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jueves, 31 de julio de 2025

La ciudad frente a mí (1959)




Título original: The Young Philadelphians
Director: Vincent Sherman
EE.UU., 1959, 136 minutos

La ciudad frente a mí (1959) de Vincent Sherman


Otro de esos títulos "menores" que Paul Newman protagonizó a finales de la década de los cincuenta fue The Young Philadelphians (1959), adaptación cinematográfica de un célebre best seller que giraba en torno al prometedor abogado Anthony Judson Lawrence. De hecho, la voz en off del protagonista nos da a entender, en la secuencia que abre la película, que la acción arranca incluso antes de su nacimiento, concretamente el día en el que su madre se casa con un rico heredero de la ciudad.

Todo lo que vendrá después, en la más pura tradición de lo que sería una novela río o de aprendizaje, se centra en el ascenso social, no exento de obstáculos, del ambicioso Lawrence (Newman), desde sus días en la universidad hasta que logra hacerse un hueco en uno de los bufetes más prestigiosos de Filadelfia, pasando antes por la guerra de Corea. Asimismo, mantiene un breve pero apasionado romance adúltero con la joven esposa de su jefe (interpretada por Alexis Smith).



Aunque lo que en realidad preocupa al personaje, aparte de sus orígenes humildes, es su relación con Joan (Barbara Rush), muchacha algo antojadiza y de buena familia a la que conoce por accidente cuando ambos son apenas unos críos y con la que se irá reencontrando periódicamente a lo largo de los años según dispongan los caprichosos vaivenes del destino.

Como en todo drama de trasfondo jurídico que se precie, habrá un juicio, hacia el final, con intensos y acalorados debates en el que el brillante letrado defiende de una acusación de asesinato a su mejor amigo (Robert Vaughn, candidato al Óscar a mejor actor secundario por este papel).



domingo, 29 de marzo de 2020

Los crímenes del museo de cera (1953)




Título original: House of Wax
Director: André De Toth
EE.UU., 1953, 88 minutos

Los crímenes del museo de cera (1953)
de André De Toth

La primera película en tres dimensiones que produjo la Warner, con sonido estereofónico y en rutilante tecnicolor, resulta que, ¡ironías del destino!, fue dirigida por el húngaro André De Toth (1913–2002), el cual era tuerto (de hecho, en las fotografías aparece siempre ataviado con un aparatoso parche) y, por consiguiente, incapaz de percibir dicho efecto.

Pero ya se sabe que, cuando se trata de atraer al público a las salas, las novedades prevalecen por encima de cualquier otra consideración, de modo que el cineasta usó (y abusó) de los consabidos recursos en este tipo de cintas: vistosos títulos de crédito que se salen de la pantalla, bailarinas de cancán que lanzan sus piernas al frente o un tipo con una raqueta de pádelbol que no cesa de golpear la bola contra el objetivo de la cámara mientras suelta comentarios dirigidos al respetable (a uno y otro lado de la cuarta pared).



Y es que del terror al humor a veces sólo hay un paso. En ese sentido, House of Wax contiene, por ejemplo en la escena de la morgue, algún que otro comentario sarcástico, en boca de dos empleados, a propósito de lo potencialmente mortíferos que algún día llegarán a ser los automóviles. O, por más que se trate de una broma fácil, en el propio museo de cera se juega al equívoco de hacer que los visitantes confundan a personas de carne y hueso con algunas de las figuras allí expuestas.

Por lo demás, puede afirmarse, con toda certeza, que estamos frente a uno de esos títulos deliciosos del cine de género, poseedor de una excelente ambientación decimonónica que remite al imaginario de Edgar Allan Poe y en el que su protagonista indiscutible, una especie de Pigmalión moderno interpretado por Vincent Price, brilla con luz propia en su afán por lograr la perfección de sus criaturas al precio que sea.