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jueves, 27 de agosto de 2026

Carta a una mujer (1961)




Director: Miguel Iglesias
España, 1961, 75 minutos

Carta a una mujer (1961) de Miguel Iglesias


La acción de Carta a una mujer (1961) se sitúa en la Barcelona de 1954, momento en el que diversas partidas de antiguos combatientes de la División Azul, más algún que otro republicano, presos durante años en los campos de prisioneros de la Unión Soviética, regresan a España a bordo del buque Semíramis para que la multitud enfervorecida los reciba entre vítores en el puerto de la Ciudad Condal. Sin embargo, todo parece apuntar a que el marido de la protagonista no se encuentra entre los supervivientes...

Y es que Flora (Emma Penella), pese a que ha rehecho su vida junto a un célebre director de orquesta (Luis Prendes), vive aferrada a la posibilidad de que Carlos regrese algún día de su largo cautiverio al otro lado del Telón de Acero. Sólo falta que otro liberado, compañero de fatigas del susodicho, se presente por sorpresa en su casa con noticias a propósito del esposo para que la mujer recobre la esperanza con mayor fuerza todavía. Máxime si el tal Germán (José Guardiola) trae una misiva que, por motivos de seguridad, ha memorizado.



Aunque lo realmente interesante de la cinta de Miguel Iglesias, basada en la pieza teatral El mensaje, de Jaime Salom (coautor también del guion), radica en cómo se alterna el trasfondo político con una trama de tipo más sentimental. Así pues, la actitud de Flora respecto al marido ausente evoluciona desde la indiferencia inicial de lo que en su día fue un matrimonio por pura conveniencia, razón por la cual él prefiere huir y alistarse voluntario para luchar contra la Rusia comunista, hasta el paulatino enamoramiento de alguien que no se sabe muy bien si está vivo o muerto.

Es posible que Flora vaya en pos de una simple quimera, pero su decisión se produce en un contexto en el que también los maquis planean incursiones en territorio nacional, al tiempo que los antiguos republicanos se enzarzan en sus propios ajustes de cuentas. Sólo la música parece proporcionar algo de armonía en la tirantez de un momento histórico de máxima tensión. En ese sentido, resultan especialmente llamativas las escenas rodadas en el Palau de la Música Catalana, marco de singular belleza en el que resuenan las notas de Beethoven, Wagner y otros ilustres compositores.



viernes, 13 de septiembre de 2024

Cuatro mujeres (1947)




Director: Antonio del Amo
España, 1947, 104 minutos

Cuatro mujeres (1947) de Antonio del Amo


La acción de Cuatro mujeres (1947) transcurre en "El Ancla", un concurrido café de la ciudad de Tánger en el que cuatro individuos están jugando una partida de cartas. Sin embargo, la irrupción en el local de una misteriosa mujer a la que cada uno de los integrantes de la timba cree reconocer, aunque bajo distintas identidades, interrumpirá momentáneamente el juego. Dicho planteamiento, huelga decirlo, no es más que un pretexto para estructurar un filme de episodios en el que la actriz italiana Maria Denis (1916-2004) interpreta los cuatro personajes femeninos a los que alude el título de la película.

Blanca, Elena, Lola y Marta serán, pues, las sucesivas protagonistas de otras tantas historias unidas por el denominador común de un amor imposible. En la primera de ellas, situada en Argel en 1898, una monja de ojos inusualmente bellos se encarga de los cuidados de un legionario (Tomás Blanco) convaleciente de las graves heridas ocasionadas por un ataque de los tuaregs; de Elena, en cambio, son las manos lo más destacable de su físico, considerando que se trata de la musa de un pianista (Luis Prendes) que la conoció en el Madrid de 1900; la voz sensual de Lola seducirá a un marinero (Carlos Muñoz) que, procedente de América, llega a Málaga "con la bolsa llena y el corazón vacío"; Marta, por último, posó como modelo para un pintor de adusto carácter y algo bohemio al que da vida Fosco Giachetti.



Pese a que la cinta fue dirigida por Antonio del Amo, quien se hallaba detrás de semejante portento no era otro sino Manuel Mur Oti, brillante cineasta él mismo en años posteriores, pero que aquí se encargó únicamente del guion y de la dirección artística. La excelente fotografía en blanco y negro, por cierto, corrió a cargo del gran Manuel Berenguer, si bien contó con la ayuda de un por entonces prometedor Juan Mariné cuya carrera estaba llamada a ser una de las más longevas del cine español.

Según cuenta Santiago Aguilar en su libro Sagitario Films. Oro nazi para el cine español (Shangrila, 2021), la producción de Cuatro mujeres se vio seriamente afectada por los cortes de la censura, aparte de continuos cambios en un reparto que inicialmente deberían haber encabezado Nani Fernández, Alfredo Mayo, Julio Peña y Antonio Vilar. Contratiempos que demoraron el inicio del rodaje, a veces a causa de eventualidades tan prosaicas como las mil pesetas de la época que hubo que abonar al Ayuntamiento de Barcelona a cambio de filmar en el parque de la Ciudadela unos exteriores que semejasen el enclave argelino en el que se sitúa el primer episodio.



viernes, 17 de mayo de 2024

Rosas de otoño (1943)




Director: Juan de Orduña
España, 1943, 66 minutos

Rosas de otoño (1943) de Juan de Orduña


La cosa va de bailes de gala y veladas en la ópera, de teléfonos blancos, criadas con cofia y cartas perfumadas, pero, sobre todo, de los dimes y diretes que unos encorsetados matrimonios de la alta sociedad mantienen entre sí a consecuencia de los deslices amorosos de unos maridos especialmente mujeriegos. Circunstancia que se acaba saldando, como no podía ser de otro modo en aquella España autárquica de los primeros cuarenta, con la resignada mansedumbre de las abnegadas esposas.

