martes, 31 de enero de 2017

At Land (1944)













Título en español: En la tierra
Directora: Maya Deren
EE.UU., 1944, 15 minutos



Atreverse a rodar una película muda en plena década de los años cuarenta ya nos da una idea de quién fue Maya Deren. Visualmente, podríamos calificar su cortometraje At land como el eslabón perdido entre el Buñuel de Un chien andalou y el Bergman de El séptimo sello. Según ha comentado Cloe Masotta, la voluntad de esta mujer (nacida Eleanora Derenkowskaia en Ucrania en 1917 y fallecida en 1961, tras haberse convertido en una de las realizadoras más destacadas de la vanguardia norteamericana) no era otra sino lograr que su cámara fuese capaz de captar a través de sus imágenes una realidad más revolucionaria.

En todo caso, Deren se vale del montaje para hacer que la protagonista de su filme goce de la libertad de cambiar constantemente de espacio: apenas un corte en la imagen y pasa de un banquete a un camino, de un camino a un río, de un río a una playa... A orillas de esta última logrará por fin apresar el peón de ajedrez en pos del cual ha viajado tanto, motivo por el cual arrancará a correr sobre la arena hasta perderse su figura en el horizonte.


L'invitation au voyage (1927)













Título en español: La invitación al viaje
Directora: Germaine Dulac
Francia, 1927, 36 minutos



Mon enfant, ma soeur,
Songe à la douceur
D'aller là-bas vivre ensemble !
Aimer à loisir,
Aimer et mourir
Au pays qui te ressemble !
[...]
Le monde s'endort
Dans une chaude lumière.

Là, tout n'est qu'ordre et beauté,
Luxe, calme et volupté.

Charles Baudelaire

A partir del poema homónimo de Baudelaire, la cineasta vanguardista Germaine Dulac concibió L'invitation au voyage como una plasmación en imágenes de los deseos que nunca llegan a realizarse. Feminista de primera hornada, teórica del cinematógrafo como el summum de la modernidad, hay en sus filmes (según ha comentado esta tarde Cloe Masotta) una clara conexión con la propuesta de realizadores coetáneos como Jean Epstein.

Legado visual que la posteridad asimilaría a través de manifestaciones artísticas a menudo injustamente demonizadas como la publicidad o los videoclips, pero que conviene valorar en su justa medida por su creatividad: una inventiva desbordante que hunde sus raíces en lo que ya planteaban estos cineastas en los años veinte y que se opone a la vacuidad de la avalancha diaria de imágenes que invade nuestras vidas a través de Facebook y otras plataformas análogas.

La proyección ha contado con el acompañamiento musical del maestro Joan Pineda, quien (cosa rara en él) ha incluido algún que otro fragmento de una partitura ajena: concretamente, el vals número dos de la Suite de jazz de Shostakóvich.



La coquille et le clergyman (1928)











Título en español: El caparazón y el clergyman
Directora: Germaine Dulac
Francia, 1928, 28 minutos



La narración reducida a lo anecdótico: el cine concebido como poesía visual, como exaltación del movimiento. Una de las cimas del arte vanguardista. Alguien ha comentado sentirse confuso tras la proyección en la Sala Laya de la Filmoteca. A lo que Cloe Masotta, encargada hoy de la presentación en el marco del ciclo Fantasmagorías del deseo, responde que eso es una suerte (al menos para ella).

Otro espectador recuerda que Antonin Artaud no se portó muy bien con la realizadora francesa: autor del guion, él y los surrealistas la despreciaron públicamente al ver el resultado final con motivo del estreno de La coquille et le clergyman.


domingo, 29 de enero de 2017

La religiosa portuguesa (2009)












Título original: A religiosa portuguesa
Director: Eugène Green
Portugal/Francia, 2009, 127 minutos



Eugène Green es un artista que cuenta con una lista recurrente de temas muy de su agrado: la música y el teatro renacentista y del Barroco, el País Vasco, lo espiritual, la Edad Media, la cultura francesa y también Portugal y el fado. Debido a esto último, se trasladó en 2009 hasta Lisboa para rodar, en portugués y con alguna ráfaga en francés, A religiosa portuguesa, filme en el que vuelve a desplegar la consabida retahíla de recursos que conforman su estilo: desde los diálogos filmados en plano contra plano mirando a cámara hasta una marcada tendencia a fijarse en los pies de los actores.



En todo caso, es inevitable ver esta película y no pensar en En la ciudad de Sylvia (2007) de José Luis Guerín: la forma en la que el personaje de Julie de Hauranne (Leonor Baldaque) pasea por las calles desiertas y su manera de vestir son ciertamente muy similares a las de Pilar López de Ayala. La diferencia, en cambio, estriba en el sentido del humor de Green, otra de sus constantes marca de la casa. Como cuando el recepcionista del hotel le dice a Julie que no le gustan las películas francesas porque son para intelectuales.

Tiene también algo de Kaurismäki (otro cineasta amante de la socarronería), quizá por la forma de medir las palabras o tal vez por el interés que suscita el niño Vasco en la joven actriz, hasta el punto de querer adoptarlo. Y mucho de Manoel de Oliveira, genio y decano de la cinematografía lusa. Porque ésta, a pesar de haber sido dirigida por un francés de origen americano, es una película muy portuguesa: de ahí la presencia de un personaje que pasa por ser la reencarnación del rey Sebastián I, el "monarca durmiente" que, según reza la leyenda, ha de retornar para socorrer a Portugal en sus horas más difíciles.

Por último, y ligado a lo anterior, a la ya conocida espiritualidad de Green, presente en el título y en afirmaciones de la novicia como que sólo existe un único amor, se suma esta vez la atracción que el realizador siente hacia una ciudad retratada mediante profusión de panorámicas desde los distintos miradores lisboetas (como la que abre el filme, probablemente rodada desde la cima del elevador de Santa Justa). Y lo mismo podría decirse de su música, cuyas canciones populares, tristes y fatalistas, son interpretadas por Camané y Aldina Duarte con el acompañamiento de José Manuel Neto a la guitarra portuguesa.


