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miércoles, 12 de marzo de 2025

Tardes de soledad (2024)




Director: Albert Serra
España/Francia/Portugal, 2024, 125 minutos

Tardes de soledad (2024) de Albert Serra


En su línea habitual de cineasta controvertido, Albert Serra vuelve a la carga con el documental Tardes de soledad (2024), flamante Concha de Oro en la última edición del Festival de San Sebastián, además de insólito retrato de la profesión taurina centrado en la figura del diestro Andrés Roca Rey. En ese sentido, los circunspectos miembros que componen su cuadrilla, a ratos heroicos, a veces ridículos, viven a flor de piel los entresijos de cada corrida, con la entrega propia de quienes saben que se juegan el tipo a diario. Y es que no se admiten tibiezas en el mundo de la tauromaquia.

Aunque lo más original de la puesta en escena ideada por Serra puede que resida en el particular uso que lleva a cabo del fuera de campo, centrando la cámara obsesivamente sobre el matador y el astado, de modo que las reacciones del público o de los numerosos incondicionales que se congregan en torno a su coche cada vez que abandona la plaza se escuchan de fondo, pero sin que lleguemos a verlas en ningún momento.




Dicha focalización, con las muecas de Roca Rey cuando entra a clavar el estoque o la lengua fuera del toro agonizante, no sólo da pie a una inaudita simbiosis entre animal y hombre, sino que ésta se refuerza por un sonido ambiente sobredimensionado en el que se escuchan los bramidos de uno y otro con perfecta nitidez.

Por último, los preparativos que preceden al salto al ruedo, sobre todo el ritual de vestirse el traje de luces, así como la solemnidad de los rostros en el interior de la furgoneta, de camino a la plaza, conforman un paisaje esencialmente masculino cuya ferocidad de sangre y arena contrasta con la delicadeza que desprende una banda sonora en la que lo mismo suenan el "Vals triste" de Sibelius que "El cisne" de Saint-Saëns o incluso un tema instrumental de Jefferson Airplane.



martes, 8 de agosto de 2023

El paseíllo (1968)




Directora: Ana Mariscal
España, 1968, 100 minutos

El paseíllo (1968) de Ana Mariscal


Si, como suele admitirse, el carácter es el destino, los dos aspirantes a torero que protagonizan El paseíllo (1968) parecen condenados a llevar trayectorias por completo opuestas. Porque si uno es interesado y seductor, el otro peca de ingenuo y buena gente. Una disparidad de talantes que a la postre resultará decisiva cuando José María y Agustín deban hacer frente a las numerosas adversidades de su oficio.

Enésima incursión de Ana Mariscal en el mundo de la tauromaquia, la última película por ella dirigida abordaba, sin embargo, de pleno lo que en títulos anteriores había sido apenas una referencia tangencial. Circunstancia que confiere a la cinta una cierta aura crepuscular acorde con el meteórico ascenso de unos simples maletillas que irán dejándose las ilusiones por el camino conforme se adentren en los entresijos de la profesión taurina.



Lo curioso del reparto reside en el hecho de que, junto a grandes actores de renombre como Alfredo Mayo, fueron dos diestros cordobeses, Agustín Castellano “El Puri” y José María Montilla, quienes se interpretaban a sí mismos en los papeles principales. Acompañados, en las numerosas escenas de archivo, por los también matadores Pedro Mengual "El Carloteño" y Victoriano Valencia, quien venía de participar, dos años antes, en otro filme de Ana Mariscal: Los duendes de Andalucía (1966).

