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domingo, 11 de diciembre de 2022

Fantasía... 3 (1966)




Director: Eloy de la Iglesia
España, 1966, 80 minutos

Fantasía... 3 (1966) de Eloy de la Iglesia


Quién lo había de decir... El mismo director cuyo nombre se asocia indefectiblemente con el cine quinqui, aquel Eloy de la Iglesia que marcó una época gracias a películas tan transgresoras como Navajeros (1980) o las dos partes de El pico (1983-1984), comenzó sin embargo su carrera adaptando tres cuentos para niños. En realidad, el motivo de tan sorprendente elección hay que buscarlo en el particular contexto histórico que se vivía en la España franquista de mediados de los sesenta, con una censura implacable en lo tocante a sexo y política, pero, en cambio, mucho más permisiva con una cinta teóricamente destinada al público infantil.

Es el propio cineasta quien, al inicio de Fantasía... 3 (1966), se coloca ante los espectadores para presentar las historias que conforman el tríptico: "Nosotros hemos intentado colocar una cámara enfrente de la fantasía, porque la fantasía no entiende de edades: es lo que hace sentirse hombre al niño y hace que el más hombre quiera ser niño...".



Rodado en las agrestes playas de Zarauz, "La doncella del mar" retoma el personaje creado por el danés Hans Christian Andersen para narrar cómo la delicada sirena Coralina (Dyanik Zurakowska) se enamora perdidamente de un príncipe marinero que no la corresponde.



"Los 3 pelos del diablo", a partir del relato de los hermanos Grimm, está protagonizado por un jovencísimo Juan Diego en el papel del audaz Tomasín, dispuesto a enfrentarse al mismísimo Demonio (Tomás Blanco) con tal de casarse con la hija del Rey pese a las muchas trabas que lo impiden.



Se reserva para el final la personalísima lectura que de "El Mago de Oz" lleva a cabo un cineasta dotado de extraordinaria sensibilidad artística. Según de la Iglesia, Silvia (una Maribel Martín de apenas doce años) tiene tres amigos imaginarios (el León Cobarde, el Hombre de Hojalata y el Hombre de Paja) junto a los que viaja hasta la Ciudad de las Esmeraldas a la espera de que el sabio Mago que allí habita (Luis Prendes) haga realidad sus deseos.



Aparte de la excelente banda sonora del maestro Fernando García Morcillo, son destacables la vivacidad de la fotografía en color de Santiago Crespo, así como los decorados diseñados por Eduardo Torre de la Fuente. Toda una joya por descubrir, ya que por desgracia jamás llegó a estrenarse en salas comerciales.

martes, 11 de mayo de 2021

La semana del asesino (1972)




Director: Eloy de la Iglesia
España, 1972, 94 minutos

La semana del asesino (1972) de Eloy de la Iglesia


Parece ser que La semana del asesino (1972) es una de las películas preferidas de Almodóvar, motivo por el que la cinta, que ya era un título de culto, ha sido objeto en los últimos años de una creciente revalorización. Y no es para menos, teniendo en cuenta la osadía del cineasta Eloy de la Iglesia a la hora de abordar la historia de un serial killer desde la óptica de la sociedad española de principios de los setenta. A este respecto, Marcos (Vicente Parra) es un obrero que vive marcado por el recuerdo de un hecho fatídico: la muerte de su madre a consecuencia de un gravísimo accidente laboral en la misma fábrica de productos cárnicos en la que él trabaja. Por lo demás es un tipo corriente, atractivo aunque más bien taciturno, que tiene una novia bastante más joven (Emma Cohen) y reside en una modesta vivienda rodeada de bloques de pisos.

En cierta manera, el ambiente en el que vive el protagonista, un inhóspito barrio, fruto del desarrollismo y la especulación inmobiliaria, condiciona la posterior conducta de éste, por lo que el suyo podría considerarse un caso de determinismo. Al que tal vez cabría añadir una cierta dosis de denuncia social que aflora, por ejemplo, en la caricatura del altisonante jefe de personal interpretado por Ismael Merlo. En todo caso, durante el transcurso de una de sus charlas nocturnas, Néstor (Eusebio Poncela) calificará a su vecino con el término desclasado, categoría en la que él mismo se incluye, por lo que ambos personajes se sitúan al margen de lo establecido.

