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domingo, 4 de agosto de 2024

Splendor (1989)




Director: Ettore Scola
Italia/Francia, 1989, 115 minutos

Splendor (1989) de Ettore Scola


Resulta difícil para cualquier amante del séptimo arte enfrentarse a un filme como Splendor (1989) sin que se le remuevan las entrañas. La historia de una sala, en una pequeña localidad italiana de provincias, cuyas vicisitudes discurren en paralelo a la propia biografía de su dueño, un individuo un tanto quijotesco, de nombre Jordan (Marcello Mastroianni), que heredó el negocio de su padre y que se resiste a rendirse ante la evidencia de que la gente ya no acude en masa al cine como en los viejos tiempos. Claro que no está solo en semejante aventura: le acompañan dos cómplices de lealtad inquebrantable. 

Por una parte, Luigi (interpretado por un genial Massimo Troisi) responde al perfil de cinéfilo empedernido, tan obsesivo como entusiasta. Un tipo que empezó a ir a ver películas porque le gustaba la acomodadora, pero que a base de insistencia no sólo acaba de proyeccionista, sino que incorpora a su jerga cotidiana montones de frases y hasta diálogos enteros que ha escuchado infinidad de veces en la pantalla. En cambio, Chantal (Marina Vlady) tiene enamorado a medio vecindario y no son pocos, como en un principio el ya mencionado Luigi o el venerable señor Paolo, el librero, quienes acuden diariamente al Splendor sólo por verla a ella. El caso es que los tres forman un equipo incansable, casi una familia.



Son muchos los saltos temporales a lo largo de la cinta, ora en color, ora en blanco y negro, abarcando un lapso de más de medio siglo que va desde el período mudo, cuando las proyecciones tenían lugar al aire libre sobre una sábana, hasta un triste presente, dominado por la oferta televisiva, en el que apenas tres o cuatro espectadores se dan cita en la sala desierta de un cine a punto de cerrar definitivamente sus puertas. Ni que decir tiene, y ello es uno de los aciertos de la puesta en escena de Ettore Scola, que las múltiples referencias, guiños, alusiones o simplemente fragmentos cinematográficos que se incluyen facilitan en todo momento datar con exactitud en qué período histórico se sitúa la acción.

Llegados al desenlace, una hermosa alegoría que conecta de pleno con el final de ¡Qué bello es vivir! (It's a Wonderful Life, 1946), cabe preguntarse por enésima vez cuál será el futuro del cine. El caso es que la cinta de Scola se estrenó a finales de los ochenta y ya planteaba un panorama bastante desalentador. Sin embargo, aquí estamos en pleno siglo XXI y, ¡milagro!, todavía quedan salas. Cada vez menos, es cierto, pero resistir es vencer y, aunque las plataformas constituyan ahora el nuevo enemigo, siempre queda lugar para la esperanza. Así debe entenderse, y no de otra forma, el mensaje de un filme bellísimo, todo un homenaje o declaración de amor a la época dorada del celuloide, a pesar de que en determinadas ocasiones, como le ocurre al crítico amigo de Jordan ("el dónde y el cuándo", "el cómo y el porqué"), nos aqueje súbitamente el desánimo y nos dé por afirmar, como él, aquello de "yo, desde hace algún tiempo, tengo la impresión de no entender nada, de pertenecer a una raza en vías de extinción".



jueves, 9 de julio de 2020

Dos o tres cosas que sé de ella (1967)




Título original: 2 ou 3 choses que je sais d'elle...
Director: Jean-Luc Godard
Francia, 1967, 87 minutos

Dos o tres cosas que sé de ella (1967)
de Jean-Luc Godard

Una película susurrada por la voz en off del propio director (el recurso, aunque sin musitar las palabras, ya lo había utilizado en Bande à part), dedicada a un ama de casa aburrida que accederá a prostituirse ocasionalmente con tal de ahorrar dinero y, de paso, huir de la monotonía. Otro collage. Otro film-encuesta. Otro alegato contra el capitalismo salvaje y la alienación del individuo en las "confortables" sociedades urbanas.

Se dice que Godard, inmerso en uno de sus momentos de mayor efervescencia creativa, rodó 2 ou 3 choses que je sais d'elle... al mismo tiempo que Made in U.S.A. (1966). A fin de cuentas, lo único que diferencia entre sí la mayor parte de cintas de aquel período es su título, considerando el sobrio sistema de trabajo en cadena (sin guion, sin decorados, con luz natural, sonido directo y cámara al hombro) del que sistemáticamente se sirvió el cineasta en todas ellas.

