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sábado, 5 de octubre de 2019

Carmilla (2019)




Directora: Emily Harris
Reino Unido, 2019, 96 minutos

Carmilla (2019) de Emily Harris


Etéreo es, con toda certeza, un adjetivo idóneo para definir la atmósfera de Carmilla (2019), enésima recreación del universo vampírico (y sutilmente lésbico) surgido de la pluma del irlandés Joseph Sheridan Le Fanu (1814–1873) y uno de los filmes proyectados en la edición de este año del Festival de Sitges.

Haces de luz que, procedentes del exterior, penetran por entre los visillos de habitaciones en penumbra; estancias apenas iluminadas por el pálido fulgor de una vela... Tanto la iluminación como la fotografía a cargo de Michael Wood contribuyen enormemente a producir en el espectador la sensación de hallarse inmerso en un ambiente onírico de resonancias góticas, un poco al estilo de Los otros (2001) y tantísimos títulos de inspiración decimonónica.



Los exteriores, rodados en el condado de East Sussex, contrastan con las escenas de interior por lo idílico de un paisaje campestre cuyas tonalidades verdes son la viva antítesis de esa opresiva mansión en la que Lara (Hannah Rae) padece el severo régimen impuesto por Miss Fontaine (Jessica Raine), quien la obliga a atarse el brazo izquierdo a la espalda para corregir la zurdera de la muchacha.

Y, en esa línea de contrastes, ocurre un poco lo mismo con la banda sonora compuesta por Phil Selway, batería del grupo Radiohead, que confiere al conjunto un aire inequívocamente moderno de puesta al día del mito.


lunes, 31 de diciembre de 2018

Vampyr (1932)




Director: Carl Theodor Dreyer
Alemania/Francia, 1932, 70 minutos

Vampyr (1932) de Carl Theodor Dreyer


La primera película sonora de Dreyer partía de un relato del escritor irlandés Sheridan Le Fanu (1814–1873), concretamente el titulado In a glass darkly (1872). La elección no era en absoluto inocente, toda vez que Le Fanu, pionero en cultivar la literatura vampírica, había influido decisivamente sobre Bram Stoker a la hora de concebir Drácula. De esta manera, Dreyer demostraba su voluntad de remontarse hasta los orígenes del mito, en un afán por abordar el tema desde una óptica mucho más psíquica que el Nosferatu (1922) de Murnau.

En ese sentido, Vampyr no se sirve de los habituales recursos efectistas para inspirar desasosiego, sino que el suyo es un terror que nace de la creación de una determinada atmósfera, a medio camino entre la realidad y la pesadilla más absoluta. De esta misma fuente beberán el Cocteau de Orfeo (1950) —la escena en la que el féretro de Allan Gray (Julian West) se desplaza a toda velocidad así lo corrobora—, el Bergman de Vargtimmen (1968) o el David Lynch de Eraserhead (1977).



De todo lo cual se desprende que nos hallamos frente a una obra canónica, que ha servido de inspiración a cineastas de todas las épocas y de toda condición. Hasta un director en apariencia tan alejado de Dreyer como es el Peter Weir de Único testigo (1985) no puede negar que la muerte de los villanos en el interior de un depósito de grano está inspirada en la del doctor (Jan Hieronimko), sepultado bajo el peso de toneladas de harina.

Aun así, un pequeño reproche que se le podría objetar a la puesta en escena ideada por el danés es el hecho de que recurre con demasiada insistencia a la letra impresa para reproducir en pantalla pasajes de un antiguo libro o simplemente con tal de ponernos en situación: lastre de la época muda mediante el que, en esta primera fase del cine sonoro, se pretendían solventar los titubeos inherentes a una nueva forma de narrar historias.


lunes, 4 de diciembre de 2017

La novia ensangrentada (1972)




Director: Vicente Aranda
España, 1972, 96 minutos

La novia ensangrentada (1972)


Son muchas las versiones que se han llevado a cabo directa o indirectamente basadas en la obra del irlandés Sheridan Le Fanu (1814–1873). Y entre las más sangrientas se encuentra la de Vicente Aranda, verdadera apología de lo que podríamos denominar "matriarcado vampírico". A nivel visual, su puesta en escena no difiere gran cosa de otros títulos filmados durante el mismo período, ya fuesen películas surgidas de la mente calenturienta de Jesús Franco o producciones más o menos vinculadas al género como las de León Klimovsky.

Susan (Maribel Martín)


En cualquier caso, La novia ensangrentada lo tenía todo (como así fue) para convertirse en una obra de culto cuya celebridad se extiende allende las fronteras, como lo demuestra no sólo la tan cacareada devoción que, según parece, siente por ella Quentin Tarantino, sino, sobre todo, la gran cantidad de ediciones que de la misma se han llegado a publicar, tanto en VHS, DVD como Blu-Ray, lo mismo en inglés, que en francés o en alemán.

La pérfida Mircalla Karstein (Alexandra Bastedo)


Pero volvamos, sin embargo, a nuestro punto de partida: porque tras ese poderío de rubias vampiresas de belleza nórdica conviene ver un planteamiento mucho más revolucionario de lo que cabría esperar a simple vista. ¿O es que rebelarse con semejante virulencia contra los hombres de su entorno no deja traslucir un rechazo visceral en contra de la figura ancestral del macho dominante? Sí, sin duda, puesto que resulta fácil suponer cómo el cine de terror, a priori vinculado con el puro entretenimiento de masas, pudo beneficiarse de una mayor indulgencia por parte de los censores del tardofranquismo, más preocupados en controlar los filmes de directores ideológicamente politizados como Saura o Gutiérrez Aragón que no el contenido subliminal de La novia ensangrentada, donde la carga erótica, si bien se mira, es mucho menor que la subversiva.

Curiosa paradoja ésta, la de servirse de litros de hemoglobina y algún que otro desnudo, para lograr decir mucho más (y llegar, así, más lejos) que las crípticas aproximaciones al contexto sociopolítico pergeñadas en los mismos años por los susodichos. Y es que la denostada Escuela de Barcelona, de la que Aranda había surgido, dominaba bastante mejor el lenguaje alegórico. Para muestra un botón...