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viernes, 10 de noviembre de 2023

El tigre de Chamberí (1958)




Director: Pedro L. Ramírez
España, 1958, 79 minutos

El tigre de Chamberí (1958) de Pedro L. Ramírez


Los tópicos que se dan cita en El tigre de Chamberí (1958) son los habituales de una cinematografía que por aquellos años recurría con frecuencia a la picaresca y el deporte como bazas seguras a la hora de asegurarse el éxito en taquilla. No en vano, el país atravesaba momentos de un incipiente desarrollismo (y de ahí el auge de competiciones deportivas de masas como el fútbol y el boxeo), pero venía, al mismo tiempo, de la miseria y la cochambre propias del racionamiento autárquico.

Es en ese contexto sociológico que el tándem de guionistas integrado por los dos Vicentes (Coello y Escrivá) sitúa la acción de una entrañable historia al servicio de la vis cómica de Tony Leblanc y José Luis Ozores. El primero de ellos da vida a Manolo, el típico jeta dispuesto a sacar partido de cualquier situación que le permita salir adelante, mientras que el otro, de nombre Miguel Orégano y algo tartamudo, responde a un perfil mucho más apacible. O por lo menos en apariencia, ya que el derechazo que le propina al campeón de los pesos pesados, a consecuencia de una disputa durante el transcurso de un partido en el Bernabéu, dará pie a que entre unos y otros lo conviertan en una "estrella" pugilística de la noche a la mañana.

Matías Prats (izquierda) en una aparición estelar


Huelga decir que el estilo del pobre Miguel no es precisamente el más ortodoxo que se haya visto sobre un cuadrilátero, si bien Manolo y el entrenador (Antonio Garisa) untan a los rivales para que el muchacho salga victorioso de cada combate. Además, los incentivos que mueven a Miguel (rebautizado con el imponente alias que da título a la película) no son tanto económicos, sino sentimentales, toda vez que se haya prendado de la bella Marisa (Hélène Rémy) y estaría dispuesto a cuanto hiciese falta con tal de llamar su atención.

Y por si todo lo anterior no fuese poco, pulula por allí, como en tantas producciones de la época, el típico niño chusco (hermanito pequeño del púgil, claro está) que hará de las suyas para que las cosas lleguen a buen puerto. Al igual que la buena de su madre (Julia Caba Alba) o el señor Román (José Marco Davó), "capitalista" y dueño del bar, personajes que en un principio parecen más duros de lo que realmente son. Todo un universo que la puesta en escena de Pedro L. Ramírez capta con más amabilidad que eficacia, pero que mantiene intacto su encanto de instantánea del Madrid popular de finales de los cincuenta.



martes, 24 de agosto de 2021

¿Dónde pongo este muerto? (1962)




Director: Pedro L. Ramírez
España, 1962, 83 minutos

¿Dónde pongo este muerto? (1962)


Mucho antes de que el Hollywood de finales de los años ochenta produjese éxitos comerciales como Este muerto está muy vivo (Weekend at Bernie's, 1989), el cine español de los sesenta ya había explorado por su cuenta el género de la comedia luctuosa. ¿Dónde pongo este muerto? (1962), hilarante producto elaborado en los barceloneses Estudios IFI, pertenece, precisamente, a dicha categoría. La dirección corrió a cargo del almeriense Pedro L. Ramírez (1919–1993), un habitual de este tipo de películas entre lo humorístico y lo macabro, que, el año anterior, había estrenado la no menos divertida Fantasmas en la casa (1961).

Independientemente de sus cualidades artísticas (que algunos pondrán en tela de juicio), lo cierto es que el filme que nos ocupa fue concebido como vehículo para el lucimiento de Miguel Gila y Fernando Fernán Gómez, dos figuras de contrastada vis cómica que aquí unían sus respectivos talentos con objeto de atrapar a ese escurridizo "fiambre juguetón" al que hace referencia el cartel de la película y cuyo mérito en vida había sido el diseño de un impreciso artilugio que lo mismo "podía dar la felicidad al ser humano o bien destruirlo, según el uso que de él se hiciera".



