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jueves, 15 de agosto de 2024

Crimen (1964)




Director: Miguel Lluch
España, 1964, 85 minutos

Crimen (1964) de Miguel Lluch


La acción de Crimen (1964) transcurre en algún lugar indeterminado de la provincia de Barcelona próximo a Vic y a Olot. Enclave rural, por tanto, en el que, además de cometerse una atrocidad contra una madre y su hija Inés (Sonia Bruno), se acusará injustamente de ambas muertes a don César, el médico del pueblo (Víctor Valverde). 

Y es que el verdadero inductor de lo ocurrido ha sido Carlos (Julián Mateos) junto con su amigo Ramón (Sergio Doré). Seductor empedernido, acostumbrado a salirse siempre con la suya, se da también la circunstancia de que el susodicho Carlos es sobrino del todopoderoso don Antonio (Luis Induni), lo que favorece una conspiración de silencio entre los lugareños para que el joven salga indemne.



El mismo elenco de actores que ya había trabajado a las órdenes de Miguel Lluch en El precio de un asesino (1963) protagonizaba ahora un drama de suspense, de nuevo producido por la prolífica factoría IFI (iniciales de Ignacio Ferrés Iquino), en el que el acérrimo juez interpretado por Fernando Sancho se pone al frente de la investigación con el firme propósito de demostrar la inocencia del doctor.

La implicación del sereno en las actividades delictivas que describe el filme nos habla de un tiempo en el que hasta los encargados de velar por la seguridad y el orden se rendían al poder omnímodo de los señoritos locales. De lo cual se desprende una aparente voluntad crítica, avalada por la advertencia que cierra los créditos iniciales ("Los hechos que se narran en esta película están basados en un crimen repugnante ocurrido en España hace algunos años"), pero que no es otra cosa sino el típico reclamo para el espectador de la crónica negra.



miércoles, 12 de julio de 2023

El precio de un asesino (1963)




Director: Miguel Lluch
España, 1963, 82 minutos

El precio de un asesino (1963) de Miguel Lluch


El incombustible Iquino y Federico de Urrutia escribieron a cuatro manos el guion de El precio de un asesino (1963), típica cinta policíaca de las muchas que por aquellos años se rodaron en la Ciudad Condal. El núcleo de su trama radica en la personalidad antagónica de dos hermanos, el uno sicario (Víctor Valverde) y el otro seminarista (Julián Mateos), cuyos destinos terminan cruzándose en las procelosas calles del Barrio Chino de Barcelona. 

Ni que decir tiene que la misión del segundo (tras colgar temporalmente los hábitos) consistirá en ir al rescate de la oveja descarriada que nunca debió abandonar la senda de los justos. Que lo consiga o no va a depender de su pericia para infiltrarse en los ambientes turbios de los bajos fondos, pero sobre todo de la vehemencia con la que defiende sus convicciones.



Tal vez por eso la cámara capta frecuentemente en ángulo contrapicado la efigie del futuro sacerdote, con la intención de realzar su figura, ya de por sí adornada con unas vistosas gafas de pasta que le aportan la gravedad circunspecta de quien es más fuerte por sus dotes persuasivas que no por la violencia que caracteriza, en cambio, al mundo del hampa.

A destacar la trascendencia de algunos secundarios, como por ejemplo esa especie de magdalena que es Beatriz (Margarita Lozano), vedete y presumiblemente mujer de la vida que anda prendada del malote Javier (Valverde), pero que, o por eso mismo, recurre a la ayuda del bueno de Miguel (Mateos). O la presencia del siempre efectivo Fernando Sancho, aquí metido en la piel de Rufo, un hombrón desastrado pero en el fondo de buen corazón. El caso es que el momento culminante de la intriga tendrá lugar entre los escombros de un edificio en ruinas adonde los dos hermanos se refugian ante el envite de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.



lunes, 27 de junio de 2022

Lorca, muerte de un poeta (1987-1988)




Director: Juan Antonio Bardem
España, 1987-1988, 352 minutos





Desde su más tierna infancia, el joven Federico da muestras de unas dotes extraordinarias para el piano y la poesía. Aunque su padre, un rico viudo casado en segundas nupcias con la maestra del pueblo, se negará rotundamente a que su hijo prosiga estudios superiores de música en París. 

