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sábado, 12 de enero de 2019

Los vividores (1971)




Título original: McCabe & Mrs. Miller
Director: Robert Altman
EE.UU., 1971, 120 minutos

Los vividores (1971) de Robert Altman


Los vividores (wéstern crepuscular cuyo título original había sido McCabe & Mrs. Miller) responde a los parámetros habituales del cine de una época en la que ya no importa tanto el qué sino el cómo. Así pues, lo que antes fueran apolíneos vaqueros tipo Randolph Scott se transforman aquí en mugrientos y greñudos buscavidas; la perfección técnica de un John Ford daba paso al uso recurrente y abusivo del zum y, por último, la nitidez del blanco y negro de los clásicos del género es sustituida por el enojoso flou con el que el director de fotografía Vilmos Zsigmond lo inunda todo.

Y encima Robert Altman, en lugar de las tórridas praderas del lejano Oeste, decidió trasladar la acción a las montañas nevadas de Vancouver (Canadá). Enclave ideal para montar un prostíbulo que haga las delicias de los mineros que trabajan en las proximidades. Los mismos que ya no se expresan con la dicción impecable de antaño, sino que mastican las palabras de sus diálogos improvisados tal y como está mandado en los filmes corales de Altman.



En ese mismo orden de cosas, no deja de ser curioso comprobar hasta qué punto los cineastas tienden a imaginar el pasado desde su presente más inmediato. Sin ir más lejos, resulta inevitable ver a Warren Beatty embutido en la espectacular piel de oso que luce en esta película y no pensar en el Bob Dylan de la portada del álbum Hurricane, pese a que la banda sonora corriese a cargo, precisamente, de otro ilustre cantautor: Leonard Cohen.

Julie Christie aportaba, por último, el contrapunto perfecto con su personaje de meretriz arisca y adicta al opio, sin duda inspirado por el afán desmitificador que ya estaba presente en la novela de Edmund Naughton en la que se inspira el guion y que llevaría a Altman a calificar su película de verdadero antiwéstern.


viernes, 21 de diciembre de 2018

M.A.S.H. (1970)




Título original: MASH
Director: Robert Altman
EE.UU., 1970, 116 minutos

M.A.S.H. (1970) de Robert Altman


Cuando era crío, recuerdo que los viernes, a última hora de la tarde, se emitía por TVE la serie televisiva M.A.S.H. Bueno: de lo que me acuerdo, en realidad, es de que no me gustaba nada. Sobre todo porque el inicio de su sintonía (que ahora sé que compuso Johnny Mandel), con aquellos helicópteros que sobrevuelan el hospital quirúrgico móvil norteamericano donde se desarrolla la acción, mientras los créditos van desfilando por la pantalla, significaba el fin de la programación infantil.

Quizá por eso, por asociar su título con una vivencia tediosa, no había visto hasta hoy la película de Robert Altman en la que se basó, imperdonable laguna que, al fin, ha quedado resuelta. Y, primera sorpresa: ¡no sale Alan Alda! Porque el rostro del actor neoyorquino iba indisolublemente asociado, en la memoria de un servidor, al acrónimo MASH (Mobile Army Surgical Hospital). Pero no: en la peli eran otras jóvenes promesas las que encabezaban el cartel. Básicamente, el trío integrado por Donald Sutherland (Hawkeye), Elliott Gould (McIntyre) y Tom Skerritt (Duke), así como los formidables secundarios Robert Duvall (Burns) y Sally Kellerman ('Labios Calientes'). 

Parodia de La última cena de Da Vinci similar a la llevada a cabo
 por  Buñuel en Viridiana (1960)


Aunque, como sucede en la mayoría de filmes de Altman, el planteamiento fue completa y absolutamente coral, lo que motivaría las quejas de Sutherland y Gould ante el temor de que la cinta acabase resultando un fracaso en taquilla. Algo que no sólo no sucedió, sino que se tradujo en un Óscar al mejor guion y en la Palma de Oro en Cannes. Y es que no hay que perder de vista que la guerra de Vietnam estaba entonces en su máximo apogeo y, por más que la acción de MASH se situase en Corea, a nadie le pasó por alto que la ácida ironía desmitificadora de sus inteligentísimos diálogos iba directamente dirigida a cuestionar la política exterior estadounidense en aquel preciso instante.

Cierto que no todo ha envejecido igual de bien en la película, de un modo particular el tratamiento que se dispensa a determinados personajes femeninos. Así, por ejemplo, la célebre escena en la que los gemidos de placer de la jefa de enfermeras se difunden accidentalmente por megafonía o aquella otra en la que derriban las paredes del barracón de duchas justo cuando la señorita O'Houlihan se halla en plena ablución resultan en la actualidad altamente humillantes, a pesar de que el mensaje central del filme (a saber: que todos los conflictos bélicos, junto con la estricta normativa del estamento militar, obedecen a una absurdidad difícilmente justificable) mantenga intacta su validez universal.