Sabían demasiado (1962)












Director: Pedro Lazaga
España, 1962, 90 minutos



El mismo año en el que se estrenaba Atraco a las tres de Forqué, hacía lo propio Sabían demasiado: otra parodia del mundo del hampa y dirigida por Pedro Lazaga, cineasta que no iba a la zaga (valga la redundancia) del primero. Porque si el uno supo sacar el máximo partido de actores como José Luis López Vázquez, el otro tampoco se quedó atrás. Véase, si no, un ejemplo práctico extraído de la película que nos ocupa: llaman a la puerta (toc,toc). ¡Carta de Chicago! Y fíjense ustedes con qué naturalidad el Palillos se saca de la boca el ídem que le ha valido el apodo, lo utiliza como cortaplumas y, una vez abierto el sobre de la misiva, se vuelve a poner el mondadientes en la susodicha. Sin complejos...

Pero es que la nómina de actores que conforman el resto del reparto es sencillamente portentosa. Tony Leblanc es Teodoro Caballero, alias "El Señorito". Harto de robar carteras y aspirando a tentativas de mayor ambición, se marcha a Estados Unidos en busca de nuevas ideas. Regresará al cabo de poco tiempo, aunque lo único que se traerá será un matón llamado Joe y poco más. En cambio, de la academia de idiomas Addams, adonde ha intentado antes aprender algo de inglés, saldrá encandilado por la belleza de su maestra Margarita (Concha Velasco).



Pepe Isbert, muy en su línea, encarna a un viejo tronado que participó en la guerra de Cuba y con el que, tras haberlo secuestrado, deberán cargar porque su nuera, que ya no lo soportaba más, se niega a pagar el rescate. Claro que el anciano no dudará en unirse a la banda para atracar el banco de la mujer de su hijo y así tomarse la revancha...

Mención aparte merece el caso de José Luis Ozores, quien interpreta a El Grillo: antiguo compinche del grupo, se enemista con El Señorito tras salir de la cárcel dada su oposición a dejar de robar carteras (que es su especialidad, por otra parte). Pero lo verdaderamente llamativo es el hecho de que, en la práctica totalidad de escenas en las que interviene, Ozores es filmado sentado o de pie pero siempre inmóvil (cuando, por exigencias del guion, el personaje debía caminar o correr se filmó a un doble de espaldas). Es de sobras conocida la limitación de movimientos que el actor, fallecido en 1968 con apenas 44 años, padecería en el último tramo de su vida como consecuencia de la esclerosis múltiple, por lo que Pedro Lazaga se las tuvo que ingeniar para ajustar el rodaje a tan dura realidad sin que se notase excesivamente.


Mia madre (2015)












Director: Nanni Moretti
Italia/Francia/Alemania, 2015, 106 minutos



Ha muerto Emmanuelle Riva, la anciana de Amour y la muchacha de Hiroshima mon amour. Y la noticia me pilla casualmente viendo una historia sobre la muerte de una madre. O mejor dicho: sobre la dificultad de asumir su decrepitud e inminente desaparición. Margherita Buy se despierta en mitad de la noche y encuentra el piso inundado. ¿Pero esta escena no la había filmado ya Haneke en Amour...?

Conforme avanza Mia madre vuelvo a tener algún ligero déjà vu: las secuencias oníricas me hacen pensar en Fellini, concretamente en . Así como el hecho de que asistamos al rodaje de un filme dentro de otro filme, cuya directora atraviesa una crisis personal y creativa. Pero todo ello no es óbice para que la película me emocione. A fin de cuentas, es público y notorio que Nanni Moretti (ya saben: ese señor italiano con barba que suele sentarse en los bancos de los parques para hablar de su familia) es un consumado maestro a la hora de contar historias que nos toquen la fibra.



En ese sentido, la información que se nos suministra para hacer creíbles las situaciones se irá dosificando con suma habilidad: la hija que olvida su libro de latín en casa; Ada (Giulia Lazzarini) preguntando por la función sintáctica de una palabra; antiguos alumnos que desean pasar a verla; la abuela enseñando a traducir a la nieta; Margherita queriendo saber adónde irán Lucrecio, Tácito y tanto saber acumulado cuando su madre ya no esté... Pinceladas sabiamente introducidas aquí y allá para construir unos personajes creíbles en torno a la figura materna. Sin duda, son muchos los años que lleva Moretti sentándose en los parques para hablar de su familia: tantos, que ni él mismo recuerda cuántos. Y si, encima, la música elegida para la banda sonora es de Arvo Pärt, la emotividad estará más que asegurada.

Pero, además de lágrimas, hay también sonrisas en Mia Madre, en especial cuando interviene el italoamericano John Turturro, quien interpreta a un histriónico y algo divo Barry Huggins: aparentemente, el típico actor de Hollywood fanfarrón e incapaz de aprenderse su texto de empresario en Noi siamo qui, la película sobre la lucha obrera que está rodando Margherita, pero aquejado, en realidad, de una dolencia neuronal hereditaria que le impide recordar las cosas a corto plazo. Su personaje actúa de contrapeso cómico frente al duelo de Margherita y su hermano Giovanni (el propio Moretti) ante la inmediata defunción de la madre.



P.D.: También ha fallecido John Hurt: tal vez tendremos ocasión de hablar de ello si Moretti filmase algún día un Mio padre...

sábado, 28 de enero de 2017

Una chica de opereta (1944)












Director: Ramón Quadreny
España, 1944, 77 minutos



La novelista Concha Linares Becerra fue la autora del texto en el que se basa Una chica de opereta. A decir verdad, la adaptación cinematográfica dirigida por Ramón Quadreny para Cifesa no dejaba de ser un folletín, con muchacha pobre, hermanita enferma, padre anciano humillado por un patrón sin escrúpulos y demás ingredientes al uso. Y todo sublimado por el éxito que la protagonista acabará cosechando en los escenarios tras hacerse pasar por la severa y poco agraciada secretaria de un cantante de moda del que termina enamorándose, no sin antes revelar su auténtica y desbordante belleza.



