domingo, 31 de octubre de 2021

Delirios de amor (1986)




Directores: Antonio González-Vigil, Luis Eduardo Aute y Félix Rotaeta
España, 1986, 85 minutos

Delirios de amor (1986)


Un cierto misterio envuelve a esta película de episodios. Más que nada por el hecho de que inicialmente fueron cuatro (y no tres) las historias que lo integraban. Tal y como puede comprobarse en el cartel de la película (véase arriba), el nombre de la cineasta Cristina Andreu figuraba al lado de los de Antonio González-Vigil, Luis Eduardo Aute y Félix Rotaeta. Asimismo, en el reparto constan los nombres de Fernando Fernán-Gómez y Rosario Flores. Sin embargo, y por razones que se nos escapan, cuando la película se editó en DVD ese cuarto segmento quedó fuera del nuevo (y reducido) montaje.

Por si no fuera poco, el filme se abre, tras indicar que en su momento mereció la calificación de "especial calidad" y "especial interés cinematográfico", con una curiosa advertencia sobreimpresa en pantalla: "Esta película fue realizada sin ningún tipo de subvención del Ministerio de Cultura ni de Comunidad Autónoma alguna, así como de ninguna televisión pública ni privada. Lo que hizo posible su realización fue la entrega inestimable del equipo artístico y técnico que intervino en la película."



Los tres segmentos supervivientes llevan por título "¿Drama o comedia?... Acelgas para nuestros hígados", "El muro de las lamentaciones" y "El informe". El denominador común de todos ellos se resume en las desaforadas pasiones que viven sus protagonistas, desde el insólito triángulo que forman Adolfo Marsillach, Amparo Muñoz y el televisivo Pepe Navarro, pasando por los fogosos vecinos que imagina Aute o las tórridas escenas entre Mario Gas y Antonio Banderas.

Son muchos, también, los cameos y colaboraciones puntuales de personalidades del mundo del cine que aparecen fugazmente en alguna de las partes. Por ejemplo Carmen Maura, Marisa Paredes o Emilio Gutiérrez Caba, invitados a una fiesta en el Delirio 3, o Gonzalo García Pelayo, quien hace de extra en el primer capítulo y echó un cable como ayudante de dirección en el segundo. Los boleros de Ricardo Solfa, por cierto, heterónimo bajo el que solía refugiarse en aquel entonces Jaume Sisa, sirvieron de banda sonora.



sábado, 30 de octubre de 2021

Mambrú se fue a la guerra (1986)




Director: Fernando Fernán-Gómez
España, 1986, 99 minutos

Mambrú se fue a la guerra (1986)


Al término de la contienda civil, parece ser que no fueron pocos quienes, habiendo luchado en el bando republicano, y ante la imposibilidad de partir rumbo al exilio, decidieron esconderse durante años en sus propios hogares con tal de salvar el pellejo. Aparte de Mambrú se fue a la guerra (1986), otras películas han abordado el mismo tema. Por ejemplo, El hombre oculto (1971) de Alfonso Ungría o, más recientemente, La trinchera infinita (2019) del trío de directores vascos Arregi, Garaño y Goenaga.

El guion y la idea original del filme que nos ocupa corrieron a cargo de un viejo amigo y colaborador de Fernán-Gómez. Se trata de Pedro Beltrán (1927–2007), quien ya había tenido ocasión de participar en la escritura de El extraño viaje (1964), los trece episodios de la serie televisiva El pícaro (1974-1975) y la opereta ¡Bruja, más que bruja! (1977).



A medio camino entre la comedia costumbrista y el habitual humor negro, marca de la casa, que destilan los trabajos mencionados en el anterior párrafo, la historia se centra en los avatares de don Emiliano (Fernán-Gómez) y un entorno familiar que recibe con alborozo la noticia de la muerte de Franco. Sin embargo, y después de que la abuela Florentina (María Asquerino) revele la presencia en el subsuelo doméstico de un pariente al que todos creían caído en el frente de batalla, la euforia inicial irá paulatinamente dando paso a rencillas que hasta ese momento nadie hubiera sido capaz de imaginar.

En ese sentido, a Encarna (Emma Cohen) e Hilario (Agustín) sólo parece importarles el cobro de la pensión de viudedad de Florentina, paga que una eventual "resurrección" de Emiliano haría peligrar. Únicamente su nieto Manolín (Jorge Sanz) hace gala de la empatía que le falta a los mayores al compartir cigarrillos y confidencias con el anciano, a cambio de que le enseñe a tocar la batería (o jazz-band, como él la llama). Y es que la comicidad del enfoque argumental no impide, en una lectura más profunda, inferir el verdadero mensaje de una trama aparentemente amable: remover el pasado y sacar a relucir una verdad que llevaba cuarenta años oculta, ya sea en forma de simpático abuelito o de los huesos de una fosa común, puede desencadenar (como, de hecho, ocurre bastante a menudo) convulsas controversias que pongan en riesgo el orden establecido.



viernes, 29 de octubre de 2021

Pobre mariposa (1986)




Director: Raúl de la Torre
Argentina, 1986, 120 minutos

Pobre mariposa (1986) de Raúl de la Torre


Algunos dirán que se trata de una película plúmbea. Otros, en cambio, la considerarán un magnífico fresco histórico. A según quién tal vez le parezca que el director Raúl de la Torre (1938–2010) intentó abarcar en ella demasiadas cosas sin profundizar verdaderamente en ninguna. También habrá quien celebre el carácter revisionista de su enfoque o la presencia en el reparto de la sueca Bibi Andersson e, incluso, quienes se lamenten de que la cinta no suscitase mayor interés en el momento de su estreno. Y todos, a su manera, tendrán parte de razón.

