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viernes, 31 de mayo de 2024

La hija del mar (1953)




Director: Antonio Momplet
España, 1953, 79 minutos

La hija del mar (1953) de Antonio Momplet


MARIONA: Encara sou aquí? Si va a començar la missa! 
ÀGATA: Ara hi anem, ara, Mariona. I vine, que et vull fer un petó... més petó que mai. (Li fa.) Aquest val per un miler de petons. A tu sí que t'estimo! Mireu, noies, els pares d'aquesta m'estimaven més a mi! I com ara són morts an ella és a qui més m'estimo de tot el món jo. Eh que tu també m'estimes, Mariona?
MARIONA: Sí, dona, sí. Però estigues per la missa…

Àngel Guimerà
La filla del mar (1900)

Visibilitzem el cinema català (1940-2014) es una iniciativa auspiciada por la Filmoteca de Catalunya que se propone rescatar del olvido buena parte de nuestro patrimonio cinematográfico. Y así, dentro del plan de digitalización de los fondos fotoquímicos depositados en el archivo de dicha institución, le tocaba el turno hace justo un año a La hija del mar (1953), objeto de un exhaustivo escaneo en 5K que le devuelve su esplendor primitivo a una cinta de innegable sabor local.

De hecho, los exteriores de la película, adaptación del drama homónimo que Guimerà había estrenado primero en castellano, en Buenos Aires (Teatro Odeón, 12 de septiembre de 1899), y posteriormente en catalán (Barcelona, Teatre Romea, 6 de abril de 1900), se rodaron en Cadaqués y otros parajes de la por entonces virginal Costa Brava. Asimismo, en un par de ocasiones se escucha cómo los alegres pescadores entonan canciones en lengua vernácula. Y hasta bailarán una sardana en otra escena. Todo un atrevimiento, por cierto, en una época en la que la persecución de los símbolos identitarios catalanes estaba a la orden del día.



Fue su director Antonio Momplet (1899-1974), gaditano de vida errante que, tras sus inicios en el cine de la República, continuaría su carrera en Argentina y más tarde en Méjico, donde rodó varios filmes, para regresar del exilio a principios de los cincuenta. Su primer trabajo, ya de vuelta en España, drama marinero entre lo cainita y lo pasional, contaba con la producción de los Estudios IFI (marca comercial del prolífico Ignacio Farrés Iquino) y el propio Momplet, hombre curtido en mil lides, ejerció labores de productor asociado.

No puede decirse, sin embargo, que el guion de Francisco Bonmatí de Codecido y José Antonio de la Loma, entre otros, fuese especialmente fiel con un texto cuyo trágico desenlace quedaba aquí atenuado hasta el extremo de salvar a esa especie de Cenicienta que es Águeda (Mercedes de la Aldea) para que la muchacha y el apuesto Tomás Pedro (Virgilio Teixeira), después de que él haya acudido por fin a la iglesia, se alejen de la mano mientras suenan de fondo los acordes del Aleluya de Haendel. Remate de evidentes connotaciones expiatorias con el que se cierra un drama en el que antes hemos visto al brutal tío Roque (Manuel Luna) ajustar cuentas con la femme fatale Mariona (Isabel de Castro).



lunes, 28 de diciembre de 2020

Rosa de Lima (1961)




Director: José María Elorrieta
España, 1961, 98 minutos

Rosa de Lima (1961) de José Mª Elorrieta


Vida y milagros (nunca mejor dicho) de Isabel Flores de Oliva (1586-1617), que pasaría a la posteridad como Santa Rosa de Lima: primera, de entre los beatos americanos, en recibir reconocimiento canónico por parte de la Iglesia católica. Mística para unos, neurasténica compulsiva para otros, lo cierto es que la película que nos ocupa dista mucho de ser un biopic. Se trataría, más bien, de una hagiografía en toda regla, es decir, del relato elogioso e idealizado de un ser sin mácula: producto típico, huelga decirlo, de los años de la dictadura, que por algo se llamó nacionalcatolicismo a la estrecha relación entre Estado e Iglesia durante el régimen franquista.



