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viernes, 6 de marzo de 2026

La organización criminal (1973)




Título original: The Outfit
Director: John Flynn
EE.UU., 1973, 103 minutos

La organización criminal (1973) de John Flynn


Hubo un tiempo, durante las décadas de los años ochenta y noventa, en el que películas como The Outfit (1973) se veían un tanto pasadas de moda. Sin embargo, la revalorización vintage de que son objeto hoy en día estas producciones neo-noir permite redescubrir una forma de hacer cine bastante meritoria pese a su vocación eminentemente comercial. Redescubrimiento, por cierto, que tiene en Tarantino a uno de sus principales valedores, razón que explicaría el enorme parecido entre la cinta que nos ocupa y muchos títulos de su propia filmografía que, sin duda, beben de modelos como éste.

Buena prueba de lo anterior sería el uso desproporcionado de la violencia que en determinados momentos ejercen los personajes masculinos contra las mujeres o, en esa misma línea de cosificar el cuerpo femenino, la reiterada utilización de transparencias por parte de varias de las actrices del elenco, dejando adivinarse los senos tras sus respectivas prendas de seda. Circunstancia, esta última, que delataba cómo el represivo Código Hays, tan conservador en lo tocante a desnudez, había dejado de estar vigente en 1968.



Por otra parte, la imagen de Karen Black en el cartel publicitario, ataviada con una típica boina francesa de los años treinta, remite directamente a la iconografía de Bonnie & Clyde (1967), mítico filme de apenas algunos años antes que la cinta de John Flynn, pese a ser más modesta en cuanto a presupuesto, aspiraba sin duda a emular. No en vano, la novela en la que se basaba de Richard Stark (uno de los muchos pseudónimos de Donald E. Westlake) transcurre en la década de los cuarenta, motivo por el que no pocos integrantes del reparto, comenzando por Robert Ryan, en uno de los últimos papeles de su carrera, eran viejas glorias del Hollywood clásico.

Y ya puestos a establecer paralelismos con un pasado esplendoroso del que The Outfit se sentía heredera, ¿acaso las andanzas del impertérrito Macklin (uno de los pocos protagonistas que interpretó a lo largo de su vida el recientemente desaparecido Robert Duvall) no tienen algo de wéstern? A fin de cuentas, la suya es una historia de venganza, asunto típico, como bien es sabido, de tantísimas películas ambientadas en el lejano Oeste. Sea como fuere, no hay más que ver la antológica secuencia de inicio, cinco minutos sin prácticamente diálogos, para percatarse de que estamos ante un sobrio ejercicio de estilo seco, directo y brutal.



martes, 15 de abril de 2025

El asesinato de un corredor de apuestas chino (1976)




Título original: The Killing of a Chinese Bookie
Director: John Cassavetes
EE.UU., 1976, 135 minutos

El asesinato de un corredor de apuestas Chino (1976)


Se puede decir que en The Killing of a Chinese Bookie (1976) Cassavetes reformula los códigos del cine negro para llevárselos a su terreno. El resultado es un neonoir, sí, ambientado en los típicos ambientes sórdidos del género, aunque, al mismo tiempo, abierto a lecturas en clave alegórica. De hecho, el aura existencial que desprende un personaje como Cosmo Vittelli (Ben Gazzara), enfrentado a una panda de mafiosos que le imponen sus reglas, enlazaría a la perfección con las exigencias que el propio Cassavetes debió de acatar a lo largo de su carrera para satisfacer a la industria hollywoodense.

Estamos, por tanto, frente a un perdedor entrañable, orgulloso del decadente local de estriptis que regenta, el Crazy Horse West, cuyas chicas desnudan sus cuerpos despampanantes para la concurrencia, noche tras noche, al son de las canciones del inefable Mr. Sophistication (Meade Roberts). Imposible no sentir compasión por ese tipo entregado a su negocio y al que los secuaces de un influyente capo (Morgan Woodward) obligan a cometer un crimen por encargo para así saldar las deudas de juego que había contraído con ellos.



Lejos del brillo y la grandilocuencia de los grandes estudios, Cassavetes, operando con su habitual independencia y una estética cruda, construye un retrato fascinante y a la vez perturbador de un hombre atrapado en la telaraña de sus propias fantasías. La cámara, nerviosa e íntima, sigue de cerca sus vacilaciones, su creciente terror y su torpe intento de llevar a cabo un acto que lo sobrepasa por completo. La atmósfera, cargada de una tensión palpable, se construye a través de largas tomas, diálogos improvisados y una banda sonora que subraya la desolación del entorno.