Sea como fuere, lo cierto es que Pobre mariposa (1986) rezuma sinceridad de principio a fin a lo largo de sus dos horas de metraje. Una franqueza que deriva, por ejemplo, de las imágenes de archivo mostrando el horror de los campos de exterminio nazi. O de unos diálogos, escritos en colaboración con la añorada Aída Bortnik (1938–2013), sobre los que planea una cuestión incómoda que Clara (Graciela Borges), la protagonista, se encarga de verbalizar en uno de los momentos clave de la trama: "¿Qué es ser judío?"



Igualmente impagable resulta la intervención de Fernando Fernán-Gómez en su breve papel de exiliado republicano, un militante comunista, amigo del difunto padre de Clara, que no tiene dudas a la hora de establecer la verdadera esencia del fascismo: "¿Usted cree que ellos creen en ese cuento de la raza superior? Quizá algunos, un grupito de locos, un puñado de dementes. Pero lo que hay detrás, el gran motor que pone en movimiento la maquinaria que mata, no tiene nada que ver con la raza superior o la raza inferior. No tiene que ver con los arios y los judíos, con los blancos y los negros: tiene que ver con los intereses. Con los intereses que hacen danzar políticas, hombres, dineros, armas: naciones enteras. Esa gran danza macabra que sólo quiere someternos. Aquí y ahora, como allí antes. Someternos, ¿comprende?"

Porque ahí radica precisamente la raíz misma de lo que se pretende denunciar: la presencia en la Argentina de grupúsculos filonazis que, terminada la Segunda Guerra Mundial, ambicionaban mantener viva en América Latina la llama del ideario fascista que las potencias aliadas recién habían derrotado en Europa. Y mientras tanto, aparentemente ajenos al mal que se está incubando en su seno, lo más selecto de la alta sociedad bonaerense acude a las veladas de radio para disfrutar de sus emisiones en directo.



miércoles, 27 de octubre de 2021

De hombre a hombre (1985)




Director: Ramón Fernández
España, 1985, 85 minutos

De hombre a hombre (1985) de Ramón Fernández


Filme de inspiración inequívocamente chaplinesca, dos son los referentes principales que enseguida saltan a la vista en De hombre a hombre (1985). Por una parte, la relación que se establece entre el viejo maestro Silvestre (Fernando Fernán-Gómez) y Carlitos (Jorge Noguera) resulta en buena medida deudora de la que unía al vagabundo con el niño Jackie Coogan en la hoy ya centenaria The Kid (1921). De hecho, el reportero que entrevista a la madre, durante la fiesta de cumpleaños del chaval, sostiene entre sus manos una carpeta cuyo reverso reproduce un fotograma de dicha película. La otra fuente de inspiración, tal vez no tan evidente (pero no por ello menos cierta), sería Modern Times (1936), ya que la pareja protagonista se cobija por las noches en Galerías Preciados de la misma manera que Chaplin y Paulette Goddard dormían en el centro comercial en el que su amigo y protector ejercía como vigilante nocturno.

Sin embargo, y al margen de los ilustres modelos que pudieran inspirar al guionista Joaquín Oristrell, lo cierto es que la comedia que ahora nos ocupa aborda temas tan espinosos como la soledad de un anciano o el desamparo afectivo durante la infancia. Extremos que, a pesar de la diferencia de edad entre los personajes, ocasionan una insólita camaradería "de hombre a hombre" que es el verdadero tema de la historia. Porque al pobre don Silvestre no le ha quedado otro remedio que darse a la fuga para evitar que su hijo y su nuera lo internasen en un asilo, mientras que los padres divorciados de Carlitos, atareadísimos con las obligaciones de sus respectivas carreras profesionales, apenas pueden ocuparse de una criatura que pasa más tiempo con su tata (Charo Soriano) que con ellos.



En el transcurso de los tres días que dura la escapada del menor, éste tendrá ocasión de frecuentar, siempre de la mano de su peculiar "amigo", los más variopintos ambientes, desde la consulta de la pitonisa Shangai Lili (María Luisa Ponte) hasta los metálicos dominios del superhéroe de plata Silvester-Tex, pasando por los bajos fondos del garito de Félix (Fernando Conde, ex Martes y trece), donde los futuros carteristas reciben las lecciones de una especie de Fagin a lo Oliver Twist.

Las andanzas del profesor de literatura jubilado junto a su joven socio dejan traslucir un espíritu entre quijotesco y libertario: última aventura de uno, con la que intenta aferrarse desesperadamente a la vida, y primer aprendizaje del otro, receptor del testigo de la experiencia en forma de múltiples y valiosas enseñanzas. A este respecto, la relación que se establece entre ambos les enriquece y complementa mutuamente al aportarles justo aquello de lo que estaban más necesitados antes de conocerse. Así pues, Silvestre vuelve a sentirse necesario para alguien, mientras que Carlitos encuentra en él la figura entrañable y afectuosa que su entorno más directo, tan volcado en lo material, no había sabido proporcionarle hasta ese momento.



domingo, 24 de octubre de 2021

Marbella, un golpe de cinco estrellas (1985)




Director: Miguel Hermoso
España/EE.UU., 1985, 98 minutos

Marbella, un golpe de cinco estrellas (1985)


El éxito cosechado por Truhanes (1983) debió de animar a su director, el granadino Miguel Hermoso, a probar fortuna con una historia de similares características, pero valiéndose de un formato mucho más internacional. Motivo por el que la acción de Marbella, un golpe de cinco estrellas (1985) se situó en la entonces floreciente ciudad de la Costa del Sol, escenario idóneo para una trama repleta de los habituales clichés en torno a la corrupción y el vicio.