« Si, par hasard, vous n'avez pas de quoi acheter du LSD,
achetez donc la télévision en couleurs... »

En realidad, el pronombre femenino elle no sólo alude al personaje central (interpretado por Marina Vlady), sino que se refiere también a la región parisina, con sus mastodónticas barriadas de bloques de pisos y un entorno inhóspitamente frío cuya arquitectura deshumanizada y ultramoderna conectaría de pleno con la mostrada aquel mismo año por Tati en Playtime (1967).

Sin embargo, y a diferencia del humor amable que desprenden las andanzas de Monsieur Hulot, la visión del siempre lúcido Godard, mucho más crítica (fruto de una profunda reflexión intelectual), transmite un hondo pesimismo pese al colorido despampanante de sus imágenes. Tonalidades en las que, por cierto, predominan los colores de la bandera francesa, como si se quisiera dar a entender que el triunfo del American way of life y el consiguiente consumismo desatado por éste conllevan la amnesia colectiva frente a las injusticias del mundo: el desgaste de las esencias jacobinas de la República, diluidas (en una audaz metáfora visual) bajo el efecto de la amplia gama de productos de limpieza que se muestran en el plano que cierra la película.


viernes, 11 de octubre de 2019

Una muchacha en el escaparate (1961)




Título original: La ragazza in vetrina
Director: Luciano Emmer
Italia/Francia, 1961, 90 minutos

Una muchacha en el escaparate (1961)
de Luciano Emmer


Un instante de esplendor en la existencia gris de dos mineros italianos y un par de prostitutas del Barrio Rojo de Ámsterdam: con semejante planteamiento, el guion de La ragazza in vetrina, en el que colaboró Pasolini, estaba predestinado a sufrir los tijeretazos de una censura tan obtusa como estricta en materia de moral. Y así fue, motivando que su director, el milanés Luciano Emmer (1918–2009) se apartara durante años del cine de ficción.

La primera escena, con una estación de ferrocarril en cuyo andén se bajan unos emigrantes de los de maleta atada con una cuerda, hace pensar instantáneamente en títulos de la misma época como Rocco e i suoi fratelli (1960) de Visconti o La ragazza con la valigia (1961) de Zurlini. Filmes de fuerte contenido social en los que la denuncia de la miseria iba de la mano con un cierto realismo poético que es, al fin y al cabo, lo que las acabaría convirtiendo en obras maestras indiscutibles.



Uno de los méritos de la película que nos ocupa fue, sin duda, la profundidad psicológica de sus personajes: seres marginales, pero que no pierden la esperanza de mejorar sus duras condiciones de vida. Es por ello que, tras sobrevivir a un grave accidente en la mina, tanto Federico (Lino Ventura) como Vincenzo (Bernard Fresson) intentarán evadirse durante un fin de semana en los brazos de Chanel (Magali Noël) y de Else (Marina Vlady). Miembros de la clase obrera que se divierten dilapidando su escaso salario en alcohol y fulanas y cuyas frustraciones coinciden, en lo esencial, con las expuestas por Karel Reisz en la británica Saturday Night and Sunday Morning (1960).

A medida que avance la acción iremos descubriendo que cada uno de los protagonistas tiene un pasado. Como la bella Else, la familia de la cual murió durante la guerra y que, quizá por ello, se enamora de Vincenzo en busca del afecto que jamás conoció. Federico, a diferencia de su más joven e inexperto compañero de galería, es ya un hombre curtido, vitalista a pesar de la adversidad, mientras que Vincenzo, tal vez más sensible, pero también más iluso, aspira a regresar a Italia en un tren que siempre acaba perdiendo. Al final, cuando los veamos descender en la vagoneta hacia las profundidades de la tierra, algo nos hará sentir que sus destinos ya están marcados.


sábado, 18 de junio de 2016

Que empiece la fiesta (1975)




Título original: Que la fête commence...
Director: Bertrand Tavernier
Francia, 1975, 114 minutos

Que empiece la fiesta (1975) de Bertrand Tavernier


Al margen de su reflexión acerca del poder (tema tan caro a Tavernier desde los inicios de su carrera hasta su último largometraje de ficción, Crónicas diplomáticas, en 2013), si por algo destaca Que la fête commence... es por una extraordinaria recreación del libertinaje dieciochesco. Pero sin moralinas ni tampoco morbosidad alguna: la voluptuosidad que practican los miembros de la corte del regente Felipe II de Orleans es mostrada como algo natural y cotidiano, con la espontaneidad y alegría de vivir que muy probablemente se dieron durante la época histórica que se recrea. En ese sentido, el guion de Jean Aurenche y Bertrand Tavernier renuncia a los efectismos al uso en películas posteriores como Las amistades peligrosas (1988) de Stephen Frears (director nacido, al igual que Tavernier, en 1941). En lugar de ello, prefieren adoptar un tono más en la línea de los filmes históricos de Éric Rohmer o incluso del último Rossellini.

