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martes, 11 de junio de 2024

La última sesión de Freud (2023)




Título original: Freud's Last Session
Director: Matt Brown
Irlanda/Reino Unido/EE.UU., 2023, 108 minutos

La última sesión de Freud (2023) de Matt Brown


Como ya sabemos, hay muchos caminos que pueden llevar a la felicidad, en la medida en que es accesible al hombre, mas ninguno que permita alcanzarla con seguridad. Tampoco la religión puede cumplir sus promesas, pues el creyente, obligado a invocar en última instancia los "inescrutables designios" de Dios, confiesa con ello que en el sufrimiento sólo le quedan la sumisión incondicional como último consuelo y fuente de goce. Y si desde el principio ya estaba dispuesto a aceptarla, bien podría haberse ahorrado todo ese largo rodeo.

Sigmund Freud
El malestar en la cultura (1930)
Traducción de Ramón Rey Ardid

Parece casi de obligado cumplimiento, como si la figura de Sigmund Freud no tuviese suficiente peso por sí misma, la extraña premisa de que en cualquier película dedicada al insigne psicoanalista deba oponérsele algún otro contrincante que cuestione o rebata sus controvertidas teorías. Así pues, si en Freud (1962) John Huston se hacía eco de las desavenencias a propósito de la histeria entre el vienés y su en principio colaborador Joseph Breuer, la muy posterior Un método peligroso (2011) enfrentaba al autor de La interpretación de los sueños con el joven y arrogante Carl Gustav Jung.

Para no perder la costumbre, Freud's Last Session (2023) plantea el hipotético encuentro entre un moribundo anciano enfermo de cáncer, refugiado en Londres, para más inri, tras la anexión al Tercer Reich de su Austria natal, y el apologista cristiano C. S. Lewis (Matthew Goode), célebre, entre otras cosas, por haber escrito Las crónicas de Narnia. Ni que decir tiene que del debate entre ambos surgen muy diversas y sustanciosas diferencias, la mayoría motivadas por el cinismo del primero en materia religiosa y la afición del otro, al igual que su colega Tolkien, a practicar el proselitismo en los ambientes universitarios británicos.



Aparte de los típicos asuntos que forman el corpus de las teorías freudianas (el odio al padre, la atracción física hacia la madre de un amigo muerto en el frente...), lo cierto es que a lo largo de la trama irán quedando al descubierto las debilidades de ambos protagonistas hasta conformar el retrato exacto de dos hombres aquejados, a pesar de su innegable superioridad intelectual, por múltiples complejos y prejuicios. Que en el caso de Freud giran en torno a la dolorosa aceptación de la homosexualidad de su hija Anna (Liv Lisa Fries).

Acostumbrado a meterse en la piel de grandes celebridades, como ya hiciera en el pasado encarnando a personalidades de la talla de Picasso, Hitchcock o Nixon, el veterano Anthony Hopkins se muestra una vez más convincente en su cometido al captar las distintas facetas de un personaje (a veces familiar, a veces cascarrabias, pero siempre certero en su visión del mundo) al que, sin embargo, decrépito y vulnerable en su ámbito doméstico, una simple prótesis dental mal ajustada ("El Monstruo") le hará sufrir horrorosamente durante los últimos días de su azarosa existencia.



domingo, 9 de junio de 2024

Un método peligroso (2011)




Título original: A Dangerous Method
Director: David Cronenberg
Reino Unido/Alemania/Canadá/EE.UU./Suiza, 2011, 100 minutos

Un método peligroso (2011) de David Cronenberg


Llegado al término de estas lecciones, quiero hacer constar, sin que ello constituya un mero artificio oratorio, que reconozco y lamento todos los defectos y las lagunas de mi exposición. […] De todos modos habéis de tener en cuenta que la materia cuya exposición he emprendido ante vosotros se halla aún en pleno desarrollo y que, por tanto, su exposición ha de resultar, como ella, incompleta.

Sigmund Freud
Introducción al psicoanálisis
Traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres

Aparte de una cuidada fotografía que remite a las tonalidades propias de la pintura decimonónica, el otro rasgo que llama de inmediato la atención en la puesta en escena de A Dangerous Method (2011) es quizás la contención de las actuaciones. Así pues, los intérpretes adoptan una parsimonia que conecta de pleno con la sofisticación un tanto aristocrática de aquella Viena finisecular donde nació una nueva disciplina científica que estaba llamada a dinamitar los prejuicios de la moral burguesa.