Encabezaba el reparto una vieja gloria de la talla de Rod Taylor, otrora estrella rutilante a las órdenes de Hitchcock en Los pájaros (1964) y que aquí interpreta a un ex comandante de la guerra de Corea obsesionado con vengarse del altanero capitoste que le ha destrozado su barco. A tal efecto se irá rodeando de una variopinta red de colaboradores que van desde una amante repudiada por su adversario (la sueca, y antigua chica Bond, Britt Ekland) hasta un transformista de pacotilla (Óscar Ladoire) que deberá suplantar la personalidad del engreído traficante.



Con todo y con eso, sus cómplices más solícitos van a ser los habilidosos Germán (Fernando Fernán-Gómez) y Juan (Paco Rabal). El primero es todo un as falsificando firmas, mientras que el otro no tiene rival robando carteras con sigilo. Juntos planearán ese espléndido golpe al que alude el título, no sin antes solicitar la ayuda inestimable del comisario Vargas (Sancho Gracia). Sin embargo, la inesperada irrupción en escena de la impetuosa hija de Germán (Emma Suárez) provoca que el protagonista pierda locamente la cabeza por ella.

Típico producto ochentero, con chicas en toples y machacona música disco sonando continuamente de fondo, lo cierto es que la mano de Mario Camus en el guion apenas contribuyó a elevar ni un ápice la calidad final de la película. Aunque ya se sabe cómo solían discurrir estas producciones en tierras marbellíes: probablemente los actores aceptaron trabajar en ella por el aliciente que supone disfrutar del sol y la bulliciosa vida nocturna de la ciudad. Del resto poco se salva, si no es la curiosidad de ver actuar a Rod Taylor junto a nombres míticos del cine español.



sábado, 23 de octubre de 2021

La corte de Faraón (1985)




Director: José Luis García Sánchez
España, 1985, 98 minutos

La corte de Faraón (1985) de García Sánchez


El 21 de enero de 1910 se estrenó, en el madrileño Teatro Eslava, la célebre opereta (libreto de Perrín y Palacios, música del maestro Vicente Lleó) que serviría de base para La corte de Faraón (1985). En realidad, más que una adaptación de dicha obra escénica, la película concebida por García Sánchez y Rafael Azcona viene a ser una comedia coral que utiliza como pretexto un hipotético montaje de la misma, en plena posguerra, para imaginar el consiguiente escándalo que se habría armado en comisaría tras la detención al completo del elenco actoral.

Y todo porque al cáustico Padre Calleja (Agustín González), miembro de la Comisión de Censura de Espectáculos, le parece ver una alusión malintencionada contra el Caudillo, motivo por el que mandará arrestar a la troupe y hasta al mismísimo empresario que sufraga el espectáculo. Lo que ocurre es que el tal don Roque (Fernando Fernán-Gómez) es, además de padre del "autor" y acaudalado empresario de la construcción, héroe de guerra, herido por la metralla en la batalla de Brunete.



De ahí que el comisario de turno (José Luis López Vázquez) deje de lado sus reparos iniciales para deshacerse en atenciones hacia el potentado y su señora, quienes, a su vez, encargan en Riscal una suculenta paella con la que regalan a los agentes de la autoridad y a la que tampoco hará ascos el sacerdote. El resto de detenidos, sin embargo, a pesar del hambre que les atenaza, tienen que conformarse con mirar mientras los otros se ponen las botas...

Narrada a base de saltos temporales, la película contó en su reparto con la presencia de una explosiva Ana Belén (interpretando, entre otros temas musicales, el archiconocido "¡Ay, va!") y un prometedor Antonio Banderas que daba vida a un fraile algo tímido con veleidades artísticas. También intervienen, por cierto, Josema Yuste y Millán Salcedo, integrantes del dúo humorístico Martes y 13, así como una extensa nómina de secundarios en la que destacan los nombres de María Luisa Ponte (doña Patricia), Luis Ciges (el bolchevique Huete), Juan Diego (Roberto) o Quique Camoiras (Corcuera). El mítico Guillermo Marín (1905-1988) ponía fin a su dilatada carrera cinematográfica con el papel de prior de una comunidad de religiosos dominicos.



martes, 19 de octubre de 2021

Réquiem por un campesino español (1985)




Director: Francesc Betriu
España, 1985, 95 minutos

Réquiem por un campesino español (1985)


Paco se agarraba a la sotana de Mosén Millán, y repetía: «No han hecho nada, y van a matarlos. No han hecho nada». Mosén Millán, conmovido hasta las lágrimas, decía:
-A veces, hijo mío, Dios permite que muera un inocente. Lo permitió de su propio Hijo, que era más inocente que vosotros tres.
Paco, al oír estas palabras, se quedó paralizado y mudo. El cura tampoco hablaba. Lejos, en el pueblo, se oían ladrar perros y sonaba una campana. Desde hacía dos semanas no se oía sino aquella campana día y noche.