Las actuaciones del reparto, encabezado por María Fernanda Ladrón de Guevara (Isabel) y Mariano Asquerino (Gonzalo), adolecen de un evidente regusto teatral, típico de la época, que en el caso de los secundarios Julia Lajos (Laura) y Fernando Fernán-Gómez (Adolfo Barona) se convierte, en cambio, en una simpática comicidad. A este respecto, la primera encarna a una oronda y desinhibida soltera que no duda en mostrar abiertamente su interés por los hombres, mientras que el segundo, en su habitual rol de galán cómico, interpreta a un refinado señorito parisino de marcado acento francés.



El drama escénico de Jacinto Benavente en el que se basa Rosas de otoño (1943) se había estrenado en Madrid a principios de siglo, si bien la lectura que de él hacen Juan de Orduña y su guionista Antonio Mas Guindal se enmarca en la retrógrada moral franquista que reservaba para la mujer un triste e insignificante papel supeditado a la voluntad masculina. De ahí que Isabel intente disuadir por todos los medios a su hijastra María Antonia (Marta Santaolalla) de que abandone a Pepe (Luis Prendes) por Federico (José María Seoane), pese a que el marido la engañe a cada momento y el otro se deshaga en atenciones con ella.

Por lo demás, la rancia moralina que encierra la historia resulta hoy por completo inasumible y esas rosas otoñales a las que alude el título, esos "amores santos que saben esperar" (y perdonar), en oposición a los amores fáciles y pasajeros que "ven deshojarse todas sus flores en una breve primavera", difícilmente entrarán en los esquemas mentales de un espectador medio del siglo XXI. Afortunadamente. Queda al menos la película como documento histórico y prueba fehaciente de lo que un día fue este país.



domingo, 11 de diciembre de 2022

Fantasía... 3 (1966)




Director: Eloy de la Iglesia
España, 1966, 80 minutos

Fantasía... 3 (1966) de Eloy de la Iglesia


Quién lo había de decir... El mismo director cuyo nombre se asocia indefectiblemente con el cine quinqui, aquel Eloy de la Iglesia que marcó una época gracias a películas tan transgresoras como Navajeros (1980) o las dos partes de El pico (1983-1984), comenzó sin embargo su carrera adaptando tres cuentos para niños. En realidad, el motivo de tan sorprendente elección hay que buscarlo en el particular contexto histórico que se vivía en la España franquista de mediados de los sesenta, con una censura implacable en lo tocante a sexo y política, pero, en cambio, mucho más permisiva con una cinta teóricamente destinada al público infantil.

Es el propio cineasta quien, al inicio de Fantasía... 3 (1966), se coloca ante los espectadores para presentar las historias que conforman el tríptico: "Nosotros hemos intentado colocar una cámara enfrente de la fantasía, porque la fantasía no entiende de edades: es lo que hace sentirse hombre al niño y hace que el más hombre quiera ser niño...".



Rodado en las agrestes playas de Zarauz, "La doncella del mar" retoma el personaje creado por el danés Hans Christian Andersen para narrar cómo la delicada sirena Coralina (Dyanik Zurakowska) se enamora perdidamente de un príncipe marinero que no la corresponde.



"Los 3 pelos del diablo", a partir del relato de los hermanos Grimm, está protagonizado por un jovencísimo Juan Diego en el papel del audaz Tomasín, dispuesto a enfrentarse al mismísimo Demonio (Tomás Blanco) con tal de casarse con la hija del Rey pese a las muchas trabas que lo impiden.



Se reserva para el final la personalísima lectura que de "El Mago de Oz" lleva a cabo un cineasta dotado de extraordinaria sensibilidad artística. Según de la Iglesia, Silvia (una Maribel Martín de apenas doce años) tiene tres amigos imaginarios (el León Cobarde, el Hombre de Hojalata y el Hombre de Paja) junto a los que viaja hasta la Ciudad de las Esmeraldas a la espera de que el sabio Mago que allí habita (Luis Prendes) haga realidad sus deseos.



Aparte de la excelente banda sonora del maestro Fernando García Morcillo, son destacables la vivacidad de la fotografía en color de Santiago Crespo, así como los decorados diseñados por Eduardo Torre de la Fuente. Toda una joya por descubrir, ya que por desgracia jamás llegó a estrenarse en salas comerciales.

jueves, 23 de diciembre de 2021

Investigación criminal (1970)




Director: Juan Bosch
España, 1970, 82 minutos

Investigación criminal (1970) de Juan Bosch


Remake de la muy notable Brigada criminal (1950) con la que Ignacio F. Iquino inauguró la época dorada de nuestro cine policíaco. En esta ocasión, sin embargo, transcurridos veinte años exactos del estreno de aquella película, el tarraconense ejerció únicamente como productor, delegando la dirección en el no menos curtido Juan Bosch, quien, tras prodigarse en acarameladas comedias playeras al servicio de Arturo Fernández, realizaba una nueva incursión en el género que lo había visto nacer como cineasta.