Aparte de los primeros recuerdos de la escuela, de la fascinación del niño por el teatro de guiñol o de cómo la madre y Dolores "La Colorina" le enseñan canciones en el jardín familiar, el primer episodio de la serie da cuenta del amor platónico que el Lorca adolescente experimentó hacia la gélida María Luisa Egea.

Asimismo, asistiremos al encuentro, en Baeza, entre la joven promesa y el ya célebre por aquel entonces Antonio Machado, un 10 de junio de 1916. O a la publicación de su primer libro, con apenas veinte años, cuyo título, Impresiones y paisajes, da nombre también a esta primera entrega.

La voz en off del poeta desgrana sus recuerdos en primera persona, alternando con otra, más neutra, que aporta el resto de datos biográficos del personaje. Dirección excesivamente académica por parte de Bardem, compensada por el rigor histórico y literario de la puesta en escena. La elección del británico Nickolas Grace para el papel protagonista parece justificada por su enorme parecido físico con Federico. Sin embargo, y a pesar del doblaje, se pueden leer perfectamente los diálogos en inglés en sus labios.

"Sea mi corazón cigarra / sobre los campos divinos"


Recomendado por Fernando de los Ríos (Miguel Littín), el joven Lorca es recibido por Juan Ramón Jiménez en Madrid, adonde se traslada para estudiar en la prestigiosa Residencia de estudiantes. Allí, aparte de sumergirse en un ambiente propicio a la cultura y el conocimiento, Federico hará amistad con otros entusiastas de la creación artística que, como Buñuel y Dalí, están llamados a convertirse en figuras destacadas de su generación.

En Granada, el poeta se relaciona con el maestro Manuel de Falla y juntos organizan el célebre concurso de cante jondo, que resulta todo un acontecimiento con miras a preservar el patrimonio folclórico de la región. Mientras, el propio García Lorca se ha preocupado en recibir lecciones de guitarra flamenca por parte de dos gitanos.

De nuevo en la capital, y ya habiendo finalizado la carrera de derecho, Federico y Salvador Dalí entablan una amistad basada en la mutua admiración que ambos se profesan. Para septiembre de 1923 el golpe militar de Miguel Primo de Rivera les pilla saliendo de un cinematógrafo donde se proyectan las películas de Pamplinas (sobrenombre con el que era conocido en España Buster Keaton).

Imágenes de archivo, ya sea para ilustrar la guerra de Marruecos o los estragos de la gripe española, aportan la nota documental de una serie concebida con clara vocación didáctica.

El estreno de El maleficio de la mariposa (1920) cosechó un clamoroso fracaso


Es 1925 y García Lorca se ha hecho muy amigo de su "primo" Rafael Alberti. Lo mismo que de Salvador Dalí, a quien acompaña hasta Cadaqués para pasar unos días en compañía de la familia del pintor. Por esas mismas fechas, Federico se esfuerza denodadamente en llevar a las tablas su drama Mariana Pineda, que será finalmente protagonizado por Margarita Xirgu (Núria Espert).

En el Ateneo de Sevilla, los jóvenes miembros de la Generación del 27 celebran su puesta de largo apadrinados por Ignacio Sánchez Mejías (Germán Cobos): el acto, imbuido de un cierto aire festivo, propicia el encuentro entre Lorca y un talentoso poeta local llamado Luis Cernuda.

Desamores y recelos atormentan a Federico: su ruptura con el escultor Emilio Aladrén (1906-1944) lo sume en una profunda depresión, mientras Buñuel y Dalí, metidos a cineastas en París, desdeñan la imagen de rapsoda populachero que se está forjando en torno al autor del Romancero gitano. El estreno de Un chien andalou (1929), manifiesto visual del surrealismo, provocará un cierto distanciamiento entre los antiguos compañeros de la Residencia de estudiantes.