A este respecto, el hieratismo que irradian Cartier (Gustavo Re) y sus acólitos pretende pasar por vagamente soviético, en clara referencia a las redes de espionaje y contraespionaje tan frecuentes durante la Guerra Fría. Un telón de fondo perfectamente reconocible por los espectadores de la época y sobre el que, por tanto, no era necesario entrar en detalles.

No obstante, y al margen del contexto sociopolítico nacional e internacional de aquel entonces, ésta fue, por encima de todo, una cinta concebida con el firme propósito de hacer reír al público. De ahí que la naturaleza de sus personajes, lineales y candorosos, esté muy próxima a la de los dibujos animados. En ese sentido, bastaría echar un vistazo a su cartel y demás materiales promocionales para corroborar que se trata de un filme de naturaleza cercana al cómic o al cartoon. Deudor, asimismo, del lenguaje publicitario. No en vano, Ramón (Gila) y Elisa (Claude Arnold) son, como los recién casados de Esa pareja feliz (1951) de Bardem y Berlanga, los ganadores de un concurso patrocinado por una marca de detergente, en este caso Espumín.



lunes, 23 de agosto de 2021

Crimen para recién casados (1960)




Director: Pedro L. Ramírez
España, 1960, 86 minutos

Crimen para recién casados (1960)


La sombra de Hitchcock planea a lo largo de Crimen para recién casados (1960) como un referente inequívoco que cualquier espectador de la época, y aun de la actual, sería capaz de reconocer en el acto. Calificarla de parodia sea tal vez un poco exagerado, si bien la mayor parte de tópicos asociados al género se daban cita en ella, más con una finalidad cómica que no para crear suspense. La trama, por descontado, ni es muy original ni tampoco rebosa verosimilitud, pero permitía situar la acción en los bellos parajes de la Costa Brava en una época en que disfrutar de ese lujo quizá no estaba al alcance de todos los bolsillos.

Aparte del encanto de sus localizaciones en deslumbrante Eastmancolor, el principal atractivo de la película radica en su pareja protagonista, una Concha Velasco de apenas veinte años que, junto al siempre histriónico Fernán-Gómez, formaban un dúo del que la industria cinematográfica de aquel entonces no supo, tal vez, extraer el máximo provecho... Ésa es, al menos, la impresión que dejan los cinco días de intrigas a los que aquí deberán enfrentarse hasta dar con el asesino.



"Una luna de miel sin luna, sin miel y sin nada." "¡La más divertida de las películas policíacas! ¡La más policíaca de las películas divertidas!". Así era anunciada la cinta en el momento de su estreno: mediante eslóganes tan blancos como el humor que destilan sus diálogos (escritos por Alfonso paso a partir de un guion de Vicente Coello). Más de sesenta años después, los originales títulos de crédito, con lupa detectivesca sobre recortes de sucesos, mantienen intacto su encanto.

Sin embargo, una duda razonable se plantea al analizar detenidamente el argumento y hasta el título del filme. Porque, vamos a ver: ¿eso de equiparar "crimen" y "recién casados" en un mismo enunciado es una simple coincidencia? ¿U obedece, acaso, a algún mensaje subliminal, aviso para navegantes y célibes a propósito de los peligros que entraña el matrimonio? Un detalle de la escena inicial nos da la clave: salen de la iglesia los novios y el séquito de invitados. Entre achuchones y parabienes, y antes de que Elisa (Concha Velasco) y Antonio (Fernán-Gómez) suban al coche, una niña inoportuna pregunta insistentemente: "¿Qué quiere decir Ya está en el bote?"



martes, 2 de marzo de 2021

Fantasmas en la casa (1961)




Director: Pedro L. Ramírez
España, 1959-1961, 77 minutos

Fantasmas en la casa (1961)


A pesar de tratarse de una nueva versión de Los habitantes de la casa deshabitada, la diferencia más notable de Fantasmas en la casa (1961) con respecto a la obra teatral de Jardiel Poncela radica en el hecho de que Vicente Coello, autor del guion, sitúa los primeros minutos de la historia en un vagón de tren, de esos con restaurante y coche cama, al más puro estilo Hitchcock. Aparte de que Raimundo (Fernando Rey) ya no es el director de un periódico de Madrid, sino un célebre dramaturgo (en velado homenaje, sin duda, al propio don Enrique).