Con todo y con eso, y pese a la espectacular persecución final en una cementera abandonada, esta nueva versión dista una enormidad de los méritos de su modelo. De entrada, porque lo que prima en ella es un erotismo incipiente que, merced a la explicitud de algunos insertos (destinados al mercado internacional y, por razones obvias, excluidos del circuito patrio), permitía rentabilizar la producción en el extranjero.



Por otra parte, en Investigación criminal (1970) no queda ni rastro de aquel carácter propagandístico de su predecesora que subrayaba la conducta intachable de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. En su lugar, la pareja protagonista viaja a bordo de un modesto SEAT-600 que, para colmo, el novato (Ángel Aranda) le "roba" al avejentado inspector Basilio Lérida (Luis Prendes). Mientras tanto, sus desconsoladas esposas tienen que aguantar que las dejen plantadas, una y otra vez, cuando ellos salen corriendo de súbito en pos de algún delincuente.

La trata de blancas, llevada a cabo por una red de lúbricos malhechores con conexiones en Barcelona y Palma de Mallorca, parece el tema ideal de cara a justificar el componente voyerista de una cinta que anuncia ya, sin ambages, la posterior deriva pornográfica que experimentarán los olvidables productos de la prolífica factoría IFISA.



viernes, 13 de agosto de 2021

Balarrasa (1951)




Director: José Antonio Nieves Conde
España, 1951, 95 minutos

Balarrasa (1951) de José A. Nieves Conde


A Balarrasa, a pesar de su extraordinario éxito, […] se la tachó de ingenua. Estaba yo de acuerdo con los que ponían ese reparo. Las maldades, los delitos, los pecados que cometía la familia [protagonista] eran que un señor jugaba a las cartas, una chica fumaba -tabaco-, otra salía de noche y el peor se dedicaba al tráfico de divisas. Si la película se hubiera rodado en el extranjero, estos temas habrían sido la homosexualidad, las drogas, los atracos...

Fernando Fernán-Gómez
El tiempo amarillo (memorias)

Lo primero que llama la atención de Balarrasa (1951) es su perfección formal, desde la destreza acreditada por el director Nieves Conde como uno de los mejores técnicos de su generación hasta la cuidada fotografía en blanco y negro de Manuel Berenguer y José F. Aguayo (este último participó únicamente en las escenas rodadas en Salamanca). Sin embargo, es la fuerte carga ideológica de la cinta, sustentada sobre la exaltación religiosa y militarista, lo que hoy la convierte en un producto difícilmente asumible para las retinas del siglo XXI.

Con todo y con eso, y por más obsoleto que haya quedado su mensaje, hay que reconocer que la historia de un capitán juerguista que, tras una juventud disoluta, decide ingresar en el seminario a causa de una vivencia traumática, acaecida en el frente durante su participación en la Guerra Civil, daba mucho juego en aquella España castrense y nacionalcatólica de dictador que desfila bajo palio.



A este respecto, el propio Fernando Fernán-Gómez, cuyas memorias se citan más arriba, admite en ese mismo capítulo la habilidad con la que el guion de Vicente Escrivá mezclaba la comedia y el melodrama, haciendo del filme el vehículo idóneo para catapultar a la fama tanto al actor protagonista como a otros secundarios (caso de Manolo Morán o José María Rodero) que también tenían papeles muy lucidos en la película.

Narrada en forma de larguísimo flashback en el que un agonizante Balarrasa, ya convertido en misionero, repasa su vida desde un rincón remoto de la gélida Alaska, esta producción Cifesa (que tuvo que rodarse dos veces, según relata Fernán-Gómez, porque los ejecutivos de la prestigiosa compañía consideraban poco lujosos los decorados que en un primer momento se habían utilizado) tomaba como modelo las andanzas del padre Chuck O'Malley, personaje central de dos exitosos largometrajes hollywoodenses de los años cuarenta: Siguiendo mi camino (Going My Way, 1944) y Las campanas de Santa María (The Bells of St. Mary's, 1945), ambas dirigidas por Leo McCarey. De ahí que, en una determinada secuencia, Mayte (María Rosa Salgado) se despida irónicamente de su hermano mayor con un elocuente: "¡Hasta luego, Bing Crosby!".



sábado, 24 de julio de 2021

Cielo negro (1951)




Director: Manuel Mur Oti
España, 1951, 94 minutos

Cielo negro (1951) de Manuel Mur Oti


"Las alegrías matan menos que los disgustos, pero es porque son más escasas..." Sabia observación en boca de un médico que resume, además, la trayectoria de la protagonista de Cielo negro (1951). Porque a la cándida Emilia (Susana Canales) casi le da un soponcio el día que su compañero de trabajo Ricardo (Luis Prendes) la invita a ir a una verbena. Jamás antes tuvo esa suerte y la imaginación de la muchacha se desborda fantaseando con la posibilidad de convertirse en su novia. Pero como la pobre es humilde y poco agraciada comete la imprudencia de tomar prestado un vestido de la casa de modas donde trabaja, lo cual va a ser el desencadenante de no pocas adversidades.