Josita Hernán, en el papel de Silvia Navarro, y Luis Prendes, como Armando d'Olbés, encabezaban un reparto completado por Pepe Isbert y Fernando Fernán Gómez. A los que se añadió la música de José Ruiz de Azagra y una buena ración de valses y canciones con gorgoritos para confeccionar el típico musical escapista de nuestra posguerra. Poco importaba lo superficial del argumento o la inverosímil caracterización de la Hernán (anticipándose en muchos años a Betty la fea): aquí lo principal era hacer olvidar al espectador, durante hora y cuarto, las cartillas de racionamiento, el estraperlo y demás contrariedades de la engorrosa España autárquica en blanco y negro.

A tal efecto, la historia de una cenicienta llena de determinación que se lanzaba a recorrer media Europa con tal de vengar la memoria de su padre, devolviéndole la bofetada al hijo del empresario que se había apropiado de unas composiciones con las que ella misma acabará triunfando, suponía el mejor reconstituyente para reconfortar las sufridas retinas patrias tras la reciente conflagración nacional.


viernes, 27 de enero de 2017

Eths segaires (2012)













Título en español: Los segadores
Director: Joan Pau Ferré
Francia, 2012, 34 minutos



Nueva entrega del ciclo sobre cine occitano que cada mes ofrece el CAOC. En la sesión de hoy viernes se ha proyectado Eths segaires, documental elaborado a partir del testimonio de diversos payeses gascones de los distritos de Aspet, Salies-du-Salat y Saint-Lizier que relatan anécdotas sobre cómo se cultivaba y recolectaba el trigo en el pasado.

Veteranos campesinos de imponente mostacho, ataviados con boina y camisa abotonada hasta el cuello, que aún vibran explicando a cámara que en su juventud fueron testigos de la proeza de un hombre capaz no sólo de cargar con tres sacos durante un largo trecho sino incluso de subir una escalera con ellos a cuestas.

¡Cuánta vida rezuman estos paisajes y hombres! Y, sin embargo, de la narración que llevan a cabo se desprende la añoranza de un mundo marcado por la convivencia y la solidaridad, en contraste con lo que acabaría acarreando la mecanización de las tareas agrícolas.

El resto de nada (2004)












Título original: Il resto di niente
Directora: Antonietta de Lillo
Italia, 2004, 103 minutos

El resto de nada (2004)

Un tráiler de cien minutos... En El resto de nada nos encontramos frente a una de esas películas en las que el vestuario es impecable, así como la recreación histórica dieciochesca y las localizaciones en palacios de época, pero que narrativamente adolece de una caligrafía cuasi televisiva, sin llegar en realidad al fondo del asunto: cómo una aristócrata portuguesa acaba asumiendo los ideales republicanos en el Nápoles de 1799.



Libre adaptación de la novela de Enzo Striano (1927–1987), la trama de Il resto di niente gira en torno al personaje de Eleonora Pimentel Fonseca, excelentemente compuesto por Maria de Medeiros: desde el misterioso primer plano de la película, su mirada va a ser el centro de la acción e hilo conductor de su periplo desde los sofisticados ambientes palaciegos hasta el cadalso. Algo que cobra su pleno sentido cuando en el desenlace la veamos avanzar de espaldas y a contraluz hacia el patíbulo, no sin antes haber llamado siervos a los severos jueces del tribunal que la ha condenado a morir guillotinada. Comprenderemos, entonces, que el filme está dotado de una estructura circular en la que, a pesar de los continuos saltos temporales, el recorrido por la vida de esta mujer empieza y acaba en la antesala de su ejecución.

Antonietta de Lillo dando instrucciones durante el rodaje

jueves, 26 de enero de 2017

High School (1969)












Director: Frederick Wiseman
EE.UU., 1969, 75 minutos



Fiel a la aparente objetividad de muchos de sus trabajos, en el segundo de los documentales que estrenara Wiseman se introducían las cámaras en el Instituto de Enseñanza Secundaria Northeast. Y lo hacía para filmar el día a día de alumnos y profesores, en una sucesión de instantáneas que arrojan una impronta impagable de uno de los momentos de mayor efervescencia que se han vivido en el seno de la sociedad americana. Es 1968 y, con el trasfondo de la guerra de Vietnam y del movimiento contracultural, asistimos al transcurso de unas clases de francés (donde se insiste en que los galos comen en la salle à manger y no en la cuisine), de música, de español (con la profesora recalcando el término existencialista para referirse a Sartre) o de literatura.

Que se trata de un centro educativo plural lo iremos comprobando conforme avance el metraje. Y, si bien es cierto que la mayoría de sus docentes defienden una férrea disciplina y una estricta moral (verbigracia: el ginecólogo que, entre bromas, advierte de los peligros de la promiscuidad), también veremos a una profesora capaz de servirse en el aula de una canción de Simon & Garfunkel ("The Dangling Conversation"), mostrándola a sus alumnos como ejemplo de qué es poesía. Algo que, a la luz de cómo algunos han puesto morros a la reciente concesión del Nobel a Bob Dylan, adquiere todavía más valor por lo que tuvo entonces de avanzado.



La escena final, sin embargo, en la que la directora del centro lee en el salón de actos, con lágrimas en los ojos, la carta que ha recibido desde Vietnam de un antiguo estudiante, podría dar a entender que todo ese proceso educativo del que hemos sido testigos tiene como meta formar soldados que se sacrifiquen por su patria. Evidentemente esto es sólo una posible lectura, aunque el montaje del nada inocente Wiseman parece abocarnos directamente a extraer dicha conclusión.

En todo caso, vale la pena quedarse con determinadas escenas por la vigencia de la que aún hoy, casi cincuenta años después, siguen gozando. Por ejemplo, la de aquella tutoría en la que el arrogante padre de una alumna recrimina a los profesores las malas notas de su hija, mientras que ella, en cambio, prefiere ser maquilladora en lugar de estudiar una carrera: a quienes digan que los padres de hoy en día son mucho peores que los de antaño habría que pasarles este fragmento de hace medio siglo...


miércoles, 25 de enero de 2017

Faire la parole (2015)












Título en vasco: Hitza egin
Director: Eugène Green
Francia, 2015, 116 minutos



Una vez más, Eugène Green (el Green-go renegado) se adentra en las profundidades del País Vasco francés para captar la esencia de la idiosincrasia euskera. Y de nuevo lo veremos, en uno de sus habituales cameos, mezclado con la concurrencia en una taberna. La novedad es que, en esta ocasión, ha optado directamente por el documental y la lengua vasca para filmar una película sobre personas, muy en la línea del cine de Éric Rohmer y su gusto por la cotidianidad.

