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domingo, 5 de enero de 2025

Luis II de Baviera, el rey loco (1973)




Título original: Ludwig
Director: Luchino Visconti
Italia/Francia/Alemania, 1973, 239 minutos

Luis II de Baviera, el rey loco (1973) de Visconti


Con un metraje de cuatro horas y la habitual fastuosidad de las recreaciones históricas de Visconti, el mérito de Ludwig (1973) reside, sin embargo, en hacernos olvidar que estamos viendo una película. Y es que a tanto llega el cuidado del director italiano en su minuciosa puesta en escena, con secuencias rodadas en los mismos palacios que mandó construir el monarca bávaro en la vida real, que uno llega a pensar que cuanto desfila por la pantalla no son sino fragmentos acaecidos en pleno siglo XIX.

Sorprende sobremanera, por poner un ejemplo, la capacidad de Helmut Berger para meterse en la piel del personaje y describir todo el proceso de transformación que seguirá el rey, en principio un apuesto heredero, hasta convertirse en un individuo alcoholizado y paranoico. De hecho, y a pesar de su megalomanía, o tal vez a causa de ella, Luis II de Baviera contará siempre con un séquito aparentemente fiel de súbditos que no sólo se mantendrán a su lado hasta el final, sino que también participarán de sus frecuentes orgías.



Dos son las personalidades que más influyen sobre el protagonista. Por una parte, el compositor Richard Wagner, cuyas innovaciones en materia operística van a contar en todo momento con el beneplácito de un soberano con vocación de mecenas. Y en segundo lugar su prima, la emperatriz Isabel, interpretada por una Romy Schneider que si en principio era reacia a volver a hacer de Sissi, acabaría aceptando el papel por su amistad con Visconti y porque éste le prometió que su personaje nada tendría que ver con la edulcorada heroína romántica que tantas veces encarnó durante su juventud.

A decir verdad, el resultado final vuelve a girar sobre las mismas constantes temáticas que se hallan presentes en toda la filmografía de un director muy dado a establecer paralelismos, en esta ocasión entre la figura del mandatario, amante de la belleza, y su reino a punto de ser engullido por un imperio donde las artes son vistas como algo superfluo. Lo cual da pie a una interesante reflexión sobre la estética y la ética y de cómo la búsqueda de la belleza ideal y la obsesión por el arte pueden conducir a la desconexión con la realidad y a un abismo de consecuencias imprevisibles.



sábado, 27 de julio de 2024

Superman (1978)




Director: Richard Donner
EE.UU./Reino Unido/Canadá, 1978, 143 minutos

Superman (1978) de Richard Donner


A diferencia de las franquicias actuales de superhéroes, que basan su fórmula en adrenalina y efectos especiales de última generación, la primera entrega de la saga Superman (1978) contenía la dosis exacta de humor y romanticismo para hacerla asequible a todos los públicos (y no sólo a los adolescentes, como ocurre hoy en día). De ahí que muchos de los diálogos contengan réplicas divertidísimas, aparte del carácter eminentemente cómico de Lex Luthor (Gene Hackman) y el resto de antagonistas.

Poco importa, pues, lo inverosímil de una historia (coescrita, entre otros por Mario Puzo) en la que un tipo con capa y leotardos pretende salvar a la humanidad: al margen de ello, cuanto aquí sucede, ya sea en la cúspide de los rascacielos de Metrópolis o en el interior de la redacción del Daily Planet, se enmarca en un imaginario de sobras asimilado por los espectadores desde que el personaje se diera a conocer en los años treinta a través de las páginas de Action Comics.



Por si ello no fuese poco, se aprecia además un más que evidente homenaje al Hollywood clásico en el tándem chico tímido-muchacha extrovertida que encarnan Clark Kent (Christopher Reeve) y Lois Lane (Margot Kidder) y que parece calcado de la pareja que interpretaban Cary Grant y Katherine Hepburn en La fiera de mi niña (Bringing Up Baby, 1938). Sensación que se acentúa todavía más por la presencia en el reparto de viejas glorias como Marlon Brando, Glenn Ford o Trevor Howard.

En definitiva, se dice que el auge de las películas de superhéroes va asociado a sociedades en crisis en las que el fascismo latente abona el terreno para que algún hombre fuerte se encarame al poder bajo la promesa de solucionar todos los males. Algo que, en el caso de la película que nos ocupa, pudiera leerse entre líneas como un anuncio de lo que en breve iban a representar para EE.UU. las políticas ultraconservadoras de la administración Reagan.



martes, 29 de agosto de 2017

La hija de Ryan (1970)




Título original: Ryan's Daughter
Director: David Lean
Reino Unido, 1970, 195 minutos

La hija de Ryan (1970) de David Lean


Peliculón donde los haya, con sus más de tres horas de duración, Ryan's Daughter, bellamente filmada en Super-Panavision y Metrocolor para la Metro-Goldwyn-Mayer, fue, sin embargo, un estrepitoso fracaso de crítica y de público. Hasta el extremo de que su director, el británico David Lean, tardaría catorce años en volver a estrenar otra película: Pasaje a la India, en 1984, con la que pondría el punto y final a su carrera.

