pensó en filmar tres prólogos que precederían a cada uno de los actos antes de que los actores saliesen a escena. 

En dichas imágenes se puede ver a Augustus Billings (Joseph Cotten) haciéndose pasar por el rico Joseph Johnson para huir del marido de su amante, del que conseguirá escapar justo antes de que entre en casa. Pero el marido descubre todo el engaño, a pesar de que su mujer ha rasgado el retrato de su amante por la mitad: con la fotografía de la frente de Augustus en la mano, irá en busca del amante de su esposa por toda la ciudad, arrancando enfurecido los sombreros de cuantos se cruzan en su camino. La persecución subsiguiente tendrá lugar sobre los tejados de Battery Park y, más tarde, en Cuba (en realidad, filmado a orillas del Hudson con palmeras de quita y pon...), donde finalmente entrará en acción el verdadero Joseph Johnson.

Es interesante comprobar cómo alguna de las escenas contenidas en Too Much Johnson son precursoras de lo que dos años más tarde su director llevaría a cabo en Ciudadano Kane, como las cajas apiladas en el muelle entre las que se persiguen los protagonistas y que recuerdan bastante al amasijo de posesiones acumulado por Charles Foster Kane en Xanadu.

Este claro homenaje al cine mudo de Mack Sennett y Harold Lloyd supuso la segunda incursión cinematográfica de Welles. Durante años la película se creyó perdida, toda vez que el propio Welles aseguraba que los negativos habían ardido en un incendio en su casa de Madrid. Pero, lo que son las cosas, en 2013 se encontró una copia en Italia, que enseguida sería restaurada. Al estar sin editar contiene diversas tomas de una misma escena, aunque hay ya quien se ha entretenido en hacer su propio montaje descartando el material repetido. Es el caso de la versión de 35 minutos que a continuación adjuntamos.


Corazones del tiempo (1934)











Título original: The Hearts of Age
Directores: William Vance, Orson Welles
EE.UU., 1934, 8 minutos

Corazones del tiempo (1934)

El primer cortometraje dirigido por Orson Welles muestra una escena de ambiente colonial. Doblan las campanas, una mano de mujer se aferra a la cruz de mármol de un sepulcro... Una señora mayor (interpretada por Virginia Nicolson, la primera esposa de Welles) se sienta a horcajadas sobre una campana mientras que un hombre con la cara negra, peluca y librea tira de la cuerda de la misma. Desde una puerta superior emerge un anciano (el propio Orson), ataviado como un dandi, quien inclina su sombrero de copa hacia la mujer en señal de saludo mientras camina por las escaleras sonriente. Otros dejan la misma puerta y caminan por las mismas escaleras: un hombre harapiento, un policía y, en varias ocasiones, el mismo dandi. El hombre con la cara negra se ahorca; el dandi sigue sonriendo. En la oscuridad, toca el piano. Quizá sea la personificación de la Muerte. Finalmente, extraerá un cartel en forma de lápida donde se pueden leer las palabras The End.

Siendo más que evidente la influencia vanguardista del expresionismo alemán, parece ser que la intención de Orson Welles en esta su primera experiencia cinematográfica no era otra sino parodiar La sangre de un poeta de Jean Cocteau (1932). Él siempre le quitó importancia, refiriéndose a este corto como un simple pecadillo de juventud y poco más: apenas un pasatiempo rodado en un par de horas una tarde de domingo. De todas formas, como señaló Esteve Riambau en la presentación en la Filmoteca de Catalunya, es obvio que la afirmación de Orson Welles de haber aprendido lo que sabía de cine viendo varias veces La diligencia de John Ford (1939) no es del todo cierta: en The Hearts of the Age, por más divertimento que fuese, se aprecia la impronta de Un chien andalou (1929) o El gabinete del Doctor Caligari (1920).





miércoles, 13 de mayo de 2015

Surcos (1951)












Director: José Antonio Nieves Conde
España, 1951, 99 minutos




Hasta las últimas aldeas llegan las sugestiones de la ciudad, convidando a los labradores a desertar del terruño, con promesas de fáciles riquezas. Recibiendo de la urbe tentaciones, sin preparación para resistirlas y conducirlas, estos campesinos que han perdido el campo y no han ganado la muy difícil civilización, son árboles sin raíces, astillas de suburbio que la vida destroza y corrompe. Esto constituye el más doloroso problema de nuestro tiempo. Esto no es símbolo, pero sí un caso, por desgracia, demasiado frecuente en la vida actual.

