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domingo, 9 de agosto de 2026

Trigo limpio (1962)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1962, 91 minutos

Trigo limpio (1962) de Ignacio F. Iquino


La acción de Trigo limpio (1962) transcurre en un país imaginario en el que acaba de triunfar una revolución de evidentes rasgos filosoviéticos. De ahí la deriva anticlerical de unos militares obsesionados con depurar a todo aquél que manifieste la más mínima simpatía o inclinación hacia la religión católica. Por eso son fusilados los familiares y amigos de la protagonista: una joven, de nombre Lucía (Núria Espert), a la que las autoridades conducen a un prostíbulo para oficiales del ejército ante la negativa de ésta a renegar de su fe.

Salta enseguida a la vista que el guion de Iquino, con contribuciones, entre otros, de Armando Moreno (a la sazón marido de la Espert), toma como modelo lo acaecido en España durante los primeros días de nuestra guerra civil, si bien los carteles de las distintas delegaciones donde se ubican los hechos, debidamente subtitulados al castellano (dato curioso), aparecen escritos en una suerte de lengua macarrónica que pretende pasar por eslava, como si nos hallásemos en alguna región indeterminada al otro lado del telón de acero. En todo caso, a nadie se le escapa que la idea de fondo era mostrar qué hubiera ocurrido en este país si la guerra la hubiesen ganado los republicanos.



Cine propagandístico anticomunista, a mayor gloria del nacionalcatolicismo imperante en el régimen del General Franco, por más que el momento álgido de dicho tipo de producciones hubiese tenido lugar una década antes. De todos modos, Iquino aprovecha la ocasión para contar la historia de amor de dos mártires cuyos destinos se cruzan en un improbable salón donde él (Víctor Valverde) debía saciar sus bajos instintos a costa de Lucía, aunque, llevado por los buenos sentimientos que anidan en su corazón, opta finalmente por darle a la muchacha el amparo que le niegan sus correligionarios.

Independientemente de que se pueda considerar que tanto la puesta en escena como los diálogos adolecen de un innegable maniqueísmo, merece la pena, aun así, destacar la ambivalencia del juez Jerónimo Steel (Ismael Merlo), supuesto gerifalte del nuevo orden, pero que, a pesar de su semblante severo, demuestra apiadarse de la pareja de prófugos en repetidas ocasiones mediante unos "experimentos" que, lejos de torturarlos, podrían contribuir a su liberación. Detalle nada baladí, por cierto, teniendo en cuenta que el personaje se apellida Steel ("acero" en inglés), lo cual pudiera constituir un guiño respecto al mismo significado que posee el sobrenombre Stalin en ruso.



miércoles, 5 de agosto de 2026

José María (1963)




Título italiano: Giorno di fuoco a Red River
Director: Josep Maria Forn
España, 1963, 82 minutos

José María (1963) de Josep Maria Forn


Tal y como se advierte al inicio de José María (1963), la película no pretende ser tanto un biopic fidedigno en torno a la figura de El Tempranillo como una libre adaptación a propósito del célebre bandolero del siglo XIX. En efecto, el guion de José Antonio de la Loma, producido por los Estudios IFI y dirigido por el entonces habitual de la casa Josep Maria Forn, muestra al protagonista como un individuo honesto, a pesar de su condición de forajido, incapaz, como él mismo afirma en un momento dado, de atacar a nadie por la espalda. Se le muestra, además, luciendo a todas horas una llamativa chupa de cuero, como si de un ídolo rock se tratase, lo cual, aparte de ofrecer una imagen moderna del personaje, conecta en cierto modo con la estética wéstern.

Y lo cierto es que así fue como se vendió en Italia, donde la cinta, con los nombres del elenco debidamente americanizados, circuló bajo el título de Giorno di fuoco a Red River, haciendo pasar las serranías andaluzas por los paisajes áridos de Nuevo Méjico. Curiosa segunda vida de una producción el reparto de la cual estaba casualmente encabezado por un actor de dicha nacionalidad, Raf Baldassarre, cuya interpretación de José María Hinojosa se enmarca en la leyenda romántica del bandido de buen corazón que, en el fondo, anhela llevar una vida como los demás. Por eso se enamora de la aristócrata Isabel (Ángela Bravo) y por esa misma razón terminará suscitando la clemencia del mismísimo Fernando VII (Manuel Gas).