Precisamente, en su línea de personajes socialmente marcados, la realizadora se mete en la piel de Gloria, una prostituta entrada en años que regenta un bar de alterne y que, rindiéndose a los encantos del gallardo José Mari, pondrá a su disposición veinte mil pesetas, aparte de recomendarlo a un amigo suyo de Madrid. En cambio, Agustín, más noble en sus principios e incapaz de aprovecharse de las mujeres, optará por abrirse camino a base de esfuerzo, contando con el apoyo incondicional de su amigo el Tato (Venancio Muro) y de su novia Carmen (María Kosty), pero expuesto al mismo tiempo a todo tipo de contrariedades.



domingo, 6 de agosto de 2023

Los duendes de Andalucía (1966)




Directora: Ana Mariscal
España, 1966, 108 minutos

Los duendes de Andalucía (1966) de Ana Mariscal


A diferencia de lo que ocurría en Feria en Sevilla (1962), en la que lo musical primaba por encima de lo argumental, el planteamiento de Los duendes de Andalucía (1966) ni siquiera llega a conferir un protagonismo relevante a los artistas que en ella intervienen, sino que se queda en una categoría más de tipo documental. Así pues, la trama, mínima, presenta a un periodista francés de madre uruguaya (Sancho Gracia) al frente de una particular road movie cuya compañera de viaje es una niña pizpireta, de nombre Carmelita, interpretada, nada más y nada menos, que por una Maribel Martín en los inicios de su carrera.

Entre los lugares que visitan los personajes a lo largo de su recorrido cabe destacar el Museo Taurino de Córdoba, donde el guía que los atiende hace especial hincapié en los objetos personales de Manolete, y, en esa misma ciudad, el Museo Julio Romero de Torres, con Rafael Romero de Torres Pellicer, hijo del pintor, haciendo los honores. Ya en Sevilla, Randi (Marie France) tendrá ocasión de admirar los cuadros de Zurbarán.



Aparte de una banda sonora a base de temas interpretados por Juanito Valderrama, Los Tonys o Los Estudiantes, la cinta incluye las actuaciones, entre otros, de figuras de la talla de Porrina de Badajoz (1924-1977), La Paquera de Jerez (1934-2004) o La Tomata (1942-2007), siendo esta última la bailaora que aparece inmortalizada en el cartel de la película. Asimismo, el diestro Victoriano Valencia, una de las personalidades destacadas que encabezan el reparto, ofrece una corrida en la Maestranza.

Por último, son los elementos más cotidianos los que quizá posean un mayor interés testimonial, como por ejemplo el incendio de una caseta en la Feria o la figura, hoy ya bastante diluida, de los maletillas, esos jóvenes, aspirantes a torero, que Simon Legrand (Sancho Gracia) recoge en un par de ocasiones en su descapotable. Aspectos que conforman, esta vez sin la aparición estelar de la directora, uno de los títulos más peculiares de la filmografía de Ana Mariscal.



sábado, 5 de agosto de 2023

Feria en Sevilla (1962)




Directora: Ana Mariscal
España, 1962, 86 minutos

Feria en Sevilla (1962) de Ana Mariscal


Pese a que su padre insiste vehementemente en hacer de él una figura del toreo, al joven Rafael sólo le interesa triunfar en el mundo del espectáculo. Entre otras cosas porque posee una voz privilegiada que fascina a cuantos le escuchan cantar. Y así, acompañado de sus inseparables Pepillo (Ángel Ter) y el gitanito Agustín (Juan Salazar, Porrinas hijo), se lanza a la aventura para ver si logra hacerse un hueco en el panorama artístico de la capital andaluza.

Puede que el argumento de Feria en Sevilla (1962) resulte un tanto anodino desde el punto de vista cinematográfico, aunque ya se sabe que este tipo de productos solían estar al servicio del astro de turno que los protagonizaba. Que en este caso no era otro sino Pedrito Rico (1932-1988), «El Ángel de España», como lo apodaron aquí y, sobre todo, en Argentina, adonde cosechó un éxito tan notable que Buenos Aires llegaría a convertirse en su residencia habitual.



Huelga decir que los números musicales incluidos en la cinta destacan por encima de la propia acción, siendo los temas más remarcables (con música del maestro Solano y letra de Ochaíta y Valerio) una versión del "Porón-pon-pon" ligeramente distinta a la popularizada por Manolo Escobar o "La de la Calle Pureza", interpretada en un lujoso escenario por Conchita Bautista, quien da vida a una estrella ya consagrada que responde al sonoro nombre de Cruz de los Reyes.

