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lunes, 24 de agosto de 2026

La dinamita está servida (1968)




Director: Fernando Merino
España, 1968, 76 minutos

La dinamita está servida (1968) de Fernando Merino


No son pocas las referencias a Bonnie and Clyde (1967) en una película que, un año después del estreno del hoy ya mítico trabajo de Arthur Penn, recurría a un imaginario de evidentes resonancias hollywoodenses, por aquel entonces muy a la orden del día. Así pues, tanto Laura Valenzuela como Tony Leblanc, la flamante pareja protagonista de La dinamita está servida (1968), aparecen ataviados con un look y unas maneras que remiten, en todo monento, a las fijadas por los icónicos Faye Dunaway y Warren Beatty en el ya mencionado (y oscarizado) homenaje a los legendarios gánsteres.

Por otra parte, la puesta en escena ideada por Fernando Merino, alocada y colorida, bebe de otro gran referente como son los cartoons, de manera que los personajes desfilan a menudo a cámara rápida como si de dibujos animados se tratase. Por eso mismo abundan tanto las explosiones (procedentes de bombas, disparos y otros medios por el estilo) en una trama sin mayor pretensión que divertir al espectador emulando el lenguaje visual propio de los cómics. Eso y un cierto toque psicodélico, incluso lisérgico, característico de finales de los sesenta, acaba de conformar el ambiente genérico de una sencilla comedia amable.



Al mismo tiempo, están también muy presentes algunos elementos típicos de aquella España desarrollista que ya por aquel entonces empezaba a ser una potencia turística de primer orden. Así pues, tras varios insertos con exteriores rodados en París, Nueva York, Cuenca o Pamplona, la acción se sitúa finalmente en la localidad ampurdanesa de Begur, a cuyos parajes idílicos ha ido a pasar unos días el monarca del imaginario reino de Chaila (Rafael Alonso). Ni que decir tiene que el cuantioso séquito que lo acompaña, compuesto por numerosas odaliscas y fieles lacayos, será motivo de muchos de los gags, pese a que el mandatario oriental, mujeriego empedernido, se encapricha finalmente de una turista (María Silva) que se hospeda en su mismo hotel.

Por último, parte de la intriga gira en torno a una conspiración internacional que tiene por objetivo derrocar al soberano, si bien los susodichos Mike (Leblanc) y Dory (Valenzuela), con la ayuda inestimable del camarero Bruno (Alfredo Landa), parecen más interesados en hacerse con las valiosísimas joyas que el jeque esconde en su suite, motivo por el cual, en lo que supone una evidente parodia de Rififí (1955), planean abrir un boquete, a través de la chimenea de la habitación de abajo, para instalar un periscopio y así poder espiar los movimientos de su presa.



sábado, 10 de febrero de 2018

Gritos en la noche (1962)




Director: Jesús Franco
España/Francia, 1962, 93 minutos

Gritos en la noche (1962)


WANDA: Debe ser un trabajo precioso. 
TANNER: Sólo en las novelas. En la realidad, los delincuentes son unos estúpidos...
[...]
TANNER: La vida me sonríe, voy a casarme. ¿Por qué no te buscas una chica guapa? 
MALOU: Lo haría, señor. Pero mi mujer no me deja...
[...]
MALOU: ¿No estarás tomándonos el pelo? 
JEANNOT: Es verdad, por la salud de mi madre. 
MALOU: ¿Vive tu madre? 
JEANNOT: No, pero es igual. ¡Lo que he dicho es cierto!



Proteico y fecundo como pocos, Jesús Franco fue, casi con toda seguridad, el cineasta más prolífico de la historia del cine español. Doscientas cuatro películas así lo atestiguan, todas de muy variada ralea (algunas regulares, la mayoría voluntariamente deleznables...), pero siempre interesantes por uno u otro motivo. Como la que nos disponemos a comentar, en la que Franco (un genio de las localizaciones baratas y creíbles) es capaz de hacer pasar el casco antiguo madrileño por una villa francesa de 1912.

Gritos en la noche, incansable recital de picados y contrapicados al más puro estilo gótico expresionista, fue el sexto largometraje de tan extensa filmografía, escrito por el propio realizador bajo el pseudónimo de David Khune. Un director cinéfilo, melómano y letraherido a partes iguales que comienza, con este título, una saga a la que seguirían, en años venideros, El secreto del Dr. Orloff (1964), Orloff y el hombre invisible (1970) y El hundimiento de la casa Usher (1983: en esta última, mezclando con el universo de Allan Poe los personajes por él creados).

La actriz Diana Lorys en el papel de Wanda Bronsky


Lo de melómano, en el caso que nos ocupa, apenas se verifica en un breve cameo (minuto 86) en el que vemos a Jesús Franco tocando el piano en una taberna (como la mayoría de aficionados a su cine saben, Jess fue un consumado intérprete de dicho instrumento). O cuando aparece fugazmente el cartel en el que se anuncia una función de la ópera Fausto de Meyerbeer y en la que el papel de Mephisto lo interpreta un tal Monsieur Vernon... Letraherido debió serlo, sin duda, alguien que conoce tan al dedillo los ambientes y tópicos de la sociedad decimonónica. Lo cual nos lleva a pensar en el Edgar Neville de La torre de los siete jorobados (1944), junto con el resto de filmes que este último rodara en el Madrid castizo, quizá porque en ambos casos se trata de directores que se habituaron a moverse en los márgenes de una industria en la que difícilmente tenían cabida.

Cinéfilo, en cambio, queda clarísimo, desde un buen principio, que lo era, toda vez que el binomio formado por Orloff (el suizo Howard Vernon) y el amorfo Morpho (Ricardo Valle) está indudablemente inspirado en la pareja protagonista de El gabinete del doctor Caligari (1920). Como evidente es la referencia, ésta mucho más cercana en el tiempo, a Los ojos sin rostro (1960) de Georges Franju, clásico del cine francés al que también rendiría homenaje el Almodóvar de La piel que habito (2011).

Morpho (Ricardo Valle) recibe órdenes de Orloff (Howard Vernon)