Antes de eso, los títulos de crédito habían arrancado con el viaducto de la calle Segovia al fondo: indicio más que significativo, dada la leyenda negra que arrastra el lugar como punto predilecto de los suicidas madrileños, que anuncia, ya desde un buen principio, la relevancia que dicho enclave tendrá en el desenlace. De hecho, la historia se desarrolla según los parámetros habituales de cualquier cuento, de modo que Emilia vendría a ser una especie de Cenicienta moderna, mientras que la Madame del taller de costura o la pérfida Lola ejercen de bruja malísima.



El toque magistral de Manuel Mur Oti construye un sólido melodrama a partir de la novela corta Miopita de Antonio Zozaya (1859-1943), motivo que tal vez explique el exacerbado tono decimonónico de la cinta. En todo caso, y al margen de la exaltación católica con la que concluye la trama, lo cierto es que Cielo negro constituye uno de los títulos esenciales de la filmografía de su director, aparte de contener memorables personajes secundarios como Fermina (Julia Caba Alba), esa criada achulapada y agorera que invoca continuamente "lo fatal" y, sobre todo, el poetastro López Veiga (Fernando Rey), bohemio y sablista que, a cambio de un café con leche y dos ensaimadas, se presta con su pluma a participar en una cruel intriga de la que más tarde se acabará arrepintiendo.

Llegados a la última secuencia, los nubarrones que se ciernen sobre la existencia de la infeliz Emilia, metafóricos y literales, dan pie a un célebre trávelin de varios minutos de duración en el que la protagonista deambula por las calles bajo una lluvia torrencial que no es sino el punto álgido de tantas penalidades como les ha tocado padecer a ella y a su amantísima madre (Inés Pérez Indarte). De ahí que muchas veces se haya querido ver esta película como ejemplo de un neorrealismo incipiente cuyo rasgo más definitorio sería la crueldad ambiental cebándose contra un ser indefenso e inocente.



jueves, 22 de julio de 2021

Todos eran culpables (1962)




Director: León Klimovsky
España, 1962, 82 minutos

Todos eran culpables (1962) de León Klimovsky


Una pandilla de ociosos hijos de papá dedica la mayor parte de su tiempo a gamberrear, cuando no a seducir a las inocentes muchachas que se cruzan en su camino. Pero, claro, ya se sabe lo que ocurre: como las carga el diablo y tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe, resulta que un buen día, durante el transcurso de un guateque que los susodichos han organizado en casa de uno de ellos, una hermosa joven fallece de aparente muerte súbita. De modo que a los niñatos, temerosos ante la posibilidad de tener que rendir cuentas a la justicia, no se les ocurre otra cosa que deshacerse del cadáver arrojándolo en alta mar...

Fiel a su condición de cineasta todoterreno, el bonaerense León Klimovsky (1906–1996) abordó en Todos eran culpables (1962) una intriga en la que se daban cita ingredientes de muy diversa procedencia. De entrada, un modelo narrativo que remite directamente a los Vitelloni fellinianos. Mezclado con una cierta rebeldía sin causa a lo James Dean que por aquel entonces hacía furor. Por último, la figura del íntegro juez encargado de las pesquisas, don Ernesto (Luis Prendes), le aporta al conjunto, amén de una nota de suspense policíaco, la inevitable moralina a propósito de lo hipócrita que puede llegar a ser nuestra sociedad.



Súmese a lo anterior el marco estival en el que acontecen los hechos, con exteriores rodados en Peñíscola, Vinaroz y Sant Carles de la Ràpita. El resultado no pasa de ser una típica cinta de veraneantes enfrascados en sus tiernos idilios a orillas de la playa o en bailar el twist como descosidos. O incluso, de vez en cuando, en gastarle bromas pesadas al Baberas (interpretado por Juan García Tiendra, el mítico actor que hacía de leproso en Viridiana). Aunque, por supuesto, no todos son igual de díscolos.

Los remordimientos de conciencia que atenazan a Alberto (Ángel Aranda) lo llevarán derechito a la sede del juzgado municipal para declararse único responsable del fatídico accidente. Y pese a que Marisa (María Mahor) intenta impedírselo por todos los medios (que para algo la moza está enamoradísima hasta las trancas del apuesto doncel), lo cierto es que la pesadumbre puede más que las súplicas y Alberto da el paso. Suerte que el juez, que es hombre curtido en mil lides, no se chupa el dedo y lo ve todo clarísimo desde el principio: "El único no. Hay otros. Hay esos ojos que espían detrás de todas las ventanas, ávidos de sorprender el germen de un escándalo. Por eso el disimulo se convierte en regla de vida. Y el engaño, en un medio de defensa contra la crítica. Si algo falla, todos, codo a codo, hacen lo que sea para evitar el escándalo. Y el resultado puede ser una tragedia como ésta". Vamos: que entre todos la mataron y ella sola se murió...



lunes, 2 de diciembre de 2019

La hora incógnita (1964)




Director: Mariano Ozores
España, 1964, 100 minutos

La hora incógnita (1964) de Mariano Ozores


Mucho antes de que el apellido Ozores se viese definitivamente impregnado por el ominoso estigma de la españolada chabacana, hubo ocasión para que el cineasta de la estirpe (don Mariano, por más señas) firmase uno de aquellos títulos predestinados a convertirse en película de culto.