Y como suele ser habitual en las películas por ella dirigidas, Ana Mariscal se reserva un breve papel, ya hacia el final de la trama, concretamente el de una bella cazatalentos que, ante la imposibilidad de contratar a Cruz, propondrá una suculenta oferta a Rafael para que actúe en el circuito de teatros que posee en América y para la televisión. Declaración de intenciones por parte de una cineasta que, bajo la apariencia bobalicona de esta comedia repleta de tópicos (subrayada por la presencia en el reparto de un Miguel Ligero que lo mismo hace de turco que de representante artístico un tanto trilero), ensalzaba la figura de un artista, Pedrito Rico, hostigado durante el franquismo por su condición de homosexual.



sábado, 4 de junio de 2022

A las cinco de la tarde (1960)




Director: Juan Antonio Bardem
España, 1960, 103 minutos

A las cinco de la tarde (1960) de Bardem


El pasado 2 de junio se cumplían cien años exactos del nacimiento de Juan Antonio Bardem (1922-2002), ocasión idónea para revisar algunos títulos de su filmografía que aún nos quedaban pendientes. Es el caso, por ejemplo, de A las cinco de la tarde (1960), drama taurino escrito en colaboración con el dramaturgo Alfonso Sastre. Aunque la vertiente torera de la cinta queda en un segundo plano, puesto que la trama gira en torno a los temores e inseguridades que asedian a los diestros. Así pues, pocas corridas o trajes de luces se incluyen en un filme cuyo eje temático tiende más hacia lo psicológico.

Tal y como Bardem ve las cosas, la denominada "Fiesta Nacional" encubre, en realidad, un mundo turbio de intereses monetarios en el que quienes se juegan la vida en el ruedo no son más que títeres al servicio de algún apoderado sin escrúpulos. Como don Manuel Marcos (Enrique Diosdado), representante de jóvenes promesas a las que encumbra, exprime y, por último, abandona a su suerte cuando ya no son más que juguetes rotos.



Juan Reyes (Paco Rabal) lo tuvo todo a su alcance para triunfar, pero el miedo escénico y una fatídica cornada en el cuello dieron al traste con su carrera. De modo que ahora malvive dando el sablazo en la barra de cualquier bar, a la espera de una segunda oportunidad que nadie parece dispuesto a darle. En cambio, todo apunta a que José Álvarez (Germán Cobos) será la nueva figura en los cosos de España y América. O al menos eso pretende el todopoderoso Manuel Marcos, porque, a pesar de la ambiciosa campaña para promocionarlo, los titubeos de José en vísperas de su presentación en la Plaza de las Ventas amenazan con echarlo todo a perder...

Curiosamente, el argumento de A las cinco de la tarde plantea varias similitudes con una película de Antonio Román que se había estrenado un par de años antes: Los clarines del miedo (1958), también protagonizada por Paco Rabal. De hecho, en ambos casos se abordaba el pánico de algunos matadores ante la bravura de los astados, con la carga desmitificadora que ello comporta tratándose de una disciplina en la que se presupone la valentía de quienes la practican. Aun así, Bardem no duda en mostrar el lado vulnerable de unos hombres que se debaten entre la gloria y una apacible vida hogareña junto a sus respectivas esposas (Julia Gutiérrez Caba y Núria Espert).



miércoles, 25 de agosto de 2021

La becerrada (1963)




Director: José María Forqué
España, 1963, 96 minutos

La becerrada (1963) de José Mª Forqué


Monjas y toros no parecen, a priori, dos términos que tengan demasiado en común. Y, sin embargo, el cineasta José María Forqué fue capaz de concebir, con la ayuda de Jaime de Armiñán y Ricardo Muñoz Suay (coautores del guion), una historia en la que una comunidad de religiosas, acuciada por estrecheces económicas, decide organizar una corrida de toros benéfica con el objetivo de recaudar fondos para los pobres ancianitos de "El hogar del vencido".

