jueves, 28 de julio de 2016

El caso de Thelma Jordon (1950)











Título original: The File on Thelma Jordon
Director: Robert Siodmak
EE.UU., 1950, 100 minutos

El caso de Thelma Jordon (1950) de Robert Siodmak

¿Puede el ayudante de un fiscal, casado y con hijos, enamorarse de la mujer a la que debería acusar? The File on Thelma Jordon parte de esta premisa para acabar llegando a un desenlace que por momentos parece prefigurar lo que hará Otto Preminger dos años más tarde en Cara de ángel (Angel Face, 1952), pero que finalmente deriva hacia un final moralizante al estilo de El cartero siempre llama dos veces.

El alemán Robert Siodmak dirigió con maestría a Barbara Stanwyck (Thelma) y Wendell Corey (Cleve) en una película cuya acción arranca una noche cualquiera, cuando Cleve Marshall se queda a trabajar hasta tarde ahogando sus penas con la ayuda de una botella de bourbon. En éstas, una despampanante Thelma Jordon irrumpe en la oficina del Fiscal del Distrito para quejarse de la falta de acción de la policía a la hora de impedir que unos desconocidos penetren en la casa donde ella y su tía anciana residen. Pese a su estado de embriaguez, Marshall quedará prendado de Thelma...

Luego intervendrán un ladrón de joyas llamado Tony Laredo (Richard Rober), la desconsolada esposa de Cleve (Joan Tetzel), el juez, el fiscal, un jurado popular... Evidentemente, nada de todo esto tendría mayor relevancia de no ser porque la relación que mantiene la pareja protagonista es del todo ilícita. Algo que según el estricto Código Hays sólo podía terminar con un merecido escarmiento para ambos.





miércoles, 27 de julio de 2016

Experiencia prematrimonial (1972)










Director: Pedro Masó
España, 1972, 86 minutos



Sólo con una sonrisa condescendiente en los labios puede verse hoy en día una película como Experiencia prematrimonial. Porque ya desde el mismo título resulta difícil no sonrojarse un tanto al comprobar lo mojigata que podía llegar a ser aquella España del 600 y de los estertores del nacionalcatolicismo. Un país que, con aquellos pantalones de campana, se pretendía moderno, pero que no lo era en modo alguno. Aunque, de todas formas, no hay que hacerle ascos a ningún filme, ya que con el paso del tiempo todos acaban convirtiéndose, de un modo u otro, en documentos de época.

Y esta época de la que hablamos ahora, con su erotismo latente predestape, venía marcada por una serie de tabúes a la que la pareja protagonista decide plantar cara: tanto Alejandra como Luis, interpretados, respectivamente, por los italianos Ornella Muti y Alessio Orano, también unidos sentimentalmente en la vida real en aquel entonces, se embarcan en la aventura de vivir juntos sin estar casados (¡oh, escándalo!) para acabar dándose cuenta de su error y volver al redil como cualquier hijo (pródigo) de vecino.

A Alberto Closas y Mabel Karr (los padres de Luis) les tocaba interpretar al ejemplo de matrimonio feliz, mientras que Ismael Merlo y Julia Gutiérrez Caba (los padres de ella) encarnaban al matrimonio de conveniencia que únicamente permanece unido para mantener las apariencias.

De todas maneras, el bueno de Pedro Masó se atrevía en la última secuencia a imitar el final de Tristana de Buñuel, con un repaso fugaz en imágenes de los episodios más significativos de la trayectoria de la protagonista femenina. Por si alguien no se lo cree, adjuntamos a continuación el vídeo.


De repente, el último verano (1959)











Título original: Suddenly, Last Summer
Director: Joseph L. Mankiewicz
EE.UU., 1959, 114 minutos

De repente, el último verano (1959)

Palabras mayores: una película cuyos protagonistas demuestran poseer una psicología densa y compleja. En realidad, todo ello obedece a un subterfugio de guionistas y productores para evitar la estricta censura del Código Hays. Porque de lo que habla en realidad Suddenly, Last Summer, aunque el término no se llegue a mencionar en ningún momento, es de homosexualidad. Puede que hasta de relaciones incestuosas. Y de cómo la madre y la prima del malogrado Sebastian le proporcionaban contactos durante sus viajes...

Tiene la historia, como todo lo concebido por Tennessee Williams, un halo impenetrable de trauma no resuelto, máxime si su colaborador en esta ocasión fue Gore Vidal. De ahí que las alusiones al canibalismo y otros extraños elementos presentes en el relato de la atormentada Catherine (Elizabeth Taylor) deban ser interpretados, en realidad, en clave sexual.

Pero es que el reparto también se las trae: Clift, Taylor, Hepburn... Apellidos con tanto peso como los traumas que martirizan a los personajes que interpretan: trastornos obsesivos que sólo podrán ser curados gracias a las lobotomías que practica el dulce doctor Cukrowicz (su apellido significa "azúcar" en polaco).

Un aire de pesadilla flota en el sanatorio de Nueva Orleans en el que transcurren los hechos, pero también en la mansión de la viuda Violet Venable: es antológica la escena en la que la vieja dama desciende de las alturas en un ascensor, siempre hablando antes de que los demás la vean...

Algunas secuencias de De repente, el último verano se rodaron en la Costa Brava, concretamente en Begur y S'Agaró, y otras en Mallorca, aunque en la ficción representa que se encuentran en un lugar llamado Cabeza de Lobo, donde el sol abrasa con el mismo brío que el hambre que azuza a las cuadrillas de muchachos.