El papel de gracioso lo borda, en esta ocasión, un Tony Leblanc en el momento álgido de su carrera, siendo la interpretación que lleva a cabo del asustadizo Gregorio digna sucesora de las de José Orjas en su estreno en el Teatro de la Comedia (29 de septiembre de 1942) y Fernando Fernán Gómez en la posterior adaptación fílmica del 46.



Llegados a la tétrica mansión, el juego de apariciones y sobresaltos se mantiene prácticamente igual, con la salvedad de que ya no hay burro que entre y salga del caserón cargado de lingotes de plata. Ni tampoco interviene la necia Rodriga, cuyo lugar es ocupado por el estrambótico doctor Baselga (Joaquín Roa), ávido de colmar su ambulancia con futuros inquilinos del hospital psiquiátrico.

Sin embargo, no es ésta una comedia macabra, sino más bien romántica. Por eso contiene un a modo de epílogo en el que Raimundo y la liberada Cristina (Luz Márquez), tras despedirse de Gregorio y del padre de la joven (Rafael Bardem) en el apeadero, emprenden juntos un nuevo viaje en tren, ahora sin raptores y al fin libres de todo temor que pueda empañar su brillante porvenir.



martes, 25 de agosto de 2015

Los ladrones somos gente honrada (1956)




Director: Pedro Luis Ramírez
España, 1956, 89 minutos



El particular sentido del humor de Enrique Jardiel Poncela (1901-1952) queda patente en la mayoría de títulos de sus piezas teatrales y novelas: Un adulterio decente, Cuatro corazones con freno y marcha atrás, Carlo Monte en Monte Carlo, Un marido de ida y vuelta, Eloísa está debajo de un almendro, El amor sólo dura 2.000 metros, Tú y yo somos tres, Madre (el drama padre), Amor se escribe sin hache, Espérame en Siberia, vida mía, Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?, La tournée de Dios, Como mejor están las rubias es con patatas o Los ladrones somos gente honrada.

De esta última ya se había realizado una adaptación cinematográfica en 1942 dirigida por Iquino, a la que vino a sumarse la de Pedro L. Ramírez en 1956 (dos años después del fallecimiento de Jardiel). A diferencia de lo que sucede en la pieza teatral original, cuya acción se centra primordialmente en la mansión de don Felipe, en esta versión los guionistas Vicente Escrivá y Vicente Coello hacen arrancar la trama en pleno Rastro madrileño, donde El Tío del Gabán (Pepe Isbert) utiliza como reclamo a la tortuga africana cazada en las selvas del Orinoco (sic) para pregonar las fruslerías de su puesto de baratijas. En realidad, ni el quelonio da el triple salto mortal ni fue cazado por él sino que todo es pura charlatanería para facilitar que el Castelar (José Luis Ozores) y el Pelirrojo (Antonio Garisa) puedan desplumar a la concurrencia a sus anchas, ya sean "joven, persona o militar". Algunos incluso parece que le han tomado gusto a eso de que les birlen el parné, como la joven que deja que el Castelar hurgue en su bolso, como si tal cosa, de tan enamorada que está del tunante.

Al mismo truhan, sin embargo, le da por hablar una jerigonza extrañísima, que solo el Tío del Gabán es capaz de descifrar, cuando se pone nervioso (lo cual sucede bastante a menudo, especialmente en situaciones de peligro). Curiosamente, este mismo recurso cómico lo utilizaría años más tarde Antonio Ozores, hermano de José Luis y también presente en el reparto de la película, haciéndolo célebre en sus apariciones en el concurso televisivo Un, dos, tres.



El Tío del Gabán (Pepe Isbert) y el Castelar (José Luis Ozores)
La pérfida Germana (Alicia Palacios) y don Felipe Arévalo (Rafael Bardem)