Decir que Fernando Fernán-Gómez es el protagonista de la película sería, tal vez, un tanto excesivo, ya que La becerrada (1963) viene a ser más bien una especie de comedia coral. Sí que es cierto que su personaje, Juncal, un paria con ínfulas de apoderado taurino, sobresale por encima del resto dadas sus peculiares características, mitad soñador, mitad pícaro, mitad fanfarrón. Pero también interpretan papeles relevantes Amparo Soler Leal (sor María) o José María Rodero (don Heliodoro), amén de los diestros Antonio Bienvenida, Antonio Ordóñez y Juan García 'Mondeño', la intervención de los cuales constituye el principal reclamo de la cinta.



Rodada, entre otros enclaves, en Málaga, El Puerto de Santa María y la localidad jienense de Sabiote, son varios los temas que aquí se abordan, al margen de lo estrictamente relacionado con la tauromaquia. Por ejemplo, el fervor religioso de unas gentes, los vecinos de San Ginés de la Sierra, dispuestos a implorarle al Cielo, mediante rogativas, la lluvia que repare las penurias ocasionadas por la pertinaz sequía. O la mezquindad del señorito del lugar, el ya mencionado don Heliodoro, ridículo en sus remilgos y siempre acosando a la criada.

Aunque puede que lo más interesante del filme que nos ocupa no resida tanto en lo que llevamos expuesto, sino en una serie de rasgos que, por insólito que parezca, conectarían de pleno con el universo de un cineasta muy posterior en el tiempo: Pedro Almodóvar. Efectivamente, resulta casi inevitable ver ese claustro tan singular de hermanitas de la caridad, aficionadas al fútbol y a los toros, colocándole taparrabos a los querubines de las cornisas o, como sor Inmaculada (Rafaela Aparicio), preparando dulces incomibles, y no acordarse de las monjas de Entre tinieblas (1983). Asimismo, la presencia de Chus Lampreave en el reparto o el inesperado giro burlesco que toman los acontecimientos en el tramo final de la historia avalarían la posibilidad de que La becerrada fuese una de aquellas películas que el manchego tuvo ocasión de ver durante su infancia en el cine de su pueblo.



domingo, 17 de noviembre de 2019

Cincuenta y dos domingos (1966)




Director: Llorenç Soler
España, 1966, 29 minutos

52 domingos (1966) de Llorenç Soler

Soñar con ser torero para huir de la miseria: he ahí el anhelo que albergaron tantísimos jóvenes de extracción social humilde, popularmente conocidos como maletillas, cuando la tauromaquia aún era considerada la “fiesta nacional” por antonomasia. Una figura que la industria cinematográfica de la época se encargó de reflejar en no pocas ocasiones. Como también Llorenç Soler, pionero del cine independiente y amateur, quien se hizo eco de dicho fenómeno recogiendo el testimonio de unos muchachos que a duras penas superaban la veintena.

Son las suyas historias de sacrificio y superación, marcadas por las estrecheces económicas, cuando no por la marginalidad. Al presentarlos, la voz en off de Pepe Antequera revela sin ambages su triste realidad: "Ésta es la historia de unos hombres que en 1966, como hace dos siglos, luchan para escapar de su fatal destino. En su deseo adivinan que otra lucha más cruel y despiadada les aguarda. Y al final, perdidas juventud e ilusiones y, a veces, la vida, vuelven a ser sombras: nada".


domingo, 18 de agosto de 2019

El Litri y su sombra (1960)