Se llevó dos Oscar, eso sí: a la mejor fotografía y al mejor actor secundario para John Mills, quien interpreta a Michael, un entrañable disminuido, objeto de las burlas de los habitantes de la pequeña aldea de Kirrary en la que transcurre la acción, cuya fisonomía y conducta evocan un tanto al Quasimodo de Nuestra Señora de París. No es ésta la única fuente de inspiración literaria que puede rastrearse con nitidez en la trama. De hecho, en un principio estaba previsto que el guion de Robert Bolt fuese una adaptación de Madame Bovary, por lo que no tiene nada de extraño que Rosy (Sarah Miles) pueda recordar en más de un aspecto al personaje creado por Gustave Flaubert.

John Mills ganó el Oscar por su papel de Michael


El marco elegido fue una Irlanda abrupta e indómita en vísperas del Alzamiento de Pascua de 1916, si bien, dadas las adversas condiciones meteorológicas, algunas escenas hubo que filmarlas en las playas de la más benigna Sudáfrica. Y como ya hiciera su compatriota John Wayne en The Quiet Man, ahora fue Robert Mitchum quien quiso probar fortuna rodando en Europa una historia de infidelidades con trasfondo político. Pero Lean no era John Ford, de modo que en La hija de Ryan no encontramos aquella recreación idílica de la tierra de sus antepasados que tan grata resultaba al director americano. Aquí, por contra, asistimos a la descripción de un ambiente hostil, en el que los lugareños dan muestras de su zafiedad al repudiar, primero, a Rosy por el romance que mantiene con un oficial inglés y acusarla injustamente, después, de delatora. Tal vez por haberse rodado en una época convulsa, en la que los atentados del IRA estaban a la orden del día en el Ulster, lo cierto es que la película se mueve en un terreno ideológicamente ambiguo para acabar decantándose, en apariencia, por la causa unionista.

En cuanto al complejo proceso de rodaje (con más de un año de duración), estuvo plagado de anécdotas y contratiempos. Parece ser que Robert Mitchum se entretenía plantando marihuana y distribuyéndola entre el equipo. El papel de Mayor Doryan estuvo muy cerca de ir a parar a Marlon Brando, aunque finalmente fue el enclenque (dentro y fuera de la pantalla) Christopher Jones quien acertó a darle al personaje ese aire de delicado muchacho desvalido con el que la película sale, sin duda, beneficiada. Pero exquisitez, sobre todo, la de David Lean en su forma de filmar unas huellas sobre la playa, un encuentro furtivo en el bosque, una despedida o hasta las amonestaciones del Padre Collins (Trevor Howard). Detalles que dan fe de su maestría y que convierten a La hija de Ryan en una monumental obra de arte.

Christopher Jones (Doryan) Y Sarah Miles (Rosy)

jueves, 10 de agosto de 2017

Operación Whisky (1964)




Título original: Father Goose
Director: Ralph Nelson
EE.UU., 1964, 118 minutos

Operación Whisky (1964)


Una de las películas menos recordadas de Cary Grant y, sin embargo, el proyecto que más le entusiasmó en los últimos años de su carrera fue Father Goose (que en España se tituló Operación Whisky). Y aunque, vista hoy en día, pueda parecer una comedia más bien tonta (repipi sería el calificativo exacto), lo cierto es que mucho debía de interesarle al actor cuando rechazó protagonizar My Fair Lady por ella. 

El motivo de tanta predilección radicaba en el hecho de que al fin le permitía poder interpretar un personaje alejado del estereotipo de galán elegante en el que casi siempre lo encasillaron. En ese sentido, el Walter Eckland al que aquí daba vida era un adán desagradable y alcoholizado, lo suficientemente huraño como para vivir aislado en una remota isla del Pacífico en plena Segunda Guerra Mundial.



He ahí el problema: ¿quién se iba a creer a un Cary Grant sin afeitar? Por más que el filme recibiese el Óscar al mejor guion original, el público recibió con una cierta frialdad ese aspecto desaliñado con el que el artista se descolgaba a última hora y que, a decir verdad, tan poco convincente resultaba en pantalla. Quizá por eso Cary Grant, ligeramente desencantado, sólo interpretaría una película más (Apartamento para tres, 1966) antes de retirarse definitivamente.