Théo & Hugo, París 5:59 (2016)










Título original: Théo et Hugo dans le même bateau
Directores: Olivier Ducastel y Jacques Martineau
Francia, 2016, 97 minutos

Théo & Hugo, París 5:59 (2016)

Definitivamente, el cine francés se ha lanzado a explotar el filón de un tipo de películas que años atrás podrían haberse considerado escandalosas, pero que hoy en día son recibidas ante todo como historias de amor. Así lo atestiguan títulos como La vie d'Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013), La belle saison (Catherine Corsini, 2015) y la reciente Théo et Hugo dans le même bateau.

Al margen del anzuelo que siempre supone la explicitud de algunas secuencias, lo realmente curioso del filme de Ducastel y Martineau es que narra unos hechos en tiempo real, al estilo de Cléo de 5 à 7 (1962) de Agnès varda. A tal efecto, irán apareciendo en pantalla las indicaciones horarias que sirven para delimitar la noche en blanco que pasa la pareja protagonista por las calles de París. Lo mismo ocurre con los SMS que se van enviando, aunque esto último ya no es tan novedoso.

Noche de pasión, pero también de inquietud, pues aun arriesgándose a incurrir en mensajes de claro corte moralizante, se hace que los personajes del filme no duden en mostrar hasta qué punto están sensibilizados frente a la amenaza de contraer algún tipo de enfermedad de transmisión sexual.

A lo largo de su particular odisea, Théo y Hugo tendrán también ocasión de conversar con personajes de lo más interesante. Tal es el caso del propietario del kebab (Georges Daaboul), un sirio que celebra que "aquí en Francia sí que son ustedes libres", comentario no exento de ironía al ir dirigido a una pareja que no siempre podrá mostrar en público su relación. O el maleducado gruñón de urgencias (Jeffry Kaplow) que acabará increpándolos o la señora que conocen en el primer metro de la jornada (Marief Guittier) y que a su edad se ve obligada a limpiar hoteles porque no cotizó lo suficiente.


Y así, entre una cosa y otra, paseando, montando en bicicleta, corriendo a lo largo del Canal, hablando de Balzac o François Mauriac, les darán las seis de la mañana: momento en el que despunta un nuevo día y, tal vez, una vida en común.

martes, 26 de julio de 2016

El legado tenebroso (1927)












Título original: The Cat and the Canary
Director: Paul Leni
EE.UU., 1927, 84 minutos

El legado tenebroso (1927) de Paul Leni

Bachcelona, el Festival Bach de Barcelona, ha clausurado su edición de 2016 con el acompañamiento musical en directo de The Cat and the Canary en la sala Chomón de la Filmoteca de Catalunya. El pianista y musicólogo Lluís Vidal ha compuesto para la ocasión una banda sonora inspirada en el estilo de Johann Sebastian Bach que ha merecido un largo aplauso tras la proyección.

El legado tenebroso supuso en 1927 el debut hollywoodense del realizador alemán Paul Leni, quien apenas dos años después fallecería víctima de una septicemia. Bajo la producción del presidente de la Universal, el también germano Carl Laemmle, el filme adaptaba la obra teatral homónima de John Willard (1885–1942) que venía arrasando en Broadway desde hacía un lustro.

En realidad, y a pesar de su apariencia levemente expresionista, la película es una comedia de horror que gira en torno a la lectura del testamento del excéntrico millonario Cyrus West veinte años después de su muerte. Annabelle West (interpretada por Laura La Plante) y el resto de herederos se darán cita con tal finalidad en la vieja mansión "encantada" que, de hecho, se acabaría convirtiendo en modelo a imitar por parte de la industria en décadas posteriores.

En ese sentido, Leni acertó a poner las bases de un subgénero que vulgarizaba, por así decirlo, las enseñanzas del expresionismo alemán, adaptándolas al gusto del público americano, y que, en el caso de The Cat and the Canary conllevaría hasta cinco adaptaciones más, de entre las que destaca la versión que Elliott Nugent dirigió en 1939, con un reparto encabezado por Bob Hope y Paulette Goddard.


lunes, 25 de julio de 2016

Botón de ancla (1948)










Director: Ramón Torrado
España, 1948, 100 minutos



Melindroso y más que rancio producto concebido con el único objetivo de despertar vocaciones que quisieran incorporarse a la marina de guerra del ejército franquista. Contó para ello con la colaboración del trío de galanes formado por Antonio Casal (José Luis), Jorge Mistral (Carlos) y Fernando Fernán Gómez (Enrique). A los que se suma la belleza de Isabel de Pomés (María Rosa) y la vis cómica de Mary Santpere, María Isbert y Xan das Bolas en el papel de Trinquete.

Las carantoñas, juramentos fraternales, hazañas, novatadas, líos de faldas y demás monerías de la trinca protagonista no son, pues, más que el anzuelo para que los espectadores de aquel entonces se hiciesen una imagen de lo más entrañable acerca de la Escuela Naval Militar de Marín (Pontevedra, Galicia). Y no debió de irles del todo mal, habida cuenta de los remakes que en 1961 y 1974 se llevaron a cabo de la película.




Lolo, el hijo de mi novia (2015)










Título original: Lolo
Directora: Julie Delpy
Francia, 2015, 99 minutos



¿Qué ocurriría si mezclásemos al protagonista de Tanguy (Étienne Chatiliez, 2001) con Damien, el niño de La profecía (Richard Donner, 1976)? Esa misma pregunta es la que debió hacerse Julie Delpy a la hora de planificar su última película. ¡Pero qué inteligente es esta chica! En Lolo vuelve a demostrarnos una vez más, y ya van unas cuantas, que tiene un don especial para la comedia ácida. Y si encima le añadimos la vis cómica de Dany Boon el resultado es irresistible.