La influencia de La ventana indiscreta (1954) de Hitchcock parece evidente


De hecho, y ése es otro de los elementos definitorios de la película y aun de la filmografía de su director, se intuye una pulsión homosexual latente entre los dos hombres, sobre todo en el caso de Néstor, quien, dada su condición de guionista de cine, pudiera ser un trasunto o alter ego del propio Eloy de la Iglesia. Sea como fuere, dicha atracción era mucho más explícita (en forma de fantasía erótica) en la versión sin censurar del filme, tal y como se desprende de las escenas que en su día fueron eliminadas y que hoy se incluyen en algunas ediciones en DVD.

En definitiva, y a pesar de que los títulos de la cinta lo califiquen de asesino (o hasta de caníbal en la versión inglesa), no puede decirse que Marcos sea un criminal en el sentido estricto de la palabra, sino que son las circunstancias las que desencadenan en él una espiral imparable de la que no sabe muy bien cómo salir. He ahí lo verdaderamente perturbador de un individuo que, al fin y al cabo, pudiera ser cualquiera de nosotros. Cotidianeidad que, dicho sea de paso, los guionistas subrayan mediante guiños hasta cierto punto humorísticos, como el lema "Contamos contigo" que figura en la bolsa de deporte del protagonista o su particular modo de "enriquecer" la receta de los sabrosos caldos Flory.



domingo, 21 de marzo de 2021

El pico (1983)




Director: Eloy de la Iglesia
España, 1983, 105 minutos

El pico (1983) de Eloy de la Iglesia


Estamos en el Bilbao de principios de los ochenta: una ciudad gris, inmersa en plena recesión industrial, que afronta la llegada al poder de los socialistas mientras el terrorismo de ETA se deja sentir en las calles un día sí y otro también. A pesar de ese ambiente tan crispado, el hijo de un alto mando de la Guardia Civil y el de un parlamentario aberzale se hacen amigos inseparables. A priori, tanto Paco (José Luis Manzano) como Urko (Javier García) proceden de mundos radicalmente opuestos, si no fuera porque su adicción a la heroína les une más allá de las opciones políticas que defienden sus respectivos padres.

Unir el trasfondo del conflicto vasco con la escabrosidad del cine quinqui supuso el marco ideal para que un cineasta amante del exceso como Eloy de la Iglesia diese rienda suelta a sus obsesiones habituales, confeccionando un cóctel explosivo a base de, entre otros ingredientes, drogas, homosexualidad y política. Por no hablar del choque generacional en el seno de una familia conservadora donde la intransigencia del comandante Evaristo Torrecuadrada (José Manuel Cervino) topa con la rebeldía de un adolescente que reniega del estamento militar.



Vista hoy, con la perspectiva que otorga el paso del tiempo, habrá quien sostenga que El pico (1983) es una película tan cutre como tremendista, si bien debe precisarse que la sociedad española de aquel entonces, con su recién estrenado régimen democrático, era precisamente así, tal y como aparece retratada en uno de los títulos clave de la filmografía de su autor. Y aunque es posible que de la Iglesia y su guionista Gonzalo Goicoechea cargasen las tintas en la forma de contar los hechos, no es menos cierto que el caballo hizo estragos entre muchos sectores de aquella juventud.

Por último, el aura que envuelve al filme y a otros de similar factura como El pico 2 (1984), secuela que se filmaría un año más tarde, o Navajeros (1980), nos habla de un Eloy de la Iglesia fascinado por su actor protagonista, al que habría conocido en el transcurso de sus frecuentes escarceos en las profundidades de los ambientes lumpen del extrarradio madrileño. Relación similar, salvando las distancias, a la que unió a Pasolini con Ninetto Davoli y que en la película tiene su paralelismo a través de la figura del escultor Mikel Orbea, al que da vida el recientemente desaparecido Quique San Francisco.