Así pues, los jóvenes euskaldunes de Hitza egin descubren, al mismo tiempo que nos descubren, el verdadero significado de lo que representa actualmente vivir en Euskal Herria, nación sin estado en la que usar la lengua propia del territorio es ya en sí mismo un acto de resistencia. Ugaitz, Ana, Ortzi, Aitor... Con su optimismo y curiosidad, demostrarán el vigor de una cultura en la que la canción, en especial a través de los vertzolaris y los grupos a capela, goza de enorme protagonismo (lo cual, dicho sea de paso, nos hace pensar en los cantores sardos que Guerín filma en La academia de las musas). De hecho, en una de las escenas, dos de los chicos improvisarán, para matar el tiempo, unos vertzos durante un viaje en coche a partir de lo que un lobo le diría a otro. Vamos: como las 'peleas de gallos' de los adolescentes aficionados al rap o las trovas tradicionales en muchas regiones de habla hispana.

A nivel visual, lo cierto es que impacta ver la frondosidad de esos valles tan verdes como escarpados: hay algo primigenio en un paisaje que Green ha sabido filmar como si él fuese un vasco más. Pero que nadie se llame a engaño al respecto, ya que su puesta en escena no contiene ni un ápice de nacionalismo radical. En absoluto: Eugène Green, que es en esencia un hombre del Barroco, está muy por encima de todo eso. A él lo que le ha interesado en Faire la parole ha sido aprehender el alma de un pueblo, más allá de las proclamas políticas, adentrándose en sus raíces y captando los aromas de su acervo folclórico.

Eugène Green

martes, 24 de enero de 2017

Enemy (2013)












Director: Denis Villeneuve
Canadá/España/Francia, 2013, 91 minutos



Un tipo (Jake Gyllenhaal), profesor de Historia universitario, lleva una vida de lo más monótona y repetitiva: las mismas clases, las mismas lecciones dictadas sin apenas convicción, las mismas veladas junto a una novia (Mélanie Laurent) con la que tiene sexo pero nula afectividad... Hasta que un buen día, un compañero de trabajo le recomienda una peli: Where There's a Will, There's a Way ('El que la sigue la consigue'). Y ahí empieza todo... 

¡Y pensar que se trata de una coproducción medio española! ¡Quién lo diría! Escrita por Javier Gullón a partir de la novela El doble de José Saramago, Enemy apunta muchos cabos pero no resuelve ninguno. Con lo cual se amplían hasta el infinito las posibilidades, dando pie a una particular hermenéutica que trae de cabeza a propios y extraños: ¿qué simbolizan las arañas? ¿Son Adam y Anthony dos personas distintas o la misma persona? ¿Tienen algún significado los arándanos?



Esta tarde, en la Sala Laya de la Filmoteca de Catalunya, se han sugerido algunas claves interpretativas. Tanto en la presentación previa como en el posterior coloquio con el público, el psicoanalista José Carlos Palma apuntaba que los arácnidos podrían estar vinculados con la figura materna. De hecho, la tarántula gigante que vemos arrastrarse durante unos instantes entre los rascacielos de Toronto está inspirada en la célebre escultura Maman ('Mamá') de Louise Bourgeois, la misma que puede admirarse en el exterior del Guggenheim de Bilbao. De ser así, ello estaría conectado con la posesiva madre del actor (Isabella Rossellini) o con su esposa embarazada (Sarah Gadon). Aunque también se asemeja mucho a los marcianos de La guerra de los mundos de Spielberg, lo cual abriría una nueva veta completamente distinta en clave de ciencia ficción: ¿acaso Arrival, el último filme dirigido por Villeneuve, no trata de una invasión alienígena? ¿No será la nueva versión de Blade Runner el siguiente de sus proyectos...? ¿Estaríamos en Enemy ante un posible escenario de replicantes o usurpadores de cuerpos? Por ahí todo parece encajar, aunque nada es definitivo.

En todo caso, da la impresión de que Adam se siente realizado al suplantar la figura de Anthony, en cuya vida encuentra alicientes de los que hasta la fecha carecía su propia existencia. Algo que nos lleva a plantearnos cuál de los dos es el que asiste a ese extraño y sofisticado ritual con el que arranca la acción, una especie de celebración orgiástica reservada para un selecto grupo de iniciados y en la que intervienen bellas mujeres desnudas y una tarántula (otra más) que surge del interior de una bandeja de plata. Sea como fuere, dicho ceremonial remite directamente a Eyes Wide Shut de Kubrick e incluso, mucho antes, al Yoshiwara de Metrópolis. Referencias cinéfilas que cabría añadir a otras sugeridas por el público asistente en la sala: Spider (2002), del también canadiense David Cronemberg, o The Scapegoat (Donde el círculo termina, 1959) de Robert Hamer, curiosa cinta, protagonizada por Alec Guinness y Bette Davis, que también abordaba el tema del doble.


domingo, 22 de enero de 2017

¡Aquí hay petróleo! (1956)











Director: Rafael J. Salvia
España, 1956, 83 minutos



En la estela de Bienvenido Mister Marshall (1953), ¡Aquí hay petróleo! mostraba la vida en Castilviejo, un ficticio pueblo castellano que ve alterada su existencia con motivo de la llegada de una compañía prospectora americana: la WILKINS Q. TOWNSED Y MURPHY. Ante la perspectiva de mejorar sensiblemente su nivel de vida, los vecinos de la aldea, a cuál más bruto, no dudarán en constituir por su cuenta una sociedad propia, si bien la diferencia de medios con los estadounidenses es abrumadora.