Y así hasta cuatro tramas distintas se entretejen a lo largo de un fresco repleto de tópicos en el que no faltan caballos, patillas, trabucos y los habituales números flamencos, inevitable nota folclórica en la que se enmarca el destino trágico del hombre al que algunos apodaban "El Rey de Andalucía".

Espectaculares exteriores en las inmediaciones del municipio gaditano de Grazalema, escarpado escenario de multitud de filmes de similar temática, sirven de telón de fondo para una recreación histórica en la que, sin embargo, por arte de magia (cinematográfica) se cuelan también diversas secuencias rodadas en un enclave a priori tan barcelonés como el Castillo de Montjuïc.



martes, 4 de agosto de 2026

La ruta de los narcóticos (1962)




Director: Josep Maria Forn
España, 1962, 90 minutos

La ruta de los narcóticos (1962) de Josep Maria Forn


El plano con el que se abre La ruta de los narcóticos (1962) presenta lo que a continuación vamos a ver como "Un reportaje cinematográfico de la máxima actualidad". Afirmación, sobreimpresa en pantalla, que se confirma de inmediato con los siete largos minutos de prólogo en los que el comisario Mendoza (José María Ovies) detalla ante sus colegas los pormenores del cada vez más lucrativo tráfico internacional de estupefacientes, cuyo punto de entrada a la Península, procedente de Asia y rumbo a los Estados Unidos, su mercado por excelencia, es el puerto de Barcelona.

Evidentemente, toda esa prolija presentación, repleta de datos y hasta diapositivas de los rostros contritos de varios toxicómanos, persigue una doble finalidad, informativa y propagandística, para por una parte poner en antecedentes (y alertar de las secuelas que deja el consumo de drogas) a los crédulos espectadores de principios de los sesenta, tal vez ajenos a la materia, pero sobre todo con la intención de salvaguardar la eficacia de las autoridades franquistas en la lucha contra el narcotráfico. De ahí la insistencia con la que se confronta la elevada tasa de adictos a la heroína en la sociedad estadounidense, democrática pero depravada (se da a entender), frente a los "únicamente" 1300 casos registrados en España (detalle curioso: 800 mujeres y 500 hombres).



De modo que la acción se desarrolla en la Ciudad Condal, escenario en el que José Antonio de la Loma, autor del guion, sitúa a los capos de una peligrosa red italiana dispuesta a introducir el alijo de polvo blanco en el interior de inocentes muñecas que algún sujeto, todavía más inocente, llevará consigo hacia América entre su equipaje, ajeno al preciado contenido, como si de un simple paquete se tratase. Aunque no faltarán persecuciones, traiciones y muertes violentas en el seno de una compleja organización que utiliza como tapadera una casa de modas de alto standing, la misma en la que se infiltra Gisela (Sonia Bruno) para contrarrestar la capacidad operativa de los mafiosos.

La voz en off de Manolo Cano, especie de narrador omnisciente, nos va dando cumplida cuenta de los entresijos, a veces avanzándose incluso a los acontecimientos, en lo que supone una forma hasta cierto punto innovadora de narrar los hechos. Pero si hay un elemento verdaderamente llamativo en la película, más allá de la bisoñez del inspector Bellido (Víctor Valverde) o de la apostura de su homólogo italiano (Fernando León), es la sorna que gasta el susodicho comisario Mendoza, magníficamente interpretado por el asturiano José María Ovies (1903-1965), célebre en su momento por haber doblado a Groucho Marx en las versiones españolas, y que aquí encarna a un tipo perspicaz en la lucha contra el crimen organizado, que lo mismo toma baños turcos que sabe reconocer a simple vista una valiosa porcelana china de la cuarta Dinastía Ming.



jueves, 15 de agosto de 2024

Crimen (1964)




Director: Miguel Lluch
España, 1964, 85 minutos

Crimen (1964) de Miguel Lluch


La acción de Crimen (1964) transcurre en algún lugar indeterminado de la provincia de Barcelona próximo a Vic y a Olot. Enclave rural, por tanto, en el que, además de cometerse una atrocidad contra una madre y su hija Inés (Sonia Bruno), se acusará injustamente de ambas muertes a don César, el médico del pueblo (Víctor Valverde). 