Porque a la típica comedia familiar basada en los conflictos intergeneracionales Lolo le añade un puntito de mala leche que roza la perversidad. Y sus personajes, además, con la salvedad del ingenuo Jean-René (Boon), tampoco es que tengan pelos en la lengua, precisamente: Violette (Delpy) y Ariane (Karin Viard) representan a la perfección a ese tipo de mujer que, habiendo superado el ecuador de la cuarentena, están ya de vuelta de todo (como pone de manifiesto, por ejemplo, la franqueza con la que hablan de sexo). Separadas y con hijos adolescentes, su objetivo es, por tanto, llenar el vacío de sus vidas sentimentales, aunque sin calentarse demasiado la cabeza.

Pero en el caso de la hipocondríaca Violette la cosa no acaba de funcionar y es ahí donde radica el meollo de la trama. ¿Tendrá algo que ver su adorado hijo/artista Lolo (Vincent Lacoste)...?

Tras protagonizar Hipócrates, Vincent Lacoste es ahora Lolo

Sin embargo, y aparte de lo cruel que puede llegar a ser un hijo malcriado, el filme satiriza asimismo muchos más aspectos, como el cinismo de los progres parisinos o la impericia provinciana de Jean-René. Con la guinda, por otra parte, de alguna que otra aparición estelar.


domingo, 24 de julio de 2016

A salvo en el infierno (1931)










Título original: Safe in Hell
Director: William A. Wellman
EE.UU., 1931, 73 minutos

A salvo en el infierno (1931) de William A. Wellman

Probablemente precursora del cine negro en varios aspectos, Safe in Hell muestra la vida que lleva una joven de Nueva Orleans en Tortugo, la pequeña isla del Caribe adonde se ha refugiado, con la ayuda de su novio marinero, huyendo de la justicia por un crimen que cree haber cometido. Aunque el ambiente opresivo que se respira en el hotel donde se aloja va a ser para la bella Gilda una pueba de fuego, teniendo en cuenta la peligrosa fauna masculina que allí se hospeda: un general golpista, un abogado corrupto, un verdugo y otros hombres tan sudorosos como libidinosos que codiciarán su compañía. Porque Gilda es una mujer de la vida y eso se ve a la legua... pero también una mujer fuerte que sabrá cómo mantener a raya a tanto moscón mientras espera el regreso de Carl (Donald Cook).



Queda claro, pues, que, vulgar y valerosa al mismo tiempo, la Gilda que interpreta Dorothy Mackaill es una especie de Penélope moderna que deberá hacer frente a una corte de pretendientes bastante sui géneris. Sólo que, viendo cómo es capaz de encender las cerillas con una sola mano, no necesitará tejer y destejer ningún sudario: ventajas de ser una femme fatale avant la lettre...



La nota de color la ponen la recepcionista Leonie (Nina Mae McKinney) y el botones Newcastle (Clarence Muse), siendo ambos un torrente inagotable de alegría que contrasta de forma muy vívida con la depravada atmósfera de aquel entorno.

En definitiva, A salvo en el infierno es un ejemplo excelente de lo que representó la época pre-code de la industria cinematográfica estadounidense: el periodo comprendido entre la introducción del sonido a finales de los años veinte y la aplicación, a partir de 1934, del estricto Código de Producción de Películas que recogía las directrices de censura.

sábado, 23 de julio de 2016

Memorias del General Escobar (1984)











Director: José Luis Madrid
España, 1984, 100 minutos



Historia verídica de Antonio Escobar Huertas (1879-1940), Coronel de la Guardia Civil destinado en Barcelona al producirse la sublevación del 18 de julio y posteriormente General del ejército rojo, que sería fusilado, al igual que el President Companys, en el castillo de Montjuïc. De hecho, el guion, obra del propio director y de Pedro Masip Urios (edecán de Escobar), adaptaba sus memorias, con lo que el título no puede ser, por tanto, más explícito.

Antonio Escobar Huertas

En honor a la verdad, no puede decirse que Memorias del General Escobar sea una gran película. Sí que es cierto que Antonio Ferrandis fue un actor excepcional y que aquí, como siempre, borda su papel de militar fiel a la República. Pero una película no la puede salvar un actor si el resto no están a la altura. Y hay muchos momentos a lo largo de este filme en los que se produce el efecto "aguantavelas": Escobar habla y el resto de personajes presentes en el encuadre ni abren la boca ni saben a dónde mirar. Probablemente porque ni siquiera son actores: acaso se trate de extras contratados para hacer bulto. Pero es que cuando la réplica la da un actor de verdad la mayoría de veces tampoco puede decirse de éstos que igualen las dotes interpretativas de Ferrandis. Se nos dirá que también intervienen fugazmente figuras de la talla de Fernando Guillén (General Goded) o Jesús Puente (General Rojo), pero su participación se limita a papeles muy secundarios, tal vez porque el presupuesto no daba para más.

En cualquier caso, Memorias del General Escobar es, como se suele decir en estos casos, una película bienintencionada, de factura academicista (tirando de imágenes de archivo cuando es necesario) y que por su estilo y temática parece más de Jaime Camino, Antoni Ribas o Josep Maria Forn que no de José Luis Madrid. También puede decirse que llegó tarde a las pantallas, puesto que Las largas vacaciones del 36, La ciutat cremada o Companys, procés a Catalunya se habían estrenado a mediados o finales de los setenta, mientras que en el 84 imperaba ya en España otro cine muy distinto.

De todas formas, no está de más señalar el acierto de la cinta al centrarse en la vertiente humana del protagonista, abordando el asunto de sus hijos (uno de ellos, interpretado por Fernando Guillén Cuervo, falangista) y de su amor platónico por la monja enfermera que cuida de él (Elisa Ramírez), así como la solemnidad que Antonio Ferrandis supo transmitir al personaje.

