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sábado, 22 de febrero de 2025

Con faldas y a lo loco (1959)




Título original: Some Like It Hot
Director: Billy Wilder
EE.UU., 1959, 121 minutos

Con faldas y a lo loco (1959) de Billy Wilder


Una crítica social bajo un envoltorio de comedia; una obra maestra que trasciende modas y épocas... Combinando elementos del slapstick con diálogos ingeniosos que mantienen un ritmo ágil y entretenido, el aura mítica de Some Like It Hot (1959) llega intacta hasta nuestros días gracias a ese toque inconfundible que sólo Wilder y su equipo de colaboradores (con el guionista I.A.L. Diamond a la cabeza) eran capaces de conseguir.

Tal vez uno de los aspectos más destacables de la película sea su habilidad para jugar con las convenciones de género. A este respecto, y a través de los personajes de Joe y Jerry, interpretados por Tony Curtis y Jack Lemmon, respectivamente, se desafían las normas tradicionales de masculinidad y feminidad. Así pues, la trama se convierte en un vehículo para la reflexión sobre la identidad, ya que los protagonistas, al vestirse de mujer, se ven obligados a confrontar sus propias percepciones sobre el sexo y los roles a él asociados.



Ni que decir tiene que dicho enfoque, además de proporcionar momentos cómicos memorables, invita también a que el espectador cuestione algunos clichés. De hecho, la condición de travestidos de la pareja protagonista, reconvertidos en Josephine y Daphne para huir de la mafia, dará pie a no pocos equívocos a lo largo de su accidentado periplo, la mayoría con evidentes connotaciones homosexuales. Todo un desafío al Código Hays, aún vigente en el Hollywood de aquel entonces, y a los tabúes que podían incomodar a la moral conservadora de la época.

Queda claro, por tanto, el carácter transgresor de la cinta, astracanada moderna si se quiere, pero crítica inteligente, al mismo tiempo, que pone en tela de juicio los estereotipos habitualmente asociados a la masculinidad. Lo cual no es óbice, sin embargo, para que Marilyn luzca tan sexy como siempre en su papel de Sugar Kane. A fin de cuentas, los diálogos juegan continuamente con la tensión sexual y el deseo de una manera sutil pero provocativa, añadiéndole cierta capa de picardía a una historia que culmina con la célebre réplica de "Nadie es perfecto".



viernes, 5 de mayo de 2023

Un gran reportaje (1931)




Título original: The Front Page
Director: Lewis Milestone
EE.UU., 1931, 101 minutos

Un gran reportaje (1931) de Lewis Milestone


Primera de una larga lista de adaptaciones cinematográficas, The Front Page (1931) pasa por ser, también, la primera screwball comedy de la historia. La obra teatral en que se basa, un artilugio endiabladamente divertido de los míticos Ben Hecht y Charles MacArthur, se había estrenado un par de años antes en el Times Square Theater de Nueva York. Origen escénico, por cierto, que queda del todo patente en la relevancia que adquiere la sala de prensa de unos juzgados como centro neurálgico donde transcurre la mayor parte de la acción.

Sin embargo, uno de los méritos de la puesta en escena del director Lewis Milestone (1895-1980) radica precisamente en la celeridad con la que logra mover la cámara dentro de un espacio cerrado. En ese sentido, son varios los momentos en los que el objetivo gira alrededor de los actores, casi como si volara, o los sigue en trávelin dando lugar a complejos y meritorios planos secuencia.

Gracias a George Lucas, el filme fue objeto de una minuciosa restauración en 2016


Por lo demás, huelga decir que la producción, auspiciada por obra y gracia del todopoderoso Howard Hughes cuando aún no había entrado en vigor el código Hays, supone una lección magistral de hasta qué punto las redacciones de los diarios constituyen un cuarto poder capaz de incidir en la opinión pública americana e incluso en decisiones políticas de hondo calado, toda vez que el corrupto alcalde (James Gordon) no tiene más remedio que acatar lo que le digan los reporteros si no quiere que sus chanchullos salgan a la luz.