Y es que el verdadero inductor de lo ocurrido ha sido Carlos (Julián Mateos) junto con su amigo Ramón (Sergio Doré). Seductor empedernido, acostumbrado a salirse siempre con la suya, se da también la circunstancia de que el susodicho Carlos es sobrino del todopoderoso don Antonio (Luis Induni), lo que favorece una conspiración de silencio entre los lugareños para que el joven salga indemne.



El mismo elenco de actores que ya había trabajado a las órdenes de Miguel Lluch en El precio de un asesino (1963) protagonizaba ahora un drama de suspense, de nuevo producido por la prolífica factoría IFI (iniciales de Ignacio Ferrés Iquino), en el que el acérrimo juez interpretado por Fernando Sancho se pone al frente de la investigación con el firme propósito de demostrar la inocencia del doctor.

La implicación del sereno en las actividades delictivas que describe el filme nos habla de un tiempo en el que hasta los encargados de velar por la seguridad y el orden se rendían al poder omnímodo de los señoritos locales. De lo cual se desprende una aparente voluntad crítica, avalada por la advertencia que cierra los créditos iniciales ("Los hechos que se narran en esta película están basados en un crimen repugnante ocurrido en España hace algunos años"), pero que no es otra cosa sino el típico reclamo para el espectador de la crónica negra.



viernes, 24 de mayo de 2024

Doña Perfecta (1977)




Director: César Fernández Ardavín
España, 1977, 103 minutos

Doña Perfecta (1977) de César Ardavín


Después de media hora de camino, durante la cual el Sr. D. José no se mostró muy comunicativo, ni el Sr. Licurgo tampoco, apareció a los ojos de entrambos apiñado y viejo caserío asentado en una loma, y del cual se destacaban algunas negras torres y la ruinosa fábrica de un despedazado castillo en lo más alto. Un amasijo de paredes deformes, de casuchas de tierra pardas y polvorosas como el suelo, formaba la base, con algunos fragmentos de almenadas murallas, a cuyo amparo mil chozas humildes alzaban sus miserables frontispicios de adobes, semejantes a caras anémicas y hambrientas que pedían una limosna al pasajero. […] Llamábase Orbajosa, ciudad que no en Geografía caldea o copta sino en la de España figura con 7.324 habitantes, ayuntamiento, sede episcopal, partido judicial, seminario, depósito de caballos sementales, instituto de segunda enseñanza y otras prerrogativas oficiales.

Benito Pérez Galdós
Doña Perfecta (1876)

Novela de tesis o incluso tendenciosa, la historia que Galdós había esbozado cien años antes a propósito de las dos Españas (una intransigente, católica y reaccionaria; otra tolerante, laica y liberal) seguía plenamente vigente cuando César Ardavín, a las puertas de la Transición, decide realizar su adaptación cinematográfica de Doña Perfecta (1977). En ese orden de cosas, el personaje de Pepe Rey (Manuel Sierra) representa unos aires de renovación que la anquilosada sociedad provinciana en la que aterriza, encabezada por su tía (Julia Gutiérrez Caba) y el párroco don Inocencio (José Luis López Vázquez), difícilmente podrá asumir. De ahí que las fuerzas vivas de Orbajosa urdan las mil y una con tal de hacerle el vacío al protagonista.

Aunque no todo es intolerancia en aquel recóndito lugar, por lo que el bueno de Pepe, además de padecer la ojeriza de los corrillos, también se beneficiará de la cordialidad del un tanto extravagante Juan Tafetán (Jorge Rigaud), en el fondo otra víctima como él, y del amor incondicional de la candorosa prima Rosario (Victoria Abril), con la que entabla un apasionado romance a espaldas de la controladora madre de ésta.



Aun así, la dualidad entre progreso y oscurantismo que ponen de manifiesto los personajes arroja la impronta de un mundo hermético, impermeable a los cambios, que reacciona con recelo y hasta virulencia ante la irrupción de un advenedizo, sobre todo si se trata, como es el caso, de un joven ingeniero al que se le atribuyen ideas revolucionarias y hasta anticlericales.

