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martes, 29 de noviembre de 2022

Close (2022)




Director: Lukas Dhont
Bélgica/Holanda/Francia, 2022, 105 minutos

Close (2022) de Lukas Dhont


WE two boys together clinging,
One the other never leaving,
Up and down the roads going—North and South excursions making,
Power enjoying—elbows stretching—fingers clutching,
Armed and fearless—eating, drinking, sleeping, loving,
No law less than ourselves owning—sailing, soldiering, thieving, threatening,
Misers, menials, priests alarming—air breathing, water drinking, on the turf of the sea-beach dancing,
Cities wrenching, ease scorning, statutes mocking, feebleness chasing,
Fulfilling our foray.

Walt Whitman
Leaves of Grass (1891-1892)

Sin que quede muy claro en qué proporción es amor o simplemente amistad lo que se profesan el uno al otro (tampoco importa demasiado, francamente), los dos chicos protagonistas de Close (2022) toman el relevo de las maneras que ya apuntaba el belga Lukas Dhont en su ópera prima Girl (2018). No en vano, ambos filmes comparten temática (la no siempre cómoda identidad sexual durante la adolescencia), así como el hecho, nada desdeñable, de haber sido premiadas en el Festival de Cannes.

Aun así, la delicadeza de una puesta en escena que huye del más mínimo atisbo de morbosidad nos confronta ante una relación que, si bien acaba en tragedia, destaca más por lo que se intuye que no por unos sentimientos que ni los propios chicos, dada su corta edad, son capaces de identificar. Serán, en todo caso, los demás, ese infierno implacable del que hablaba Sartre en Huis clos, quienes siembren con sus comentarios homófobos de patio de colegio la cizaña que, a la postre, se acabará traduciendo en el distanciamiento entre Léo (Eden Dambrine) y Rémi (Gustav De Waele).



Por otra parte, se da la circunstancia de que en una cinta tan original como ésta concurren diversos factores que al espectador ajeno a la realidad belga quizá le pasen por alto. Se trata del detalle de que los dos amigos pertenecen a comunidades lingüísticas, la valona y la flamenca, cuya convivencia e incluso encaje territorial ha dado lugar a no pocas tensiones a lo largo de la historia. En ese aspecto, parece como si el realizador y su guionista habitual (de nuevo, Angelo Tijssens) hubiesen querido apuntar una lectura de fondo en clave alegórica apelando al buen entendimiento y/o conflictos recurrentes entre las principales regiones de aquel país.

Sea como fuere, lo único cierto es la innegable maestría de Dhont a la hora de captar el vacío que sigue al abrupto alejamiento vivido por dos seres aún demasiado inocentes como para saber gestionar los cambios propios de la pubertad. Momentos críticos que Léo deberá afrontar en solitario o, en un intento desesperado por dilucidar las cosas, procurando la compañía de la madre de Rémi, una puericultora (Émilie Dequenne) tan asustada como él ante la desgarradora ausencia de certezas. La escena final, con el joven corriendo sin rumbo a través de un campo de flores, se ha comparado con la huida desesperada de Antoine Doinel al término de Les quatre cents coups (1959).



lunes, 17 de febrero de 2020

Sinónimos (2019)




Título original: Synonymes
Director: Nadav Lapid
Francia/Israel/Alemania, 2019, 123 minutos

Sinónimos (2019) de Nadav Lapid


Intentar reducir a palabras el contenido de Synonymes puede resultar una tarea tan ardua como inútil. ¿Absurda? ¿Cómica? ¿Críptica? Adjetivos válidos, todos ellos, para calificar parcialmente una película que obtuvo el Oso de Oro en Berlín, pero insuficientes, al mismo tiempo, si uno pretende sacar algo en claro, más allá de lo que ya se ve a simple vista.

No obstante, es obvio que la nacionalidad de su director juega, a este respecto, un papel determinante en tanto que Nadav Lapid no parece sentir excesivas simpatías hacia los sectores más ortodoxos del Estado de Israel. Vista así, la actitud disruptiva del protagonista adquiere, de inmediato, una lógica por completo comprensible: la prueba palpable de que todos los nacionalismos son ridículos por igual. Basta con despojarlos de la habitual solemnidad de sus discursos para darse cuenta del vacío que se esconde bajo tanta parafernalia.



Y es huyendo del Estado paramilitar en que se ha convertido la sociedad israelí de hoy en día que nuestro protagonista llega a Francia, cuna del laicismo y de la ilustración, buscando refugio. Tal vez por ello lo veremos desnudo con tanta frecuencia, en un alarde metafórico con el que se pretenden evidenciar las ansias por despojarse del lastre represor de su educación hebrea y hasta de su propia lengua.