Ramón J. Sender
Réquiem por un campesino español

La celebridad alcanzada por la novela homónima de Sender, lectura obligatoria de bachillerato durante años, explica el que tarde o temprano se acabase llevando a la pantalla una adaptación cinematográfica de Réquiem por un campesino español. Historia despiadada, con el telón de fondo de nuestra guerra civil, que el director Paco Betriu supo plasmar en imágenes manteniéndose fiel a la esencia del texto, si bien la banda sonora de Antón García Abril, con su tema para bandurria que quiere sonar aragonés (aunque sin lograr conseguirlo del todo), desentona por lo que tiene de risueño en el contexto de un asunto tan trágico.

Con su habitual solvencia, Antonio Ferrandis encarna al indeciso Mosén Millán, un sacerdote rural al que atormentan los remordimientos por no haber sabido amparar a Paco el del Molino (Antonio Banderas) frente a la barbarie fascista de los caciques del pueblo. Pesadumbre que, a efectos narrativos, se traduce en continuos flashback, desde que Paco era apenas un monaguillo a las órdenes del cura hasta la posterior toma de conciencia del muchacho con respecto a las injusticias de un medio social profundamente marcado por la miseria.



Las comadres que departen alegremente en el Carasol o el lavadero, y entre las que destaca Jerónima (Terele Pávez) por su desparpajo, aportan al conjunto un cierto toque documental que se intensifica, aún más, si cabe, en la escena de la procesión o durante las fiestas que tienen lugar en la plaza del pueblo, cuando los mozos trepan por el poste para hacerse con los capones que penden desde lo alto.

Apoltronado en su sacristía, el viejo y pesaroso párroco se dispone a oficiar la misa de réquiem en memoria de Paco que, en un alarde de hipocresía, pretenden ahora sufragar los mismos que acabaron con su vida. De hecho, don Valeriano (Fernando Fernán-Gómez), don Gumersindo (Eduardo Calvo) y don Cástulo (Simón Andreu) van a ser los únicos asistentes a semejante farsa, si no fuera porque el potro blanco del difunto, símbolo de la libertad ultrajada, se cuela de improviso en el templo.



domingo, 17 de octubre de 2021

Las bicicletas son para el verano (1984)




Director: Jaime Chávarri
España, 1984, 103 minutos

Las bicicletas son para el verano (1984) de Jaime Chávarri


LUIS: Además… (Habla ahora a su padre) … tú me dijiste que no era por el dinero. Es porque me han suspendido en Física.
DON LUIS: Desde luego. Eso ya estaba hablado. Cuando apruebes, tienes bicicleta. Es el acuerdo a que llegamos, ¿no?
LUIS: Sí, pero yo no me había dado cuenta de lo del verano. Las bicicletas son para el verano.
DON LUIS: Y los aprobados son para la primavera...

Fernando Fernán-Gómez
Las bicicletas son para el verano

La clamorosa acogida de crítica y público que obtuvo la pieza teatral de Fernán-Gómez (merecedora del premio Lope de Vega en 1978 y estrenada por José Carlos Plaza en el 82) acabaría dando pie a la adaptación cinematográfica que ahora nos ocupa. Fueron sus intérpretes principales Agustín González (único superviviente del montaje escénico), Amparo Soler Leal, Gabino Diego y Victoria Abril, aparte de Marisa Paredes o Emilio Gutiérrez Caba en papeles secundarios. La dirección corrió a cargo de Jaime Chávarri a partir de un guion de la escritora Lola Salvador.

Como ya sucediera en el texto original, la mayor virtud de Las bicicletas son para el verano (1984) radica en que el conflicto bélico queda en la retaguardia, siendo las penurias de una modesta familia las que acaparan por completo el foco de atención. Aun así, el día a día de los protagonistas permite seguir, a través de sus diálogos, cuál es el curso de los acontecimientos durante los tres años que dura la contienda civil. Algo por completo secundario, cuando la prioridad para don Luis y los suyos pasa por conseguir víveres o evitar que Luisito se cuele por las noches en el cuarto de la criada.



Ni que decir tiene que fueron muchas las vivencias autobiográficas vertidas por Fernando Fernán-Gómez en el libreto de su obra, por no hablar de una sensibilidad anarquista que se deja entrever en diversos momentos clave. Así pues, el propio padre de familia no dudará en afirmar que "A este valle de lágrimas hemos venido a llorar lo menos posible. Y a gozar y a divertirnos lo más que podamos". Mientras que el miliciano Anselmo manifiesta, con estas palabras, sus dudas sobre la estrategia seguida por los comunistas: "Lo que pasa es que están equivocados. Un Estado fuerte, un Estado fuerte... ¿y a mí qué más me da que me haga la puñeta el cacique o que me la haga el Estado? Yo lo que quiero es que no me hagan la puñeta".

La impecable dirección artística de Gil Parrondo puso el énfasis en recrear el Madrid de aquellos días, con sus patios de vecinos y un ambiente eufórico, el de la República, que gradualmente se iría tiñendo de pesimismo conforme arreciara el avance y posterior asedio de las tropas nacionales. Como también está muy logrado el parecido físico de Gabino Diego con aquel zangolotino pelirrojo que fue en su adolescencia Fernán-Gómez. Detalles que contribuyen a engrandecer una puesta en escena soberbia, culminada con la sombría secuencia entre padre e hijo en la que el progenitor, confirmada ya la victoria franquista, zanja cualquier atisbo de esperanza con un lapidario: "Sabe Dios cuándo habrá otro verano".



sábado, 16 de octubre de 2021

La noche más hermosa (1984)




Director: Manuel Gutiérrez Aragón
España, 1984, 80 minutos

La noche más hermosa (1984) de Manuel Gutiérrez Aragón


La filigrana que se marcó el cántabro Manuel Gutiérrez Aragón con La noche más hermosa (1984) es de las que contribuyen a acrecentar el prestigio de todo cineasta que se precie. Máxime cuando se cuenta en el reparto con actores en estado de gracia dispuestos a llegar hasta el fondo de sus personajes. 