sábado, 20 de marzo de 2021

Algo amargo en la boca (1969)




Director: Eloy de la Iglesia
España, 1969, 90 minutos

Algo amargo en la boca (1969) de Eloy de la Iglesia


Es tan corto el amor / es tan largo el olvido...
Pablo Neruda

Villa Mantis es un nombre lo suficientemente revelador como para dejar claro, desde un buen principio, el ambiente opresivo en el que se va a desarrollar la historia: una casa de campo en la que tres mujeres, de tres generaciones distintas, reciben la visita del apuesto César (Juan Diego), pariente lejano que pasará las navidades con ellas. Ni que decir tiene que un tipo tan guapo va a despertar los más oscuros instintos de sus anfitrionas: "Y encontraron su víctima propiciatoria...", reza el eslogan que puede leerse en el cartel promocional de la película.

La mayor de ellas, Aurelia (interpretada por Maruchi Fresno), vive obsesionada con el recuerdo de un novio que murió durante la guerra y se pasa horas enteras en el interior de su habitación adorando el uniforme del difunto, que se ha convertido en una especie de fetiche particular. Curiosamente, en esas escenas la música incidental de Fernando García Morcillo adopta un aire castrense para subrayar la condición de militar del finado. Mientras tanto, el inquietante Jacobo (Javier de Campos), único varón de la casa y afásico desde los doce años como consecuencia de una caída desde lo alto de un árbol, acecha a su tía por el ojo de la cerradura.



Capaz aún de sentirse atraída por los muchachos, pero demasiado mayor para pensar en casarse con alguno, Clementina (Irene Daina) no tardará en echarle el ojo a César, quien, seductor y promiscuo, tampoco tiene reparos en dejarse querer. Por último, Ana (Verónica Luján), la más joven de todas, intenta rehacer su vida en casa de sus tías tras haber pasado dos años en un convento. Vocación frustrada la suya, en detrimento de la represión religiosa que hasta entonces la atenazaba, cuya consecuencia más inmediata será "un amargo sabor en la boca" después de unirse a César en el invernadero. Lo dice bien claro Aurelia en el transcurso de una charla con Clementina: "Hay que destruir la tentación", dando a entender que todo debe seguir igual en sus dominios...

Un jovencísimo Eloy de la Iglesia (1944-2006) firmaba su segundo largometraje obsesionado con captar primerísimos planos de casi todo, ya sea de los ojos y los labios de sus personajes o de las flores que brotan en los alrededores de Villa Mantis. Sobresale, igualmente, la secuencia onírica en la que asistimos a un sueño recurrente de Jacobo y la forma en que el cineasta acierta a mostrar los tortuosos delirios de quienes habitan ese espacio claustrofóbico en cuya simbología, que no es otra cosa sino una clara representación alegórica del régimen franquista, se intuye un pasado feliz frente al inmovilismo del presente.



martes, 27 de agosto de 2019

Nadie oyó gritar (1973)




Director: Eloy de la Iglesia
España, 1973, 89 minutos

Nadie oyó gritar (1973) de Eloy de la Iglesia


Arranca la acción en Londres, con una Carmen Sevilla que ya sobrepasa los cuarenta, pero que mantiene intacto su atractivo. Tras despedirse en inglés del chófer, se adentra por la maraña de tiendas de Piccadilly Circus como una turista más. Sin embargo, la bella Elisa no ha viajado hasta allí por placer, sino porque tiene un amante/cliente, mucho mayor que ella, que le financia su alto tren de vida... Y, lo que son las cosas: en España, es la mujer la que mantiene a un muchacho veinte años más joven que se hace pasar por su sobrino. Curioso e impúdico modus vivendi que, no obstante, se verá alterado de forma drástica cuando Elisa sea testigo accidental de un crimen en el rellano de su apartamento de Madrid.

Nadie oyó gritar (1973) es otro de esos artefactos perversamente delineados por el siempre transgresor Eloy de la Iglesia junto con otros títulos de su filmografía como El techo de cristal (1971) o La semana del asesino (1972). De hecho, la pareja protagonista de este thriller vagamente hitchcockiano —la ya mencionada Carmen Sevilla y Vicente Parra— habían encabezado el reparto de aquellas otras dos películas, respectivamente.