Aunque no todo es tan fácil: acogido por una joven pareja que habita en el mismo inmueble que él, Yoav (Tom Mercier) terminará siendo víctima de sí mismo al comportarse con una brusquedad que desentona en el ambiente de refinamiento culturalista del que le gustaría formar parte. Ahora, eso sí: durante las sesiones preparatorias para adquirir la ciudadanía francesa, tiene ocasión de comprobar que la doctrina impartida a los candidatos no difiere en exceso del fanatismo sionista (la escena en la que los aspirantes entonan/desentonan La Marsellesa tiene mucho de caricaturesco). Definitivamente, Yoav ha huido del fuego para caer en las brasas.


lunes, 30 de julio de 2018

Llenos de vida (2018)




Título original: Place publique
Directora: Agnès Jaoui
Francia, 2018, 98 minutos

Llenos de vida (2018) de Agnès Jaoui


Entre otras cosas, la última película del tándem Jaoui-Bacri comienza con una frase bastante reveladora de Jean d'Ormesson (1925-2017): "À vingt ans, si on n'a pas le cœur à gauche, on n'a pas de cœur. À quarante ans, si on a toujours le cœur à gauche, on n'a pas de tête". Elocuente, decimos, porque define a la perfección el carácter de la pareja protagonista: Castro (Bacri) fue tal vez un veinteañero engagé, aunque a sus 65 primaveras (y por más peluquín que luzca) su cinismo corrosivo delata un más que probable viraje hacia la derecha de un corazón que, a fuerza de airear las intimidades de los famosos por televisión, se ha endurecido enormemente; su exmujer Hélène (Jaoui) demuestra, en cambio, no tener mucha cabeza al continuar defendiendo con más de cincuenta años las mismas causas perdidas de cuando tenía veinte.

En realidad, se podría decir que, como en la ficción, el matrimonio Bacri-Jaoui lleva toda la vida representando la misma bufonada: coescrita por ambos y dirigida por ella, Place publique difiere en muy poco de anteriores proyectos de la pareja, experta en diseccionar las debilidades humanas en comedias corales aparentemente inofensivas, pero que no dejan títere con cabeza. Así pues, desde que comenzasen su andadura en 2000 con la aclamada Para todos los gustos, pocas (por no decir ninguna) de sus cinco comedias han eludido las reuniones sociales o celebraciones de todo tipo como planteamiento idóneo que les permita juntar en escena a personajes de muy distinto jaez.



En el caso que nos ocupa es el famoseo quien sale peor parado: todas esas celebrities de medio pelo que Nathalie (Léa Drucker) convoca en el jardín de su nueva residencia y que han alcanzado la "gloria" tan sólo por acumular unos cuantos cientos de miles de likes en las redes sociales de turno. Claro que el populacho también recibe a base de bien: desde la camarera que está más pendiente de hacerse selfis con sus ídolos en lugar de atender a las mesas hasta el chófer que baila amistosamente con Castro en la escena inicial para luego ser despedido de manera fulminante por una simple minucia de la que ni siquiera es culpable.

Todo es verdad, todo es mentira: pero ninguno de los que se asoman a la "plaza pública" a la que alude el título original (me gustaría saber de dónde viene lo de Llenos de vida de la versión española) sale del todo indemne de una mascarada que guarda no pocas similitudes con el anterior trabajo como actor de Bacri: la disparatada C'est la vie (Le sens de la fête, 2017) de Nakache y Toledano, que ya tuvimos ocasión de comentar aquí a finales de enero de este año.

Como en la última de Haneke, el uso del móvil es ridiculizado

lunes, 23 de abril de 2018

Custodia compartida (2017)




Título original: Jusqu'à la garde
Director: Xavier Legrand
Francia, 2017, 93 minutos

Custodia compartida (2017)


"Entre Hitchcock y Chabrol..." Pues bueno: es sorprendente de lo que son capaces las productoras con tal de promocionar una película para que los incautos espectadores se lancen a verla sin pensárselo dos veces. Lo curioso es que Custodia compartida (Xavier Legrand, 2017) no tiene nada, a nuestro parecer, de ninguno de los dos directores con los que la compara el eslogan publicitario. Si un caso, hay momentos puntuales en los que parece asomar el inquietante influjo de un Haneke, por ejemplo. Pero tampoco demasiado.