Antonio Ferrandis da vida al General Escobar

viernes, 22 de julio de 2016

El cartero siempre llama dos veces (1946)












Título original: The Postman Always Rings Twice
Director: Tay Garnett
EE.UU., 1946, 113 minutos

El cartero siempre llama dos veces (1946) de Tay Garnett

A eso del mediodía me arrojaron del camión de heno. Me había subido a él la noche anterior, en la frontera, y apenas me tendí bajo la lona quedé profundamente dormido. Estaba muy necesitado de ese sueño, después de las tres semanas que acababa de pasar en Tijuana, y dormía aún cuando el camión se detuvo a un costado del camino para que se enfriase el motor. Entonces vieron un pie que sobresalía de debajo de la lona y me arrojaron al camino. Intenté decir alguna broma, pero el resultado fue un fracaso y comprendí que era inútil esperar algo. Me dieron un cigarrillo, sin embargo, y eché a andar en busca de algo que comer.
Fue entonces cuando llegué a la fonda Los Robles Gemelos...

James M. Cain
El cartero siempre llama dos veces
Traducción de Federico López Cruz

No suele ocurrir muy a menudo, pero a veces pasa: el remake supera en fama al original... Hoy quizá muchos no lo sepan, pero The Postman Always Rings Twice no es únicamente la película de Bob Rafelson que protagonizaron en 1981 Jessica Lange y Jack Nicholson. No: hubo otras versiones anteriores de la novela de James M. Cain. De hecho, la del 81 fue... ¡la cuarta!

La primera se llevó a cabo en Francia con el título de Le dernier tournant (Pierre Chenal, 1939). La segunda se rodó en Italia y la dirigió Visconti: Ossessione (1943). Así que correspondería a Tay Garnett el honor de dirigir la primera versión en inglés, en la que John Garfield y Lana Turner fueron la pareja explosiva.

De izquierda a derecha: Garnett, Turner y Garfield

A pesar de ir vestida casi siempre de blanco, la Cora que compuso esta última es una de las femmes fatales más negras que haya dado la historia del cine. Rubia platino de una belleza dolorosa, Cora representa para Frank Chambers (Garfield) lo mismo que la tentación en el destino de tantos hombres desde la manzana de Adán y Eva. Ya desde su electrizante presentación (un pintalabios rueda por el suelo y la cámara, en un fugaz travelín, nos conduce hasta ella), esta imponente mujer va a conseguir cambiar el rumbo del destino de quienes se crucen en su senda.

Cualquiera se resiste...

Luego vendrán las complejidades judiciales, urdidas por el fiscal Sackett (Leon Ames) y el abogado Keats (Hume Cronyn), en las que la pareja de enamorados se enredará fatal e irremediablemente. Todo con la intención de, merced al discurso final de Frank (de los que marcan época), acabar haciendo apología de la pena de muerte.

Nick (Cecil Kellaway) no sabe la que se avecina

jueves, 21 de julio de 2016

La vaquilla (1985)











Director: Luis García Berlanga
España, 1985, 122 minutos



¡La que se lía por una vaquilla! Valió, sin embargo, la pena tener que esperar durante décadas a que una película, cuyo guion dicen que durmió tantos años el sueño de los justos en el fondo de un cajón, pudiese rodarse de una vez por todas. Porque, a fin de cuentas (y ya han pasado más de treinta años desde entonces), García Berlanga y Azcona acertaron a reflejar muy bien, como por otra parte era habitual en ellos, la idiosincrasia nacional.

En ese sentido, y por más que se haya convertido en un tópico el decirlo, La vaquilla es una comedia coral en la que el personaje colectivo, con la ayuda de esos planos secuencia tan elaborados de su director, capta a la perfección el carácter de los españoles. Y qué mejor trasfondo histórico para ello que nuestra Guerra Civil, aunque sea en clave de humor.



Los Alfredo Landa, Pepe Sacristán, Guillermo Montesinos, Santiago Ramos, María Luisa Ponte (y un larguísimo etcétera de cómicos) supieron dar lo mejor de sí mismos, interpretando unos diálogos bajo cuya agudeza desternillante se palpa la tragedia, en lo que podría considerarse la versión cómica de Kafka.

De ahí que la vaquilla muerta de la escena final, devorada por los buitres al tiempo que suenan los acordes de "La hija de Juan Simón" en la voz de Angelillo, nos aporte la verdadera dimensión de un filme bastante más metafísico de lo que pudiera parecer a simple vista.


miércoles, 20 de julio de 2016

La marca del fuego (1915)












Título original: The Cheat
Director: Cecil B. DeMille
EE.UU., 1915, 59 minutos

La marca del fuego (1915) de Cecil B. DeMille

Siempre es un placer volver a ver una película muda con el acompañamiento musical del mestre Joan Pineda en la sala grande de la Filmoteca de Catalunya. La elegida para esta ocasión, The Cheat, es el típico dramón de Cecil B. DeMille: esposa de millonario se deja llevar por la codicia. STOP. Invierte todos los fondos de la entidad benéfica de la que es tesorera en unas acciones que prometen repercutirle pingües beneficios. STOP. Como es lógico, porque si no no habría película, el dinero se esfuma. STOP. Un misterioso potentado birmano se presta a dejarle los diez mil del ala a la desconsolada esposa. STOP Ya la hemos liado. STOP...

Y todo esto mucho antes del consabido crac de la bolsa de Wall Street, lo cual tiene más mérito. Porque DeMille pone al descubierto en 'La trampa' (traducción literal de The Cheat) las especulaciones de una clase social que se ha enriquecido a base de la compraventa de acciones y que, de hecho, carece completamente de escrúpulos: si Edith Hardy (interpretada por la actriz Fannie Ward) accede a invertir el dinero recaudado por la Cruz Roja en los bonos que le sugiere el colega de su marido es, precisamente, porque ansía comprarse lujosos vestidos con las ganancias que obtenga.