La llama de la pasión se interpone entre Miguel y Elisa


Por lo sangriento y escabroso de su trama, el filme ha sido a menudo comparado con los gialli italianos, si bien aquí la ficción detectivesca se limita a un torpe reconocimiento policial con motivo de un accidente de tráfico y a la posterior visita del juez de guardia, lo cual genera una morbosidad considerable en el espectador, que sabe que Miguel (Vicente Parra) y Elisa llevan un cadáver en el maletero. Es, precisamente, esa ausencia de "castigo" lo que confiere a Nadie oyó gritar la amoralidad tan característica, por otra parte, del cine de Eloy de la Iglesia.

También, aunque en mucha menor medida, se apunta tímidamente el elemento político (otra de las constantes en la carrera del cineasta) cuando Miguel le confiesa a Elisa que es escritor y que antes "quería ciertas ideas por las que luchaba, por las que me arriesgaba. Pero en las librerías jamás se vendió un libro mío y aquellos compañeros y aquellas ideas siguen en silencio..." La censura no hubiera permitido una alusión más explícita a la antigua militancia comunista del personaje, por lo que queda un poco en el aire cuáles son las verdaderas motivaciones de la insatisfacción que lo atenaza. Una ambigüedad que está igualmente presente en el caso de Elisa y de esa especie de síndrome de Estocolmo que acabará desarrollando respecto a su "raptor".

Un espectacular giro de guion le deja a Elisa esta cara de sorpresa

miércoles, 10 de julio de 2019

Los placeres ocultos (1977)




Director: Eloy de la Iglesia
España, 1977, 94 minutos

Los placeres ocultos (1977) de Eloy de la Iglesia


RAÚL: Cuando quiero acostarme con algún chico, me limito simplemente a proponérselo. 
MIGUEL: ¡Joder! ¡No tiene usted pelos en la lengua! Confiesa tan tranquilo que es marica. 
RAÚL: No es ninguna confesión. Sólo se confiesan los pecados o los delitos y yo no me considero ni un delincuente ni un pecador. 
MIGUEL: ¿Y qué se considera usted? 
RAÚL: Un hombre como tú, sólo que con diferentes gustos a la hora de ir a la cama. 
MIGUEL: Pues ¿sabe lo que le digo? Que eso es lo que más me revienta. Que tanto usted como Eduardo parecen dos tíos normales. Sin que nadie pueda decir que son como son. 
RAÚL: Supongo que te hacen mucha más gracia los que van por ahí soltando plumas. 
MIGUEL: A esos, al menos, se les ve venir. 
RAÚL: Esto me recuerda a las campanillas que les ponían a los leprosos. Lo hacían para poder distinguirlos desde lejos, para poder apartarse a tiempo. Les daba mucho miedo el contagio. ¿Y a ti? ¿También te da miedo?
MIGUEL: Le aseguro que de eso no podría contagiarme nunca. 
RAÚL: El contagio es imposible. Es mucho más fácil la corrupción. 
MIGUEL: Pero yo no soy de los que se van con un marica para sacar la pasta, ¿comprende? Y eso que las he pasado muy putas. 
RAÚL: Me parece muy bien. Muchos que empiezan cobrando, luego terminan pagando por hacer lo mismo. 
MIGUEL: Por eso, pero la culpa la tienen los maricas. ¡Ellos son los que...!
RAÚL: ¡Un momento! Que no sólo corrompen los maricas. 
MIGUEL: ¡Pero yo no estoy dispuesto a que nadie se aproveche de mí! 
RAÚL: Pues entonces prepárate a luchar. Pero no sólo contra un marica que te ofrezca quinientas pesetas por acostarte con él. Piensa que, a lo mejor, todos los días estás vendiendo cosas más importantes que eso y ni siquiera te has dado cuenta. Por eso te digo: "Prepárate a luchar". 