Por lo insólito de su estructura narrativa, puesta en escena y temática (una hecatombe nuclear en una ciudad indeterminada de provincias), La hora incógnita (1964) supuso un ensayo más que estimable de fábula distópica cuando lo que aquí se estilaba era, en el mejor de los casos, el realismo social o los dramas rurales. Sin llegar al extremo de Fata Morgana (1966) o de la argentina Invasión (1969), los hechos que en ella se cuentan enlazan con un cierto tipo de literatura fantástica y hasta de series televisivas en la línea de The Twilight zone (1959-1964).

Carlos Estrada (el fugitivo) y Emma Penella


Estaba entonces muy reciente la crisis de los misiles en Cuba, acaecida en octubre del 62, y, tal vez por ello, sumado a otras fobias alimentadas por la subrepticia lucha de bloques inherente a la Guerra Fría, el pánico al aniquilamiento del planeta y aun de la humanidad en su conjunto cobró especial fuerza como argumento de no pocos filmes de aquel período.

Pero ya se sabe que Spain is different y, en semejante tesitura, no podía faltar el sacerdote de turno (interpretado por Fernando Rey) que confortase a las infatigables almas en pena que, por uno u otro motivo, no han abandonado el lugar en desbandada junto con el resto de la población. Se trata, a fin de cuentas, de seres marginales como la prostituta (Emma Penella), el borracho (José Luis Ozores), el ladrón (Antonio Ozores), "un intelectual de esos que padecen angustia vital" (Carlos Estrada) y hasta una pareja de adúlteros (Mabel Karr y Carlos Ballesteros). Y aunque no todos sean inequívocamente unos pecadores (como la cándida dependienta a la que da vida Elisa Montés) sí que se vislumbra en el desenlace, situado, muy sintomáticamente, en el interior de una iglesia, una suerte de ajuste de cuentas que deja traslucir lo que tiene toda la pinta de ser un sacrificio expiatorio con aviso para navegantes, incluido, en forma de rótulo: "Esto puede suceder en cualquier lugar... en cualquier momento... ahora mismo".

Fernando Rey

sábado, 4 de mayo de 2019

Séptima página (1951)




Director: Ladislao Vajda
España, 1951, 74 minutos

Séptima página (1951) de Ladislao Vajda

En una ciudad cualquiera y en el espacio de una breve jornada, unos seres sin más aliento que el de sus propias vidas se salvan o perecen en un mar de pequeñas pasiones. De cerca, todos ellos son protagonistas. Héroes incluso. De lejos, sus fisonomías se borran, sus palabras se apagan y sus historias pierden interés. Son simples comparsas. La vida es demasiado difícil para el que la vive, y demasiado sencilla para el que la contempla...

Texto introductorio
Narrado por Fernando Rey

He aquí lo que suele denominarse una película coral, de marcada estructura circular, con la participación de cuantiosos secundarios (algunos, como Pepe Isbert o Manolo Morán, en fugaces apariciones). Una pluralidad que no se limita únicamente a personajes y actores, sino que sobre todo afecta a la variedad y diversidad de los asuntos que se abordan: números musicales y glamurosas coreografías en locales de baile, planes de boda que se hacen y se deshacen entre familias de alto copete, banqueros con amante, esposas adúlteras, ingenuos estudiantes de medicina, camareros resentidos, serenos con aspiraciones, criadas con cofia, policías afables, reporteros taciturnos, novios juerguistas, sórdidas hospederías, lujosas mansiones, vividores, carteristas y hasta el teatro de marionetas del Retiro.

Su título, Séptima página, alude al lugar habitualmente reservado a la crónica de sucesos y los ecos de sociedad en el diario La jornada, cuya redacción es uno de los espacios en los que se desarrolla la trama. El arranque del filme, en un alarde de maestría, nos muestra al melancólico Méndez (Adriano Domínguez) entrando por la puerta principal: al fondo, un reloj marca la medianoche (momento de máximo trajín antes del cierre de la edición); el hombre se detiene tras un periodista que, absorto en su tarea, escribe frenéticamente a máquina y Méndez introduce la mano en el bolsillo de la americana del otro, de donde extrae un paquete de cigarrillos. Por la naturalidad y presteza con la que actúa se pueden deducir dos cosas: que Méndez es un consumado gorrón (más adelante, un compañero bromeará sobre su costumbre de irse sin pagar el café) y que dicha circunstancia se repite con bastante frecuencia (de ahí que el afectado ni se inmute). El guiño se cerrará, ya al borde del desenlace, cuando Méndez pretenda de nuevo fumar gratis y encuentre el bolsillo vacío... porque el otro tipo —suponemos que harto, pero igualmente impertérrito— ha cambiado el tabaco de sitio...

