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lunes, 10 de julio de 2023

Fais-moi plaisir ! (2009)




Título en español: ¡Hazme feliz!
Director: Emmanuel Mouret
Francia, 2009, 90 minutos

Fais-moi plaisir ! (2009) de Emmanuel Mouret


El personaje que interpreta Emmanuel Mouret en Fais-moi plaisir ! (2009) tiene algo del Monsieur Hulot de Tati e incluso del televisivo Mr. Bean. Sin embargo, parece ser que el actor y director francés halló su fuente de inspiración en otro célebre intérprete: el Peter Sellers de El guateque (1968). Hay, de hecho, una escena, la recepción en el Palacio del Elíseo, en la que al pobre Jean-Jacques (Mouret) le pasa de todo (hasta quedársele una cortina enganchada en la bragueta...), con lo que la influencia del filme de Blake Edwards queda más que probada.

Humor tirando a blanco, pues, con ese toque entre amable y elegante que es marca de la casa, siempre tomando como referencia un coqueteo típicamente vodevilesco que hunde sus raíces en la tradición literaria de los siglos XVIII y XIX. Y es que Mouret, además de apasionado de la música clásica (como se puede apreciar en la banda sonora de todas sus películas), recurre asimismo a subterfugios que son habituales en la mayor parte de autores clásicos. Es el caso, por ejemplo, de esos billetes o notas que el protagonista utiliza para declararse a la primera desconocida que se cruce en su camino.



Para acabar de enredar las cosas, resultará que la elegida (Judith Godrèche) es, en realidad, la hija del Presidente de la República, con lo que el ya de por sí torpe Jean-Jacques se va a ver envuelto en no pocos follones como consecuencia de las estrictas medidas de seguridad que se observan en la residencia oficial. A lo cual hay que añadir el protocolo y demás preceptos que rigen la vida en las altas esferas (la secuencia del jarrón con el embajador japonés adolece, en ese sentido, de una comicidad chaplinesca un tanto previsible).

Aunque, a la hora de la verdad, se acaba demostrando que una simple doncella (Déborah François) puede ser infinitamente más humana que la hija del alto dignatario a cuyo servicio trabaja, de modo que a Jean-Jacques, una vez aprendida la lección, no le queda más remedio que volver a los brazos de su querida Ariane (Frédérique Bel) para hacerse perdonar después de haber comprobado que desear a otras mujeres no solucionará sus problemas de pareja.



lunes, 1 de enero de 2018

Cyrano de Bergerac (1990)




Director: Jean-Paul Rappeneau
Francia, 1990, 137 minutos



Calculer, avoir peur, être blême,
Préférer faire une visite qu’un poème,
Rédiger des placets, se faire présenter ?
Non, merci ! non, merci ! non, merci ! Mais… chanter,
Rêver, rire, passer, être seul, être libre,
Avoir l’œil qui regarde bien, la voix qui vibre,
Mettre, quand il vous plaît, son feutre de travers,
Pour un oui, pour un non, se battre, — ou faire un vers !

Edmond Rostand
Cyrano de Bergerac
Acto II, Escena VIII

Afrontamos el tercer año de vida de Cinefília Sant Miquel tal y como habíamos terminado el anterior, es decir: analizando lo que ha dado de sí, desde el punto de vista fílmico, el personaje que creara Edmond Rostand allá por 1897. Y, claro: con Depardieu hemos topado. Porque de entre todas las versiones, de entre todos los actores que alguna vez se han metido en la piel del osado espadachín poeta, ninguna ni ninguno pueden igualársele en renombre y popularidad al Cyrano de Rappeneau. Las cifras hablan por sí solas: un Óscar al mejor vestuario (más otras cuatro candidaturas), un Globo de Oro a la mejor película en lengua extranjera, cuatro BAFTA (y otras tantas nominaciones), el Premio al mejor actor en Cannes, diez César de los doce a los que optaba...

Para llevar a cabo tan apabullante superproducción su director trasladó el equipo de rodaje hasta Hungría, si bien son varias las localizaciones históricas filmadas en suelo francés (Dijon, Fontainebleau, Moret-sur-Loing, Uzès, la abadía de Fontenay...) Tampoco se escatimaron medios en cuanto a extras y reparto, con alrededor de dos mil actores, entre una y otra cosa, tomando parte en el proyecto.



En cuanto a la fidelidad respecto al texto original, pocos son los cambios, así como en lo concerniente a la puesta en escena. Aun así, en este último aspecto Jean-Paul Rappeneau introduce ligeras variaciones, algunas inspiradas en versiones anteriores (como el bullicio en los callejones colindantes con el teatro en la secuencia preliminar, según el modelo fijado por Genina en la adaptación muda de 1923) y otras no del todo resueltas. Sería el caso, por ejemplo, de ese niño que acude a ver la obra de Montfleury en compañía de su padre y a través de cuyos ojos se nos presenta el ambiente: cierto que se lo menciona en los diálogos escritos por Rostand, pero al hacerlo reaparecer en la escena de la pastelería y, más tarde, despidiendo a Cyrano desde una ventana cuando los regimientos se dirigen al frente de batalla se podría pensar que se le quiere otorgar un cierto protagonismo que nunca se llega a aclarar completamente.

Minucias, si nos paramos a pensar cuánto gana el conjunto devolviéndole al personaje de Ragueneau su peso dentro de la trama: con una presencia puramente testimonial en la versión de Michael Gordon (1950) y algo más de consistencia en la ya mencionada de Augusto Genina, aquí volvía a ser el diletante confitero hacedor de versos, martirizado por su mujer y sableado por sus "amigos". Aunque si hay un atractivo que sobresale por encima de los cuantiosos que posee esta versión de Cyrano (para muchos, la definitiva), ése es, sin duda, Gérard Depardieu: una bestia de la naturaleza que supo transmitirle al personaje la energía necesaria para hacer de él un hito en la historia de la interpretación.