En cualquier caso, quien decida adentrarse en las procelosas aguas de semejante panfleto hallará en él los elementos habituales e inevitables de toda cinta de exaltación religiosa: coros celestiales, violines con sordina y novicias extasiadas con la mirada perdida en lontananza. Aunque también se dan cita sujetos de mala vida que, como don Gil de Cepeda (Frank Latimore), llegan al Nuevo Mundo ávidos de oro y aventuras hasta que la abnegada Rosa se cruza en su camino para redimir al crápula de una existencia pecaminosa.



María Mahor, intérprete asidua de este tipo de producciones almibaradas, da vida a la santa adoptando un registro cuya candidez raya en lo cursi hasta resultar a ratos empalagosa. Adjetivos que hoy pueden sonar muy duros, pero que nos dan la medida exacta de la transformación experimentada por este país en los últimos sesenta años. Así pues, arquetipos que, desde instancias oficiales, se consideraban modélicos, ahora se nos antojan simple y llanamente irrisorios.



Queda, por último, destacar lo que Rosa de Lima tiene de "exótico", desde los diálogos adicionales que, según consta en los títulos de crédito, son obra del célebre cronista César González-Ruano hasta la nota localista de indígenas del Perú que, ataviados con chullos y jarapas, danzan al son melifluo de sus zampoñas o acuden al bullicioso mercado de la ciudad, graciosamente recreado para la ocasión en la Plaza Mayor de Colmenar de Oreja (Madrid).



sábado, 15 de febrero de 2020

Cañas y barro (1954)




Director: Juan de Orduña
España/Italia, 1954, 97 minutos

Cañas y barro (1954) de Juan de Orduña

Como todas las tardes, la barca-correo anunció su llegada al Palmar con varios toques de bocina.
El barquero, un hombrecillo enjuto, con una oreja amputada, iba de puerta en puerta recibiendo encargos para Valencia, y al llegar a los espacios abiertos en la única calle del pueblo, soplaba de nuevo en la bocina para avisar su presencia a las barracas desparramadas en el borde del canal. Una nube de chicuelos casi desnudos seguía al barquero con cierta admiración. Les infundía respeto el hombre que cruzaba la Albufera cuatro veces al día, llevándose a Valencia la mejor pesca del lago y trayendo de allá los mil objetos de una ciudad misteriosa y fantástica para aquellos chiquitines criados en una isla de cañas y barro.

Vicente Blasco Ibáñez
Cañas y barro (1902)

Son muchos y diversos los elementos que hacen de esta coproducción hispanoitaliana, dirigida por Juan de Orduña y adaptación de la novela homónima de Blasco Ibáñez, un filme a tener en cuenta. En primer lugar, por haber sido rodada en la Albufera valenciana, admirable enclave natural que le aporta ese toque pintoresco y localista tan propio, por otra parte, de la literatura de su autor. Pero también, en otro orden de cosas, debido a la presencia en el reparto del mítico actor catalán Joan Capri, quien, haciendo gala de su proverbial vis cómica, daba vida aquí al tonto del pueblo.

Por otra parte, las dos o tres expresiones en valenciano que se escuchan a lo largo de la película suponen una pincelada fugaz con la que se pretendía captar un hecho diferencial que, quizá por tratarse de un clásico de la literatura popular ambientado a finales del siglo XIX, se toleró sin mayores reparos por parte de la censura franquista. Como la relación adúltera entre el Tonet y la Neleta que, aunque muy suavizada respecto al tremendismo del texto original, seguía siendo bastante atrevida para la época. En cambio, del asesinato del hijo que tienen en común y ulterior suicidio del padre, como es lógico, no queda ni rastro en la película.



La fotografía en blanco y negro de Aguayo, la banda sonora de Ricardo Lamotte de Grignón, los diálogos de Manuel Tamayo, los decorados de Sigfrido Burmann… Nunca se ensalzará lo suficiente el buen hacer de una generación irrepetible de geniales artesanos. Puesto que no hay detalle, ni delante ni detrás de la cámara, que no merezca la pena ser destacado. Lo mismo que su reparto coral, con el portugués Virgilio Teixeira y la italiana Anna Amendola a la cabeza, acompañados de secundarios de la talla de Félix Fernández (Tío Paloma), un irreconocible José Nieto (sin su habitual bigotito falangista) haciendo de augusto padre y Aurora Redondo en un inusual doble papel, ya que interpreta a la enfermiza esposa de Cañamel y también a la Samaruca, la tóxica hermana de ésta.