Al margen de toda consideración de orden cinematográfico, una película como ésta es entrañable: tan entrañable como lo era la España cateta y subdesarrollada que pretendía retratar. Teniendo en cuenta, además, que en ¡Aquí hay petróleo! interviene una generación irrepetible de cómicos, liderada por Manolo Morán (Zoilo), José Luis Ozores (José) y Félix Fernández (don Fausto).

Cierto que no se pasa de la crítica amable de costumbres y vicios nacionales como la gandulería, pero tiene su gracia a la hora de mostrar el atraso de los locales. Como en el caso del partido de béisbol, en el que los "jugadores" del Castilviejo B.B. lograrán imponerse finalmente a los Little Yankees.

Atención a los dorsales: ¡son hojas de calendario!

Hay otros momentos, en cambio, en los que se nota la mano de la censura (o la encendida defensa de los guionistas, que eso no queda muy claro). El más llamativo es el panfleto propagandístico que don Fausto le espeta a la bella ingeniero americana durante una excursión por el campo. Al visitar uno de los pantanos construidos por Franco para luchar contra la "pertinaz sequía", dirá: "Y aquí está el milagro, agua. Son muchos los milagros que como éste gritan desde todos los rincones de España que la sed ha muerto y que con el agua cada día tenemos más cosechas, más fuerza y más riqueza. Cientos de cosas grandes como ésta las hacemos los españoles. Nosotros solos, en un esfuerzo que representa un milagro cada día. Nosotros solos, con nuestra gana."

Parrafada que luego se contradice con el déficit de agua que tradicionalmente viene padeciendo Castilviejo, más falto de H2O que no de petróleo. Y de modernidad... Porque los americanos van a llegar con unos usos y costumbres que chocan con los de aquí: pianola versus tocadiscos, vinacho frente a Coca-Cola, vara de zahorí en oposición a detector de metales... Por no hablar de las muchachas de moral alegre que suscitarán los celos de las recatadas mozas del lugar al embaucar a sus novios. Pero todo es apenas un espejismo y los yanquis se irán en caravana, al son de la música de resonancias chaplinescas del maestro Ruiz de Luna, cuando comprueben que no hay petróleo.


Dame un poco de amooor...! (1968)












Director: José María Forqué
España, 1968, 91 minutos



¿Cómo es posible que una joya como ésta no haya gozado hasta la fecha de una mayor difusión? Pues, probablemente, por lo de siempre: porque en este país nos cuesta valorar lo propio, sobre todo si fue producido durante el franquismo. Pero lo cierto es que, en su género, Dame un poco de amooor...! es una auténtica obra maestra (le pese a quien le pese y digan lo que digan los enterados de turno).

Concebida según el modelo fijado por las películas que Richard Lester o George Dunning filmaron con los Beatles, el protagonismo absoluto es para Los Bravos en su momento de máxima popularidad. Poco importa lo flojo que sea el argumento (en realidad, ello es una premisa inexcusable del subgénero película-al-servicio-de-un-grupo-musical). Que nadie se llame a engaño: aquí lo principal era promocionar la música de Mike Kennedy y su banda. De ahí que ver a Luis Peña haciendo de Chou-Fang (un Fu-Manchú de pacotilla) sea lo de menos. Y lo mismo sirve para Tip y Coll, Álvaro de Luna, Laly Soldevila o Rafaela Aparicio. Lo que cuenta de verdad es la estética pop, las animaciones inspiradas en el universo del cómic a cargo de Francisco Macián y el colorido psicodélico de las actuaciones del quinteto, vestidos de superhéroe o de torero, viajando en un camión de bomberos o ataviados con un kimono en el gimnasio.

Verdaderamente, sería espectacular poder disfrutar de las imágenes y la música de Dame un poco de amooor...! en versión restaurada, aunque de momento nos tendremos que conformar con una copia cutre en DVD (copiada de un VHS...) como la que ha proyectado esta tarde la Filmoteca.


Correspondances (2009)













Título en español: Correspondencias
Director: Eugène Green
Francia, 2009, 39 minutos



Virgile es un joven que se lanza a enviar correos electrónicos a Blanche. Mensajes que, con el tiempo, irán ganando en profundidad y estrechando la relación entre ambos. Modernidad y clasicismo, Eugène Green hace que el muchacho escriba en un ordenador portátil alumbrado por una vela. A lo que cabe añadir su habitual nota humorística: en lugar de Google, el buscador de Virgile se llama Barbare... Y la dirección de Blanche no es de Hotmail, sino de Courrier chaud (y no acaba en punto com, sino en .con: 'gilipollas' en francés).

Con todo, y a pesar de que este tipo de excentricidades tengan algunos detractores, Correspondances logra condensar en apenas cuarenta minutos la esencia de lo que es el cine de su realizador: un Eugène Green que aportaba este episodio al filme colectivo Memories, codirigido por el portugués Pedro Costa y el alemán de ascendencia hindú Harun Farocki.

Les signes (2006)













Título en español: Las señales
Director: Eugène Green
Francia, 2006, 31 minutos



Mini-filme de Eugène Green ambientado en el País Vasco francés. Un poco como en Le tempestaire (1947) de Jean Epstein, el mar es esa criatura tan bella como desapacible que un buen día se tragó al padre de la familia protagonista. Tras cinco años de angustiosa espera, aún siguen aguardando señales, sobre todo la madre. Quizá el misterioso forastero (Mathieu Amalric) que interroga al hijo mayor a orillas de la costa, frente a las aguas encrespadas, sea portador de alguna novedad. O ese extraño rompecabezas en forma de tríptico que contemplan absortos la madre y sus dos hijos, únicamente alumbrados por velas.

