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domingo, 5 de mayo de 2019

Les chansons d'amour (2007)




Título en español: Las canciones de amor
Director: Christophe Honoré
Francia, 2007, 91 minutos

Les chansons d'amour (2007) de Christophe Honoré


Comienzan los títulos de crédito —apenas los apellidos de los miembros del equipo, en letras blancas, mayúsculas— exactamente de la misma forma que en su última película: Plaire, aimer et courir vite. Lo cual nos lleva a pensar más bien en una autocita que no en la supuesta voluntad vintage, por parte de Christophe Honoré, de la que hablábamos hace unos días. Conjetura que, más adelante, acaba por corroborar la escena en la que los tres protagonistas comparten cama.

Les chansons d'amour es lo que se diría un musical atípico, muy en la línea del François Ozon de 8 mujeres (2002), donde también participaba la actriz Ludivine Sagnier, que aquí interpreta el papel de Julie. Aunque asimismo podría recordar, en menor medida, a la española El otro lado de la cama (2002), de Emilio Martínez Lázaro, y su secuela Los 2 lados de la cama (2005). Sin embargo, la puesta en escena de Honoré resulta menos teatral que la de Ozon y mucho más profunda que la de las comedias de Martínez-Lázaro.

Los protagonistas de Domicilio conyugal (1970) de Truffaut
también leían en la cama

De hecho, el referente más explícito es bastante anterior en el tiempo: nada más y nada menos que Les parapluies de Cherbourg (1964) de Jacques Demy que, si bien era íntegramente cantado, se dividía en tres partes con el mismo título que las del presente filme: "Le départ", "L'absence", "Le retour".

Menos acentuada, pero igualmente destacable, es la influencia ejercida por Truffaut: aparte de la sonoridad de sus respectivos nombres, el personaje de Ismaël Bénoliel tiene algo de aquel Antoine Doinel que creció a lo largo de tantos filmes del director de Los cuatrocientos golpes, un poco como Louis Garrel o el resto de actores (Romain Duris o Vincent Lacoste) que en alguna ocasión han ejercido de trasunto de Honoré. En cualquier caso, la ya mencionada secuencia del trío parece remitir a Domicilio conyugal (1970) o incluso a Jules et Jim (1962), de las que podría considerarse una curiosa puesta al día.


lunes, 1 de enero de 2018

Cyrano de Bergerac (1990)




Director: Jean-Paul Rappeneau
Francia, 1990, 137 minutos



Calculer, avoir peur, être blême,
Préférer faire une visite qu’un poème,
Rédiger des placets, se faire présenter ?
Non, merci ! non, merci ! non, merci ! Mais… chanter,
Rêver, rire, passer, être seul, être libre,
Avoir l’œil qui regarde bien, la voix qui vibre,
Mettre, quand il vous plaît, son feutre de travers,
Pour un oui, pour un non, se battre, — ou faire un vers !

Edmond Rostand
Cyrano de Bergerac
Acto II, Escena VIII

Afrontamos el tercer año de vida de Cinefília Sant Miquel tal y como habíamos terminado el anterior, es decir: analizando lo que ha dado de sí, desde el punto de vista fílmico, el personaje que creara Edmond Rostand allá por 1897. Y, claro: con Depardieu hemos topado. Porque de entre todas las versiones, de entre todos los actores que alguna vez se han metido en la piel del osado espadachín poeta, ninguna ni ninguno pueden igualársele en renombre y popularidad al Cyrano de Rappeneau. Las cifras hablan por sí solas: un Óscar al mejor vestuario (más otras cuatro candidaturas), un Globo de Oro a la mejor película en lengua extranjera, cuatro BAFTA (y otras tantas nominaciones), el Premio al mejor actor en Cannes, diez César de los doce a los que optaba...