Costumbrismo levantino que, apenas dos años después, explotaría de nuevo otro título no menos interesante, dirigido, esta vez, por el gallego Manuel Mur Oti. Nos estamos refiriendo a Fedra (1956), tragedia, como Cañas y barro, situada a orillas del mar, si bien con el trasfondo del mito clásico, cuya función, en el caso de las trifulcas de estos pescadores y arroceros, es cumplida por acontecimientos históricos como la Guerra de Cuba.


sábado, 11 de enero de 2020

Un día perdido (1955)




Director: José María Forqué
España, 1955, 82 minutos

Un día perdido (1955) de José María Forqué

Tres monjas se hacen cargo de un neonato abandonado, con la intención de encontrar a su madre o, en su defecto, de llevarlo a la inclusa. Típico argumento folletinesco sin mayor aliciente que las celebridades que trabajaron en la película, desde las actrices Ana Mariscal o Elvira Quintillá, el irrepetible Pepe Isbert, la dirección de Forqué y hasta una aparición fugaz de José Luis López Vázquez, por aquel entonces un simple figurinista que hacía sus pinitos en el mundo de la interpretación.

Hay, quizá, a tenor de la relativa novedad que suponía filmar en exteriores, un segundo elemento de interés en las escenas rodadas en ese Madrid popular del Rastro, con sus calles atestadas de gente en los aledaños de la Plaza de Cascorro. A este respecto, la odisea de las religiosas a bordo del taxi del afable don Paco (Isbert) permite, de paso, ofrecer una panorámica de la ciudad con parada en los almacenes Galerías Preciados o el local de varietés donde actúa una jovencísima Lina Canalejas.



El objetivo de la cinta, sin embargo, no era ni convertirse en documento de época ni coquetear con el musical (aunque se incluya un par de canciones), sino dorarle la píldora a un espectador al que debían quedarle muy claras las bondades de la paternidad y de la vida en familia: "Cásate, échate obligaciones encima. Verás cómo te las arreglas para ganar más. El mejor camino, el matrimonio. Un hombre solo, por mucho que gane, es dinero perdido. Y no os asusten los hijos. Que es bien cierto que todos nacen con un pan bajo el brazo". Se lo dice el señor Roca (Félix Dafauce) al díscolo Andrés (Virgilio Teixeira), pero en realidad es el respetable el que debe tomar buena nota para cuando salga del cine y se reincorpore a la vida cotidiana.

Aunque Noel Clarasó, el autor del guion, no da puntada sin hilo, de modo que el trío de hermanitas de la caridad, a cuál más compasiva y bondadosa, cumple la indisimulada misión de hacernos creer que los miembros de la Iglesia católica viven entregados al socorro del prójimo las veinticuatro horas del día. Propaganda sin ambages con la que no sólo se reprendía a la madre descarriada (Elena Barrios) capaz de abandonar a su vástago, sino que, sobre todo, el nacionalcatolicismo extendía sus tentáculos ávido de captar adeptos para la causa.


domingo, 10 de febrero de 2019

Tramposos (1984)




Título original: Tricheurs
Director: Barbet Schroeder
Francia/Alemania/Portugal, 1984, 94 minutos

Tramposos (1984) de Barbet Schroeder


Trotamundos como es él, Barbet Schroeder acabaría recalando en la isla de Madeira para narrar la insólita relación entre Elric (adicto a la ruleta al que da vida el siempre atribulado Jacques Dutronc) y Suzie, rubia buscavidas, encarnada por Bulle Ogier, que se dejará arrastrar por la pasión ludópata de su amante. En cierta manera, su historia recuerda un poco a la que Jacques Demy relatara en La baie des anges (1963), sólo que aquí los roles se invierten, siendo él quien ejerce de seductor corruptivo, amén de que Tricheurs, como su propio título indica, tiene más de picaresca que de frenético melodrama romántico.