"¡Amor, amor, amor y eternas soledades!"


Los diez meses que dura la estancia de García Lorca en Nueva York marcarán profundamente su visión de un mundo deshumanizado en el que ni la caridad ni la belleza parecen tener cabida. Pésima impresión que se va a ver más reforzada aún, si cabe, cuando el poeta sea testigo de las escenas de pánico que el crac de la bolsa provoca entre la multitud.

A su regreso a España, y tras una breve escala en Cuba, Federico continúa su carrera imparable hacia la celebridad. Lo cual no le impide encabezar un proyecto tan sumamente revolucionario para la época como "La Barraca": jóvenes universitarios dispuestos a llevar nuestro teatro del Siglo de Oro hasta el último rincón de la geografía española.

El éxito comercial de Yerma (1934), de nuevo de la mano de Margarita Xirgu, contrasta con la amargura que destilan los versos inspirados en la trágica muerte del torero (y amigo personal del poeta) Ignacio Sánchez Mejías, acaecida en agosto de aquel mismo año. Dolor que la ruptura con Rafael Rodríguez Rapún no hará sino acrecentar hasta el paroxismo: "Lo normal es el amor sin límites, pero para eso se necesitaría una verdadera revolución, una nueva moral, una moral de la libertad absoluta..."

Pese a que el resultado es, en términos generales, óptimo, condensar en capítulos de apenas cincuenta minutos una vida tan intensa como la de Federico García Lorca provoca en el espectador la sensación un tanto abrumadora de hallarse frente a un docudrama en el que los hechos más relevantes de su existencia, artística y personal, deben tener cabida, aunque sea con calzador.

"Buscando entre las aristas / nardos de angustia dibujada"


La victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero marca el inicio de un período de inestabilidad política cuyo momento culminante será el asesinato de Calvo Sotelo. A pesar de todo, García Lorca no duda en participar, junto a Alberti y otros intelectuales, en un acto reivindicativo del Socorro Rojo Internacional en el que se solicita la liberación del comunista brasileño Luís Carlos Prestes.

Por esas mismas fechas el dramaturgo organiza una lectura pública de su última obra teatral: La casa de Bernarda Alba. Asisten a la misma varios de sus colegas y amigos, entre ellos el también poeta Jorge Guillén, al que confiesa con temor que últimamente está recibiendo numerosos anónimos amenazándole de muerte.

Dado que el 18 de julio se celebra la festividad de San Federico, Lorca decide trasladarse hasta la Huerta de San Vicente para festejar la onomástica con su familia. De ahí que el alzamiento nacional le sorprenda, como diría Antonio Machado, "en Granada, ¡en su Granada!"

Tal y como indica el título, "Una guerra civil (1935-1936)", el quinto episodio de la serie aborda escasas cuestiones literarias, puesto que se centra en los entresijos de la insurgencia militar. Aun así, Bardem cierra el capítulo con un plano de la luna llena, metáfora habitual en el universo lorquiano que hace presagiar el desenlace trágico de los acontecimientos.

"Y ocultan en la cabeza / una vaga astronomía / de pistolas inconcretas"


Ni los altercados callejeros ni las noticias que llegan a través de la radio convidan al optimismo: temerosos ante el rumbo que están tomando los acontecimientos, los García Lorca deciden que Federico se refugie en casa de su amigo Luis Rosales. Sobre todo porque tanto Luis (Manuel de Benito) como sus hermanos Pepe (Luis Hostalot) y Miguel (Chema Muñoz) son destacados falangistas.

Aun así, las malas artes de un oscuro ultraderechista llamado Ramón Ruiz Alonso (Ángel de Andrés López) motivarán la detención del poeta, acusado de cargos tan peregrinos como el de ser un enlace con Moscú o el de que su obra teatral Yerma (1934) "va contra la España tradicional, contra la decencia y contra Dios".