Para llevar a cabo tan apabullante superproducción su director trasladó el equipo de rodaje hasta Hungría, si bien son varias las localizaciones históricas filmadas en suelo francés (Dijon, Fontainebleau, Moret-sur-Loing, Uzès, la abadía de Fontenay...) Tampoco se escatimaron medios en cuanto a extras y reparto, con alrededor de dos mil actores, entre una y otra cosa, tomando parte en el proyecto.



En cuanto a la fidelidad respecto al texto original, pocos son los cambios, así como en lo concerniente a la puesta en escena. Aun así, en este último aspecto Jean-Paul Rappeneau introduce ligeras variaciones, algunas inspiradas en versiones anteriores (como el bullicio en los callejones colindantes con el teatro en la secuencia preliminar, según el modelo fijado por Genina en la adaptación muda de 1923) y otras no del todo resueltas. Sería el caso, por ejemplo, de ese niño que acude a ver la obra de Montfleury en compañía de su padre y a través de cuyos ojos se nos presenta el ambiente: cierto que se lo menciona en los diálogos escritos por Rostand, pero al hacerlo reaparecer en la escena de la pastelería y, más tarde, despidiendo a Cyrano desde una ventana cuando los regimientos se dirigen al frente de batalla se podría pensar que se le quiere otorgar un cierto protagonismo que nunca se llega a aclarar completamente.

Minucias, si nos paramos a pensar cuánto gana el conjunto devolviéndole al personaje de Ragueneau su peso dentro de la trama: con una presencia puramente testimonial en la versión de Michael Gordon (1950) y algo más de consistencia en la ya mencionada de Augusto Genina, aquí volvía a ser el diletante confitero hacedor de versos, martirizado por su mujer y sableado por sus "amigos". Aunque si hay un atractivo que sobresale por encima de los cuantiosos que posee esta versión de Cyrano (para muchos, la definitiva), ése es, sin duda, Gérard Depardieu: una bestia de la naturaleza que supo transmitirle al personaje la energía necesaria para hacer de él un hito en la historia de la interpretación.


martes, 7 de noviembre de 2017

Nuestra vida en la Borgoña (2017)















Título original: Ce qui nous lie
Director: Cédric Klapisch
Francia, 2017, 113 minutos

Nuestra vida en la Borgoña (2017)

Por enésima vez, nos llega una película francesa rodada en provincias. Que es como decir que París está ya muy visto. Y aunque, ciertamente, la capital del país vecino anda más que trillada, comienza a oler a chamusquina eso de que un filme sirva para promocionar una región determinada que, a su vez, financia parcialmente la producción del mismo.

En el caso de Nuestra vida en la Borgoña (título de lo más ramplón que viene a sustituir al francés Lo que nos une), poco podemos comentar a nivel cinematográfico: mozalbetes cariacontecidos por los reveses de una vida que ellos consideran durísima, pero que en la escena siguiente dan botes de alegría por esto o por aquello; viñedos y demás paisajes pintorescos filmados del derecho y del revés en todas y cada una de las estaciones del año; catas continuas (como si entender de vinos fuese coser y cantar); un hijo pródigo que viene y que va sin que ni él mismo tenga muy claro el porqué; en definitiva, rencillas familiares entre hermanos que, sin embargo, acabarán por unirles en aras de la supervivencia de la finca paterna...



Absoluta sensación de déjà vu, no sólo por la temática vitivinícola y demás topicazos a lo Falcon Crest, sino sobre todo por un aire general de telefilme de sobremesa. A lo que cabría añadir la inverosímil relación de Jean (Pio Marmaï) con una española australiana (María Valverde) o la, a nuestro modo de ver, desaprovechada presencia de Éric Caravaca haciendo de padre del clan, en apenas algunos flashes, en los que quizá habría valido la pena profundizar.

Por todo lo cual, uno no puede más que sentirse decepcionado ante una historia que de forma injustificada se alarga hasta las casi dos horas de metraje, cuando habría sido perfectamente plausible condensarla en noventa minutos.