Su director, el actor y realizador francés Xavier Legrand, debuta en el largometraje con un filme intenso, casi abrumador, que desarrolla el mismo planteamiento y personajes de Avant que de tout perdre (2013), corto por el que optara al Oscar y que ahora ha dado pie a esta historia doblemente premiada en Venecia y San Sebastián.



En su afán por hacernos partícipes de la angustia que atenaza a los protagonistas, Legrand sitúa la cámara justo delante de los actores (caso de la larga comparecencia judicial con la que se abre la película) o la lanza tras ellos, como cuando Julien (Thomas Gioria) sale huyendo despavorido del coche ante la ira del padre (Denis Ménochet): colocándonos en plano de igualdad con los personajes se genera una tensión dramática que llega a su punto álgido en la escena del allanamiento, "con nocturnidad y alevosía", del domicilio donde habitan madre e hijo. Tirantez que, en los momentos previos a la airada irrupción de Antoine, se ve incrementada por la incertidumbre que generan, tanto en Miriam (Léa Drucker) como en nosotros mismos, el silencio y la oscuridad que se adueñan de la pantalla.

Otra de las secuencias a tener en cuenta de Jusqu'à la garde es la fiesta en la que Joséphine (Mathilde Auneveux), la hija mayor de Antoine y Miriam, interpreta junto a Samuel (Mathieu Saikaly) el tema "Proud Mary", si bien no en la versión original que John Fogerty compusiera para los Credence Clearwater Revival, sino en la que harían célebre Ike y Tina Turner en 1971. Detalle en absoluto baladí, habida cuenta de la tempestuosa relación que protagonizó dicha pareja artística dentro y (sobre todo) fuera de los escenarios y que sería llevada al cine por Brian Gibson en 1993 con el biopic Tina.


viernes, 20 de abril de 2018

El buen maestro (2017)




Título original: Les grands esprits
Director: Olivier Ayache-Vidal
Francia, 2017, 106 minutos

El buen maestro (2017) de Olivier Ayache-Vidal


Definitivamente, Francia está "enferma". Aunque la dolencia que la aqueja es una secuela comprensible tras la brutal oleada de atentados terroristas que, en los últimos tiempos, ha sacudido a aquel país. Si hace unos días veíamos cómo en el filme Una razón brillante se pretende aleccionar a los espectadores sobre los efectos balsámicos del binomio educación más tolerancia, ahora nos llega otro título que insiste sobre esas mismas ideas.

Con todo, desde el primer instante es fácil que a uno lo asalte una decepcionante sensación de déjà vu mientras van siendo desgranadas las diferentes situaciones que plantea Les grands esprits. En ese aspecto, el primer largometraje dirigido por el realizador Olivier Ayache-Vidal pretende recoger el testigo de lo que ya se decía hace una década en Entre les murs, si bien a través de un discurso menos contundente que el que allí utilizaba Laurent Cantet.



Como en todas las películas con mensaje, su protagonista experimenta una metamorfosis: la misma que se espera provocar entre el público en aras de una sociedad más integradora. François Foucault (Denis Podalydès) representa al típico profesor de literatura pedante, parapetado en su erudición e incapaz, tras muchos años de docencia, de conectar con unos alumnos cuya incultura le desespera. Es entonces cuando un azar del destino lo arranca del confortable reducto elitista que es el liceo Henri IV para arrojarlo a las procelosas aulas de un instituto público de las afueras de París donde, ¡milagro!, no sólo logra inculcar el interés por Victor Hugo entre un alumnado inicialmente apático y de lo más variopinto, sino que también le queda tiempo para cuestionar las estrictas medidas de disciplina del centro (los temibles CD o Consejos de Disciplina mediante los que son expulsados los estudiantes más conflictivos) e incluso flirtear con una profesora más joven que, para colmo, es la pareja de su máximo oponente en el claustro.

Sorprende comprobar, desde Hoy empieza todo (Bertrand Tavernier, 1999) hasta En la casa (François Ozon, 2012) o La profesora de historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014), cómo en el país de la Ilustración se sigue creyendo en el poder transformador de la cultura para mejorar el mundo y hacerlo más igualitario. Discurso que choca frontalmente con la realidad de los guetos y el creciente descontento de los inmigrantes de segunda e incluso de tercera generación, que ya no se identifican con ese modelo. ¿Podrá el cine revertir dicha situación mediante películas de planteamiento tan candoroso como el de El buen maestro? La respuesta es tan obvia que no vale la pena ni contestar.