José Sacristán interpreta a un directivo de TVE agobiado por las contrariedades que le está generando una versión un tanto sui géneris del Tenorio, en principio protagonizada por su amante (Bibí Andersen). Al mismo tiempo, comienza a asaltarle la sospecha de que su mujer (Victoria Abril) tiene un amante, quizá el realizador encargado de dirigir el Don Juan (Óscar Ladoire), quizá el director general del ente público (Fernando Fernán-Gómez).



Tal y como admite el propio Gutiérrez Aragón, el planteamiento de la película resulta un tanto vodevilesco, con referentes que pueden ir desde El curioso impertinente cervantino hasta comedias de enredo como El Magnífico Cornudo (1919) del belga Fernand Crommelynck. Un sutil juego de apariencias que transcurre, en su mayor parte, durante la mágica noche de verano que da título al filme, momento, además, en el que, aparte de declararse en huelga los trabajadores de la televisión pública, sobrevolará los cielos de Madrid un cometa únicamente visible cada cien años.

La irrealidad que flota en el ambiente se va gradualmente acentuando a medida que avanza la acción, hasta el extremo de que el personaje de Sacristán acaba deambulando en pijama y sin afeitar por el plató de rodaje. También el deseo se adueña de los protagonistas, víctimas del mismo hechizo que Shakespeare imaginara para las criaturas de su A Midsummer Night's Dream. Sólo que aquí no hay ningún pícaro duende que se dedique a suministrar pócimas mágicas por orden del rey de las hadas, sino que todo fluye en el marco de una espontaneidad bastante humana.



viernes, 15 de octubre de 2021

Juana la Loca... de vez en cuando (1983)




Director: José Ramón Larraz
España, 1983, 87 minutos

Juana la Loca... de vez en cuando (1983)


Hace falta ser español para atreverse con un engendro como Juana la Loca... de vez en cuando (1983). Es más: hace falta también tener una cierta edad. E incluso una marcada afición por las cosas antiguas. Si no, resulta improbable que un espectador de hoy en día sea capaz de aguantar semejante sarta de disparates sin aburrirse soberanamente. Más que nada porque la comicidad de la mayor parte de situaciones, basada en el puro anacronismo, remite a referentes muy del momento en que se rodó la película. De ahí que los diálogos, obra de Juan José Alonso Millán, aparezcan repletos de alusiones a los personajes que conformaban la actualidad política y social en la España de principios de los ochenta.

Por consiguiente, y por más que, en apariencia, nos hallemos ante una "recreación" histórica que parodia las antiguas producciones CIFESA, lo cierto es que se trataría, más bien, de un producto cuyas raíces se hunden en subgéneros del teatro popular como la farsa, el sainete o la revista musical. O, dicho con otras palabras: las intrigas palaciegas en la corte de los Reyes Católicos no son más que un pretexto para satirizar lo que en aquel lejano 1983 estaba a la orden del día, ya fuese la llegada al poder de los socialistas, la implantación de las autonomías o el peso del Opus Dei en las altas esferas de la vida pública.



Los mejores cómicos de su generación, en su mayoría viejas glorias en horas bajas, se daban cita en un filme sin mayor pretensión que arrancarnos una sonrisa. Así pues, irán desfilando por la pantalla Juanito Navarro como Cristóbal Colón, Fernando Fernán-Gómez en un brevísimo papel de corsario inglés, Manolo Gómez Bur haciendo de Cardenal Cisneros o Paloma Hurtado metida a díscola infanta republicana. Capitaneados todos ellos por una salerosa Lola Flores y el siempre genial José Luis López Vázquez: católicas (y peculiares) majestades que se van a ver acuciadas por el inquisitivo Torquemada (Quique Camoiras) o los fatales amoríos de su hija Juana (Beatriz Elorrieta) con Felipe el Hermoso (Jaime Morey).

"De la Historia nos reímos […] España, España, ¡qué buena gente! ¡España, España, es diferente!" O eso canta, al menos, la comparsa que desfila como séquito de la protagonista en la escena final. Visión desenfadada de unos personajes y hechos, sacralizados durante décadas por la historiografía oficial del régimen, con los que la recién estrenada democracia quería marcar distancias. Buena prueba de ello fueron, por aquellas mismas fechas, otras producciones de similar formato, como, por ejemplo, El Cid Cabreador (Angelino Fons, 1983) o Cristóbal Colón, de oficio... descubridor (Mariano Ozores, 1982).



miércoles, 13 de octubre de 2021

Bésame, tonta (1982)




Director: Fernando González de Canales
España, 1982, 90 minutos

Bésame, tonta (1982) de F. González de Canales


A juzgar por las desmesuradas dotes teatrales de las que solía hacer gala en sus conciertos, al frente de la Orquesta Mondragón, era inevitable que un tipo tan histriónico como Javier Gurruchaga acabase protagonizando una película. Debut cinematográfico que finalmente tuvo lugar con el inaudito musical Bésame, tonta (1982), título inequívocamente wilderiano, a la par que producto hecho a medida del cantante.