Maruja (Anita Dayna)

Y es que, pese al desconsuelo que aflige a buena parte de los protagonistas, Séptima página contiene un raro sentido del humor. Particularmente ingeniosos son los diálogos, escritos por Ángel Gamón y José Santugini. Como cuando el avispado Dieguito (Raúl Cancio) se apresura a dar la buena nueva a Fernando (Rafael Arcos) y a su padre (Manuel Arbó) de que ha solucionado lo de las nupcias de aquél con Isabelita:

DIEGUITO: Ea, ya está. ¡Vini, vidi, vinci! 
FERNANDO: ¿Y qué es eso? 
DIEGUITO: Latín. 

También tiene guasa la obsesión del sereno convaleciente (un bigotudo Manolo Morán) por salir en los papeles y el fervor novelesco que le añade a su relato. O la escena, digna de un Jardiel o de un Mihura, en la que Pepe Isbert les vende un bolso a Leonor (María Asquerino) y a Paco (Alfredo Mayo):

VENDEDOR: Vea éste. 
LEONOR: ¿Cocodrilo también? 
VENDEDOR: Mejor aún: imitación. Una imitación auténtica. 
LEONOR: ¿Y dice usted que es mejor?
VENDEDOR: Sí, señora. A pesar de lo cual, cuesta lo mismo que este otro que es cocodrilo legítimo. 
PACO: Pues no lo comprendo. 
VENDEDOR: Tenga en cuenta que la mano de obra ha subido muchísimo. Que las imitaciones hay que hacerlas y los cocodrilos están hechos. Es más fácil cazar cocodrilos que fabricarlos. 
PACO: Como que los cocodrilos no se fabrican. 
VENDEDOR: Ahora sí. Vea éste: de antes de la guerra. 
LEONOR: ¿El modelo?
VENDEDOR: El cocodrilo. Por ser para usted, 2500 pesetas. 
PACO: ¿Y por ser para mí, que es el que va a pagar? 
VENDEDOR: Lo mismo. ¡Un bolso para toda la vida!
LEONOR: Sería demasiado. 
PACO: Nos quedaremos con éste, aunque sea de cocodrilo legítimo. 
LEONOR: Pero es muy caro.
VENDEDOR: Bien. Lo pondré en una cajita. 
LEONOR: No, no hace falta: lo llevaré así mismo.
VENDEDOR: Como quiera, señora. Gracias.

Sin embargo, el mayor interés que hoy pueda conservar Séptima página no proviene tanto de sus réplicas brillantes o de una débil trama policíaca, sino de todo ese submundo que Vajda se atreve a mostrar, de habitaciones realquiladas cuya cochambre salta enseguida a la vista, pobres diablos que viven de pegar el sablazo, potentados en bancarrota y querida con piso puesto en la Avenida de las Acacias. Todo un microcosmos, aderezado con la banda sonora del malogrado Jesús García Leoz (1904–1953) y la fotografía de Willy Goldberger (1898–1965), que el cinéfilo observador tendrá ocasión de advertir, perfectamente consignado, en las columnas del diario que Méndez y la telefonista (Carlota Bilbao) hojean en la última escena, mientras él concluye diciendo: "¡Bah! ¡Lo de todos los días!"

Alfredo Mayo (derecha) junto a una talla africana

sábado, 24 de noviembre de 2018

De espaldas a la puerta (1959)




Título alternativo: Crimen en "La Ratonera de Oro"
Director: José María Forqué
España, 1959, 89 minutos

De espaldas a la puerta (1959) de J. Mª Forqué


Lo claustrofóbico de su acción, rodada casi exclusivamente (salvo el plano final) en el interior de una sala de fiestas, y la presencia de Alfonso Paso en los títulos de crédito como autor del guion ponen de manifiesto el origen teatral de este filme policíaco de Forqué, tal vez uno de los títulos menores de su extensa filmografía.

También el nombre del local ("La Ratonera de Oro") así como la trama, consistente en averiguar quién es el asesino de entre un grupo de personas encerradas en un mismo espacio, dejan entrever una más que evidente influencia del universo literario creado por Agatha Christie.



Luis Prendes interpreta al típico inspector veterano con cara de pocos amigos y ya de vuelta de todo, mientras que Arévalo, su ayudante (un José Luis López Vázquez que no acaba de sacarle todo el partido a la vis cómica que explotará en años venideros), se afana en hacer méritos para que lo exoneren del fastidioso servicio nocturno. Mientras tanto, una inocente aspirante a bailarina llamada Patricia (Elisa Loti) sufrirá las iras de algún miembro de la compañía, celoso de su juventud y del interés que despierta entre los clientes en tanto que chica de alterne, por lo que será atacada, tal y como señala el título, "de espaldas a la puerta".

Puede que el interés de una película como ésta radique no tanto en su supuesto suspense (que, francamente, no llega a tal) ni en esa especie de femme fatale carpetovetónica encarnada por Emma Penella, sino en una inteligente estructura articulada a base de continuos flashback. Por lo demás, no deja de ser la típica producción en blanco y negro, rodada en los madrileños Estudios Chamartín, para mayor lucimiento de los artistas que ocupan el escenario, encabezados por La Chunga, quien protagoniza un número antológico bailando descalza junto a su cuadro flamenco.


sábado, 3 de marzo de 2018

A hierro muere (1962)




Director: Manuel Mur Oti
España/Argentina, 1962, 100 minutos

A hierro muere (1962) de Mur Oti


Los que se equivocan son los que se apasionan o los débiles o los cobardes que matan con miedo. Hay que saber hacerlo. Hay que matar a sangre fría...

