Título original: Life of Brian
Director: Terry Jones
Reino Unido, 1979, 94 minutos
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| La vida de Brian (1979) de Monty Python |
Pocas veces una comedia ha levantado tantas ampollas. Aunque, bien mirado, si se tiene en cuenta que su temática es bíblica y que los encargados de contar la historia no fueron otros sino los corrosivos Monty Python, se comprenderá enseguida la controversia generada por Life of Brian. Sobre todo considerando que la cinta, desternillante como pocas, acababa con sus protagonistas crucificados mientras cantan (y silban) aquello tan ¿optimista? de "Always Look on the Bright Side of Life".
Haciendo un juego de palabras propio de los componentes del grupo, podría decirse que la máxima oposición contra un filme cuyo estreno mundial tuvo lugar en Nueva York y en el que, aparentemente, se ridiculizaba la Pasión de Cristo vino de la "Casa Blanca". Pero no de la residencia oficial y centro de trabajo del presidente de los Estados Unidos, sino de la rancia cofundadora del Nationwide Festival of Light: una tal Mary Whitehouse (1910-2001) que se dedicó a impulsar piquetes, a lo largo y ancho del Reino Unido, en aquellos cines que se atreviesen a proyectar el filme.
En realidad, todo este tipo de campañas ultrapuritanas no hicieron otra cosa sino contribuir a darle todavía más publicidad a una película repleta de gags memorables y que, con bastante frecuencia, ha sido considerada la obra cumbre de sus autores. De hecho, así lo manifiestan los propios integrantes de la compañía en el documental incluido en los extras del DVD. El mismo en el que hoy pueden admirarse las escenas que en su momento quedaron fuera del montaje definitivo y cuya perla más valiosa es la que protagonizaba un cruce entre nazi y sionista llamado Otto (Eric Idle) que en el desenlace de la versión actual sólo aparece, fugazmente, acompañado de un comando suicida.
Parodia descarada, en muchos aspectos, de Ben-Hur (1959), Espartaco (1960) o Rey de reyes (1961), los elementos satíricos de Life of Brian abarcan una amplia gama de matices que van desde la mofa política a costa del Frente Popular de Judea hasta el humor de brocha gorda mostrado durante la dilapidación o, incluso, el más puro chiste escolar (caso del centurión que riñe al protagonista, no tanto por haberlo pillado in fraganti haciendo pintadas subversivas, sino por no saber declinar correctamente en latín). Todo un surtido de inteligentísima causticidad que, sin embargo, les valió a sus creadores la acusación de blasfemos. Lo cual no deja de ser, en sí mismo, una profunda contradicción con la propia esencia del cristianismo, ya que, en definitiva, ¿qué clase de Dios es el que no tolera una broma?