Diálogo extraído de Los placeres ocultos
Guion de Rafael Sánchez Campoy, Eloy de la Iglesia y Gonzalo Goicoechea

Cine quinqui o de destape son sólo algunas de las etiquetas, a cuál más frívola, de las que con frecuencia se ha abusado a la hora de encasillar una buena parte de la producción fílmica española de finales de los setenta. Lo cual no deja de suponer un estigma engorroso para que las nuevas generaciones de cinéfilos valoren, en su justa medida, la obra de cineastas como Eloy de la Iglesia.

En ese sentido, Los placeres ocultos es, ya de por sí, un título que invita a pensar en una morbosidad indisimulada. Probablemente porque el propio productor, Óscar Guarido, esperaba que, dada la coyuntura social que estaba atravesando el país, sirviese como reclamo para atraer a más público. Sin embargo, sorprende la valentía y la honradez con las que se aborda el tema de la homosexualidad en una película estrenada apenas dos años después de la muerte de Franco.



El protagonista (interpretado por Simón Andreu, uno de los actores habituales de la época, que también trabajaría, un año más tarde, a las órdenes de de la Iglesia en El sacerdote) lo tiene todo para ser considerado un triunfador: un buen sueldo como ejecutivo de una entidad bancaria y la cultura y posición social holgada de quien pertenece a una familia ilustre. No obstante, carece de lo más importante: poder vivir su sexualidad en libertad.

No faltará quien lo acuse de invertido, hasta el punto de convertirse en víctima de la maledicencia, aunque la relación de amistad que entabla con Miguel (Tony Fuentes) y Carmen (Beatriz Rossat) contribuye a que el espectador se forje una imagen positiva de él, a pesar de su predilección por los jovencitos (presumiblemente menores de edad). En todo caso, el final abierto de esta historia nos deja con un sabor de boca un tanto agridulce: ¿quién estará llamando a la puerta de Eduardo?


sábado, 18 de agosto de 2018

La mujer del ministro (1981)




Director: Eloy de la Iglesia
España/Méjico, 1981, 114 minutos

La mujer del ministro (1981)


La sordidez habitual del cine de Eloy de la Iglesia se daba de nuevo cita en La mujer del ministro, uno de esos engendros a los que el malogrado director vasco era tan aficionado y que sólo superó en cutrerío José Antonio de la Loma con la saga de Perros callejeros. Aunque el calificativo quinqui no sería, en este caso, el que mejor se ajusta a la película que nos ocupa, dado el trasfondo político de una trama ambientada en plena Transición, por lo que más bien convendría hablar de híbrido a medio camino entre otras producciones suyas como El diputado (1978) y Navajeros (1980).

Uno de los detalles que llama enseguida la atención es que, pese a haberse evitado cuidadosamente el mencionar nombres propios de personalidades o agrupaciones de la vida pública española del momento, resulta de una claridad meridiana ponerle cara a todas y cada una de las alusiones que se llevan a cabo a lo largo de sus casi dos horas de metraje. Así, cada vez que se habla de grupo terrorista es fácil comprender que el referente oculto sería ETA o el GRAPO. Y en cuanto al ministro Fernández Herrador (Simón Andreu) y al aparato que lo rodea parece evidente que se trata de un trasunto de la antigua UCD (Unión de Centro Democrático), en aquel entonces en el poder.



Por otra parte, lo de que la desconsolada esposa de un miembro del Ejecutivo (Amparo Muñoz) convierta a su jardinero (Manuel Torres) en su amante no deja de ser un burdo pretexto. En realidad, son muchos los temas de candente actualidad en 1981 de los que, directa o indirectamente, se hace eco el filme, tales como los secuestros de políticos, los escándalos de corrupción entre altos cargos del Gobierno, la guerra sucia contra el terrorismo, el paro o, incluso, el aborto.

