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viernes, 31 de agosto de 2018

La gran ilusión (1937)




Título original: La grande illusion
Director: Jean Renoir
Francia, 1937, 109 minutos

La gran ilusión (1937) de Jean Renoir

Clásico entre clásicos, La gran ilusión de Renoir está en la base de muchas otras películas que vendrían después. Desde las tentativas de evasión por parte de presos minuciosamente entregados a excavar un túnel valiéndose de las herramientas más rudimentarias —The Great Escape (1963) de John Sturges o The Shawshank Redemption (1994) de Frank Darabont— hasta los alegatos pacifistas de Chaplin (el globo terráqueo de Hynkel en The Great Dictator iguala en patetismo poético al geranio del capitán von Rauffenstein) y Kubrick (el culto a la jerarquía militar por parte de los oficiales de Paths of Glory y la repulsa que ésta acabará suscitando en el coronel interpretado por Kirk Douglas se asemeja un tanto a la relación entre Boeldieu y su homólogo alemán). Más evidente aún, el embrión de la célebre escena de "La Marsellesa" en Casablanca (1942) estaba ya en la cinta de Renoir, así como el actor Marcel Dalio (Rosenthal), quien años más tarde sería el crupier del Rick's Café. Incluso el travestismo de Some Like It Hot (1959) hace acto de presencia cuando algunos internos organizan un número de vodevil para divertirse.

Y es que estamos hablando de palabras mayores: el presidente Roosevelt solicitó una proyección privada en la Casa Blanca; Goebbels declararía objetivos prioritarios a exterminar lo mismo al director que a su obra; que finalmente sería el primer filme extranjero en optar al Óscar a la mejor película. ¿Qué tiene La gran ilusión para haber llegado a generar tantas expectativas desde el mismo momento de su estreno?



Probablemente, Renoir acertó a tomar el testigo de Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, 1930) de Lewis Milestone, pero sólo en lo tocante al mensaje antimilitarista, llevando a cabo una verdadera proeza: un filme ambientado en la Primera Guerra Mundial que no contiene ni un solo combate. Y, lo que es más importante, demostrando que lo bélico no está reñido con el sentido del humor. Hombre de una inteligencia considerable, sus diálogos prefiguran la posterior causticidad de, pongamos por caso, un Billy Wilder. Baste mencionar, al respecto, el irónico silogismo mediante el que Boeldieu minimiza los inconvenientes de su condición de prisionero: "Un campo de golf es para jugar al golf. Una cancha de tenis es para jugar a tenis. Un campo de prisioneros es para escaparse..."

Aunque lo verdaderamente revolucionario de La gran ilusión es cómo Renoir opta por contagiar a sus personajes el espíritu fraterno del Frente Popular, por aquel entonces en el poder. Así pues, y en contraste con el clasismo obsoleto que defiende von Rauffenstein (Erich von Stroheim), los reclusos franceses se muestran solidarios entre ellos a pesar de poseer distintos orígenes sociales, de modo que el judío Rosenthal comparte con los demás los paquetes de comida que le envían sus familiares. Pero lo curioso del caso es que Renoir demuestra una enorme valentía al huir de los estereotipos imperantes, haciendo que sean personajes en los que a priori no cabría esperar actitudes altruistas los que nos sorprendan y viceversa: pese a hacer gala de un esnobismo aparente, Boeldieu no dudará ni un segundo en sacrificarse para que se salven sus hombres; la alemana Elsa (Dita Parlo) acoge en su granja a los dos fugitivos en lugar de delatarlos... Es, curiosamente, el obrero Maréchal (Jean Gabin) quien, en ocasiones, manifiesta una intransigencia considerable: como cuando le confiesa a Rosenthal que no acaba de sentirse cómodo con Boeldieu, de quien siente que todo les separa, o en el momento de la huida, cuando, disponiéndose a dejar tirado a su compañero, aquejado de una lesión en el pie, la letra de la canción que entona le hará sentir remordimientos de su repentino antisemitismo, al recordar que fue precisamente el pobre Rosenthal quien le socorrió en prisión cuando a él le faltaron los víveres.


martes, 25 de abril de 2017

Las películas de mi vida, por Bertrand Tavernier (2016)












Título original: Voyage à travers le cinéma français
Director: Bertrand Tavernier
Francia, 2016, 190 minutos



Cuando Bertrand Tavernier visitó Barcelona en junio del año pasado, le había quedado pendiente mostrar la que de momento es su última película: un monumental "viaje a través del cine francés", de más de tres horas de duración, cuyo preestreno oficial ha tenido lugar esta tarde/noche en la Filmoteca de Catalunya. Y el propio realizador, acompañado de Esteve Riambau, ha introducido el acto, precisamente hoy que cumple setenta y seis años.

Por el tono apasionado de sus palabras se desprende que para Tavernier pocas experiencias debe de haber más satisfactorias que la puramente cinematográfica. Desde la primera película que recuerda que le impactó (Dernier atout de Jacques Becker) hasta la última que comenta en su documental: Les choses de la vie (1970) de Claude Sautet. Todo en él destila un amor desaforado hacia el medio de expresión que supuso su educación sentimental, en el Lyon de finales de los cuarenta y, tiempo después, en un París en el que su vida girará en torno a la cinémathèque y a otras salas ya desaparecidas.

Se disculpa por las omisiones (a fin de cuentas, el suyo es un periplo profundamente personal) y de entre la pléyade de estrellas objeto de su atención destaca una en particular: la de aquel Jean Gabin que fue capaz de comprometerse hasta las últimas consecuencias con los valores del Frente Popular. Hay también palabras de elogio para Jean-Pierre Melville, al que pinta como un personaje tan entrañable como estrafalario. No así Renoir, quien a pesar de su genialidad parece ser que coqueteó con el régimen de Vichy.