Ambientado en el célebre complejo hotelero diseñado por Niemeyer, el filme (adaptación del libro autobiográfico de Steve Baës, quien también colaboró en el guion e interpreta al director del establecimiento de juego) se enmarca en el trepidante subgénero de los "revienta" casinos, en la línea de las andanzas de Gonzalo García Pelayo, inmortalizadas por Eduard Cortés en The Pelayos (2012), aunque sin alcanzar el glamur en la saga Ocean's... de los Clooney, Damon y Pitt dirigidos por Steven Soderbergh.



Un simple paquete de tabaco esconde el enrevesado mecanismo mediante el que Suzie logra controlar a distancia (y a placer) la bola de la ruleta. El resto es pan comido, si no fuera porque los responsables del local enseguida desconfían de la inusual racha de buena suerte que parece acompañar a la pareja.

Y para que se note que se trata de una coproducción a tres bandas, además de alguna frase en portugués en boca del crupier y sus amigos, los compinches de los protagonistas reniegan en alemán, aparte de que Suzie y Elric volarán hasta Francia, adonde, con el dinero obtenido de sus fructíferas apuestas, sueñan retirarse en un vetusto castillo.


domingo, 27 de mayo de 2018

Zalacaín el aventurero (1955)




Director: Juan de Orduña
España, 1955, 93 minutos

Zalacaín el aventurero (1955) de Juan de Orduña


En este caserío nació y pasó los primeros años de su infancia Martín Zalacaín de Urbía, el que, más tarde, había de ser llamado Zalacaín el Aventurero; en este caserío soñó sus primeras aventuras y rompió los primeros pantalones.

Los Zalacaín vivían a pocos pasos de Urbía, pero ni Martín ni su familia eran ciudadanos; faltaban a su casa unos metros para formar parte de la villa.

El padre de Martín fue labrador, un hombre oscuro y poco comunicativo, muerto en una epidemia de viruelas; la madre de Martín tampoco era mujer de carácter; vivió en esa oscuridad psicológica normal entre la gente del campo, y pasó de soltera a casada y de casada a viuda con absoluta inconsciencia. Al morir su marido, quedó con dos hijos: Martín y una niña menor, llamada Ignacia.

El caserío donde habitaban los Zalacaín pertenecía a la familia de Ohando, familia la más antigua aristocrática y rica de Urbía.

Vivía la madre de Martín casi de la misericordia de los Ohandos.

En tales condiciones de pobreza y de miseria, parecía lógico que, por herencia y por la acción del ambiente, Martín fuese, como su padre y su madre, oscuro, tímido y apocado; pero el muchacho resultó decidido, temerario y audaz.

Pío Baroja
Zalacaín el aventurero (1909)



Muy dado a acumular personajes y anécdotas, podría decirse del estilo de Baroja que parece que escriba a bocados. Y de algo de ello adolece esta versión de Zalacaín que dirigiese el otrora insigne Juan de Orduña, quien, habituado a conocer las mieles del éxito con sus grandilocuentes producciones históricas de cartón piedra para Cifesa, habría de conformarse en esta ocasión con una cierta indiferencia por parte de público y crítica.

Sea como fuere, la película posee el aliciente indiscutible de haber contado con la presencia del mismísimo don Pío tanto en el prólogo como en el desenlace, lo cual, por una parte, no sólo otorgaba prestigio a la adaptación convirtiéndola, a su vez, en un documento histórico, sino que, por otra, ayudaba a poner un poco de orden en la ya de por sí deslavazada estructura de la novela. De esta forma, la historia queda perfectamente articulada como el relato que el escritor refiere a Orduña a partir de las analepsis que, años atrás, las tres damas de negro llevaron a cabo, en el cementerio de Zaro, al verbalizar cada una de ellas sus recuerdos ante un joven Baroja intrigadísimo por conocer el origen de las rosas inmarcesibles sobre la tumba del héroe.



Pese a que las escenas de interior se rodaron en los estudios Orphea de Barcelona, a lo largo de todo el filme se respira una firme voluntad de captar la esencia del paisaje vasco, con sus bailes tradicionales e incluso una cancioncilla sobre chistularis y versolaris entonada por Ignacia (María Dolores Pradera) durante el transcurso de su banquete de bodas.