Y también, como no podía ser menos, la drogadicción en tanto que punto flaco de una juventud desorientada. En ese aspecto, la presencia de "El Pirri", mítico personaje surgido del madrileño barrio de San Blas y rostro habitual como secundario en este tipo de cintas, contribuye a subrayar el carácter naturalista de una historia en la que ni nada ni nadie son lo que parecen, excepto el pobre yonqui, siempre encasillado en el mismo papel (a ambos lados de la pantalla) y que, con apenas 23 años, perdería la vida por sobredosis un aciago día de mayo de 1988.


lunes, 25 de junio de 2018

Cuadrilátero (1970)




Director: Eloy de la Iglesia
España, 1970, 90 minutos

Cuadrilátero (1970) de Eloy de la Iglesia


Tras un arranque notable, con un tema jazzístico a cargo del mismísimo Jesús Franco sonando de fondo, la fuerza de Cuadrilátero se irá, sin embargo, desbravando a medida que avancen sus casi noventa minutos de metraje. Lo cual es, sin duda, una lástima, habida cuenta del magnífico reparto con el que contó la película: José María Prada, el alemán Gérard Tichy, el estadounidense Dean Selmier, la argentina Rosanna Yanni, Irene Daina y hasta un campeón del mundo de los pesos pluma: el hispanocubano José Legrá.

Pese a tratarse de un encargo, el director Eloy de la Iglesia deja su personal impronta con una recurrente obsesión por filmar el rostro de los intérpretes en primer plano, recurso que hoy puede parecer más bien ingenuo, pero que en el contexto de un cineasta que luchaba por abrirse camino cuando su carrera apenas sí estaba en ciernes revela su ímpetu por desmarcarse del estilo entonces imperante en un cine español que languidecía a base de insípidas producciones comerciales al servicio del landismo y la habitual cáfila de cómicos patrios.

Valdés (Dean Selmier)

En ese aspecto, la puesta en escena de Cuadrilátero permite entrever la firme voluntad de su joven realizador (a la sazón, Eloy de la Iglesia contaba con apenas veintiséis años, aunque ya había dirigido un par de largometrajes) de emparentar con un determinado cine americano, del que Cuerpo y alma (1947) de Robert Rossen o El ídolo de barro (1949) de Mark Robson serían los referentes clásicos. Sin olvidar, claro está, el precedente local que había supuesto la incursión de Mario Camus en los ambientes pugilísticos mediante Young Sánchez (1964), adaptación del relato homónimo de Ignacio Aldecoa.

Atreverse a hablar de relaciones extramaritales como las que protagonizan Óscar (Gérard Tichy) y los aspirantes a héroe del ring que el arrogante apoderado acoge bajo su égida, así como la violencia soterrada (más tarde explícita) a que ello acabará dando pie, son sólo algunos de los rasgos definitorios de esa nueva manera de hacer cine, titubeante aún y por pulir, pero de la que, en cierta manera, tomarán el relevo, ya en la década siguiente, jóvenes talentos como el Almodóvar de Matador (1986).


domingo, 18 de febrero de 2018

Una gota de sangre para morir amando (1973)




Director: Eloy de la Iglesia
España/Francia, 1973, 98 minutos

Una gota de sangre para morir amando (1973)


Si ya La naranja mecánica es una película que nació "vieja", ¿qué decir de un filme que manifiestamente se inspiraba en dicha obra de Kubrick? Pues que también vino al mundo desfasado y, además, por doble motivo.

Aunque estos drugos no beben lactaka con moloko, sino un mejunje azulino llamado Blue Drink. Porque en el mundo descrito en Una gota de sangre para morir amando la publicidad lo ha copado todo, y lo mismo el masculino slip Panther que el dentífrico DIV conviven en la parrilla televisiva junto a los informativos y las emisiones de divulgación científica: vamos, lo que para nosotros hace ya tiempo que forma parte de nuestro día a día...



En fin, la historia expuesta es tan infumable que sólo la curiosidad de ver a Sue Lyon o al hijo de Robert Mitchum en una producción futurista española con guion de Garci podría compensar a quien se atreva a adentrarse en los entresijos de la mente de una enfermera asesina que más parece la personificación de una mantis religiosa.