Asimismo, la película encierra también una sutil reflexión a propósito de la falta de escrúpulos de unos medios de comunicación más preocupados por fabricar exclusivas sensacionalistas que no en el rigor informativo de lo que publican. De hecho, sólo hay que ver la caterva infecta de cronistas que cubren la fuga y posterior búsqueda de un preso condenado a muerte para hacerse una idea de que las fake news de hoy en día no son, ni mucho menos, un fenómeno nuevo.



domingo, 8 de julio de 2018

Ángeles con caras sucias (1938)




Título original: Angels with Dirty Faces
Director: Michael Curtiz
EE.UU., 1938, 97 minutos

Ángeles con caras sucias (1938)


Si no fuera porque los Cagney, Bogart y compañía tienen un gancho irresistible, Ángeles con caras sucias no pasaría de ser un sermón insoportablemente moralista. No hay más que ver la apología que se hace en ella de la pena de muerte o el papel redentor que se le reserva a la religión como senda ejemplar que aparte a los hombres de las garras del hampa. Corría 1938 y las calles de los suburbios, como se aprecia en la panorámica con la que se abre la película, eran un hervidero en el que las bandas criminales campaban a sus anchas, por lo que no es de extrañar que desde Hollywood se ensayara algún tipo de píldora con mensaje capaz de encauzar la situación.

Los Dead End Kids, de hecho, que habían debutado apenas unos meses antes con Crime School, participarían en un total de cinco títulos, todos ellos unidos por el denominador común de abordar la delincuencia juvenil en el marco de la crisis económica que azotaba al país. En ese sentido, el modelo encarnado por James Cagney está condenado a fracasar desde el minuto uno, habida cuenta de que la lección que encierra la historia de Rocky y Jerry, expresada en palabras, vendría a ser algo así como: "Esto es lo que les ocurre a los chicos malos..." Donde Jerry Connolly (Pat O'Brien) es el muchacho que corre más rápido y Rocky Sullivan (Cagney) el malote que copará las portadas de la prensa sensacionalista. Al primero lo salvará su fe; al segundo lo condenará su ambición...



Nominada a tres premios Óscar (Mejor actor, director y guion), Angels with Dirty Faces supuso también el trabajo que acabaría de consagrar la incipiente carrera de Humphrey Bogart, definitivamente encasillado en el rol de hombre duro y un tanto cínico: aquí interpreta a un abogado corrupto, supuestamente amigo del protagonista, pero tan poco de fiar como el resto de gánsters del reparto.

Lejos aún del modelo noir instaurado a partir de El halcón maltés (1941) de Huston, ni el papel femenino interpretado por Ann Sheridan (apenas una amiga de infancia) adquiere las proporciones de una femme fatale ni en la película en su conjunto se aprecia el más mínimo atisbo de denuncia social a lo Scarface (1932): bien al contrario, el objetivo perseguido por el húngaro Michael Curtiz no parece ser otro sino preservar el orden establecido, lavando la cara de esos ángeles callejeros a los que alude el título aunque sea mediante el expeditivo método de la silla eléctrica.


viernes, 14 de julio de 2017

El último hurra (1958)




Título original: The Last Hurrah
Director: John Ford
EE.UU., 1958, 121 minutos

El último hurra (1958) de John Ford


No es el mejor Ford, pero sigue siendo John Ford... Y con la misma perspicacia que caracteriza los últimos títulos de su filmografía. Porque si en The Man Who Shot Liberty Valance se planteaba, con muchos años de antelación, lo que hoy llamaríamos postverdad, The Last Hurrah lanzaba el guante a propósito del declive de una determinada forma de hacer política.

Con su porte de viejo irlandés honesto y afable, el alcalde Skeffington (Spencer Tracy) verá, sin embargo, con estupor cómo la demagogia electoralista le gana el pulso a la integridad que él siempre había representado. Soplan nuevos tiempos y el veterano gobernante tiene ocasión de comprobar en sus propias carnes hasta qué punto la televisión está convirtiendo la democracia en un espectáculo para las masas.



A juzgar por el tono crepuscular que impregna toda la historia, no sería descabellado pensar que el mismísimo John Ford se sintiese identificado con el protagonista. A fin de cuentas, ambos tienen en común que enfilan el tramo final de sus respectivas carreras entre la nostalgia hacia un mundo que ya no existe y la inquietud frente a lo que les depare un futuro inmediato en el que no saben muy bien cómo actuar. Algo que podría hacerse extensible a Spencer Tracy, quien después de El último hurra apenas si intervendría en media docena de películas.

Nos queda la duda de cuál habría sido el resultado de haberse metido Orson Welles en la piel del experimentado candidato, ya que, al parecer, fue ésta la primera opción que se barajó. Probablemente le hubiese faltado el lado entrañable que sólo Tracy podía aportar al personaje, aunque a buen seguro que, en contrapartida, lo hubiera enriquecido con una profundidad psicológica parangonable con el Charles Foster Kane de su obra cumbre.