En definitiva, la antigua Urbs Augusta no deja de ser un microcosmos, trasunto del conjunto de la nación, en el que ni el obtuso don Cayetano (José Orjas), más interesado en atesorar incunables que en defender la razón, ni las libidinosas Troyas (Mirta Miller y María Kosty) ni el en teoría fiel Pinzón (Víctor Valverde) ni mucho menos el traicionero e hipócrita Jacintito (Emilio Gutiérrez Caba) harán nada por impedir que se consuma una injusticia de grandes proporciones que queda oficialmente zanjada como simple suicidio.



miércoles, 12 de julio de 2023

El precio de un asesino (1963)




Director: Miguel Lluch
España, 1963, 82 minutos

El precio de un asesino (1963) de Miguel Lluch


El incombustible Iquino y Federico de Urrutia escribieron a cuatro manos el guion de El precio de un asesino (1963), típica cinta policíaca de las muchas que por aquellos años se rodaron en la Ciudad Condal. El núcleo de su trama radica en la personalidad antagónica de dos hermanos, el uno sicario (Víctor Valverde) y el otro seminarista (Julián Mateos), cuyos destinos terminan cruzándose en las procelosas calles del Barrio Chino de Barcelona. 

Ni que decir tiene que la misión del segundo (tras colgar temporalmente los hábitos) consistirá en ir al rescate de la oveja descarriada que nunca debió abandonar la senda de los justos. Que lo consiga o no va a depender de su pericia para infiltrarse en los ambientes turbios de los bajos fondos, pero sobre todo de la vehemencia con la que defiende sus convicciones.



Tal vez por eso la cámara capta frecuentemente en ángulo contrapicado la efigie del futuro sacerdote, con la intención de realzar su figura, ya de por sí adornada con unas vistosas gafas de pasta que le aportan la gravedad circunspecta de quien es más fuerte por sus dotes persuasivas que no por la violencia que caracteriza, en cambio, al mundo del hampa.

A destacar la trascendencia de algunos secundarios, como por ejemplo esa especie de magdalena que es Beatriz (Margarita Lozano), vedete y presumiblemente mujer de la vida que anda prendada del malote Javier (Valverde), pero que, o por eso mismo, recurre a la ayuda del bueno de Miguel (Mateos). O la presencia del siempre efectivo Fernando Sancho, aquí metido en la piel de Rufo, un hombrón desastrado pero en el fondo de buen corazón. El caso es que el momento culminante de la intriga tendrá lugar entre los escombros de un edificio en ruinas adonde los dos hermanos se refugian ante el envite de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.



domingo, 23 de abril de 2023

La chica del autostop (1965)




Director: Miguel Lluch
España, 1965, 83 minutos

La chica del autostop (1965) de Miguel Lluch


Típico producto surgido de la factoría IFI (marca comercial auspiciada por el prolífico Ignaci Ferrés Iquino), La chica del autostop (1965) sitúa su acción en una Barcelona de azoteas y clubs nocturnos que vendrían a ser como la cara y la cruz de dos mundos antagónicos. Por una parte, las inmediaciones del mercado del Born, con la silueta de la basílica de Santa María del Mar al fondo, muestran una ciudad en pleno bullicio cotidiano, lo cual podría hacerse extensible a otros espacios igualmente concurridos por los que se mueven los personajes. En cambio, cuando cae la noche los jóvenes frecuentan las salas de baile próximas al puerto: garitos donde tanto las clases humildes como los universitarios de buena familia, más alguna que otra turista extranjera e incluso algún marine norteamericano borracho, alternan al ritmo estridente del último conjunto yeyé.

Semejante caldo de cultivo será propicio para que el ocioso trío protagonista, integrado por la bella Angélica (Olga Omar), su hermano Pedro (Fernando León) y el posesivo Manolo (Antonio Iranzo), tienda sus redes a la hora de obtener el dinero que les permita ir tirando sin necesidad de un trabajo estable. El particular modus operandi que suelen poner en práctica consiste en utilizar los encantos de Angélica como señuelo que atraiga a los conductores para después, una vez éstos han mordido el anzuelo, desvalijarlos sin contemplaciones con la excusa de que los otros dos darán parte a la policía de unos supuestos abusos.



En principio las cosas parecen ir bien y no les faltan billetes con los que acallar las protestas de la madre de Angélica y Pedro, siempre deseosa de que sus vástagos lleven el sustento a casa. Hasta la joven se permite flirtear con un muchacho un tanto sosaina de la alta burguesía al que toma el pelo sin dejarle que vaya más allá en sus intenciones de llevársela a la cama. No obstante, tras uno de esos golpes, Angélica va a conocer a un camionero llamado Juan (Víctor Valverde) y por primera vez en su vida creerá haber encontrado a la persona capaz de redimirla.