Excesiva y desmesurada, como toda la filmografía de Eloy de la Iglesia, Una gota de sangre para morir amando no sólo es una reflexión en torno a lo que nos depara el futuro inmediato, sino que contiene diversos guiños cinéfilos, desde la emisión de A Clockwork Orange en el salón familiar hasta el primer plano de Sue Lyon leyendo un ejemplar de Lolita, la misma novela de cuya adaptación había sido protagonista una década antes.


sábado, 1 de julio de 2017

El techo de cristal (1971)




Director: Eloy de la Iglesia
España, 1971, 91 minutos

El techo de cristal (1971) de Eloy de la Iglesia


En The Lodger: A Story of the London Fog (1927), traducida al castellano con el truculento título de El enemigo de las rubias, Alfred Hitchcock ensayaba la original técnica de mostrar lo que ocurría en el piso de arriba de una vivienda mediante un techo de cristal. Guiado por un similar afán de suspense, el vasco Eloy de la Iglesia escribiría (en colaboración con Antonio Fos) la historia de una mujer obsesionada con los pasos que escucha en el apartamento de sus vecinos. Si, además, esa mujer es una folclórica reconvertida en mito erótico, se comprenderá que la película acabase siendo objeto de culto por lo exótico de los elementos que la integran.

A ello contribuía también la presencia de actores extranjeros en el reparto: Dean Selmier como Ricardo, Patty Shepard en el papel de Julia o el argentino Hugo Blanco (doblado) haciendo de repartidor insolente. Todo convenientemente retratado por la atractiva fotografía en color de Francisco Fraile.

Evidentemente, la osadía tuvo consecuencias: a la derecha, cartel censurado

La Marta que interpreta Carmen Sevilla es una mujer a la que, poco a poco, irán amedrentando las circunstancias de un entorno que ya de por sí resulta inquietante, puesto que, por más que comparta sus confidencias con la blanca gata Fedra, el viejo casalicio de puertas verdes y techos altos con vigas de madera en el que vive apenas invita a la tranquilidad. Sobre todo si en el corral hay cerdos que no cesan de hozar y gruñir y perros que llevan varios días negándose a comer. Sólo faltaba que en el leñero aparezca un zapato perdido o una rata muerta para completar los elementos perturbadores de la estabilidad de Marta en ausencia de su marido.

Y ¿qué decir de la galería de personajes que la rodean? Porque son a cuál peor: Julia, una vecina tan atractiva como poco fiable, sudorosos operarios obsesionados con la belleza (y la soledad) de Marta, y Carlos, un fornido escultor que tiene más de voyeur que de artista. De hecho, es este último quien, parafraseando a Jean-Luc Godard en uno de los diálogos, da la clave definitiva para entender El techo de cristal: "Alguien dijo que la fotografía es la verdad; y el cine, la verdad 24 veces por segundo. La frase es bonita, pero yo creo que es falsa. Ni la fotografía ni el cine son la verdad, sino, simplemente, el desahogo; la válvula de escape de ese instinto voyeur. O cotilla, como usted dice. Ese instinto que absolutamente todos llevamos dentro de nosotros".


sábado, 25 de febrero de 2017

Otra vuelta de tuerca (1985)




Director: Eloy de la Iglesia
España, 1985, 113 minutos



Habíamos escuchado la historia sentados alrededor del fuego y casi sin respirar, pero, aparte decir que era horripilante, como debiera serlo un cuento extraño, contado en una casa vieja la víspera de Navidad, no recuerdo que se hiciera ningún otro comentario hasta que a alguien se le ocurrió decir que era el único caso que conocía en que un castigo como ése hubiera ido a caer sobre un niño.

Henry James
The turn of the screw
(Traducción de Soledad Silió)

Para quienes asocien el nombre de Eloy de la Iglesia únicamente con historias de quinquis drogadictos, tipo Colegas o El pico, o incluso con títulos de un realismo rayano en la violencia exacerbada, como La semana del asesino o La estanquera de Vallecas, a buen seguro quedarán sorprendidos si no tenían constancia de su versión del clásico de Henry James. Porque Otra vuelta de tuerca destaca por una cuidadísima dirección artística así como por la contención de su puesta en escena.