Director: Rafael Gil
España, 1960, 90 minutos

El Litri y su sombra (1960) de Rafael Gil


Dependiendo de qué aspectos se tengan en cuenta, una biografía taurina como El Litri y su sombra podría ser merecedora de valoraciones radicalmente opuestas. Si nos atenemos al apartado técnico, cabe la posibilidad de destacar la fotografía en espléndido Eastmancolor de Michel Kelber o los decorados del siempre eficiente Enrique Alarcón. Los encuadres, la iluminación, las localizaciones en enclaves típicamente andaluces (en su gran mayoría de la provincia de Huelva)… En fin, todo lo referente a la puesta en escena certifica la pericia de Rafael Gil como realizador. Y lo mismo puede decirse de unas interpretaciones más que correctas a cargo de los secundarios habituales: Ismael Merlo, Manolo Morán, Pepe Isbert…

Ahora bien: cualquier intento de analizar el contenido del filme según los parámetros actuales se revelará, de inmediato, tarea por completo infructuosa. Para empezar porque hoy la propia tauromaquia no pasa de ser, en opinión de muchos, más que una crueldad intolerable basada en el maltrato animal, lo cual supone, ya de entrada, que los valores latentes en una película de tales características resulten del todo inasumibles.



En segundo lugar, el guion de Agustín de Foxá —curioso personaje vinculado al régimen (fue, de hecho, uno de los autores del "Cara al sol"), al que se deben frases tan ocurrentes como "Soy conde, soy gordo, fumo puros; ¿cómo no voy a ser de derechas?"— destila una misoginia muy acorde con el ideario franquista. Sobre todo considerando que, con excepción de la resignada madre y la leal novia del diestro, la mujer es vista, en todo momento, como una tentación, personificada en la actriz Katia Loritz, que podría distraer al torero de su destino providencial. Como dice un espontáneo: "¡Siempre hacen daño las mujeres! ¡Deberían prohibirlas, al menos durante la temporada!"

Por lo demás, la cinta es una fidedigna recreación de los orígenes de una célebre estirpe de matadores, narrada muy enfáticamente a través de la voz de Ángel Baltanás e interpretada con solvencia por el mismo Miguel Báez y Espuny (Gandía, 1930), cuya figura recibe el enaltecimiento de la multitud, con cohetes incluidos, cada vez que corta una oreja.


domingo, 18 de noviembre de 2018

Yo he visto a la muerte (1967)




Director: José María Forqué
España, 1967, 91 minutos

Yo he visto a la muerte (1967) de Forqué


Un subgénero fílmico hoy de capa caída, pero que la cinematografía patria cultivó con extrema asiduidad fue el de las películas dedicadas a abordar el tema de la tauromaquia. En este blog ya hemos  tenido ocasión de comentar algunas de ellas, si bien aún seguimos descubriendo nuevas muestras de tan peculiar variedad. Como la cinta que nos disponemos a analizar, Yo he visto a la muerte, dirigida en 1967 por José María Forqué y escrita por el también realizador Jaime de Armiñán.

Los cuatro episodios de que consta comparten el denominador común de estar interpretados por antiguas glorias del toreo: Luis Miguel Dominguín como presentador de todos ellos y protagonista, además, del último ("La muerte homenajea a Manuel Rodríguez, 'Manolete'"), toda vez que formaba parte del mismo cartel que el diestro aquella fatídica tarde en la plaza de Linares; Antonio Bienvenida en "De blanco y oro", relato de un torero obsesionado con reponerse y reaparecer tras una grave cornada; Álvaro Domecq hijo en "Espléndida en el campo, en la plaza y en el recuerdo", dedicado a la vieja yegua que hizo honor a su nombre durante toda su vida y que ahora, enferma y desahuciada, afronta sus últimas horas de vida; Andrés Vázquez, por último, narra en "La capea" las peripecias a las que él y otros dos maletillas debieron hacer frente en una improvisada plaza de pueblo cuando apenas eran unos pícaros muertos de hambre.