Nos encontramos, al mismo tiempo, frente a una de las primeras producciones americanas que supieron sacarle partido a los juicios como elemento de intriga netamente cinematográfico. En ese sentido, en La marca del fuego se explota con suma maestría la expectación suscitada por el litigio en el que se ve envuelto el matrimonio Hardy, con "invasión de campo" incluida por parte de la encolerizada concurrencia.

Quedará, por último, para el anecdotario el hecho de que en la primera versión del filme, estrenado en 1915, el personaje interpretado por Sessue Hayakawa era japonés y respondía al nombre de Hishuru Tori. Pero tras las airadas protestas por parte de la colonia nipona residente en California, a partir de la reposición de 1918 se optó por transformar al exótico canalla en birmano, pasando a llamarse Haka Arakau.

En cuanto al argumento ideado por Hector Turnbull y Jeanie Macpherson, cabe decir, además, que inspiraría en 1921 el libreto de la ópera Forfaiture, última de las que compuso el francés Camille Erlanger y primera de la historia que adaptaba un guion cinematográfico.



Al borde del peligro (1950)











Título original: Where the Sidewalk Ends
Ditector: Otto Preminger
EE.UU., 1950, 95 minutos

Al borde del peligro (1950) de Otto Preminger

Arranca Where the Sidewalk Ends y apenas han transcurrido los primeros compases cuando ya sabemos que va a ser una película extraordinaria en su género: unos pies avanzan, de noche y de izquierda a derecha, sobre la acera y, en el pavimento, aparecen escritos con pintura blanca los nombres de la pareja protagonista y el título. Alguien está silbando una melodía...

Puro cine negro en la que supondría la última colaboración entre Otto Preminger y los actores Dana Andrews y Gene Tierney. No es quizá tan célebre como Laura, Vorágine o ¿Ángel o diablo?, pero Al borde del peligro posee el encanto del equívoco: tanto es así que el sargento Mark Dixon es al mismo tiempo quien acaba resolviendo la investigación, pese a que antes ha matado, de forma accidental, al marido de la bella Morgan, de la que se enamora perdidamente. Es decir: que irá interpretando sucesivamente los papeles de héroe y de villano, con todas las complicaciones que ello conlleva, ya que el taxista y padre de Morgan será injustamente acusado del crimen.

De hecho, fue por tener la mano muy larga con los sospechosos que sus superiores lo degradaron dentro del cuerpo policial. Algo similar a lo que puso fin a la relación de Morgan, víctima de malos tratos, con su exmarido. Y encima Dixon está empeñado en cargarle el muerto (nunca mejor dicho) a Tommy Scalise (Gary Merrill), gánster propietario de una timba ilegal.

En realidad, el personaje al que da vida Dana Andrews es poseedor de una compleja psicología, toda vez que vive martirizado por el recuerdo de su padre, el cual siempre anduvo mezclado en turbios negocios, algunos de ellos precisamente con Scalise...

De ahí que, cuando al acabar la película las cosas parecen arreglarse tan fácilmente y la chica no tiene ningún inconveniente en caer rendida a los pies del chico y todos tan felices, uno tiene la sensación de que la historia se ha cerrado en falso, que se ha cortado por lo sano con un final made in Hollywood y que la retorcida urdimbre de pasiones que se había ido tejiendo entre los personajes prometía dar mucho más de sí.


El santuario no se rinde (1949)











Director: Arturo Ruiz Castillo
España, 1949, 85 minutos



Diez años después de la victoria franquista en la Guerra Civil, y tras el fracaso del fascismo a nivel internacional, El santuario no se rinde mostraba una visión del conflicto en la que, si bien seguían primando los valores rancios de un patrioterismo a ultranza, parecía intuirse tímidamente alguna que otra variación respecto al cine de cruzada. De hecho, su protagonista (interpretado por Alfredo Mayo, el otrora estandarte del adalid falangista) es aquí un notario que pertenece al bando republicano. Y aunque al final acabe renegando de dicha causa, ya es mucho que se muestre el lado humano de alguien capaz de poner su vida en peligro para salvar a una condesa. Claro que es un acercamiento muy sui géneris a la facción enemiga: se trata de señalar que los rojos también tienen sentimientos... ¡porque uno de ellos fue capaz de ayudar a los sublevados!

Por otra parte, es asimismo importante tener en cuenta que el guion de José María Amado, Alfonso Nieva y el propio Arturo Ruiz Castillo estaba basado en un hecho real, concretamente una derrota de los nacionales ocurrida en el asedio del Santuario de la Virgen de la Cabeza (Jaén). Que se eligiese una derrota y no una victoria, como sucedía en Sin novedad en el alcázar, dirigida por el italiano Augusto Genina en 1940 y que podría considerarse, en varios aspectos, un precedente de ésta, es también un detalle sintomático.

De todas formas, lo que se mantiene inalterable son esos fanáticos (considerados héroes por este cine de propaganda) que, con la mirada puesta en el horizonte, sacrifican sus vidas defendiendo proclamas tan terribles como "La Guardia Civil muere, pero no se rinde". O perlas que, como la siguiente, hoy suenan ridículas, pero que entonces se las tomaban muy en serio:

Finalmente, los republicanos logran acceder al interior del santuario. Algunos de ellos, quizá miembros de las Brigadas Internacionales, hablan en francés:
-Alors, entrez !
Al ver el estado en el que se encuentran los supervivientes exclaman:
-C'est incroyable, mon ami !
Tumbado en el suelo, el agonizante Capitán Cortés [Tomás Blanco] aún tiene fuerzas para lanzar un...
-España.
Uno de los franceses hace amago de rematarlo con su fusil, pero inmediatamente es detenido por un republicano autóctono:
-¡Quieto, a ése no!
-Et pourquoi ?
-Es español. ¡Tú no entiendes de eso!

