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domingo, 6 de mayo de 2018

Después de tantos años (1994)




Director: Ricardo Franco
España, 1994, 87 minutos

Después de tantos años (1994)

Hace algunas semanas ya tuvimos ocasión de comentar aquí El desencanto, mítico retrato en blanco y negro que el director Jaime Chávarri dedicara a la familia Panero y, de paso, a toda una sociedad en descomposición: corría el año 1976, por lo que, en plena postrimería del tardofranquismo, la figura grisácea del detestable patriarca y poeta provinciano (de "odas y madrigales", que hubiera dicho Valle-Inclán) era fácilmente equiparable con la del finado general que recién acababa de pasar a mejor vida.

Juan Luis Panero (1942-2013)

Sin embargo, la segunda entrega de aquella decadente estampa familiar llegaba, dos décadas después, a cargo de otro cineasta (el malogrado Ricardo Franco) y en un momento histórico bien distinto: muerta la madre (Felicidad Blanc) en 1990, los vástagos de tan literaria estirpe (apenas igualada, tal vez, y aun de lejos, por la de los Goytisolo) han sobrepasado de largo el declive de sus respectivas existencias, para instalarse en la más estricta decrepitud, arrojando la triste imagen de unos individuos prematuramente avejentados y cuyos rostros demacrados delatan bastante a las claras los excesos del tabaco, el alcohol y la locura.

Leopoldo María Panero (1948-2014)

Basta elegir al azar cualquier línea del testimonio que aportan los tres hermanos para comprobar hasta qué punto han tocado fondo. Así, por ejemplo, dirá Michi en los primeros compases del documental que "la memoria es lo más cruel que hay en el mundo, ¿no?, y te recuerda permanentemente que es que, realmente, cada día eres más viejo y que cada día estás más cerca de la muerte." Crueles palabras, enseguida ratificadas por los desplomados muros de la heredad familiar en Valderrey, cerca de Astorga.

Michi Panero (1951-2004)

La relación entre ellos tres, hoy ya fallecidos, dista mucho de ser ni siquiera cordial: Leopoldo María se lamenta de que sus hermanos no lo vayan a visitar al psiquiátrico de Mondragón en el que lleva varios años interno; Michi no cesa de criticar a Juan Luis, quien, a su vez, vive retirado en el Ampurdà sin querer saber nada de los otros dos. Sólo al final, quizá como compensación tras tanto reproche, se produce el reencuentro entre Michi y Leopoldo Mª. Reunión afable, dentro de lo que cabe, aunque tenga lugar, como no podía ser menos, en un cementerio. Y, a pesar de todo, no puede decirse que Después de tantos años sea una película lúgubre: buena "culpa" de ello la tiene la música elegida para acompañar las imágenes, no sólo la banda sonora original de Eva Gancedo, sino, sobre todo, los temas "Shadow Of Time" de Nightnoise y "Greensleeves" de Loreena McKennitt, dos ejemplos representativos de la entonces tan en boga música celta y que hoy pueden sonar un tanto demodés.


martes, 20 de febrero de 2018

El desencanto (1976)




Director: Jaime Chávarri
España, 1976, 97 minutos

El desencanto (1976) de Jaime Chávarri


Ha muerto
acribillado por los besos de sus hijos,
absuelto por los ojos más dulcemente azules
y con el corazón más tranquilo que otros días,
el poeta Leopoldo Panero,
que nació en la ciudad de Astorga
y maduró su vida bajo el silencio de una encina.
Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
vendados sus ojos,
espera la resurrección de la carne
aquí, bajo esta piedra.

"Epitafio"
Leopoldo Panero (1909-1962)



Pocas películas del cine español han adquirido la categoría de mito por derecho propio. Y El desencanto de Chávarri es, sin duda alguna, una de ellas. Aunque llamar documental a este retrato en primera persona de la familia Panero se quedaría corto: avanzándose en muchos años a planteamientos en los que se parte de la realidad para alumbrar una obra cuya profundidad supera los límites de los géneros establecidos, podría decirse que estamos ante el eslabón perdido entre el cinéma vérité y la obra de cineastas contemporáneos como José Luis Guerín. Si bien se mira, el primero de una serie de títulos en los que determinadas personalidades acceden a airear sus interioridades y a la que también pertenecerían Función de noche (Josefina Molina, 1981) o, más recientemente (y a otro nivel), los docudramas maternofiliales a cargo de los actores Paco León o Gustavo Salmerón.

Se ha dicho también, quizá abusando del término, que la instantánea de un clan familiar venido a menos contenida en este filme puede considerarse una metáfora bastante aproximada de lo que supuso la agonía del franquismo. Sobre todo por la presencia fantasmal de la figura del padre, patriarca de las letras del bando vencedor, fallecido de un infarto una calurosa tarde de agosto de 1962. Odiado y visto por sus herederos como origen de todos los males que les han asolado, la desaparición del "Conejo Blanco" (como lo llama Leopoldo María) fue vivida por su viuda e hijos como un liberarse de antiguas ataduras, la puerta de entrada a una mayor sinceridad entre ellos y, paradójicamente, el inicio de una larga decadencia que los conducirá a la autodestrucción inevitable.



Cultivadores de un divismo un tanto histriónico y de un malditismo de enfant terrible de colegio de pago, los hermanos Panero aparecen en esta película como una especie de locos sublimes, dispuestos a mostrar ante la cámara no tanto su verdadero yo, sino una estudiadísima pose de literato a la antigua usanza. En ese sentido, cada uno de los miembros de la estirpe adoptará un rol distinto: desde la lúcida esquizofrenia de Leopoldo María ("durante la infancia vivimos y de adultos sobrevivimos") hasta la encantadora franqueza de Michi, pasando por el postureo paranoide de Juan Luis (recuérdese, al respecto, la escena en la que este último presenta sus fetiches).

Y entre todos ellos Felicidad Blanc, la madre que se describe a sí misma como una chica bien que en los días de la Guerra Civil leía Madame Bovary en la terraza de su casa mientras caían las balas alrededor; la esposa reprimida que comenta con sorna la presencia perpetua del también poeta Luis Rosales interponiéndose entre ella y su marido; la culpable, según Leopoldo María, de su inacabable periplo por las instituciones psiquiátricas de medio país para purgar sus escarceos políticos y con las drogas; la joven que abandonó la ciudad para instalarse en una provincia donde sus rivales siempre la vieron como una intrusa; en definitiva, el verdadero eje sobre el que pivotan la mayoría de complejos de sus vástagos.