Antonio Bienvenida desde la barrera

Como se echa de ver enseguida, el guion es de una originalidad inusual. Algo insólito tratándose de un tipo de producción en la que bastaría con el nombre de sus intérpretes para atraer al público a las salas comerciales. Se conoce que el tándem Forqué-de Armiñán, con la ayuda inestimable de Cecilio Paniagua en su siempre excelente labor como director de fotografía, quisieron ir más allá de la típica película de toreros dándole a la suya un enfoque más personal, que va desde la hábil recreación histórica en el cuarto y último episodio (planteado como atracción de feria con figuras de cera que representan a Manolete e insertos de imágenes de archivo) hasta el costumbrismo realista de "La capea" o la introspección psicológica en "De blanco y oro", pasando por la emotividad de "Espléndida...".

De un extraño y trágico patetismo (pese a que el chirriante doblaje de los actores le reste algo de fuerza), Yo he visto a la muerte entronca, por lo insólito de su planteamiento, con un filme diez años anterior: Los clarines del miedo (1958) de Antonio Román. Ambos se parecen porque, huyendo del retrato heroico del matador aclamado por la concurrencia, no dudan en mostrar abiertamente los temores de unos hombres dispuestos a jugarse la vida en el ruedo. A Bienvenida lo increpan desde la grada; Domecq llora como un niño ante el agónico ocaso de la que fuese heroína de su infancia; Vázquez y los suyos emulan a Lázaro de Tormes para robar un queso y saciar su apetito; Dominguín, finalmente, rememora el episodio más doloroso de su carrera, del que se siente superviviente desconsolado e incluso culpable, para honrar la memoria de su amigo y maestro.

Luis Miguel Dominguín rememorando a Manolete

sábado, 7 de mayo de 2016

Los clarines del miedo (1958)




Director: Antonio Román
España, 1958, 77 minutos

Los clarines del miedo (1958) de Antonio Román


A los héroes anónimos de la Fiesta. Nadie los recuerda porque no alcanzaron sus ilusiones y sueños de gloria. Muchos de ellos, sin embargo, dejaron sus vidas por esas plazas de los pueblos de España, y todos, su juventud...

Filigranas y Aceituno son dos toreros que sobreviven de aldea en aldea lidiando en modestas capeas. El primero (Rogelio Madrid) es un joven con la ilusión de abrirse camino, mientras que el veterano Aceituno (Francisco Rabal) dejó un día el oficio de limpiabotas para probar fortuna en los ruedos. Sin embargo, y por diferentes motivos, tanto al uno como al otro los atenaza el miedo. Lo cual es un serio problema en vísperas de una novillada. De todos modos, tras conocer a la bella Fina (la francesa Silvia Solar) tendrán un aliciente para superar el pánico y enfrentarse al toro. De hecho, Filigranas promete dedicarle la faena si hace caso omiso de la prohibición del estirado Juanito (José María Labernié) y acude a verlos a la plaza. Ella le corresponde con un rojo clavel que le lanza desde su balcón...

Rodada en Eastmancolor en la madrileña villa de Torrelaguna, Los clarines del miedo adaptaba una novela de Ángel María de Lera. No puede decirse que sea, ni mucho menos, un filme redondo, teniendo en cuenta que la acción parece condensarse excesivamente. Posee, eso sí, la fuerza de unos actores notables, sobre todo Paco Rabal, así como la penúltima aparición en pantalla del legendario Manuel Luna, quien interpreta al crítico taurino Antares. Es además interesante cómo intenta profundizar en la vertiente psicológica de quienes se juegan la vida frente al astado, mostrando sus debilidades y desmitificando la supuesta valentía de unos hombres cuyas miserias quedan al descubierto. Sería asimismo destacable el hecho de que el guion se recrea en la brutalidad de los lugareños, quizá con el objetivo de lograr el contraste con la lucha interior de los diestros.

Para los que la película sí que tuvo un significado especial fue para los debutantes Rogelio Madrid y Silvia Solar, ya que no solo supuso el inicio de sus respectivas carreras (él, por cierto, había realmente sido antes torero; ella, en cambio, había ya interpretado pequeños papeles en varias producciones previas) sino también el de su vida en común.