Con una contención mayor que en sus largometrajes, Green mantiene las constantes de su cinematografía: música barroca, actores que nos miran directamente a los ojos e interés por la cultura euskera (los más observadores notarán que Samuel, el hijo menor, lee los álbumes de Tintín en vasco). No será ésta, por cierto, la única referencia al personaje de Hergé. De hecho, tanto el realizador como Maitetxu Etchevarria, la escritora en cuyo relato se basa la película, son los dos parroquianos que hojean sus aventuras en la taberna. Y, más adelante, veremos un primer plano de un estante con libros donde las obras de Pascal reposan junto a las historietas del reportero belga: curiosa combinación que revela, una vez más, el peculiar sentido del humor de Eugène Green (capaz de incluir, en los créditos finales, un agradecimiento especial para los perros que no ladraron en ninguna de las tomas de Les signes).

sábado, 21 de enero de 2017

Éternité (2016)













Director: Tran Anh Hung
Francia/Bélgica, 2016, 115 minutos



Sensibilidad asiática al servicio de una saga muy fin de siècle. El vietnamita Tran Anh Hung, célebre por haber dirigido filmes como El olor de la papaya verde (1993) o Tokio Blues (2010), salta de nuevo a la palestra con una historia familiar que ha sido comparada con El árbol de la vida de Terrence Malick. Y ciertamente tienen algún parecido, aunque en el caso de Éternité es la estética, más que la trascendencia, la que posee una significación notable. En efecto: no hay un solo plano en las cerca de dos horas de metraje que no sea un estallido de belleza, con un tratamiento del color que hace pensar en la pintura impresionista de un Renoir, el puntillismo de Pissarro o el plenairismo paisajístico de Claude Monet. El mérito es del taiwanés Ping Bin Lee, un habitual de este tipo de producciones y que ya había destacado por su trabajo en cintas hoy clásicas como Deseando amar (2000) de Wong Kar-Way.

También la música, como no podía ser menos, adquiere un protagonismo destacado, sobre todo si se tiene en cuenta que los personajes apenas hablan: son la voz en off de Tran Nu Yên-Khê y la banda sonora las que llevan el peso del relato. Así pues, al compás de las imágenes irán sonando clásicos como el Arabesco Nº 1 o el "Clair de lune" de la Suite bergamasque de Debussy.

El amor, la vida, la muerte... Los vástagos de Valentine (Audrey Tautou) mantendrán encendida la llama del ciclo vital y pasarán su testigo a las generaciones venideras hasta el infinito, lo cual explica que el director Tran Anh Hung haya querido rebautizar con el título de Éternité la novela de Alice Ferney L'élegance des veuves en la que se inspira.

Carol (2015)












Director: Todd Haynes
EE.UU./Reino Unido/Australia, 2015, 118 minutos



Nominada para seis Óscars, la que de momento es la última película del californiano Todd Haynes se nos antoja una especie de déjà vu. Y ese 'ya visto' se debe a que el mismo director había tratado un tema similar en Lejos del cielo (Far from Heaven, 2002). Ha cambiado a Julianne Moore por Cate Blanchett y una relación entre hombres por otra entre mujeres, pero ambas películas se ambientan en la década de los cincuenta. Por otra parte, lo expuesto en Carol recuerda un poco a otro título de 2002: Las horas (The Hours). E incluso hay un largo trayecto en coche de las dos protagonistas que recuerda vagamente a Thelma & Louise (1991). De modo que, por muy lograda que sea la interpretación de las actrices o la novela de Patricia Highsmith en la que se basa (The Price of Salt), a uno la tan ponderada Carol le ha causado más indiferencia que otra cosa.

Ahora bien: no tan rápido. Algo bueno debe tener cuando ha levantado tanto revuelo. Y, después de pensarlo mejor, se llega a la conclusión de que es la ausencia de morbosidad en el tratamiento del romance entre Carol Aird y Therese Belivet (Rooney Mara) lo que realmente gusta de ella. Sí: porque Haynes acierta a centrarse en el amor que las une, dejando en segundo plano la vertiente más corporal.

La banda sonora de Carter Burwell, con un cierto toque a lo Philip Glass, contribuye a que la balanza se acabe de decantar hacia el aprobado con reservas, a la espera de qué lugar le reserva el futuro a una producción como ésta.

La princesa de los Ursinos (1947)












Director: Luis Lucia
España, 1947, 97 minutos


"¡Láa, la-la-la-lá, la-láaaa!"



No hemos pretendido hacer historia (nombres fechas y recuentos de batallas), sino reflejar el ambiente espiritual de España en un momento del siglo XVIII. 
Luis XIV de Francia, el "Rey Sol", acaba de lograr que su nieto ocupe el trono de España con el título de Felipe V. No se conforma con este triunfo. Quiere más y su ambición le enfrenta con el carácter español indómito, independiente, forjado en siglos de lucha y para quien los Pirineos ni han desaparecido ni desaparecerán jamás. 
Entre realidad y fantasía conoceréis un famoso duelo diplomático cuyas vicisitudes silencia la historia.


*           *           *

1948 fue el año de la llegada a España del pequeño Juan Carlos de Borbón y Borbón, un niño de apenas diez años de edad que, con los años, estaba llamado a ser... amante de Bárbara Rey. Quizá por ello (por su llegada, digo), las autoridades franquistas consideraron oportuno que el público debía comenzar a familiarizarse con la dinastía borbónica y sus inicios en suelo hispánico.

De modo que, manos a la obra, Carlos Blanco escribió el guion y Cifesa puso toneladas de cartón piedra, yeso y pelucas, muchas pelucas con rizos, rulos y demás bagatelas vagamente dieciochescas. Luis Lucia dirigiría el cotarro (con Rovira Beleta de ayudante). Y, tomando como pretexto un personaje histórico, Marie-Anne de La Trémoille, princesa de los Ursinos (París, 1641 – Roma, 5 de diciembre de 1722), fue concebida una superproducción que nada tenía de histórica. Puesto que el objetivo era más bien utilizar el pasado para justificar el presente.

En ese aspecto, los diálogos contienen afirmaciones inequívocamente falangistas. Como cuando el embajador Goncourt (interpretado por José María Lado) dice aquello de: "Hay entre los españoles, por espíritu de raza, un decidido propósito a no dejar que nadie les imponga sus destinos." Lo de "espíritu de raza", por cierto, acabaría sirviendo para rebautizar cierta película de Sáenz de Heredia...

