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viernes, 19 de agosto de 2022

Última pareja en salir (1956)




Título original: Sista paret ut
Director: Alf Sjöberg
Suecia, 1956, 103 minutos

Última pareja en salir (1956)


Conocida en Argentina y Uruguay bajo el título de El relámpago en los ojos, Sista paret ut (1956) arranca como si de una comedia juvenil se tratase: un alborozado grupo de chicos y chicas cantan y bailan con la música a toda pastilla en mitad del aula mientras esperan la llegada de su profesor de ciencias naturales. Sin embargo, y a pesar de que durante esas primeras secuencias abunden las bromas y un tono general festivo, lo cierto es que la trama irá gradualmente evolucionando hacia el drama familiar.

El nudo gordiano de esta historia gira en torno al inminente divorcio de los padres de uno de esos jóvenes. Su nombre es Bo Dahlin (interpretado por Björn Bjelfvenstam) y, aparte de que lleva fatal las trifulcas de sus progenitores, resulta que él mismo se debate entre dos bellas muchachas: Kerstin (Bibi Andersson), que vendría a ser como su novia casi formal, y la más tentadora Anita (Harriet Andersson).



Por otra parte, Bo descubre que su madre (Eva Dahlbeck) tiene un amante mucho más joven que ella, circunstancia que lo incomoda hasta el extremo de que no sólo va a visitar al querido para interrogarlo, sino que además se planta en el apartamento donde, desde hace tres años, tienen lugar sus encuentros amorosos para pedirle a la madre explicaciones a propósito de su relación extramatrimonial.

Pese a no dirigir la película, el tumultuoso mundo interior de Bergman está muy presente en un guion repleto de diatribas contra la hipocresía pequeñoburguesa de unos adultos cuyos hijos parecen condenados a repetir los mismos errores. Planteamiento que, dado el contexto de bailes de gala y puestas de largo en el que se mueven los personajes, no acaba de tener todavía la fuerza que, en décadas sucesivas, alcanzarán no pocos títulos de la filmografía del cineasta sueco.



sábado, 6 de agosto de 2022

La llegada del señor Sleeman (1957)




Título original: Herr Sleeman kommer
Director: Ingmar Bergman
Suecia, 1957, 44 minutos

La llegada del señor Sleeman (1957)


A Anne-Marie (Bibi Andersson) la acaban de prometer en matrimonio con el venerable señor Sleeman, circunstancia que, si bien en un primer momento hace sonreír a la joven e inocente criatura, terminará por afligirla hasta la obsesión.

Herr Sleeman kommer (1957), adaptación de una pieza teatral en un acto de Hjalmar Bergman (1883–1931), fue uno de los primeros trabajos televisivos de Ingmar Bergman (quien, pese a la coincidencia de apellidos, no compartía ninguna relación de parentesco con el autor). De su modesta pero efectiva puesta en escena llama la atención el hecho de que la trama tiene lugar en las reducidas dimensiones de un salón familiar, donde el reloj va marcando las horas que faltan para el fatídico encuentro entre los prometidos.



Por otra parte, el elenco de actores se reduce a apenas cinco intérpretes, entre los que predominan las mujeres. Y es que la consabida fama de experto conocedor de la psicología femenina que siempre acompañó al cineasta sueco se echa de ver enseguida gracias a lo bien dirigidas que están las tías de la protagonista (Naima Wifstrand y Jullan Kindahl), así como la propia Bibi Andersson.

En definitiva, tanto el afán de libertad como la inmensa alegría de vivir que destila la muchacha quedarán coartados por unas absurdas imposiciones sociales contra las que poco pueden hacer ni ella ni su amado Jägaren (Max von Sydow).



sábado, 14 de julio de 2018

Fresas salvajes (1957)




Título original: Smultronstället
Director: Ingmar Bergman
Suecia, 1957, 91 minutos

Fresas salvajes (1957) de Ingmar Bergman


Las conversaciones suelen reducirse a comentar y censurar la manera de ser y el comportamiento del prójimo y esto ha sido lo que me ha llevado a renunciar de manera rotunda a esa vida social. He pasado toda mi vida sobrecargado con un trabajo agobiante, pero me siento satisfecho de haber vivido así. Al principio, ese trabajo era para mí sólo un medio de ganarme el pan, pero al fin me llevó a un profundo amor a la ciencia.

Hoy, 14 de julio, se cumplen exactamente cien años del nacimiento de Ingmar Bergman. Un siglo que, sin embargo, no parece afectar a la vigencia de su filmografía, integrada por obras maestras indiscutibles como Fresas salvajes. Decíamos ayer que El séptimo sello ocupa un puesto destacado en la producción del cineasta sueco, compartido (claro está) con la que sería su siguiente película estrenada en salas comerciales, aunque, a estas alturas, el adjetivo comercial parezca cada vez más reñido con el estilo de un director que hizo de la reflexión y la trascendencia sus señas de identidad.



En cualquier caso, si Smultronstället continúa seduciéndonos más de seis décadas después de su filmación es porque Bergman dejó de lado en ella la proverbial ampulosidad, de la que tanto se le acusa, para adoptar un tono más humano, casi entrañable podríamos decir. Lo cual fue posible, conviene remarcarlo, gracias al candor que el veterano Victor Sjöström fue capaz de transmitirle a su personaje, un viejo médico que, en vísperas de ser nombrado doctor honoris causa por la prestigiosa universidad de Lund, hace balance de lo que ha sido su existencia hasta aquel entonces, poniendo un especial énfasis en sus recuerdos de niñez.

Por otra parte, y ello es otra relativa novedad en el cine de Bergman, tendente a situar la acción en espacios claustrofóbicos, el filme adopta la estructura de una road movie en la que Isak Borg (Sjöström) y su nuera Marianne (Ingrid Thulin) recorren en coche la distancia que separa Estocolmo de Lund, trayecto no exento de percances y de pasajeros que van recogiendo a lo largo del camino y que les permitirá sincerarse a propósito de sus respectivas inquietudes vitales.



He ahí uno de los hallazgos geniales de esta película, luego copiados hasta la saciedad por las generaciones posteriores de cineastas. ¿O es que, acaso, el apego de Kiarostami por las escenas que se desarrollan en el interior de un automóvil en marcha no tiene su origen último en Fresas salvajes? Y ¿qué decir de ese simple movimiento de cámara, a derecha o a izquierda, que permite al protagonista viajar en el tiempo y presenciar de nuevo los momentos más vívidos de su infancia? Woody Allen, admirador confeso de Bergman, también se ha servido de él, si bien no es el único. En el desenlace, por ejemplo, de Al nacer el día (2012), emotivo drama, a cargo del serbio Goran Paskaljevic, sobre un profesor de música jubilado, el personaje principal sueña un imposible reencuentro con sus padres, víctimas del exterminio nazi, entre la nieve de los Balcanes: tal y como le sucedía al anciano Borg al rememorar a sus familiares, él es ahora viejo, mientras que los padres, como cuando era un niño, siguen siendo eternamente jóvenes en su recuerdo...

Por último, no quisiéramos acabar sin hacer mención de las inquietantes escenas oníricas que contiene Fresas salvajes y que, sin duda, constituyen uno de sus atractivos principales: a caballo entre lo freudiano y lo kafkiano, la contundencia de sus imágenes revela que bajo la aparente apacibilidad del doctor subyacen fuerzas perturbadoras que angustian al hombre que, a pesar de los laureles del reconocimiento social, teme, sin embargo, haber malgastado inútilmente su vida.