Eugenio Montes

Con tan demoledor aviso arranca una de las películas míticas del cine español: Surcos (1951) de José Antonio Nieves Conde. Se la ha comparado hasta cierto punto con Las uvas de la ira (1940) de John Ford o el cine neorrealista italiano, si bien su mensaje es profundamente reaccionario: vista con la perspectiva que da el paso del tiempo, resulta escalofriante la normalidad con la que se trata, por ejemplo, el uso de la brutalidad para dominar a las mujeres y obligarlas a mantener una actitud sumisa. Pero la moral imperante en la España de entonces era la que era y, al respecto, la película refleja, quizá sin proponérselo, los usos y costumbres de la época.

El campo aparece idealizado frente a la perversión que representa el medio urbano: al respecto, la familia protagonista es la depositaria de las virtudes del castellano viejo, pobre pero honrado, que no debe alejarse de la aldea si quiere evitar males mayores. Aunque la realidad de la España franquista no era, evidentemente, tan idílica: el medio rural se estaba despoblando y las grandes ciudades como Madrid o Barcelona no siempre podían acoger a tantos inmigrantes. De ahí la jerarquía social que se pretende preservar con la moraleja del film: si no quieres que se rían de ti por no haber sabido echar raíces en la ciudad, mejor no te muevas de tu pueblo. Vamos: que unos nacen para ser paletos y otros, para señorito. Lo dicho: estremecedor.

Con todo, no cabe duda de que, al margen de lo repugnante de la ideología que subyace en el guion, el proceso de degradación que a lo largo de su periplo experimenta la familia Pérez está magistralmente descrito. Como también están muy logrados los mafiosos y mafiosillos que pululan por la ciudad: don Roque (alias "El Chamberláin"), el Mellao...



Mucho más burdo es el método empleado para indicar que en la ciudad se respira un ambiente de mayor hostilidad que en el campo: si en la urbe abunda la gente malcarada que trata cínicamente a nuestra familia de recién llegados, en el seno de los Pérez se prodigan las muestras de afecto entre sus miembros: la amantísima madre que se desvive por sus vástagos, el padre bonachón que se deja ablandar por los niños del parque que rodean su puesto de venta ambulante, los dos hijos varones que ansían abrirse camino en la vida logrando su primer empleo en Madrid, la cándida hija que sueña con ser cupletista y que entra en la pérfida órbita de don Roque... Pero no bastan las buenas intenciones, de modo que, a medida que vaya confirmándose que gentes de tamaña inocencia como los Pérez no son más que carne de cañón en la capital, ni la madre será tan afectuosa ni el padre tan apacible ni los varones tan esforzados ni la hija tan candorosa: fuera de su hábitat natural, se han dejado corromper. Y todo a mayor gloria de la moral falangista, que se ve así corroborada con el desdichado término de la aventura urbana de una familia de pueblerinos.

En definitiva, si la censura permitió que la historia contada por Surcos fuese tan dura es porque al régimen le interesaba bastante que así fuera. Y no sólo se tomó la molestia de propagar tales ideas mediante un drama: también lo hizo a través de comedias "de interés nacional", la más recordada de las cuales es La ciudad no es para mí (Pedro Lazaga, 1966). Claro que... si se trataba de emigrar al extranjero para desde allí enviar divisas a la maltrecha economía estatal, entonces la propaganda oficial cambiaba radicalmente. Ahí está, sin ir más lejos, Vente a Alemania, Pepe (Pedro Lazaga, 1971).