Así que la tal princesa es enviada a Madrid con el objetivo de que Felipe V (Fernando Rey: ¡qué bárbaro, con ese apellido estaba predestinado a hacer o de monarca o de vedette del destape!) no olvide jamás que él es francés y "que los Pirineos desaparezcan efectivamente: que Francia y España formen una sola nación de dos cuerpos." Una sola nación, pero con la capital en Versalles (se entiende). Y, ¿por qué tanta insistencia en ver una amenaza en el país vecino? Pues porque tras el fin de la Segunda Guerra Mundial el régimen de Franco temía la injerencia de las democracias occidentales. De ahí que el concepto de independencia se repita hasta la saciedad.

Ya sólo faltaba el galán cantarín de turno, en este caso Roberto Rey (vaya, hombre: ¡otro bárbaro con apellido de amante palaciego!), para que enamorase a la princesa y le hiciese "comprender España", echando por tierra los planes del pérfido gabacho.




*           *           *

...pero el espíritu de Luis Carvajal, valor y audacia al servicio de la independencia patria, no ha muerto. ¡Vive!... Y vivirá siempre en el corazón de los españoles.

viernes, 20 de enero de 2017

El puente de las Artes (2004)













Título original: Le pont des Arts
Director: Eugène Green
Francia, 2004, 126 minutos



¡Más Green! La entrega de hoy nos traslada a un París a orillas del Sena en el que los personajes (puro intelecto) disfrutan con la música de Monteverdi y se extasían con los sonetos de Miguel Ángel. Y, sin embargo, se trata de un filme muy Nouvelle vague, con ese amor más poderoso que la muerte entre Pascal (Adrien Michaux) y la cantante Sarah (Natacha Régnier) que tanto recuerda a las películas de Truffaut. De hecho es él quien le da un aire a Jean-Pierre Léaud.



Aun así, el realizador francobárbaro no puede evitar las continuas referencias culturalistas, que generalmente remiten a la Edad Media o al Barroco: algunas, las de tipo musical, son fácilmente reconocibles. Otras, en cambio, son muchos más sutiles. Como el personaje interpretado por Denis Podalydès: Guigui, alias el Innombrable. A primera vista se diría que nos hallamos ante la versión erudita del profesor de jazz que, una década más tarde, le tocará padecer al baterista de Whiplash (2014). Pero no: se trata de algo mucho más profundo. La clave nos la aporta esa extraña onomatopeya que profiere continuamente: "¡Eu!, ¡Eu!" La misma que Santa Hildegarda (Hildegard von Bingen) atribuía al diablo a mediados del siglo XII en su Ordo Virtutum, drama litúrgico sobre la lucha del alma entre las virtudes y el maligno.



Plano contra plano; actores que miran fijamente a cámara... El estilo de Eugène Green es el propio de alguien que llegó tardíamente al cine procedente del mundo del teatro y la literatura: tenía 54 años cuando debutó en la dirección en 2001. Sus referentes son, por tanto, muy distintos de los habituales en el cine contemporáneo (tan poco dado, por otra parte, a los arrebatos espirituales), pero, por ello mismo, deberían hacer las delicias de cualquier alma sensible que se atreva a asomarse a su filmografía.


HH, Hitler en Hollywood (2010)












Título original: HH, Hitler à Hollywood
Director: Frédéric Sojcher
Bélgica/Francia, 2010, 85 minutos



Que un documental sea a la vez una obra de ficción es, en principio, algo tan chocante como que Adolf Hitler hubiese tenido alguna vinculación con la meca del cine. En realidad, ni lo uno ni lo otro es lo más relevante en HH, Hitler à Hollywood, porque la parodia del periodismo de investigación y de las películas de James Bond que se lleva a cabo en este mockumentary sólo es un pretexto para hablar de lo que representó en su momento el cine europeo y de cómo los americanos llegarían a controlar el mercado internacional. 

Son, al respecto, tremendamente reveladoras las palabras del cineasta Andrei Konchalovski: no hay libertad de elección en el sector audiovisual por más que nos sometan a un bombardeo continuo de imágenes carentes de contenido. La prueba está en que si en el cine de una pequeña aldea italiana sólo proyectan dos películas, lo más probable es que ambas sean estadounidenses. Igualmente interesantes son las reflexiones de Theo Angelopoulos o de Wim Wenders, así como la aparición sorpresa, tras los títulos de crédito finales, del centenario Manoel de Oliveira, a quien va dedicado el filme.



El resto de la trama es tan simpático como intrascendente, con esos actores en radiante color que contrastan con la grisura del entorno. Recurso, este último, que se ha venido explotando desde El mago de Oz de Victor Fleming hasta la recentísima Frantz de François Ozon.

En cuanto a las inverosímiles pesquisas de Maria de Medeiros en pos de un olvidado realizador llamado Louis Aramcheck, así como la búsqueda en archivos de toda Europa de sus películas Je ne vous aime pas y la que da título a esta cinta del belga Frédéric Sojcher, bien empleadas están si han servido para recuperar la memoria de la actriz Micheline Presle, célebre en su día por haber participado en clásicos como Le diable au corps (1947) de Claude Autant-Lara.


jueves, 19 de enero de 2017

Le monde vivant (2003)












Título en español: El mundo vivo
Director: Eugène Green
Francia/Bélgica, 2003, 75 minutos



De nuevo Eugène Green y de nuevo producido por los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne. En la presentación y posterior coloquio de esta tarde en la Filmoteca de Catalunya, el cineasta ha vuelto a insistir en algunas de las premisas que ya apuntara ayer, como esa obsesión, rayana en lo enfermizo, de declararse oriundo de Barbaria y no de Estados Unidos. Hasta tal punto llega su fijación que prefiere hablar de noche bárbara en lugar de usar el término noche americana (técnica utilizada para simular una ambientación nocturna en una escena rodada a la luz del día). Quizá llevado por la misma tirria, al preguntarle una espectadora a propósito de cuáles son los cineastas vivos que más le interesan, se enfrasca en una lista interminable que incluye a directores de todo el mundo (entre ellos los españoles José Luis Guerín y Oliver Laxe), pero a ningún estadounidense. ¿Significa tal omisión que Jim Jarmusch, por citar un ejemplo incontournable, es para Green otro bárbaro? Bueno... Sentido del humor no le falta al hombre, como ya quedó patente en nuestra anterior entrada.