Según rezan los créditos, fue responsable del guion Rafael Azcona, si bien el “argumento” de la película, basado en una idea del propio Gurruchaga y el director Fernando González de Canales, no pasa de ser un simple pretexto para ir engarzando, una tras otra, las divertidas canciones del grupo donostiarra. A este respecto, el resultado final se asemeja más a un entretenido videoclip de hora y media que no a otra cosa, pese a contar con la participación de un excelente reparto en el que sobresalen los nombres de Esperanza Roy, Manolo Gómez Bur o Fernando Fernán-Gómez.



Y, como no podía ser de otra manera, el siempre mudo Popocho Ayestarán pulula por aquí y por allá derrochando simpatía con un papel que oscila entre la sobriedad de un Buster Keaton y el carácter efusivo de Harpo Marx. Por cierto que la imagen del cómico junto a Javier (Gurruchaga) a lomos de una moto con sidecar se anticipa en varios años a una similar estampa de Resines y Luis Ciges en Amanece, que no es poco (1989).

En cualquier caso, la anodina existencia de un insignificante empleado de Bancobank al que sus superiores, temerosos de que el peculiar estilo del joven pudiese ahuyentar a los clientes, trasladan a una sucursal más acorde con su estrafalaria personalidad, dará gradualmente paso a la metamorfosis del protagonista hasta convertirse en el prometedor Tony Volante: estrella en potencia que, liberado del lastre de una madre posesiva, volará a Hollywood en busca del éxito.



martes, 12 de octubre de 2021

127 millones libres de impuestos (1981)




Director: Pedro Masó
España, 1981, 104 minutos

127 millones libres de impuestos (1981)


La labor de Rafael Azcona como coguionista de 127 millones libres de impuestos (1981) se advierte enseguida por el tono coral de una puesta en escena que pudiera recordar a las del maestro Berlanga. No obstante, fue Pedro Masó el responsable de producir y dirigir esta sátira a propósito de un empresario de la construcción que, abrumado por las deudas, planea el falso secuestro de su abuela en connivencia con el resto de miembros de la familia.

Máximo accionista de la deficitaria Valgañón e Hijos, don Arturo (José Luis López Vázquez) carga con la responsabilidad de urdir un tinglado capaz de alejar a los acreedores y, al mismo tiempo, convencer a las autoridades policiales de la veracidad de los hechos. Contará para ello con la ayuda inestimable de su mujer (María Silva), su futuro cuñado (Agustín González), un hermano medio idiota (Julián Navarro), sus hermanas Celia (Amparo Soler Leal) y Pity (Amparo Baró) y hasta de su propio padre (Fernando Fernán-Gómez).



A decir verdad, la complicidad de todos ellos en semejante chapuza resulta por completo interesada, ya que quien más quien menos depende económicamente del dinero que les pasa Arturo. Razón de más para colaborar en una iniciativa que, si sale bien, les garantizaría seguir viviendo indefinidamente de gorra. Incluso la anciana doña Concha (Amelia de la Torre) se deja secuestrar con tal de percibir las dos mil pesetas que se juega a diario en el bingo.

Ni que decir tiene que hacerse pasar por los raptores y cobrar el cuantioso rescate dará pie a las situaciones más hilarantes, si bien el trasfondo particular que se trasluce tras tanto despropósito es el de una sociedad corrupta cuyos líderes empresariales, adeptos a la cultura del pelotazo, son los que peor ejemplo dan cuando se trata de hacer frente a sus obligaciones fiscales.



lunes, 11 de octubre de 2021

Apaga... y vámonos (1981)




Director: Antonio Hernández
España, 1981, 105 minutos

Apaga... y vámonos (1981) de Antonio Hernández


La irregular trayectoria del director Antonio Hernández depara sorpresas de todo tipo. Desde espléndidos dramas familiares como En la ciudad sin límites (2002), soporíferas recreaciones históricas al estilo de Los Borgia (2006), trepidantes road-movies en la línea de Lisboa (1999), olvidables productos televisivos tipo El gran marciano (2001) y hasta una magnífica ópera prima, titulada F.E.N. (1980), en la que se analizaban las consecuencias de haber padecido la educación nacionalcatólica del régimen franquista.

Currículum de lo más dispar, así pues, cuya segunda entrega había sido la estrambótica comedia Apaga... y vámonos (1981), coescrita junto a su hermano Avelino y protagonizada por él mismo. Gustavo, el personaje al que da vida, es un antihéroe en toda regla, inventor por más señas, al que unos agentes confunden con un terrorista, motivo por el que será conducido a dependencias policiales para que preste declaración. La cual se acaba convirtiendo en un larguísimo flashback que ocupa la mayor parte del metraje.

Aunque parezca Frank Zappa, éste es Antonio Hernández...


La acción se retrotrae entonces hasta 1961, momento en el que el niño Gustavo inicia su despertar en el seno de la típica familia tronada. De la madre (Amparo Baró), mujer con vocación militar y más sorda que una tapia, se nos dice que intentó por tres veces ingresar en el regimiento de zapadores, si bien fue rechazada en todas ellas a causa "de un pequeño defecto físico". El padre, en cambio, responde al mismo perfil de sabio despistado que heredará el protagonista. De hecho, el hombre falleció una noche aciaga a consecuencia del despegue fallido de la nave espacial, construida con sus propias manos, con la que pretendía viajar a un rincón indeterminado de la galaxia llamado Vesta...