Es en ese contexto, cuando Freud (Viggo Mortensen) ya goza de una posición consolidada como padre del psicoanálisis, que emerge la figura del joven Jung (Michael Fassbender). De hecho, el guion de la película, basado en una pieza teatral de Christopher Hampton y el libro de John Kerr, hace que el protagonismo recaiga más sobre el discípulo que sobre el maestro, quienes forman un curioso triángulo cuyo vértice sería una paciente, Sabina Spielrein (Keira Knightley), que con el tiempo llegará a ser amante de Jung y después incluso eminente psicoanalista ella misma.



Independientemente de que los hechos descritos sean verídicos, lo cierto es que el planteamiento de David Cronenberg se queda a medio camino entre la reconstrucción histórica y el carácter transgresor de otros trabajos anteriores del cineasta canadiense. Por eso las escenas de contenido masoquista entre Jung y frau Spielrein pudieran parecer forzadas cuando no ridículas, considerando además las exageradas muecas con las que la actriz adorna a su personaje a la hora de evidenciar que la joven padece algún tipo de trastorno histérico.

No obstante, y si bien a nivel argumental se abusa de los saltos temporales o no acaba de quedar del todo clara la relevancia de algunos personajes, como el de Vincent Cassel, lo cierto es que la impecable dirección artística, ya se trate de las localizaciones o el vestuario, está muy por encima del resto. También la banda sonora de Howard Shore, una partitura de resonancias minimalistas que sirve de marco perfecto para las disquisiciones de los protagonistas. Por ejemplo cuando Freud le confiesa a Jung que, como Colón o Galileo, él sólo ha abierto una puerta, aunque sin saber muy bien a dónde conduce.



sábado, 8 de junio de 2024

Freud, pasión secreta (1962)




Título original: Freud
Director: John Huston
EE.UU., 1962, 140 minutos

Freud, pasión secreta (1962) de John Huston


Mi intención no es más que la de presentar claramente, desde diversos puntos de vista, una cuestión nueva, nunca expuesta hasta ahora, y por este motivo me habré de permitir la libertad de continuar en páginas posteriores tales comparaciones, a pesar de su reconocida imperfección.

Sigmund Freud
Estudios sobre la histeria (1895)
Traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres

Tres son los pensadores, nos dice la voz en off del propio John Huston al inicio de Freud (1962), que con sus teorías revolucionarias hicieron añicos la vanidad humana: Copérnico, Darwin y, por último, el médico vienés y padre del psicoanálisis (1856-1939). Así de contundente se muestra el director de este atípico biopic, academicista y un tanto plúmbeo, cuyo guion fue inicialmente escrito por el mismísimo Jean-Paul Sartre (ahí es nada), si bien después de múltiples retoques y desavenencias el nombre de este último quedaría fuera de los créditos oficiales.

El caso es que para el papel principal se eligió a un Montgomery Clift frágil y aquejado por diversos problemas de salud que, a diferencia de su experiencia previa en el rodaje de The Misfits (1961), donde Huston se habría mostrado más bien paternalista con él, tuvo que soportar ahora las iras (y aun el sadismo, según algunas fuentes) de un cineasta obsesionado con recalcarle continuamente su homosexualidad reprimida.



De todos modos, la interpretación del actor resulta más que convincente, quizá gracias a esa mirada perdida, fruto de un carácter atormentado por innumerables factores, entre ellos (aparte del alcoholismo y su ya mencionada orientación sexual) el aparatoso accidente de tráfico que tiempo atrás le había desfigurado por completo el rostro. Probablemente, nadie en Hollywood era el más indicado en aquel entonces para meterse en la piel de un personaje tan íntimamente ligado a la psicología moderna y al propio concepto de Inconsciente.

Filmada en elegante blanco y negro (con la figura del protagonista insistentemente encuadrada en ángulo contrapicado), la cinta combina el clasicismo de su puesta en escena con secuencias de carácter onírico en las que se representan los sueños y demás traumas de una sociedad burguesa, cargada de prejuicios retrógrados y, por ende, incapaz de asumir la trascendencia de las teorías freudianas. A este respecto, son especialmente memorables los episodios en los que Freud recibe los abucheos de sus propios colegas, así como la tensa relación entre el neurólogo y su colaborador, el doctor Breuer (Larry Parks).



jueves, 5 de marzo de 2020

Perseguido (1947)




Título original: Pursued
Director: Raoul Walsh
EE.UU., 1947, 101 minutos

Perseguido (1947) de Raoul Walsh


En Más allá del principio de placer, obra cumbre del psicoanálisis y de cuya publicación se conmemora precisamente este año el centenario, Freud exponía una serie de elementos con los que superar lo que hasta aquel entonces había sido el primer estadio de su propia teoría. Planteamiento revolucionario por la importancia que confería a la pulsión de muerte como motor de no pocas conductas humanas.