En el terreno estrictamente cinematográfico, Le monde vivant ya mostraba algunos de los procedimientos habituales en la posterior filmografía de Green (recitado del texto mirando a cámara, largos silencios, predominio de lo espiritual por encima de la material y, por ende, de la parole por encima de los mots...), sólo que en esta ocasión sus referentes son más medievales que barrocos. Así pues, la acción, aunque actual, se sitúa en los dominios de un ogro vociferante que ha secuestrado a un par de niños, los cuales deberán ser rescatados por dos caballeros andantes en tejanos que cuentan con la complicidad de la esposa vegetariana del inhumano monstruo.



Tras la proyección, Esteve Riambau ha sondeado al realizador a propósito del ascendiente que la obra de Bertolt Brecht haya podido ejercer sobre su modo de filmar. Algo a lo que Green se muestra aquiescente, concediendo que su película se beneficia de una cierta teatralidad que tiene por objeto hacer creíble el argumento sin recurrir a mayores artificios. Y pone varios ejemplos: al ogro no lo vemos nunca íntegramente sino que apenas se muestran partes de su cuerpo (los pies, la espalda...), puesto que enseñándolo al completo se restaría verosimilitud y se caería en el ridículo. Otro tanto ocurre con el león que acompaña a uno de los caballeros: por más que en pantalla veamos un perro, basta con llamarlo león para que automáticamente se obre el milagro en nuestra imaginación a través del poder evocador de la palabra.

Le monde vivant se rodó en el departamento de Pyrénées-Atlantiques (nombre que, en palabras de Green, "la Sacrosanta República Francesa da al País Vasco francés"), ya que sus bosques y zonas montañosas, además de ofrecerle las localizaciones idóneas para la historia que quería contar, representaban una buena oportunidad para rendir homenaje a una región que admira: en ella transcurre la trama de dos de sus novelas e incluso proyecta rodar un filme en euskera. Y Riambau, a quien le ha llegado el rumor de que tal vez el realizador haga lo propio en catalán, le pide a Green que, de ser así, el estreno tenga lugar en la Filmoteca.


miércoles, 18 de enero de 2017

El hijo de José (2016)












Título original: Le fils de Joseph
Director: Eugène Green
Francia/Bélgica, 2016, 115 minutos

El hijo de José (2016)

Dice Eugène Green que él no nació en Estados Unidos sino en Barbaria, al tiempo que anuncia una oleada de barbarización a escala planetaria. Lo ha dicho esta tarde/noche en la Filmoteca de Catalunya durante la presentación del ciclo Eugène Green: el cineasta barroco. Y, acompañándolo, la actriz Maria de Medeiros, de quien Esteve Riambau ha señalado medio en broma que han adoptado estos últimos días, dado lo mucho que se prodiga últimamente por allí (y todavía tiene que volver otra vez para presentar Airbag).

Justo antes de comenzar la proyección de la recién estrenada Le fils de Joseph, Green se dirige a la concurrencia haciendo gala de su sentido del humor: "Mi cine es muy peculiar, por eso no me molestaré si en mitad de la película se levantan ustedes y se marchan: ya estoy acostumbrado." Esto último, por suerte, no llega a suceder (el público de la Filmo sabe lo que se hace...), pero sí que es bastante palpable la primera parte de su afirmación: mirando directamente a cámara, valiéndose del plano contra plano en muchos diálogos, Green obliga a los actores a recitar el texto como lo hubieran hecho los personajes de Corneille o de Racine. Dicha frontalidad ha llevado a Esteve Riambau a decir que el suyo es un cine de la parole, lo que en francés vendría a ser el uso concreto de la lengua.

Texto del que los intérpretes, por cierto, no tienen permitido cambiar ni una coma. Maria de Medeiros bromea al respecto: "Sólo me atreví a sugerirle una pequeña adición una vez... ¡y se lo comenté con tres semanas de antelación!" La frase, todo sea dicho, se mantuvo en el montaje final: es aquella, pronunciada en plena embriaguez durante una fiesta, en la que Violette Tréfouille, la extravagante crítica literaria interpretada por Medeiros, habla de Marcel Proust como si aún viviese y afirma "que últimamente ya no es el que solía".



Viendo El hijo de José es fácil que nos vengan al pensamiento los nombres de Manoel de Oliveira o de Robert Bresson. A requerimiento de un espectador, Green admite la influencia del cineasta francés, si bien en Bresson no hay sentido del humor. Es curioso, al respecto, cómo Green pone en boca del personaje de Vincent (Victor Ezenfis) determinados chistes lingüísticos que bien podrían pasar por enigmàrius de los que Màrius Serra propone a sus oyentes de Catalunya Ràdio. De hecho, nos regala otro, en vivo y en directo, a los presentes en la Sala Chomón, al traducir cocktail por "cola de gallo".

De todos modos, si algo transmite Le fils de Joseph es espiritualidad (que no misticismo). Más aún: Maria de Medeiros ha hablado de étonnement ('asombro', 'estupefacción'). Esos silencios, junto con lo cuidado del sonido ambiente, son el mejor aliado para tratar una historia de resonancias bíblicas que Eugène Green ha querido relacionar con los nuevos modelos de familia. En ese sentido, el filme vendría a demostrar que la verdadera paternidad tiene poco que ver con la genética y mucho con el afecto. Por eso Vincent decide vengarse de su padre biológico, el editor Oscar Pormenor (Mathieu Amalric), y enseguida se siente atraído por Joseph (el belga Fabrizio Rongione), sin saber que, en realidad, este último es su tío. Claro que, si Vincent, hijo de Joseph y de Marie (Natacha Régnier), el mismo que mortifica a la rata Gargantúa, el mismo que sufre de manía persecutoria hacia Pormenor, el mismo que en determinados momentos parece un personaje de Haneke, debe ser equiparado con Jesús... Entonces se abren un montón de inquietantes posibilidades que nos llevan a pensar cuánto tardarán las fuerzas reaccionarias (la barbarie que tanto detesta Green) en acusarlo de blasfemo. El tiempo lo dirá.