domingo, 6 de agosto de 2017

No desearás al vecino del quinto (1970)














Director: Ramón Fernández
España/Italia, 1970, 82 minutos



Hoy en día vivir en una capital de provincias es difícil, ¿sabe? Todo se complica, se vive pendiente de los demás. Hay una confusión tremenda de ideas, de gustos, de opiniones. El aire moderno contrasta con los viejos prejuicios. Las antiguas tradiciones se entremezclan con tendencias revolucionarias. En fin, somos demasiado provincianos para ser modernos y demasiado modernos para ser provincianos. Estamos acomplejados, ¿comprende?

Decía Bergson que la risa se acompaña siempre de una insensibilidad o de una indiferencia momentáneas. También, que su significación es social, puesto que responde a exigencias de la vida en común. Pues bien: sólo así puede explicarse que alguna vez se llegase a rodar una película como No desearás al vecino del quinto: como el producto de una sociedad insensibilizada (que no insensible) e indiferente ante determinadas realidades.

Freud, por su parte, en los célebres Tres ensayos sobre la teoría sexual (1905) llegaba a la conclusión de que es precisamente el sexo el origen de todos los conflictos de la vida psíquica. Y a fe que algún dilema interno debían padecer españoles e italianos al convertir semejante engendro en un éxito de taquilla: la décima más vista en la historia del cine patrio por número de espectadores (4.371.624).



Una represión atávica, el escaso nivel educativo, tal vez una dieta hipercalórica a base de paella, sangría y pasta... ¿Quién sabe? Las causas que podrían aducirse son innúmeras. Pero lo cierto es que toda indulgencia es poca a la hora de echar la vista atrás e intentar comprender lo que en su momento fue un fenómeno de masas y cuyo humor hoy apenas merecería el calificativo de homófobo o misógino.

Respecto a lo primero, los guionistas Juan José Alonso Millán y Sandro Continenza se guardaron muy mucho de que se pronunciase cualquier palabra al respecto (sólo en la escena final los hijos de Antón utilizarán el término mariquita). Es decir, que la condición sexual del personaje de Alfredo Landa se deduce única y exclusivamente de su caracterización y de insinuaciones más o menos veladas por parte de los demás. La censura no habría permitido ir más allá y ya fue todo un atrevimiento para la época el mostrar en pantalla a un hombre con ademanes afeminados. En cuanto a la misoginia, huelgan los comentarios: la imagen que se ofrece de la mujer es la de un objeto que puede repartirse a capricho, una casquivana tan bella como superficial, incapaz de resistirse al sex appeal del apuesto ginecólogo (Jean Sorel) y a cuyos encantos y a los de la versión madrileña de Antón sucumbe en el acto, sobre todo si es extranjera.

Situando la acción inicialmente en Toledo se pretendía subrayar el carácter provinciano de los personajes, e incluso su tradicionalismo en el caso concreto de la familia de Jacinta (Ira von Fürstenberg). Aunque viendo cómo van las cosas cuando la acción se traslada a Madrid, a uno le asalta la duda de si realmente no sería la España de 1970, en su conjunto, una gran y subdesarrollada provincia. Suerte que películas como Un, dos, tres... al escondite inglés (genial reverso a cargo de Iván Zulueta que ya tuvimos ocasión de comentar aquí) demuestran que eso no necesariamente fue así.


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