Aspecto actual del Santuario de la Virgen de la Cabeza (Jaén)

martes, 19 de julio de 2016

Tierra de todos (1962)










Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España, 1962, 80 minutos



Ya desde la explicitud de su título, Tierra de todos pretendía traducir en imágenes el espíritu de "reconciliación nacional" que el PCE se había marcado como objetivo en junio de 1956. Objetivo que, obviamente, distaba mucho de ser un camino de rosas. De ahí que lo principal en la película, a diferencia de lo que sucedía en el cine bélico de la posguerra, no sea tanto ahondar en el bando al que pertenecen unos u otros ni en una cuestión de vencedores o vencidos sino más bien en subrayar la angustia que experimentan unos personajes forzados a avanzar a duras penas en una abrumadora procesión de balas y explosiones.

Tal vez favorecida por la uniformidad que confiere el blanco y negro, dicha indefinición contribuye a generar en el espectador la sensación de que los que se están matando unos a otros no son rojos o nacionales sino simplemente hombres. Serán más bien las actitudes las que acaben definiendo a los personajes: Juan (un debutante Manuel Gallardo, el mismo actor que años después se haría célebre interpretando al padre de Javi en la serie televisiva Verano azul) es el republicano y quizá por ello se le muestra como un tipo hosco y malcarado; Andrés, en cambio, (interpretado por Fernando Cebrián) es el nacional y está herido, de modo que se le retrata con un carácter más benévolo.

La transformación se obrará, por tanto, en Juan, quien no sólo se irá humanizando al convivir, aunque sea forzosamente, con Andrés y las mujeres del caserío del Pinar sino que acabará travestido con el uniforme del bando nacional para poder pasar desapercibido al ir a buscar al pueblo a un médico que atienda a la parturienta Teresa (Montserrat Julió).

Juan (Manuel Gallardo)

Hay, dicho sea de paso, en estos combatientes que merodean por el bosque bajo la lluvia, sobre todo en la primera parte del filme, algo que recuerda visualmente a los Soldados de Salamina que dirigió David Trueba en 2003, lo cual pone de manifiesto la vigencia y modernidad de lo que Isasi-Isasmendi ya había hecho a inicios de los sesenta.

Los últimos diez minutos de película merecen un análisis detenido, dada su alta carga simbólica: Andrés y Juan acarrean con la camilla en la que una convulsa Teresa es apenas atendida por el anciano doctor mientras las bombas caen por doquier. He ahí una precisa metáfora de lo que supuso la Guerra Civil: la madre que se desangra podría ser el país; los camilleros, las facciones fratricidas; el doctor, Teresa y el niño serían las víctimas colaterales... O tal vez cabe pensar que la criatura a punto de nacer es el futuro, la esperanza que sobrevivirá más allá del conflicto: el llanto del bebé desde el fondo del socavón producido por el obús que ha matado a todos los demás invita a suponerlo. Mientras tanto, dos siluetas femeninas (las de María y Manuela) avanzan corriendo desde el fondo, al tiempo que la sobreimpresión del título nos recuerda que la tierra donde todo eso ha sucedido es la de todos.

Santa Rosalia con Castellbisbal (2013)











Director: Joan Vall Karsunke
España, 2013, 31 minutos



Rodado en 2008 en el domicilio de José María Nunes, sito en en la confluencia de las calles "Santa Rosalia con Castellbisbal" del barrio de Vallcarca (de ahí el título), el documental pretende ser un homenaje no sólo a la narrativa de su cine sino sobre todo al hombre.

Sentado en su despacho y rodeado de objetos que atesoró a lo largo de muchos años de carrera, el propio Nunes irá tecleando en su vieja máquina de escribir diversas citas procedentes de filmes como Biotaxia (1968), Mañana... (1957) o Noche de vino tinto (1966). Se trata de frases que en su momento impactaron a Joan Vall y que ahora Nunes rememora frente a la cámara, "puede que cometiendo errores, pero nunca equivocaciones..."

Sobre la mesa del estudio: el reloj es el que llevaba
 el payaso interpretado por Saza en Mañana...

La proyección (en la sala Laya de la Filmoteca de Catalunya) se ha completado con una lectura de textos a cargo de amigos y familiares del director portugués, fallecido en 2010. Han participado, entre otros, Joan M. Minguet (autor de una completísima biografía sobre Nunes y comisario de la interesante exposición que estos días se le dedica en el Arts Santa Mónica: "Nunes, més enllà del temps"), Lluís Valentí (productor de las tres últimas películas que dirigió Nunes), José María Blanco (actor fetiche de Nunes y visiblemente emocionado durante el acto), Empar Rosselló (actriz), Rosa Llinàs, Julio Lamaña (ambos de la Federación catalana de cineclubs) y Virginia Nunes (hija del homenajeado), quien ha dado fin al acto con la lectura de algunos poemas que su padre dedicó a Lita (Adela, su futura esposa) al poco de conocerse en 1948.

Al margen de los ripios entrañables que Nunes escribía con tan sólo dieciocho años, el momento más emotivo se ha vivido durante la intervención de José María Blanco, quien, con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada, le ha dicho a Joan Vall que su película le ha tocado la fibra: "Has conseguido algo único en la historia del cine: has conseguido filmar la literatura". Luego, ya más calmado, se ha despeinado (Nunes, su "peluquero" en los rodajes, siempre se lo hacía) y con el pelo enmarañado ha leído un fragmento del guion de Amigogima (2002).


lunes, 18 de julio de 2016

Mi amigo el gigante (2016)











Título original: The BFG
Director: Steven Spielberg
Reino Unido/Canadá/EE.UU., 2016, 117 minutos

Mi amigo el gigante (2016) de Steven Spielberg

Disney + Spielberg + Roald Dahl = The BFG. Tenía que ser en el año del centenario del nacimiento del escritor galés. Y la suma de factores da como resultado una película ampliamente imaginativa, pero en la que se aprecian, además (forzoso es reconocerlo), elementos ya presentes en las sagas de Harry Potter o de El señor de los anillos e incluso Star Wars: incomprendidos niños con gafitas de la gris Inglaterra que se refugian en su mundo de fantasía, personajes imaginarios y gigantescos que hablan un idiolecto plagado de palabros... Todo en Mi amigo el gigante obedece a unos parámetros estándar, unas fórmulas cuyo éxito ha sido sobradamente probado, en definitiva, una suerte de déjà vu que poco puede sorprendernos. 