Como en ocasiones anteriores, el papel protagonista recayó sobre Virgilio Teixeira, cuya afinidad con el director que tantas veces depositara en él su confianza (Agustina de Aragón, La leona de Castilla, Alba de América...) se debiese tal vez al enorme parecido físico entre ambos, por lo que no sería de extrañar que, consciente o inconscientemente, Juan de Orduña reconociera en el actor portugués a su alter ego. Aun así, fue una actriz (Elena Espejo, quien encarna el personaje de Catalina) la encargada, en su doble faceta de productora e intérprete, de sacar adelante este proyecto, algo insólito en la España de aquel entonces.


domingo, 25 de febrero de 2018

La leona de Castilla (1951)




Director: Juan de Orduña
España, 1951, 101 minutos

La leona de Castilla (1951)


¡Antes que el rey era Castilla! 
¡Antes que el águila imperial 
de los comuneros España será! 
¡Con Padilla al frente, 
que es buen capitán, 
que es buen capitán...!

Cánticos, trifulcas y cartón piedra: elementos típicos de cualquier superproducción histórica de Cifesa que se precie. Aunque para cuando se estrenó La leona de Castilla, a principios de la década de los cincuenta, el género comenzaba a dar síntomas de decaimiento. Lo cual no fue óbice, sin embargo, para el éxito popular de una cinta cuyo protagonismo exclusivo recaía sobre Amparo Rivelles, la actriz encargada de meterse en la piel de la rebelde María López de Mendoza y Pacheco (Granada, 1497-Oporto, 1531), elevada a mito por la historiografía romántica bajo el más sobrio nombre de María Pacheco.



A decir verdad, su figura ya había sido abordada por el modernista Francisco Villaespesa en un drama en verso y en tres actos, estrenado en Murcia en 1915. Obra teatral que serviría de base a Vicente Escrivá para el guion de la película de Juan de Orduña que nos ocupa. ¿Y qué pinta la viuda de uno de los líderes de la sublevación de los comuneros en una cinta rodada en pleno franquismo? De entrada, habría que dejar claro que La leona de Castilla venía precedida de la notoriedad adquirida, un año antes, por Agustina de Aragón y, sobre todo, por Locura de amor (1948). De lo que se deduce que tanto el director como los estudios quisiesen repetir una fórmula destinada a obtener el beneplácito del público en taquilla.

La cosa iba, por tanto, de heroínas femeninas, probablemente porque en la vida real ni había lugar para la rebelión ni las mujeres contaban excesivamente en aquella España de Franco. De modo que el cine, espacio por excelencia para la evasión, garantizaba, en cierta manera, la recreación morbosa de estas figuras a través de la pantalla.



En cambio, el mensaje que alberga La leona de Castilla no puede ser más reaccionario: tanto, como el contexto que aquí se estaba viviendo. Recuérdese: en 1950, las autoridades del régimen, deseosas de desmarcarse de su pasado fascista y lograr un acercamiento ideológico con los EE.UU., que se materializaría en los Pactos de Madrid del 53, habían auspiciado el reestreno de Raza, titulada ahora Espíritu de una raza, con un nuevo montaje que subrayaba el carácter anticomunista del Levantamiento nacional. Lo recordaba la voz en off del NO-DO con motivo del Congreso Eucarístico de Barcelona en el 52: "Hoy en el mundo la única alternativa posible es comunión o comunismo". Y claro: comunero recuerda fonéticamente a comunista... De ahí que otra voz en off, ahora la del prólogo de la película, se encargue de enfatizar que: "Frente a esa ambición del César hispano se alzó el criterio estrecho de los comuneros, para los cuales el mundo acababa en los trigales castellanos, en sus fueros y privilegios." No contento con lo cual, acto seguido nos previene, apelando, sin duda, al recuerdo de la Guerra civil: "Es una historia triste, como todas las que forjó la rebeldía..."



Aun así, si algo extraordinario tiene esta película son esos majestuosos decorados de Sigfrido Burmann que recrean, casi a escala real, la catedral de Toledo. Una dirección de arte claramente inspirada en pintores como El Greco (los fondos pintados simulando las nubes sobre el cielo toledano imitan la pincelada sinuosa del griego) o en el célebre cuadro de Antonio Gisbert (1860) que en la actualidad puede admirarse en el Palacio de las Cortes.