El reparto de Que empiece la fiesta va encabezado por Philippe Noiret, capaz de componer a un humanísimo regente encargado de velar por los destinos de Francia durante la minoría de edad del futuro Luis XV y alejado de los estereotipos al uso; Jean Rochefort es el Abate Dubois, tan ateo como obsesionado por llegar a ser arzobispo y partícipe del mismo desenfreno que su señor; Jean-Pierre Marielle interpreta al excéntrico marqués de Pontcallec, quien será perseguido por pretender convertir la Bretaña en una república independiente. Por último, Nicole Garcia (de la que, casualmente, este fin de semana se estrena su última película: Grandes familias) es La Fillon, joven prostituta que frecuentará la compañía del regente.

El regente (Philippe Noiret) y su mano derecha el Abate Dubois (Jean Rochefort)

Recreación histórica de tintes cómicos, el tono festivo de Que la fête commence... lo aportan escenas como la inicial procesión bretona en la que el sacerdote amenaza con excomulgar a los ratones de una plaga o en los casamientos forzosos de los condenados a ir desterrados a Luisiana.

La banda sonora, por último, la conforman diferentes pasajes de piezas orquestales compuestas por el propio Felipe II de Orleans y que fueron ensambladas para la ocasión por Antoine Duhamel.

La corte en pleno banquete

sábado, 25 de abril de 2015

Campanadas a medianoche (1965)




Título original: Chimes at midnight/Falstaff
Director: Orson Welles
España/Suiza, 1965, 113 minutos

Campanadas a medianoche (1965)
de Orson Welles

Ya en 1939, Orson Welles llevó a cabo un montaje teatral de cinco horas de duración a partir de diversos pasajes de obras de Shakespeare: Ricardo II, Enrique IV, Enrique V y Las alegres comadres de Windsor. Lo tituló Five Kings, pero no llegó a estrenarse oficialmente en Nueva York. Andando el tiempo, y habida cuenta de las enormes dificultades a las que siempre hubo de enfrentarse para sacar adelante sus proyectos, la fortuna quiso que se cruzara en su destino el productor español Emiliano Piedra. Se hacía así realidad Campanadas a medianoche, una película en la que Welles daba vida al fanfarrón Sir John Falstaff y que fue rodada aprovechando diversas localizaciones de la geografía peninsular: las murallas de Ávila, la catedral de Soria, la Casa de Campo en Madrid, Móstoles, Navarra, las ruinas del monasterio de Cardona...

Es interesante, al respecto, remarcar cómo se las ingeniaba el bueno de Welles para sacar escenas memorables de la nada. Así lo atestiguan Jesús Franco o Juan Cobos, colaboradores del director durante el rodaje. Con suma habilidad y no poca experiencia a sus espaldas, Welles es capaz de hacer pasar por la genuina Inglaterra del siglo XV unos vestigios que en ocasiones apenas se aguantaban en pie. Pero sabiendo dónde colocar la cámara y utilizando magistralmente la sala de montaje se hace realidad el "milagro". Al respecto, la escena de la batalla de Shrewsbury es antológica: se inundó de barró la Casa de Campo de Madrid y se invirtieron diez días en el rodaje. Tras otros seis días editándola, quedó reducida a seis intensos minutos en la película.

Aparte de las interpretaciones de Jeanne Moreau (Doll Tearsheet), John Gielgud (Enrique IV) o incluso Fernando Rey (Worcester), tiene su encanto ver, aunque solo sea fugazmente, a Luis Ciges u otros secundarios españoles aparecer en pantalla.

Aparte de adaptarla, dirigirla y protagonizarla, Welles también se ocupó de diseñar meticulosamente el vestuario de la película, aunque al finalizar el rodaje parece ser que se lo robaron: gajes del oficio y de rodar en España...


Orson Welles durante el rodaje de Campanadas a medianoche