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martes, 3 de enero de 2023

El hijo de Robin de los Bosques (1946)




Título original: The Bandit of Sherwood Forest
Directores: Henry Levin y George Sherman
EE.UU., 1946, 86 minutos

El hijo de Robin de los Bosques (1946)


A pesar del éxito cosechado por la Warner gracias a las dotes atléticas del raudo Errol Flynn, la contienda mundial dificultó, sin embargo, que se llevase a cabo una continuación de las aventuras de Robin Hood. Hubo que esperar hasta después de la guerra para que otro estudio, en este caso Columbia, se decidiese a producir la tan ansiada secuela. Aun así, ni The Bandit of Sherwood Forest (1946) puede considerarse una segunda parte en toda regla ni el resultado final alcanzó la popularidad de su predecesora.

El argumento, confeccionado por un equipo de guionistas a partir de la novela homónima de Paul A. Castleton, situaba la acción al cabo de los años, cuando Roberto de Nottingham (Cornel Wilde), hijo de un ya veterano Robin Hood (Russell Hicks), debe acudir en ayuda de su padre para hacer frente al cruel regente Guillermo de Pembroke (Henry Daniell), quien, además de derogar la Carta Magna, tiene secuestrado en su castillo al futuro rey de Inglaterra, apenas un niño.



Y, como no podía ser menos, el vástago, digno heredero de su progenitor (lo mismo en el manejo de las armas que en gallardía) socorre también a la Reina Madre (Jill Esmond) y a su bella dama de compañía, Lady Catherine Maitland (interpretada por Anita Louise), de la cual se enamorará de inmediato, incluso antes de saber que la joven pertenece a la realeza.

Sin que la trama y las interpretaciones sean nada del otro jueves, la espléndida nitidez del Technicolor, en cambio, transmite plenamente el encanto de un cine concebido para la evasión en el que no faltan las demostraciones de puntería con el arco y las flechas o el preceptivo duelo en el momento álgido, según fórmula habitual en este tipo de cintas, entre ágiles espadachines dispuestos a dejarse la piel mientras dirimen sus diferencias subiendo y bajando por las escalinatas de una fortaleza.



viernes, 11 de octubre de 2019

Nadie escapará (1944)




Título original: None Shall Escape
Director: André De Toth
EE.UU., 1944, 86 minutos

Nadie escapará (1944) de André De Toth


The time of this story is the future... Los títulos de crédito iniciales de None Shall Escape (1944) subrayan un detalle de vital importancia que hoy podría pasar desapercibido: en el momento de su estreno aún faltaba más de un año para el fin de la guerra y, por ende, los Juicios de Núremberg tampoco habían tenido lugar. Lo cual confiere a una simple cinta de propaganda (y de serie B, para más inri) el valor profético de haber intuido, punto por punto, cómo había de desarrollarse el curso de los acontecimientos en el futuro inmediato.

A este respecto, basta con analizar la escena inicial —en la que el juez, consciente de la trascendencia de sus palabras, mira a cámara antes de que ésta inicie un barrido por la sala, mostrando el carácter interracial de los miembros del jurado— para darse cuenta del enorme parecido con la puesta en escena que, casi dos décadas después (pero ahora, ya sí, a partir de hechos reales), plantearía Stanley Kramer en ¿Vencedores o vencidos? (1961).



El húngaro André De Toth (1913–2002), él mismo víctima y testigo de la barbarie nazi, se sirve de sucesivos flashback para narrar con solvencia unos hechos que abarcan varios lustros de la vida en una pequeña localidad polaca llamada Lidzbark. La acción arranca en la primavera de 1919, justo cuando el municipio empieza a recuperarse de los efectos de la Gran Guerra, y, a través del testimonio de los declarantes, se centrará en los momentos estelares que han marcado la "convivencia" entre sus vecinos.

Se suele considerar que None Shall Escape fue la primera producción hollywoodense que se atrevió a hacer referencia a las deportaciones masivas de judíos con destino a los campos de exterminio. Circunstancia que la equipara, por lo relevante de su valor histórico a la hora de reflejar y denunciar semejante injusticia en el momento en que estaba sucediendo, con títulos como The Great Dictator (1940) de Chaplin o This Land is Mine (1943) de Jean Renoir.