Durante el rodaje en la biblioteca de la Fundación Jérôme Seydoux-Pathé

Mención especial merecen los compositores de bandas sonoras, cuyo trabajo, a menudo injustamente olvidado, se reivindica aquí como uno de los puntales del cine francés. Así pues, los nombres de Georges Auric (en opinión de Tavernier, precursor de Morricone en partituras como El salario del miedo), Arthur Honegger, Antoine Duhamel, Georges Delerue... irán desfilando para dar cumplida noticia de lo más granado de sus respectivas filmografías. Aunque el cineasta considere a Joseph Kosma (1905–1969) el más francés de todos, a pesar de haber nacido en Hungría.

Y ante tanto derroche de erudición cinéfila uno no tiene más remedio que preguntarse: ¿hasta cuándo habrá que esperar a que alguien se digne a hacer algo similar con el cine español...?

Tavernier en el solar que ocupó la casa de sus padres en Lyon

miércoles, 13 de julio de 2016

La verdad sobre Bébé Donge (1952)










Título original: La vérité sur Bébé Donge
Director: Henri Decoin
Francia, 1952, 110 minutos



Aunque ya no estaba casado con ella en esa fecha, Henri Decoin eligió a Danielle Darrieux para protagonizar la fiel adaptación que de La vérité sur Bébé Donge de Georges Simenon llevara a cabo en 1952. Filme muy caro para la actriz, toda vez que, según ha manifestado en alguna ocasión, le permitió relanzar su carrera interpretando papeles más dramáticos que aquéllos en los que hasta entonces había sido encasillada.

Y es que tanto la Darrieux como un espléndido Jean Gabin serían pieza clave en el éxito de una película tan gélida como precisa a la hora de analizar los resortes de un matrimonio de la alta burguesía. Porque de eso trata verdaderamente La verdad sobre Bébé Donge: de cómo un alma en principio soñadora y romántica, la de Elisabeth d'Onneville (alias Bébé), acaba maquinando el envenenamiento de su acaudalado (y mujeriego) esposo.

Recurriendo continuamente a la analepsis, la trama se estructura en torno a los numerosos flashback que François Donge (Jean Gabin) lleva a cabo en el lecho del hospital en el que ha despertado tras varios días en coma. Él, que siempre había sido un cínico e impenitente conquistador, rememora en el umbral de su muerte los diez años de matrimonio con Bébé.



La Cinemateca de Toulouse, en el comentario que dedicaba al filme hace algunos años, resumía su contenido en los siguientes términos; "Allí donde ella esperaba una historia de amor, él únicamente le supo dar su apellido. Más que un drama sentimental, una pesadilla aterradora. Fría. Asfixiante. La incomprensión más absoluta. Oscuramente tenebrosa. Una perla negra trufada de flashback, brillante como un destello de lucidez. La verdad es repugnante".

domingo, 14 de febrero de 2016

El placer (1952)




Título original: Le plaisir
Director: Max Ophüls
Francia, 1952, 97 minutos

Le bonheur n'est pas gai...

El placer (1952) de Max Ophüls


Buena parte de lo dicho en la entrada anterior a propósito de Madame de... seguiría siendo válido al referirnos a El placer, la película que Max Ophüls estrenara un año antes a partir de tres relatos de Guy de Maupassant (1850–1893). De nuevo los largos planos secuencia, el gusto por el refinamiento decimonónico y la elegancia de una cuidadosa puesta en escena se hacen evidentes en un filme que fue claramente concebido para ensalzar la estética de un mundo que desaparece.

Siempre con la voz en off del propio Maupassant (el actor Jean Servais), se nos irán presentando los distintos episodios. El primero de ellos (también el más breve) tiene lugar durante un baile de disfraces y gira en torno a la misteriosa personalidad que se oculta tras la máscara de un "galán" que allí acude.

Le masque: ¿eterna juventud?

El segundo de los segmentos es asimismo el más elaborado y extenso. Todo comienza en una casa de tolerancia, aunque no una cualquiera: la madama que la regenta es una mujer con principios, así como distinguida es la mayor parte de la clientela que cada noche se da cita en el lupanar. Pero un cierto caos se va a organizar cuando la casa cierra repentinamente sus puertas. La razón es que una sobrina de la señora Tellier va a recibir la primera comunión y tanto ella como sus pupilas viajarán en tren hasta la pequeña aldea rural para asistir a la ceremonia.

La maison Tellier: Rivet (Jean Gabin) queda prendado de las meretrices

El último capítulo se centra en la relación de amor y odio que se establece entre el pintor Jean (Daniel Gélin) y su bella modelo Joséphine (Simone Simon): mientras son pobres y apenas se alimentan con latas de sardinas todo va bien, pero a la que él comienza a tener éxito como artista...

Le modèle: Jean (Daniel Gélin) y Joséphine (Simone Simon)

El nexo común de las tres historias es el placer, ça va de soi!, pero no en el sentido estricto del término sino más bien en el de la añoranza que se siente cuando se sabe que nunca más se ha de volver a experimentar, al menos con la misma intensidad. En ese sentido, en "La máscara" el tema sería el placer que proporcionaba la juventud; en "La casa Tellier", el placer de la pureza que se perdió por el camino y en "La modelo", el placer que experimentaban Jean y Joséphine antes de que la fama terminase con sus sueños de bohemia. Efectivamente, la lectura que hace Ophüls del placer vuelve a ser pesimista una vez más y de ahí la paradójica afirmación del amigo de Jean al finalizar el relato de los hechos: "la felicidad no es alegre".