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sábado, 22 de septiembre de 2018

Madame Hyde (2017)




Director: Serge Bozon
Francia/Bélgica, 2017, 95 minutos

Madame Hyde (2017) de Serge Bozon


Sólo la cinematografía francesa, tradicionalmente avezada a la innovación y a las propuestas intelectualmente audaces, podía alumbrar una película tan arriesgada como Madame Hyde. Con ese toque entre surrealista y absurdo que puede encontrarse en los filmes de Bruno Dumont o en la obra de otros cineastas menos conocidos como el Samuel Benchetrit de La comunidad de los corazones rotos (Asphalte, 2015), el actor y director Serge Bozon se ha atrevido a revisitar el mito de Jekyll y Hyde para situarlo en un instituto de enseñanza secundaria de Lyon.

La protagonista, una Isabelle Huppert premiada en el Festival de Locarno por su electrizante papel de profesora de física, hace gala de insólitas facultades sobrenaturales tras haber sido alcanzada por un rayo mientras llevaba a cabo un experimento en su laboratorio.



¿Comedia metafísica o extravagante ciencia ficción? Pues, a decir verdad, ni lo uno ni lo otro, si bien Madame Hyde bebe indefectiblemente de ambos géneros. "Ninotchka se encuentra con El pequeño salvaje" titulaba su reseña el Festival Internacional de Cine de Toronto. Y nos parece una definición de lo más acertado, habida cuenta del hieratismo de la Huppert (nada que envidiar al de la Garbo en la mítica película de Lubitsch) y de la domesticación que la señora Géquil y su alter ego, Madame Hyde, llevan a cabo con Malik (Adda Senani), quien gradualmente pasará de querer emular a los raperos de los suburbios a entusiasmarse con la resolución de problemas sobre vectores.

Sin embargo, la imagen final del Lycée Arthur Rimbaud en llamas haría pensar en un trasfondo mucho más oscuro que el optimismo ilustrado del susodicho filme de Truffaut. A fin de cuentas, Bozon fantasea con la posibilidad de una docente justiciera, casada con un amo de casa (José García) tan complaciente como calzonazos, porque parte de la base de que la realidad que se vive en las aulas dista años luz de dicho ideal, estando más cerca de las continuas faltas de respeto que padece la protagonista, tanto por parte de unos alumnos maleducados que se ensañan con ella impunemente como de un director (Romain Duris) ridículo y engreído. Aun así, hay que reconocer que, a pesar de lo subversivo de su puesta en escena, Madame Hyde hace más por la educación que no planteamientos un tanto buenistas tipo Entre les murs (2008) de Laurent Cantet.


domingo, 16 de abril de 2017

Bella durmiente (2016)












Título original: Belle Dormant
Director: Adolfo Arrieta
Francia/España, 2016, 82 minutos

Bella durmiente (2016)

La casualidad ha querido que acabásemos ayer con una película de ritmo pausado y que comentemos hoy otra de similar cadencia. Aunque los referentes de Belle Dormant, a diferencia del universo oriental de Cemetery of splendour, habría que buscarlos más bien en el cine de Cocteau o en producciones más cercanas en el tiempo como la reciente Le fils de Joseph de Eugène Green. Con esta última comparte un similar tono a medio camino entre la fábula y la sátira, amén del actor Mathieu Amalric. De Cocteau, en cambio, parece haber heredado el gusto por los cuentos de hadas en clave poética, un poco al modo de La belle et la bête (1946).

Teniendo en cuenta que Arrieta (o Arrietta, como firma en esta ocasión, añadiendo uno más a la ya larga lista de heterónimos de los que se ha servido a lo largo de su carrera) procede del mundo de la pintura y del cine underground, no parece extraño que haya decidido adentrarse en una historia en la que se apuesta decididamente por la fantasía como válvula de escape frente a las hostilidades del mundo real. Una realidad concretada de modo específico en el siglo XX, justo el período que se pierden durante su letargo secular los habitantes del reino de Kentz, quienes se duermen en 1900 para no despertarse hasta el año 2000. Toda una declaración de intenciones, al privar (o ahorrarles, sería más apropiado decir) a la Bella Durmiente y a sus súbditos una centuria entera plagada de atrocidades, siendo la peor de ellas el propio progreso.



Porque es el propio realizador quien, hace apenas unos días, en una visita promocional a Barcelona, se confesaba obsesionado con los siglos XVIII y XIX, época en la que la sensibilidad y el refinamiento estético, sobre todo en el terreno artístico, llegan a su cenit. Qué bonito sería, para alguien que ama tan profundamente la belleza, poder dormirse cuando la dicha toca a su fin y así eludir un siglo de barbarie. Y lo mismo podría decirse del príncipe Egon de Litonia: ¿o es que a alguien se le escapa que su atracción por la hermosa dormida y su reino perdido en la jungla es inversamente proporcional a la aversión que le produce su padre, el apático rey? Yendo a buscarla o sobrevolando sus dominios en helicóptero, Egon manifiesta un evidente rechazo del mundo que le ha tocado vivir, así como de sus responsabilidades. Fastidio del que se libera aporreando la batería en los jardines de palacio (para desesperación del insulso monarca).

En esa línea de renuncia a dejarse asimilar por lo establecido cabría situar los títulos de crédito, tanto iniciales como finales: grafías e ilustraciones deliberadamente infantiles que entroncan con el estilo naif del García Lorca dibujante, en cuya poesía, por cierto, se encuentran también algunos elementos de la tradición romántica similares a los utilizados por Arrieta como fuente de inspiración.