Tiene, además, la particularidad de que adapta el universo victoriano y gótico de la novela original al paisaje vasco, con lo que el pequeño Miles pasa a ser el adolescente Mikel (Asier Hernández), Mrs. Grose es el ama de llaves Antonia (Queta Claver) y Miss Giddens la institutriz será ahora un hombre, el joven maestro Roberto (Pedro Mari Sánchez), antiguo seminarista de origen humilde que, tras colgar los hábitos y ser contratado por el Conde de Etxeberría (Luis Iriondo) para que se haga cargo de la educación de sus sobrinos, deberá enfrentarse a los angustiosos espectros que alberga la elegante mansión familiar en la costa: la Villa de los Leones.

Viéndola, es fácil que a uno le vengan enseguida a la mente películas como Los otros (también rodada a orillas del Cantábrico a partir de un guion en teoría del propio Amenábar, pero claramente inspirado en el relato de Henry James) o Suspense (The Innocents, 1961) de Jack Clayton, ésta sí adaptación oficiosa, llevada a cabo por, entre otros guionistas, Truman Capote.



Pero, a pesar de todo, y aun tratándose de un clásico de la literatura universal, la fuerte personalidad de Eloy de la Iglesia se sigue palpando en el ambiente como acontece en el resto de su filmografía: lo mismo en la atracción malsana entre hermanos que en las dudas que atormentan a Roberto, sería perfectamente posible reconocer un estilo, una similar caligrafía a la presente en filmes de temática teóricamente distinta como El diputado, en definitiva, la marca de fábrica de un autor tan intenso como autodestructivo.


miércoles, 26 de agosto de 2015

El diputado (1979)




Director: Eloy de la Iglesia
España, 1979, 110 minutos

El diputado (1978) de Eloy de la Iglesia


Durante la transición democrática se estrenaron en España unas cuantas películas que, bien por su atrevimiento o bien por reflejar el momento político que se vivía, marcaron época. Curiosamente, en muchas de ellas el protagonismo recayó sobre el actor José Sacristán. Tal es el caso de Asignatura pendiente (José Luis Garci, 1977), Un hombre llamado Flor de Otoño (Pedro Olea, 1978), Operación Ogro (Gillo Pontecorvo, 1979) o El diputado (Eloy de la Iglesia, 1979).

En esta última interpreta al diputado socialista Roberto Orbea, un hombre que se debate entre los ideales políticos que lo han llevado desde la clandestinidad hasta lo más alto del Partido y entre sus tendencias homosexuales. El siempre valiente Eloy de la Iglesia y su coguionista Gonzalo Goicoechea afrontaban así una historia llamada a ser doblemente polémica: en primer lugar porque la inestabilidad política se palpaba en el ambiente y el ruido de sables y las acciones de la ultraderecha estaban a la orden del día; por otra parte, porque la homosexualidad era un tema tabú que nunca se había abordado explícitamente en el cine español de forma seria y, mucho menos, ligado a una personalidad de relevancia social.

José Sacristán como Roberto Orbea en El diputado (1979)


Aunque en la película se incluyen imágenes de archivo pertenecientes a sesiones del Congreso de los diputados en las que se puede ver a la plana mayor de los líderes que protagonizaron la transición, tanto el personaje central como su formación política son ficticios, si bien se trata de una síntesis evidente entre elementos del Partido Comunista y del PSOE.

Otro de los puntos fuertes de la historia expuesta en El diputado es que desmitifica la lucha obrera y el prototipo de líder izquierdista, lo cual la aleja de cualquier atisbo panfletario: más que lucha de clases, los jóvenes que, como Juanito, proceden de extracción social baja están dispuestos a lo que sea con tal de medrar, porque no quieren cambiar el sistema sino formar parte de él.

Quizá en su momento ni todo el mundo apreció la osadía de un film como este ni muchos supieron ver más allá de algunos de sus aspectos superficiales (el destape, a fin de cuentas, estaba en su pleno apogeo), pero lo cierto es que si la libertad de expresión se afianzó en nuestro país fue gracias a películas como El diputado, film que, todo sea dicho, ha resistido bastante bien el paso del tiempo y que aún puede verse sin sonrojarse uno (demasiado).


Con el puño en alto...
... y llorando