Se podrá decir que el imaginario de Dahl es más profundo que el de J.K. Rowling: bueno, cuestión de gustos. Se podrá alabar el despliegue de medios y la buena factura de una producción técnicamente impecable: sí, sí, si nadie lo pone en duda. Se podrán argumentar mil y una excusas para justificar un tipo de cine que busca el éxito de masas por encima de todo: de acuerdo, y ello es perfectamente legítimo. Pero, por favor: que no nos vengan a estas alturas con el rollo de la genialidad y todas esas mandangas porque este The BFG es de todo menos original. Y a quien le gusten o le hagan gracia los gases de Isabel II, pues con su pan se los coma...



Lo que sí que es una experiencia que vale enormemente la pena es ver la película en el cine Phenómena de Barcelona, con ese pantallazo interminable en el que los gigantes son todavía más gigantes. La verdad es que llevábamos tiempo queriendo vivir la experiencia en primera persona y hoy, por fin, hemos tenido ocasión de hacerlo.


domingo, 17 de julio de 2016

Barcelona, ferida oberta (2016)











Título original: Barcellona, ferita aperta
Directora: Mónica Uriel
Italia, 2016, 53 minutos



A punto de cumplirse el octogésimo aniversario de la sublevación militar que daría pie a la Guerra Civil Española, el documental de la periodista Mónica Uriel revisa uno de los episodios menos conocidos de la contienda: el bombardeo aéreo que la aviación italiana efectuó sobre la ciudad de Barcelona en marzo de 1938.



A día de hoy, aún es hora de que las autoridades de aquel país pidan perdón (como ya hiciera Alemania en relación a lo acontecido en Gernika) por unos hechos que acarrearon la muerte de al menos 2.500 personas. A lo cual hay que añadir la querella que en 2013 se interpuso contra los pilotos responsables.

Quizá el momento más emotivo de Barcellona, ferita aperta (el título es, por cierto, un calco evidente de Roma, città aperta) sea el encuentro entre Rosina Costa (hija del aviador Luigi Costa) y Alfons Cànovas (hijo, a su vez, de una de las víctimas), así como el que la italiana mantiene con Ana Raya (herida ella misma en uno de los bombardeos). Y es Rosina quien, simbólicamente, aprovecha su visita a la ciudad condal para pedir las disculpas que jamás llegaron desde instancias oficiales.

Alfons Cànovas abraza a Rosina Costa

También intervienen historiadores (Andrea Tappi) y juristas (Santiago Vidal, Jaume Asens) para, respectivamente, reconstruir los hechos históricos y para analizar las posibilidades que tiene la querella de prosperar.

Al margen de las imágenes inéditas que se incluyen, filmadas por la propia aviación italiana, y de otras ya conocidas (como Catalunya màrtir, el reportaje que sobre aquellos hechos efectuó el Comisariado de propaganda de la Generalitat de Catalunya), sorprende el comprobar cómo las autoridades franquistas debieron seguir pagando hasta 1967 la deuda que habían contraído con Italia al solicitar los servicios de sus fuerzas aéreas. Para aquel entonces la República Italiana era ya una democracia, lo mismo que la actual España, pero ni lo uno ni lo otro sirvió, al parecer, para cerrar unas heridas que estaban y siguen aún abiertas.

sábado, 16 de julio de 2016

Camarote de lujo (1959)












Director: Rafael Gil
España, 1959, 88 minutos



Luz de luna es una novela que Wenceslao Fernández Flórez publicó en 1915, en los inicios de su carrera literaria, y que varios decenios después llevaría a la gran pantalla Rafael Gil bajo el título de Camarote de lujo. La acción se centra en el joven Aurelio, un muchacho que abandona la aldea gallega en la que vivía con sus padres para ir a trabajar a La Coruña, concretamente en las oficinas de una compañía encargada de fletar los barcos repletos de emigrantes que parten rumbo a América.

El conflicto viene dado por el hecho de que Aurelio (Antonio Casal) es tan noble que no puede sufrir el trato que don Fabián (José Marco Davó) y Ernesto (Fernando Sancho) dispensan a las pobres familias que se ven en la obligación de tener que abandonar su tierra en busca de un futuro mejor. Y no son sólo las formas sino que además les cobran unos precios abusivos mediante sobresueldos y demás componendas.

No tardará, pues, Aurelio en verse de patas en la calle por intentar ayudar a un tal Juan Cadaval a obtener el pasaje que legítimamente le correspondía, con lo que darán comienzo sus quebraderos de cabeza.

Hay, al mismo tiempo, dos subtramas: la que tiene lugar en la triste pensión donde se hospeda Aurelio y en la que habitan tipos tan singulares como don Armando (Manolo Morán) o la hija de la propietaria, Elvira (Nelly Morelli), siempre enferma y, por otra parte, la relación amorosa que entablan Aurelio y su vecina Guadalupe (María Mahor). Mención aparte merece la escena del sueño, en el que Aurelio ve colmados sus deseos, en especial el de saciar su apetito de mermelada...