Y qué mejor escenario para dar rienda suelta a dichas pasiones que el lejano Oeste. Del análisis atento de un wéstern con ribetes de cine negro como Pursued (1947) se desprende que su guionista, Niven Busch, debía de ser un lector voraz del corpus freudiano, teniendo en cuenta la atormentada psique de sus personajes: hermanastros que lo mismo se odian que se aman y una madre adoptiva que tiene mucho de Electra.



Narrada a base de flashbacks, el trauma del protagonista tuvo su origen en la más tierna infancia, momento en el que el niño se vería trágicamente arrancado de un entorno familiar a cuyas ruinas evocadoras regresa al cabo de muchos años. En el ínterin, Jeb (Robert Mitchum) habrá tenido tiempo de ser héroe de guerra en Cuba, donde resulta gravemente herido en una pierna por las balas españolas, y renunciar luego a la gloria, ya de regreso en su hogar de Nuevo Méjico.

Detalles en los que, de haber sido más inteligentes, podrían haber reparado los censores macarthistas durante la caza de brujas y que demuestran hasta qué punto los entresijos de una trama tan retorcida (visualmente subrayada por la profundidad de campo de la esplendorosa fotografía en blanco y negro de James Wong Howe) conectan de pleno con una crítica velada de los valores más rancios del patriotismo yanqui.


sábado, 30 de junio de 2018

Tres mujeres (1952)




Título original: Kvinnors väntan
Director: Ingmar Bergman
Suecia, 1952, 107 minutos

Tres mujeres (1952) de Ingmar Bergman


La urdimbre episódica de Tres mujeres esconde una de las historias más profundamente freudianas de las concebidas por la siempre tortuosa mente del sueco Ingmar Bergman. Una película en la que se habla abiertamente de sexo, adulterio y otras pasiones inconfesables aprovechando la estancia de cuatro mujeres, casadas con cuatro hermanos, en la apacible residencia estival donde la familia se dispone a pasar sus vacaciones. Así pues, y mientras las cuatro cuñadas esperan la inminente llegada de los maridos, se irán contando historias, a cuál más íntima, sobre sus respectivos matrimonios, si bien una de ellas declinará la oferta, lo cual explica el título elegido por el director.



La ventaja de una estructura tan peculiar es que permite alternar momentos de intenso drama, como el episodio en el que Marta (Maj-Britt Nilsson), a consecuencia de su relación con un pintor de la bohemia parisina, se queda embarazada, con la cómica y accidentada crónica de lo acontecido entre Karin (interpretada por la actriz, y posteriormente escritora, Eva Dahlbeck) y su esposo en el interior del ascensor en el que se quedan encerrados tras una solemne recepción con el príncipe heredero y demás miembros eminentes de la aristocracia sueca.



Bergman, consumado maestro a la hora de manejar los tiempos dentro de una tan compleja red de confidencias, plantea la primera de dichas situaciones con semejante alarde de sutileza que nos hará creer, hasta el último segundo, que Marta, tras haber rechazado a un oficial americano que pretendía casarse con ella, acude a la clínica con la intención de abortar, cuando, en realidad, está a punto de dar a luz. En la segunda, en cambio, opta por una ironía rayana en el sarcasmo para "desnudar" a una pareja, habituada a ignorarse valiéndose de la hipocresía de los convencionalismos sociales y forzada a abandonar esa zona de confort en la estrechez de la cabina que se ven obligados a compartir durante unas horas.



Como ya sucediera con el relato de Rakel (Anita Björk), marcado por la tensión sexual no resuelta entre ésta y un amigo de la infancia con el que acabará engañando a su marido, en los restantes casos expuestos quien sale mejor parada es invariablemente la mujer, vista no ya como un ser sumiso a la voluntad masculina, sino como alguien capaz de tomar las riendas de su vida. En ese aspecto, adquiere una importancia notable el hecho de que la joven Maj (Gerd Andersson) decida fugarse con su novio tras haber escuchado el testimonio de las demás: con apenas diecisiete años, tal y como señala el comentario mordaz de uno de los hombres de la casa, ella cree que actuando así está haciendo algo prohibido, cuando lo más probable es que no tarde en regresar al redil.


jueves, 15 de febrero de 2018

Él (1953)




Director: Luis Buñuel
Méjico, 1953, 92 minutos

Él (1953) de Luis Buñuel


En este momento de la conversación, oímos el arrastrarse de unos pasos sobre el parquet. Me volví. Hitchcock entraba en la sala, todo rechoncho y sonrosado, y se dirigía hacia mí con los brazos extendidos. Tampoco le conocía personalmente, pero sabía que en varias ocasiones había cantado públicamente mis alabanzas. Se sentó junto a mí y, luego, exigió estar a mi izquierda durante la comida. Con un brazo pasado sobre mis hombros, casi echado sobre mí, no cesaba de hablar de su bodega, de su régimen (comía muy poco) y, sobre todo, de la pierna cortada de Tristana: «¡Ah, esa pierna...!»