Las notas de un piano desbocado se desgranan con romántico arrebato durante los créditos iniciales de A hierro muere. Y aunque por el ímpetu con el que son ejecutadas se diría que forman parte de una partitura salida de, por lo menos, las manos de un Rajmáninov, lo cierto es que los autores de la melodía no fueron otros sino Miguel Asins Arbó e Isidro B. Maiztegui.

Lo mismo podría decirse de la puesta en escena ideada por Mur Oti, un pastiche de resonancias hitchcockianas en el que la argentina Olga Zubarry (Elisa) avanza lentamente sosteniendo una bandeja sobre la que reposa un inquietante vaso de leche como el que portaba Cary Grant en Sospecha o donde un tren que se aleja en la noche sirve de plano final al estilo de Con la muerte en los talones.



De hecho, tal y como solía suceder en buena parte de la filmografía del mago del suspense, los movimientos de cámara de A hierro muere sorprenden por lo inusual de su planificación, constituyendo un verdadero recital de contrapicados y primeros planos de los rostros de los protagonistas, en contraste con la profundidad de campo de la toma en el margen contiguo del encuadre.

Caligrafía de resonancias expresionistas al servicio de una historia con moraleja desde el mismísimo título, la típica historia de amour fou entre una antigua presidiaria y un ocioso heredero sin escrúpulos que, incapaces de encauzar su relación dentro de los límites convencionales establecidos por una sociedad en la que no acaban de encajar, planean deshacerse de la anciana tía de éste. En realidad, ni Fernando (Alberto de Mendoza) conoce el pasado de Elisa ni ella sabe de su relación con una despampanante cabaratera (Katia Loritz). Circunstancia que el inspector Muñoz (Luis Prendes) aprovechará para sembrar entre la pareja la semilla de la discordia que desmonte su coartada.


viernes, 6 de octubre de 2017

El diablo toca la flauta (1953)




Director: José María Forqué
España, 1953, 88 minutos

El diablo toca la flauta (1953) de Forqué


Angélicos o diabólicos, los enviados del más allá han constituido, desde los orígenes del cinematógrafo, un nutrido grupo. Filmes como Les quatre cents farces du diable (1906) de Méliès o La maison ensorcelée (1907) de Segundo de Chomón, en el caso de los pioneros, El diablo y yo (1946) de Archie Mayo en el Hollywood clásico o, en la facción opuesta, ¡Qué bello es vivir! (1946) de Capra dan buena fe de ello.

También el cine español ha tenido su lado mefistofélico: por ejemplo Faustina (1957), de Sáenz de Heredia, presentaba a un Fernando Fernán Gómez transfigurado en demonio con la misión de tentar a la ya de por sí tentadora María Félix. Curiosa aproximación humorística a los temas luciferinos que no era, sin embargo, nueva, puesto que cuatro años antes Noel Clarasó y José María Forqué habían coescrito El diablo toca la flauta (1953).



Un diablo, en este caso, más bien torpe y obtuso, magistralmente interpretado por José Luis Ozores y cuya suerte va ligada a la estatuilla de un fauno, que irá sucesivamente prestando sus nulos servicios a un acaudalado y ambicioso inventor que pagará un alto precio por su vanidad (Félix Dafauce), un arrogante paisajista (Luis Prendes), un matrimonio en horas bajas y el heroico hijo de un jardinero agasajado y luego ignorado por la solemne UFI (Unión Filantrópica Internacional).

Con una fotografía magnífica de Cecilio Paniagua, los exteriores de la película fueron rodados en Sitges.

"Un diablo torpe da más trabajo que un hombre bueno"

sábado, 23 de septiembre de 2017

Mi enemigo y yo (1944)




Director: Ramón Quadreny
España, 1944, 75 minutos

Mi enemigo y yo (1944) de Ramón Quadreny


Dos hermanas pueblerinas y un mundano novelista de éxito. Beatriz (Leonor Fábregas) se pasa el día leyendo las historias publicadas por el apuesto Mauricio de Viera (Luis Prendes), pero será Isabel (Josita Hernán) la que le robe el corazón al escritor. No sin antes vencer cuantiosas reticencias, ya que a la muchacha le pesa el hecho de haberle arrebatado a su hermana el objeto de sus amores. De modo que seductor y seductora entrarán en un juego de amor y odio en el que, sucesivamente, irán intercambiando los papeles de raptada y raptor, en función de sus necesidades...

No era la primera vez que dicha pareja trabajaba a las órdenes de Ramón Quadreny, pues el dúo Prendes-Hernán ya había protagonizado, en enero de ese mismo año, Una chica de opereta. Eran, a la sazón, estrellas en nómina de Cifesa, por lo que nada tiene de particular que participasen, por aquellos años, en varias producciones románticas cortadas por un mismo patrón y, casi casi, fabricadas en serie.



Mi enemigo y yo partía de la novela rosa homónima a cargo de la prolífica Luisa María Linares y situaba parte de su acción en Barcelona y alrededores (con una escena rodada en el teleférico de Montserrat y otras, en cambio, en las cumbres nevadas de lo que parece un ambiente pirenaico). Contenía también, según costumbre de la época, varias canciones, interpretadas por la propia Josita Hernán, quien se supone que, en su huida de Mauricio, intenta abrirse camino como cantante profesional.