En definitiva, y pese a las apariencias de crítica social que pueda sugerir Camarote de lujo en una primera lectura, lo cierto es que si se examina con más detenimiento será fácil darse cuenta de que la película no plantea ninguna solución real ni para erradicar la pobreza que empuja a los gallegos a emigrar ni, mucho menos, para castigar a quienes especulan con la desesperación de los emigrantes. Por contra, todo se resuelve con una simple ensoñación en la que el lujo parece ser el remedio fácil que alivie sus penurias.

viernes, 15 de julio de 2016

Mañana... (1957)










Director: José María Nunes
España, 1957, 94 minutos



Si Rovira Beleta era apolíneo, el Nunes fue dionisíaco. Pero ambos acertaron a retratar Barcelona con un amor como pocas veces se ha visto en la gran pantalla. Cada cual con su estilo, en películas ya míticas como Los Tarantos o Mañana..., respectivamente.

Hablemos ahora de esta última: Mañana... Una obra maestra absoluta e indiscutible. El filme con el que el portugués de nacimiento (y barcelonés de vocación) José María Nunes debutaba en la dirección destaca por la exquisita sensibilidad de un realismo poético que pocos supieron valorar en el momento de su estreno.

En cada uno de sus cuatro episodios, así como en las inquietudes que apenas esboza el narrador (José María Rodero), se aprecia el pulso contundente de un cineasta cuyas influencias saltan enseguida a la vista: la historia de don Felipito, el viejo escritor frustrado que intenta sobrevivir vendiendo peines que nadie compra, parece inspirada por Umberto D. de De Sica, M de Fritz Lang (por el conciliábulo de pedigüeños) o Los olvidados de Buñuel. En cuanto al segmento dedicado a Silvestre, ese vigilante de una fábrica de galletas cuya verdadera vocación es tocar el clarinete, se diría que tiene mucho del montaje del cine soviético a lo Eisenstein o Dziga Vertov e incluso algo de Berlín, sinfonía de una ciudad de Walter Ruttmann. Los amantes nocturnos del tercer episodio, aparte de contener el germen de Noche de vino tinto (del propio Nunes), nos harían pensar en las Noches blancas de Visconti si no fuera porque ambos filmes son del 57. Por último, el patético payaso al que da vida Saza debe bastante a Chaplin y un poco a La strada de Fellini.

El Gran Payaso (Saza) implorando risas

Lejos de restarle mérito, todas esas referencias cinematográficas revelan al realizador que ha sabido asimilar el magisterio de los grandes artistas que le precedieron para crear un estilo propio, tremendamente personal y evocador. Y que la ineptitud de los censores y la estulticia endémica del país se encargaron de menospreciar...

Hasta que en 2004 fue más o menos posible resarcir el agravio mediante la versión restaurada de Mañana... que llevó a cabo la Filmoteca de Catalunya en colaboración con Filmoteca española. Quienes tuvimos la suerte de asistir a la presentación en la sala Aquitània de la capital catalana aún recordamos con cariño uno de los momentos más entrañables que allí se vivieron. Un Nunes pletórico improvisó unas palabras al terminar la proyección, rematadas con su habitual: "¡Salud, compañeros! ¡Salud!" Algunos asistentes, jóvenes todos ellos, se acercaron con lágrimas en los ojos al maestro para darle las gracias. Fue un momento mágico: el entusiasmo del veterano combatiente contagiado a las nuevas generaciones.

Lástima que, de momento, los derechos de una joya de tal calibre estén en posesión del señor Enrique Cerezo, el mismo que tiene el honor de presidir el Club Atlético de Madrid, ya que sería deseable que Mañana... pudiese ser divulgaba más allá de algún pase eventual en la Filmoteca.

Para más información, nos permitimos remitir a la página nunescine.es, donde, entre otros datos de interés, se incluyen comentarios del director sobre la película.

José María Nunes (1930-2010)

El soplo al corazón (1971)











Título original: Le souffle au coeur
Director: Louis Malle
Francia/Italia/Alemania, 1971, 118 minutos

El soplo al corazón (1971)

Por más que la familia al completo de Le souffle au coeur acabe en la última secuencia del filme con una risotada general, son muchos los aspectos oscuros que se habrán ido apuntando a lo largo de dos horas. Parece que Louis Malle quiera dar a entender que es la hipocresía la que triunfa en determinados sectores de la sociedad, como la burguesía liberal a la que pertenecen los Chevalier.

Laurent (Benoît Ferreux) es ese adolescente desgarbado, el menor de tres hermanos, que, como Jean-Pierre Léaud en el caso de Les quatre cents coups de Truffaut, debutaba con El soplo al corazón. La película, a su vez, se enmarca en una época en la que los cineastas no tenían suficiente con entretener sino que aspiraban a incomodar, cuando no a escandalizar, al espectador. En este sentido, el filme de Malle estaría conectado con Verano del 42 de Robert Mulligan, estrenado el mismo año y en el que el personaje interpretado por Jennifer O'Neill plantea no pocas similitudes con la Clara de Lea Massari.

Lea Massari (Clara)

Historias de iniciación en las que, sin embargo, nada es aparentemente traumático a pesar de la intensidad con la que se viven determinadas experiencias. En el caso de Laurent, en cambio, es la lectura de Proust o de las novelas de Boris Vian lo que llena sus días, aparte de una desmedida obsesión por el jazz de Charlie Parker o Dizzy Gillespie. La relación con su madre, a su vez, viene marcada por una malsana atracción hacia ella, en la que el hijo intentará de alguna forma ocupar el espacio dejado por un padre a menudo ausente.

Connotaciones edípicas para un argumento escrito por el propio Louis Malle, con el trasfondo histórico de la guerra de Indochina, y que recibiría una nominación al Óscar.

Malle incluyó en Laurent (Benoît Ferreux)
numerosos rasgos autobiográficos