Luis Buñuel
Mi último suspiro (Memorias)
Traducción de Ana María de la Fuente
Página 190, Plaza & Janés, Barcelona, 1982

Los aficionados al cine de Hitchcock reconocerán en Él más de un elemento que, cinco años después, el mago del suspense reutilizaría para la confección de Vértigo (1958), siendo, quizá, la escena del campanario la más obvia. Con la salvedad, huelga decirlo, de que el universo buñueliano, siempre en deuda con el surrealismo, las teorías psicoanalíticas y la iconoclasia más irreverente, adquiere una magnitud de una profundidad bastante superior.



Se abre la película, rodada en apenas tres semanas durante el período mejicano del genio de Calanda, con una escena en la que vemos a un sacerdote lavando los pies de un parroquiano con motivo de la celebración del Jueves Santo. Lo cual representa un ejemplo más de ese fetichismo tan habitual en su filmografía (baste recordar aquel momento de Viridiana en el que Fernando Rey, vestido de novia, se prueba unos zapatos blancos de tacón).



Y así, los celos y el delirio paranoico del protagonista irán creciendo hasta desembocar en una manía persecutoria que casi termina con la vida de su mujer. En ese sentido, el de Francisco (Arturo de Córdova) y Gloria (la argentina Delia Garcés) viene a ser uno de aquellos casos de amour fou que la literatura freudiana recoge en repetidas ocasiones. Agravado, en el caso de la esposa, por el hecho de que ni su propia madre ni el Padre Velasco (Carlos Martínez Baena) creen el relato de las continuas vejaciones a las que se ve sometida, en lo que supone un ejemplo más de la crueldad un tanto sádica tantas veces ilustrada por el cineasta en no pocos títulos de su extensa filmografía.



La tragedia personal de Francisco es que se acaba creyendo el centro de una conspiración planetaria en la que no queda ser viviente que no se burle de él: dilema de graves consecuencias que hará que sus familiares lo acaben internando en un convento franciscano en Colombia adonde, en el inquietante plano final, lo vemos haciendo eses a lo largo del camino que lo lleva hacia el refectorio. Irónico desenlace para un filme en el que Buñuel insiste, una vez más, en la falta de confianza en la condición humana para redimirse de las obsesiones que la acechan. Como dijo Lacan: "El único hombre verdaderamente libre es el paranoico".



domingo, 24 de mayo de 2015

Elemental, Dr. Freud (1976)




Título original: The Seven-Per-Cent Solution
Director: Herbert Ross
Reino Unido/EE.UU., 1976, 113 minutos
Elemental, Dr. Freud (1976) de Herbert Ross


El novelista (y más tarde director de cine) Nicholas Meyer tuvo la genial ocurrencia de reunir en una novela a Sherlock Holmes y a Sigmund Freud: siendo adicto Holmes a la cocaína y obsesionado por la manía persecutoria contra el profesor Moriarty (interpretado en un fugaz papel nada menos que por Laurence Olivier), su inseparable doctor Watson (Robert Duvall) no tendrá más remedio que llevar al detective privado hasta Viena para someterlo al método psicoanalítico. Una vez allí, además de poner en orden su subconsciente, tendrá tiempo para resolver el enigma del secuestro de la bella cantante Lola Deveraux (Vanessa Redgrave).

De izquierda a derecha: Alan Arkin (Freud),
Nicol Williamson (Holmes) y Robert Duvall (Watson)


La dirección estuvo a cargo del veterano Herbert Ross (1927-2001), quien le dio a la historia un aire más de comedia que no de película de misterio. Así pues, los ya clásicos personajes creados por Sir Arthur Conan Doyle parecen más bien caricaturas de sí mismos.
Por cierto que el título original del filme (The Seven-Per-Cent Solution) hace referencia a la droga de la que Sherlock Holmes suele abusar: de ordinario se inyecta una mezcla formada por un 7% de cocaína y un 93% de solución salina.

Laurence Olivier caracterizado como Profesor Moriarty

Entre las escenas más logradas de Elemental, Doctor Freud, resulta memorable la persecución en tren que llevan a cabo los protagonistas en pos del pérfido Barón Karl von Leinsdorf (Jeremy Kemp): para aligerar peso y quemar combustible van arrancando los listones de madera de las paredes hasta quedarse prácticamente al aire.
En cuanto a la banda sonora, estaba previsto que la compusiera Bernard Herrmann. Pero habiendo fallecido éste poco antes, finalmente sería John Addison el encargado de la partitura.