A pesar de que la película tenía que haber servido para lanzar la carrera de su actriz protagonista, así como consagrar al quinteto encargado de la machacona banda sonora, lo cierto es que ni Los Atilas ni Olga Omar vieron cumplidas las expectativas que el bueno de Iquino había depositado en ellos. Tampoco puede decirse que las habilidades de Miguel Lluch como director brillen especialmente en una puesta en escena correcta y hoy día de alto valor documental, aunque supeditada en exceso a la intencionalidad moralizante del desenlace.



sábado, 18 de septiembre de 2021

Sensualidad (1975)




Director: Germán Lorente
España, 1975, 115 minutos

Sensualidad (1975) de Germán Lorente


Ya desde su propio título, Sensualidad (1975) encarna los elementos más representativos de un típico producto de lo que acabaría denominándose el destape. El eje argumental de la cinta, delirio voluptuoso a mayor gloria de la Miss Universo Amparo Muñoz (1954–2011), giraba en torno a una prostituta de lujo y un comisario de policía obsesionado con protegerla. En segundo término, también explotaba el manido recurso (tremendamente morboso en aquella España mojigata del tardofranquismo) del ama de casa que lleva una doble vida a lo Belle de jour. Alguna que otra persecución automovilística que no viene muy a cuento, aderezada con sus correspondientes tiroteos, pretendía añadir unas gotas de acción en una trama ya de por sí bastante infumable.

Llama la atención, eso sí, la presencia en el equipo de rodaje de todo un maestro de la fotografía como José Luis Alcaine o incluso, desde una óptica vintage, la elaborada banda sonora del italiano Fred Bongusto. Hasta merece la pena señalar, en otro orden de cosas y si se nos permite la frivolidad, el enorme parecido físico de la sueca Janet Ågren (en el papel de afligida esposa ante su incapacidad para quedarse embarazada) con la televisiva Alba Carrillo. O el horrible bisoñé con el que en todo momento aparece ataviado Fernando Fernán-Gómez, sin duda una argucia del departamento de peluquería para evitar que el otrora galán le robase protagonismo al elenco femenino...



Sea como fuere, y vista con la perspectiva que otorgan los años, la película se nos ofrece hoy en día como un claro ejemplo de las incipientes fantasías eróticas que poblaban los sueños húmedos de unos espectadores (preferiblemente hombres) más atraídos por el atractivo de las actrices o las tórridas escenas de cama (insinuadas antes que explícitas) que no por la coherencia de un guion que hace aguas por todas partes.

Como tampoco está de más advertir la visión retrógrada que encierra una historia de mujeres cuya única alternativa posible en este mundo parece reducirse a la sumisión del matrimonio o la relativa (y discutible) autonomía que les proporciona vender ocasionalmente sus cuerpos en la selecta casa de citas que regenta doña Margarita (Amelia de la Torre). Ni siquiera la voluntad redentora del comisario Baena (Fernán-Gómez) está libre de un paternalismo a todas luces machista, rematado por la escena del enlace nupcial in articulo mortis, premonitoria, en cierto modo, del destino aciago que aguardaba a Amparo Muñoz en la vida real.



miércoles, 1 de noviembre de 2017

Hablamos esta noche (1982)




Directora: Pilar Miró
España, 1982, 97 minutos

Hablamos esta noche (1982) de Pilar Miró


Víctor (Víctor Valverde) es, a todas luces, lo que suele llamarse un triunfador: 45 años, seductor, máximo responsable de la central nuclear de Almonacid. Pero la cara opuesta a la de su éxito profesional resulta bastante menos halagüeña: divorciado, su ex mujer (Amparo Soler Leal) le hace saber que Claudio, el hijo adolescente que ambos comparten, es homosexual. Algo que le cuesta digerir, quizá porque la relación con su propio padre (Alfredo Mayo) no fue excesivamente fluida. A lo que cabe añadir el nunca aclarado suicidio de su hermana Charo. Por si fuera poco, su amigo y subordinado Luis María (Daniel Dicenta) le alerta de una peligrosísima falla a causa de una vena líquida en los terrenos donde se ha construido la central, mientras que su relación con Julia (Mercedes Sampietro) hace aguas por todas partes, al tiempo que inicia un romance con Clara (Amparo Muñoz), sobrina de un influyente miembro del consejo de administración y licenciada en Ciencias Físicas que está preparando una tesina sobre energía nuclear.