Aparte del bigotazo que luce Antonio Hernández (y de sus escasas dotes para la interpretación...), lo más llamativo de la cinta es una heterogeneidad de registros que hacen de ella un producto inclasificable, a medio camino entre demasiadas cosas, casi ninguna convincente. Tiene su poco de parodia, con ribetes de ciencia ficción, y mucho de comedia romántica, sobre todo en lo tocante a la relación fallida de Gustavo con Betty (Virginia Mataix). Y también un breve papel de Fernando Fernán-Gómez, ya en el tramo final, encarnando a un viejo erudito amnésico.



domingo, 10 de octubre de 2021

Maravillas (1981)




Director: Manuel Gutiérrez Aragón
España, 1981, 95 minutos

Maravillas (1981) de Manuel Gutiérrez Aragón


Extraña mezcla de elementos aparentemente inconexos, Maravillas (1981) ocupa un lugar destacado en la filmografía de Manuel Gutiérrez Aragón. Por lo menos en la de los inicios de una carrera como director que estará marcada por ese tono, un tanto sui géneris, entre onírico y de cuento de hadas. La protagonista de la película es una joven adolescente (interpretada por Cristina Marcos) que vive a caballo entre dos mundos absolutamente dispares: por una parte, están los colegas de su edad (el Pirri y su hermana, Quique San Francisco, Miqui Molina...), siempre coqueteando con los típicos ambientes marginales del cine quinqui; por otra, un grupo de viejos judíos sefardíes que ya desde bien pequeña deciden apadrinarla.

Asimismo, la figura del padre (Fernando Fernán-Gómez) resulta por completo extravagante, teniendo en cuenta que se trata de un individuo plenamente sometido a la autoridad de Maravillas. Hasta el extremo de que se ve obligado a pedirle dinero a su hija a todas horas (cuando no a robárselo) como si el menor de edad fuese él y no ella. Y es que el viudo, que se pasa la mayor parte del día leyendo revistas eróticas y al que los padrinos hebreos de la chica tratan con absoluta condescendencia, apenas saca nada del obsoleto estudio fotográfico que un día acogió a las más altas eminencias del momento.



La imagen recurrente de Maravillas caminando sobre el abismo, con Madrid a sus pies, se repite en varias ocasiones a lo largo de la película, dando lugar a una potente metáfora visual en la que confluyen diversos temas simultáneamente. "Lo más importante en esta vida es no tener miedo", le dice su tío Salomón el mago (Francisco Merino) el día en el que la niña, vestida de blanco, cruza por vez primera el pretil de la terraza a cambio de un anillo que será su regalo de comunión.

El personalísimo universo de Gutiérrez Aragón da como resultado una obra inclasificable que ni es comedia ni drama, aunque contenga elementos de ambos géneros. Así, por ejemplo, la escena del confesonario, en la que, amparándose en el secreto de confesión, el Pirri declara abiertamente ante el sacerdote (Emilio Rodríguez) varias de sus pillerías, resulta muy divertida. O el hecho de que todo un juez (José Manuel Cervino) le pregunte al chaval si lleva encima algo de costo para fumar. Y, sin embargo, por muchos gags que contenga, la lección o enseñanza que se deduce de esta historia no puede ser más amarga: "Se vive como se sueña: solos".



sábado, 9 de octubre de 2021

Cinco tenedores (1980)




Director: Fernando Fernán-Gómez
España, 1980, 94 minutos

Cinco tenedores (1980) de Fernando Fernán-Gómez


Comedia negra o sátira corrosiva son sólo algunos de los calificativos que ha merecido Cinco tenedores (1980), enésima incursión de Fernando Fernán-Gómez tras las cámaras. En realidad, la cosa parece que va de cuernos. O de la doble moral que impera en los salones de lujo y las alcobas de la alta burguesía. Su protagonista, don Aurelio (José Sazatornil), es el propietario del selecto restaurante San Huberto, local en el que tiene su sede el prestigioso club de monteros del mismo nombre. 

A decir verdad, el ambiente que se respira en las reuniones de dicha agrupación deja entrever su vinculación con el anterior régimen. De hecho, el himno con el que culminan cada ágape ("¡Somos cojonudos! ¡Los que más! ¡Los que más!") recuerda bastante al "Cara al sol". Incluso uno de los asistentes, adormilado momentáneamente bajo el efecto de algún efluvio alcohólico, se levanta de improviso con el brazo en alto, suscitando la inmediata reprimenda del personaje interpretado por Rafael Alonso: "¡No politices el acto, hombre!"



Sin embargo, lo verdaderamente rocambolesco de la historia radica en el hecho de que el bueno de don Aurelio y su esposa (Concha Velasco), quienes, hasta la fecha, no han logrado tener descendencia, se encuentran, de un día para otro, con un ahijado veinteañero que se instala con ellos en casa. Y no sólo eso, sino que el tal adonis, un joven apolíneo que responde al nombre de Miguel (Manuel de Benito), acabará yaciendo con su madrina durante una ausencia del respetable (y, en lo sucesivo, cornudo) restaurador. Que la señora se quede embarazada o que su marido sea estéril complicarán aún más, si cabe, una situación ya de por sí espinosa.