Trasladado a dependencias del Gobierno Civil de Granada, las gestiones de los hermanos Rosales reclamando la inmediata puesta en libertad de su amigo resultan por completo infructuosas. Más que nada porque el inflexible comandante Valdés (José Manuel Cervino) se niega rotundamente a ello. De modo que el infortunio se cierne sobre el pobre Federico una madrugada de agosto de 1936.

Con una duración sensiblemente superior a la del resto de capítulos, esta sexta entrega concluye la serie poniendo el énfasis en la compleja red de animadversiones que conducirían a Lorca ante el pelotón de fusilamiento. No va más allá de lo ya expuesto por Ian Gibson en sus trabajos, pero sí que acierta a traducir en imágenes el carácter funesto de unos hechos que, parafraseando lo que el poeta les dice a sus compañeros de celda, simbolizan "el absurdo y cruel esperpento de la España eterna".

"Y no quiero llantos: la muerte hay que mirarla cara a cara"


domingo, 27 de marzo de 2022

Pocilga (1969)




Título original: Porcile
Director: Pier Paolo Pasolini
Italia/Francia, 1969, 99 minutos

Pocilga (1969) de Pasolini


Dos historias simultáneas conforman el argumento de Porcile (1969). Una de ellas transcurre en la suntuosa residencia de un antiguo líder nazi, hoy reconvertido en adinerado industrial; la otra tiene lugar varios siglos atrás en la cima de un volcán adonde busca refugio un joven acusado de canibalismo. A priori no parece que haya relación entre ambas, si bien no sería descabellado aventurar que Pasolini tal vez intentase establecer una especie de parábola en torno al carácter represor de la familia y el Estado. No en vano, tanto el personaje de Pierre Clémenti como el interpretado por Jean-Pierre Léaud acabarán convirtiéndose en víctimas propiciatorias cuyo sacrificio perpetúa un statu quo en el que el inconformismo se paga con la vida.

Estética y conceptualmente, Porcile posee no pocos vínculos con la anterior Teorema (1968), desde la aridez de las laderas del Etna hasta el estado vegetativo en el que queda Julian (Léaud). También es fácil reconocer la singular caligrafía del cineasta en su propensión a la frontalidad de los primeros planos, motivo por el que la puesta en escena adolece de un cierto hieratismo que, en ocasiones, termina por lastrar la contundencia de lo que se supone que debería ser un rotundo discurso antisistema.



El caso es que, según el texto esculpido sobre el mármol de las lápidas que vemos en la secuencia con la que se abre la película, "La Alemania de Bonn no es la Alemania de Hitler", sino una moderna economía capitalista en la que, en lugar de armamento, "se fabrica lana, queso, cerveza y botones". Y, sin embargo, el fascismo alienta en el seno de esa misma burguesía cuya clase empresarial disimula su pasado cambiando de apellido y hasta de rostro gracias a la cirugía estética.

Aunque de poco les sirve a los venerables Klotz (Alberto Lionello) y Herdhitze (Ugo Tognazzi) esconder su vileza bajo la sofisticación de los lujosos salones en los que suena de fondo un arpa melodiosa o un elegante cuarteto de cuerda: el hedor de sus verdaderas intenciones sigue apestando lo mismo que ayer y los cerdos de su pocilga (metáfora del poder reaccionario) no dudarán ni un segundo en devorar a sus propios hijos, si hiciese falta, con tal de que todo continúe igual.



domingo, 15 de abril de 2018

La noche de San Lorenzo (1982)




Título original: La notte di San Lorenzo
Directores: Paolo y Vittorio Taviani
Italia, 1982, 105 minutos

La noche de San Lorenzo (1982)


Ha muerto Vittorio Taviani, pero su cine sigue más vivo que nunca. Así lo atestiguan títulos como La noche de San Lorenzo (1982), relato autobiográfico en clave poética a partir de los recuerdos de infancia de una de las parejas de hermanos cineastas más célebres de todos los tiempos.