Hablamos esta noche, coescrita por Pilar Miró junto al uruguayo Antonio Larreta (con quien ya colaborara dos años antes en la escritura de Gary Cooper, que estás en los cielos) y rodeándose de su habitual reparto de actores de confianza, planteaba los temas habituales en la filmografía de la malograda realizadora, especialmente la crisis personal de un individuo que afronta la madurez con más resignación que entusiasmo.

Daniel Dicenta y Víctor Valverde


De hecho, casi podría decirse que la película actúa de reverso de Gary Cooper... (relato de tintes autobiográficos sobre una mujer que opta por enfrentarse ella sola a los retos de la vida) en tanto que ofrece el retrato de un antipático hombre de negocios.

Con todo, y a pesar de la completa instantánea que lleva a cabo de la sociedad española de principios de los ochenta (primeros gobiernos socialistas, boom económico, especulación financiera, cómo la generación que protagonizó el cambio político se ve ahora obligada a replantearse sus viejos ideales o a afrontar prejuicios cuya existencia ignoraban...), ni los diálogos transmiten excesiva naturalidad ni la impresión general de conjunto logra huir del tedioso tono plúmbeo que caracterizó a un determinado tipo de cine español de aquellos años (Garci sería otro ejemplo), tal vez porque, en un momento en el que lo que arrasaba a nivel popular eran las comedias de Pajares y Esteso, se consideraba erróneamente que seriedad o profundidad debían ser sinónimo de aburrimiento.

Víctor Valverde

sábado, 9 de abril de 2016

Vera, un cuento cruel (1974)




Directora: Josefina Molina Reig
España, 1974, 90 minutos

Vera, un cuento cruel (1974)


Lo que tú y solo tú representas para mí: renacer, empezar de nuevo a vivir... Como si yo hubiese nacido de ti y tú de mí. Vera, vuelve: siempre lamentaré lo que pudimos decirnos y no nos dijimos. Lo que dejamos de enseñarnos sobre la vida. Estás tan cerca. Solo tú faltas. Te necesito. ¡Te necesito!

La mala suerte parece cebarse con la familia Quiroga, sobre todo desde que falleció la joven esposa de Alfredo (Víctor Valverde). Quizá por ello deciden abandonar su exilio francés para establecerse en el norte peninsular, si bien les servirá de poco...

La necrofilia ha contribuido con grandes obras maestras a la historia del cine: Rebeca (1940) de Hitchcock, La habitación verde (1978) de Truffaut... La cordobesa Josefina Molina Reig (el segundo apellido dejaría de usarlo con los años) debutaba en 1974 en el largometraje con una aportación más al género mortuorio: Vera, un cuento cruel. Aunque, a decir verdad, tres años antes ya había adaptado para Televisión Española el mismo relato del francés Auguste de Villiers de L'Isle-Adam (1838–1889).

En todo caso, en el reparto del que se rodeó la directora descuellan nombres de la talla de Fernando Fernán-Gómez (el mayordomo Roger), Julieta Serrano (María) o Alfredo Mayo (don Juan Manuel), a los que cabría añadir a unos jovencísimos Lucía y Miguel Bosé. En el plano técnico, son igualmente destacables la fotografía de José Luis Alcaine y la música de Román Alís.

Es esta una película de ambientación muy decimonónica, próxima en su estética al terror gótico. Su en teoría protagonista (Alfredo) siente, de hecho, una atracción hacia la difunta Vera similar a la demostrada por otros personajes del mismo periodo: el Edgar Allan Poe del célebre poema en que evoca a Annabel Lee o el Tediato de las Noches lúgubres de José Cadalso. Sin embargo, conforme avance la trama iremos comprobando que el verdadero instigador de todos los males no es otro sino el mismísimo Roger. En realidad, él se siente totalmente legitimado a actuar como lo hace, pues tal y como le espetará a Alfredo, ¿qué son apenas unos años de convivencia comparados con todo el tiempo que el criado ha dedicado al servicio de su señora desde que esta nació?