Todo lo cual vendría a ser la prueba palpable de que a mediados de los sesenta las viejas estrellas del Hollywood clásico ya no tenían cabida en un contexto que demandaba otro tipo de producto más acorde con los aires de renovación que soplaban desde hacía algún tiempo. Aun así, la convivencia forzada en Father Goose de siete niñas y una institutriz francesa (Leslie Caron) con un bebedor de whisky empedernido daba pie a situaciones singulares, cuando no embarazosas, como en el caso de la escena (de claro contenido sexual implícito) en la que Eckland intenta enseñar a Mademoiselle Frenau a pescar sin caña.


jueves, 8 de octubre de 2015

El tercer hombre (1949)




Título original: The Third Man
Director: Carol Reed
Gran Bretaña/EE.UU., 1949, 104 minutos

El tercer hombre (1949) de Orson Welles


Don't be so gloomy. After all it's not that awful. Like the fella says, in Italy for 30 years under the Borgias they had warfare, terror, murder, and bloodshed, but they produced Michelangelo, Leonardo da Vinci, and the Renaissance. In Switzerland they had brotherly love - they had 500 years of democracy and peace, and what did that produce? The cuckoo clock. So long, Holly.

Harry Lime a Holly Martins, al despedirse de él en la noria del Prater de Viena
El tercer hombre

Sin lugar a dudas, una de las grandes películas de la historia del cine. Todo en El tercer hombre remite, por uno u otro motivo, a momentos estelares del séptimo arte: el reparto, encabezado por dos estrellas de Hollywood (Joseph Cotten y Orson Welles), sus productores (los míticos David O. Selznick y Alexander Korda), la inolvidable banda sonora de Anton Karas, el guion del novelista Graham Greene, el momento histórico en el que se rodó, la noria del Prater, la trepidante persecución por las alcantarillas de Viena y unos diálogos que contienen brillantes razonamientos, como el improvisado por Welles refiriéndose a lo acaecido en la Italia de los Borgia o en la apacible Suiza y que precede estas líneas.

Y, sin embargo, el nombre de su director se obvia demasiado a menudo. El británico Carol Reed (1906-1976) va inevitablemente asociado al título de esta película, teniendo en cuenta que a duras penas sí lograría igualar una similar repercusión con otros títulos de su filmografía hasta que, casi veinte años después, en 1968, ganase el Óscar por el musical Oliver!

Algo similar ocurre con Anton Karas, responsable de la banda sonora del filme, ya que gracias a El tercer hombre un simple músico callejero como él se haría célebre en el  mundo entero. Carol Reed lo había descubierto en una modesta heurige o taberna tradicional vienesa en la que Karas actuaba y la música de su cítara se convierte en un personaje más de la película. De hecho, el cómico tema central contribuye a subrayar el carácter irónico y desengañado de la historia.

Créditos de inicio con la cítara de Anton Karas al fondo


Orson Welles, en cambio, apenas aparece en pantalla unos minutos tras más de una hora de metraje y, sin embargo, su nombre también es indisociable de una película que contribuyó a consolidar (todavía más, si cabe) su leyenda como actor. El próximo sábado 10 de octubre se cumplirán treinta años del fallecimiento de Welles y su interpretación del cínico Harry Lime aún sigue siendo insuperable.

Holly (Joseph Cotten) y Harry (Orson Welles) en el interior de la noria


La italiana Allida Valli, por último, con el carácter independiente que transmite a su personaje (Anna Schmidt, la eterna enamorada de Harry), supone el toque exótico de una película cuyas escenas interiores se rodaron en los estudios Shepperton de Surrey, Inglaterra.

Sin palabras: Anna Schmidt (Allida Valli) pasando 
de largo ante Holly Martins (Joseph Cotten)


En definitiva, tal vez el tema central de esta historia no sea otro sino la amistad traicionada. Aunque sin rencores, tal y como se desprende de las palabras de reproche que Anna le dirige a Martins:

-Por amor de Dios -dijo ella enojándose-, deje de fabricar la gente a imagen suya. Harry era un ser real. No era simplemente su héroe y mi amante. Era un traficante. Ha hecho cosas feas. ¿Y qué hay con eso? Era el hombre que conocíamos.

Graham Greene
El tercer hombre
Capítulo XI
Traducción de Silvina Bullrich

Organigrama de personajes
Holly "mezclando" bebidas con el Mayor Calloway (Trevor Howard)
U descanso durante el rodaje
Viena derruida: otro de los personajes del filme