Una madre vela el sueño de su recién nacido. Es un 10 de agosto y la lluvia de estrellas le hace retrotraerse hasta 1944, cuando ella era una niña y salvó milagrosamente la vida durante los disturbios ocasionados tanto por nazis como por los camisas negras.



A pesar de que la evocación de la niña/mujer actúa de hilo conductor, con su voz en off relatando de vez en cuando los hechos, estamos ante un filme coral en el que es la comunidad la que finalmente acaba sobreponiéndose a la adversidad. En ese aspecto, La noche de San Lorenzo (1982) se plantea como el triunfo popular de quienes, con su sacrificio, logran frenar el avance de la barbarie.

Son historias en las que late la pulsión vital de unos campesinos para los que la alegría de vivir (lo mismo entre jóvenes que entre mayores, que ahí está la atracción experimentada por Galvano y Concetta) sólo es comparable a la ilusión de que los tanques americanos lleguen por fin para liberarlos.


domingo, 19 de febrero de 2017

El Lazarillo de Tormes (1959)




Director: César Fernández Ardavín
España/Italia, 1959, 104 minutos

El Lazarillo de Tormes (1959)
de César Fernández Ardavín


Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre; y fue de esta manera: mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y, estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí. De manera que con verdad me puedo decir nacido en el río.

Tratado primero
"Cuenta Lázaro su vida y cúyo hijo fue"



Ni era la primera vez ni fue la última que La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades se llevaba al cine. Antes ya lo había hecho Florián Rey en 1925 y, en 2001, volvería a hacer lo propio Fernando Fernán Gómez. Con todo, no se trata, ni mucho menos, de una novela que resulte fácil adaptar a la gran pantalla, pero el hecho de ser uno de los clásicos imprescindibles de la literatura castellana (y, por ende, lectura obligatoria en las aulas) la convierten en plato suculento para los productores de todas las épocas.

La versión dirigida por César Fernández Ardavín en 1959, pese a tergiversar el espíritu del texto original, se hizo con el Oso de oro en la Berlinale, algo que hoy en día se nos puede antojar excesivo. De todos modos, contiene algunos hallazgos notables. Por ejemplo, y dado que la historia deja de estar contada en una carta por el Lázaro adulto, algunos episodios (como el del hermanito mulato que llama coco a su propio padre) se los explica el niño al ciego (Carlos Casaravilla). Otro acierto es la inclusión de un sueño: el que tiene el niño poco antes de entrar a servir al escudero (Juanjo Menéndez) y que le hace creer que, a partir de ese momento, nadará en la abundancia y el lujo.



Pero, en términos generales, el filme carece de la mala leche que el autor anónimo supo imprimir a su obra. Tanto es así que el elemento anticlerical, tan importante en la novela, ha prácticamente desaparecido de la película: ni rastro del Arcipreste de San Salvador, que se entiende con la mujer de Lázaro (cornudo consentido) en el Tratado séptimo, ni del capellán del sexto, ni del fraile mercedario del cuarto. El clérigo del Tratado segundo se convierte ahora en un simple sacristán desdentado y el buldero pasa a ser un cómico de una compañía de la legua, cuyo carromato se trae, por cierto, un cierto aire con el Bergman de El manantial de la doncella (que se estrenaría apenas tres meses después).

No soplaban tiempos idóneos para atacar a la jerarquía eclesiástica y la censura de un Estado oficialmente confesional tampoco habría permitido ir mucho más lejos por muy clásico de las letras hispánicas que sea el Lazarillo. Sí que estaban de moda, en cambio, las películas con niño tipo Marcelino pan y vino o los musicales de Joselito, por lo que no es de extrañar que se eligiera al rollizo y sonriente Marco Paoletti como protagonista, precisamente la antítesis del pícaro famélico.