Pese a su tono general de pasatiempo intrascendente, en algunos de los elementos contenidos en esta comedia de teléfonos blancos parece percibirse, sin embargo, el eco lejano de claros referentes literarios, como esa torre en lo alto de una montaña en la que los protagonistas acaban encerrados, tanto al principio como al final, y que haría pensar, tal vez, en la prisión de Segismundo en La vida es sueño. "Donde se demuestra", como rezaba el programa de mano que acompañaba a la película, "que un secuestro puede traer inesperadas y felices consecuencias".



viernes, 21 de julio de 2017

Boda accidentada (1943)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1943, 64 minutos

Boda accidentada (1943) de Iquino


Humor blanco para un presente muy negro. Iquino lo tenía claro: el suyo debía ser un cine de evasión, sin mayor objetivo que el de hacer pasar un buen rato al espectador. Por lo menos ésa es la fórmula reconocible en las muchas comedias que rodó en los años cuarenta, generalmente con el auxilio de la misma troupe de actores: Mercedes Vecino y Luis Prendes como protagonistas; Mary Santpere y Paco Martínez Soria como secundarios bufonescos. Y ¿quién iba a ver estas películas? Pues probablemente los mismos que llenaban los teatros del Paralelo barcelonés. Su tono de enredo amable y los cuantiosos números musicales que contienen así lo indican.

Boda accidentada (1943) responde a esos mismos parámetros. Poco importa lo endeble de su argumento ni cuán previsible pueda llegar a ser. Como las demás producciones en serie de la factoría Iquino, fue rodada pensando en un tipo de espectador que lo único que exigía era que lo distrajeran un rato. Desde el minuto uno está clarísimo que Ketty (Mercedes Vecino) se acabará casando con el ocurrente Nico (Luis Prendes) y no con el meapilas de Cándido (Pedro Mascaró), que por algo se llama así. Todo eso es lo de menos: lo compensan los disparates del sabio despistado que interpreta Martínez Soria, quizá excesivo para los gustos de hoy pero seguramente desternillante para la audiencia de aquel entonces.

Paco Martínez Soria como Profesor despistado


Otro punto a tener en cuenta es el mundo reflejado en Boda accidentada: personajes de alta alcurnia, acaudalados hombres de negocios y hasta algún general. Todo lo contrario de lo que sucedía al otro lado de la pantalla: el empobrecido público de la posguerra tenía de este modo la oportunidad de olvidar durante un rato las penurias de la España autárquica. Aunque el hotel de lujo en el que transcurre la acción no fuese más que un decorado de los Estudios Lepanto. Es igual: daba el pego igualmente.

Una comedia, por último, ideológicamente "neutra" (según el criterio imperante en 1943, se entiende). Porque si analizamos la en apariencia candidez de Boda accidentada a la luz de los valores actuales no superaría la prueba del algodón ni de coña: el matrimonio como única meta en la vida (sobre todo para la mujer), una sociedad tremendamente clasista y superficial, cuya máxima ambición es llegar a formar parte de la plutocracia dominante para disfrute de una existencia despreocupada en cócteles y puestas de largo... son sólo algunos de los estereotipos con los que toparán quienes se atrevan a verla a día de hoy.

Mary Santpere como esposa extranjera del Profesor

sábado, 28 de enero de 2017

Una chica de opereta (1944)




Director: Ramón Quadreny
España, 1944, 77 minutos

Una chica de opereta (1944)


La novelista Concha Linares Becerra fue la autora del texto en el que se basa Una chica de opereta. A decir verdad, la adaptación cinematográfica dirigida por Ramón Quadreny para Cifesa no dejaba de ser un folletín, con muchacha pobre, hermanita enferma, padre anciano humillado por un patrón sin escrúpulos y demás ingredientes al uso. Y todo sublimado por el éxito que la protagonista acabará cosechando en los escenarios tras hacerse pasar por la severa y poco agraciada secretaria de un cantante de moda del que termina enamorándose, no sin antes revelar su auténtica y desbordante belleza.



Josita Hernán, en el papel de Silvia Navarro, y Luis Prendes, como Armando d'Olbés, encabezaban un reparto completado por Pepe Isbert y Fernando Fernán Gómez. A los que se añadió la música de José Ruiz de Azagra y una buena ración de valses y canciones con gorgoritos para confeccionar el típico musical escapista de nuestra posguerra. Poco importaba lo superficial del argumento o la inverosímil caracterización de la Hernán (anticipándose en muchos años a Betty la fea): aquí lo principal era hacer olvidar al espectador, durante hora y cuarto, las cartillas de racionamiento, el estraperlo y demás contrariedades de la engorrosa España autárquica en blanco y negro.

A tal efecto, la historia de una cenicienta llena de determinación que se lanzaba a recorrer media Europa con tal de vengar la memoria de su padre, devolviéndole la bofetada al hijo del empresario que se había apropiado de unas composiciones con las que ella misma acabará triunfando, suponía el mejor reconstituyente para reconfortar las sufridas retinas patrias tras la reciente conflagración nacional.