Pese a no ser autor del guion, obra de Esmeralda Adam y Manuel Ruiz-Castillo, lo cierto es que a Fernán-Gómez le debía de resultar muy cercano el tema de las infidelidades conyugales (su compañera, Emma Cohen, lo abandonaría por aquellas mismas fechas para irse a vivir con el novelista Juan Benet, aunque no tardaron mucho en reconciliarse), por lo que cabría ver en esta película algo más que un simple encargo. En todo caso, el discurso final que se marca don Aurelio ante sus atónitos comensales, elogio y alabanza de los cuernos, es un portento en lo que a argumentación retórica se refiere, dada la modernidad de su enfoque, auténtica superación de la concepción calderoniana del honor, y, sobre todo, porque aboga por dejar de lado la hipocresía, de una vez por todas, en nuestras relaciones.



viernes, 8 de octubre de 2021

Cuentos eróticos (1980)




Directores: Enrique Brasó, Jaime Chávarri, Emma Cohen, Fernando Colomo, Jesús García de Dueñas, Augusto M. Torres, Josefina Molina, Juan Tébar, Alfonso Ungría
España, 1980, 99 minutos

Cuentos eróticos (1980)


Curioso filme, de esos que ya nadie recuerda (o no quiere recordar...), pero que merece un comentario elogioso, aunque sólo sea por la nómina de grandes cineastas que participaron en él. Cierto que, como en toda obra colectiva, se aprecian altibajos en los diferentes episodios que componen estos Cuentos eróticos (1980). Y que, para más inri, ni el título ni la temática favorecen que hoy nadie se atreva a reivindicar lo que a simple vista pudiera parecer un frívolo producto más de la abominable época del destape.

Sin embargo, la sola presencia de Luis García Berlanga ejerciendo de inusual maestro de ceremonias justifica el interés de una cinta que, además de certificar, según su eslogan publicitario (véase, arriba, el cartel), que "los jóvenes directores del cine español también se ponen cachondos (aunque sea diez minutos)", suponía un a modo de relevo generacional entre la vieja guardia, representada por el ya mencionado Berlanga, y quienes en aquel momento estaban llamados a ser sus continuadores.



De las nueve historias, la mayor parte aborda aspectos vinculados con la convivencia o la vida en pareja, si bien desde ópticas tan dispares como la fantasía medievalizante ("El vil metal", de Jesús García de Dueñas) o la despiadada parodia cinéfila, caso de "Köñensonaten", cáustico homenaje de Fernando Colomo y Fernando Trueba al cine de Bergman. Asimismo, Josefina Molina ("La tilita") y Emma Cohen ("Tiempos rotos") aportan un toque femenino y feminista que denota una clara voluntad de ruptura con el patriarcado.

Por lo demás, no deja de tener su gracia el ir viendo cómo todos esos realizadores, metidos en la piel de los más diversos personajes (Chávarri, por ejemplo, hace de exhibicionista y Alfonso Ungría de borracho), suben y bajan de un vagón de metro ante la mirada indiscreta del sexagenario don Luis: original forma de engarzar unos con otros los distintos fragmentos de una película bastante más introspectiva de lo que a priori cabría pensar.



miércoles, 6 de octubre de 2021

Mamá cumple cien años (1979)




Director: Carlos Saura
España/Francia, 1979, 99 minutos

Mamá cumple cien años (1979) de Carlos Saura


La imagen conmovedora de Rafaela Aparicio descendiendo desde las alturas cual deus ex machina ha quedado como una de las más icónicas de la historia del cine español. O por lo menos de la filmografía de Carlos Saura, director que con Mamá cumple cien años (1979) recuperaba los mismos personajes y ambiente opresivo de la excelsa Ana y los lobos (1973). De hecho, la lectura alegórica del filme, pese a haber sido rodado ya en democracia, sigue siendo igualmente plausible. 

Por eso la familia al completo se reúne en torno a la sepultura de José (José María Prada), habida cuenta de que tanto el general Franco como el actor que lo simboliza (Prada falleció súbitamente de un infarto en agosto del 78) habían pasado a mejor vida. Las palabras de la madre no dejan lugar a dudas: "¡Hijo mío, tú eras el único que sabía poner orden!" Aunque ahora las cosas han cambiado y, tres años después de su muerte, los sucesores proyectan construir una urbanización en esos mismos terrenos en cuanto falte también la cuasi centenaria matriarca.



Mientras dicho momento no llegue, los aledaños de la finca permanecen infestados de cepos que ponen en peligro la integridad física de cuantos se adentran en los dominios familiares. A Fernando (Fernán-Gómez) le ha dado ahora por lanzarse en parapente y el otro hermano, Juan (José Vivó), lleva ausente una buena temporada por oscuros motivos que lo han convertido en persona non grata para el resto de miembros del clan. Por extraño que parezca, Ana (Geraldine Chaplin) sigue viva y regresa a la casa acompañada de su marido (Norman Briski). Natalia (Amparo Muñoz) da muestras de una voluptuosidad que contrasta con el ambiente pudibundo que se respira en el entorno.

Sin embargo, y a diferencia de la primera entrega, la secuela resulta un filme menos críptico y más tragicómico, en el que el personaje de Rafaela Aparicio, pese a las lágrimas que derrama por sus vástagos (y algún que otro ataque de apoplejía), canta y hasta acaba bailando por sevillanas en compañía de los suyos. Como también emerge, en otro orden de cosas, una insólita vertiente sobrenatural a través de Fernando, dotado de unas sorprendentes facultades paranormales (que él achaca a la fe) y que sólo pone en práctica a requerimiento de su madre.