La película se convierte, así, en una reflexión inquietante sobre la fragilidad del sueño americano, la soledad del individuo y las consecuencias devastadoras de las decisiones impulsivas. Más que un simple relato criminal, se trataría de un crudo estudio de personajes y una exploración sombría de los márgenes de la sociedad. Con su estilo inconfundible y la poderosa interpretación de Gazzara, The Killing of a Chinese Bookie se erige en testimonio perdurable de la visión única y la audacia de uno de los cineastas más importantes e influyentes del cine independiente americano. Una joya áspera y conmovedora que sigue resonando con una fuerza inusual casi medio siglo después de su estreno.



domingo, 13 de abril de 2025

Así habla el amor (1971)




Título original: Minnie and Moskowitz
Director: John Cassavetes
EE.UU., 1971, 115 minutos

Así habla el amor (1971) de John Cassavetes


Dos almas solitarias, aparentemente antagónicas, protagonizan una de las historias de amor más insólitas jamás contadas. Minnie and Moskowitz (1971) tiene algo de comedia y mucho de retrato social de lo que es el día a día en las grandes ciudades. Seymour Moskowitz (Seymour Cassel) sobrevive como aparcacoches en Nueva York. Con su cola de caballo y su imponente mostacho rubio, parece que se le haya parado el reloj en una eterna adolescencia. Sin embargo, ya no es ningún crío y el tiempo apremia, por lo que decidirá mudarse a Los Ángeles para probar fortuna. Allí se cruza su destino con el de Minnie Moore (Gena Rowlands), mujer refinada y culta que trabaja en un museo. A priori, nadie diría que ambos pudieran terminar juntos, pero después de muchos avatares se acabará produciendo el milagro.

Hay un momento en el que Minnie se sincera con una compañera de trabajo y le dice algo así como que "el cine es una especie de conspiración". Según este punto de vista, las películas nos condicionan desde nuestra más tierna infancia, de modo que uno acaba creyendo en ciertos ideales, entre ellos el amor romántico, que luego la vida se encargará de ir progresiva y cruelmente desmintiendo. Tal vez por ello, Minnie y Seymour estaban predestinados a entenderse, ya que a los dos les encantan los viejos clásicos en blanco y negro de Bogart y, de hecho, los veremos asistir a proyecciones de El halcón maltés (1941) o Casablanca (1942).



Un cierto toque a lo Woody Allen se respira desde los títulos de crédito, tal vez en la música incidental o incluso en la torpeza de la que hacen gala los personajes. A este respecto, la escena de la comida con las futuras suegras, interpretadas por las respectivas madres de Cassavetes y Gena Rowlands, desprende un aire histriónico muy en esa línea. Por no mencionar los gritos de Zelmo (Val Avery) en el restaurante y la posterior pelea a puñetazo limpio con Seymour en el parking. Todo bastante cómico.

Pudiera concluirse que, bajo su apariencia de relato de encuentros fortuitos y personalidades excéntricas, se esconde una lectura mucho más punzante sobre la soledad, la desesperación y la tozuda necesidad de conexión en un mundo alienante. Así pues, la insistencia de Minnie y Seymour en construir un vínculo, por precario y conflictivo que sea, no deja de constituir una declaración de rebeldía contra la frialdad y la indiferencia del mundo que les rodea. Lo cual nos interpela a nosotros mismos sobre nuestra propia capacidad para romper las barreras del aislamiento y abrazar la complejidad y la imperfección del amor verdadero, un amor que, como el cine de Cassavetes, se siente profundamente real y visceral.



miércoles, 20 de mayo de 2020

Atraco perfecto (1956)




Título original: The Killing
Director: Stanley Kubrick
EE.UU., 1956, 84 minutos

Atraco perfecto (1956) de Stanley Kubrick


Lo importante en una película que aborda los preparativos de un atraco no es tanto que éste salga a pedir de boca, sino que la narración del mismo sea perfecta. En ese sentido, The Killing representa el ejemplo canónico de cómo planificar milimétricamente hasta el último detalle de un guion para dotarlo del necesario ritmo trepidante que cautive al espectador de principio a fin del relato.

Eso, al menos, es lo que debió de ocurrirle a Kirk Douglas, quien, asombrado por la pericia de Stanley Kubrick para contar semejante historia, no dudó ni un segundo en contratar los servicios del joven director con el objetivo de que se encargara de su próximo proyecto: Senderos de gloria (1957).



Pulso frenético, discurriendo en paralelo a las carreras de caballos del hipódromo cuyas instalaciones se pretende asaltar, que, sin embargo, no está exento de contratiempos. Pero errar es humano y la filmografía de Kubrick abunda en ejemplos al respecto. Así pues, tras sincronizar los pasos de su equipo de colaboradores y haber conseguido lo más difícil, una serie de imprevistos dará al traste con los planes de Johnny Clay (Sterling Hayden) de fugarse con un botín de dos millones de dólares.

Llegados a este punto, es lícito plantearse dos preguntas: ¿cómo es posible que Clay y los demás aceptasen en su equipo a un individuo tan torpe como Peatty (Elisha Cook Jr.)? Respuesta: porque sin él no se desencadenaría el efecto dominó que acabará culminando en tragedia; ¿por qué elige Johnny una maleta tan endeble para guardar el dinero? Como en el caso anterior, el motivo cae por su propio peso: porque, de haber optado por un método mucho más resistente, se nos privaría de la secuencia que es, en definitiva, la guinda del pastel, con todos esos billetes arremolinándose ante la cara de estupor de quien ve esfumarse, en cuestión de segundos, el sueño de su propia quimera.


viernes, 9 de noviembre de 2018

Senderos de gloria (1957)




Título original: Paths of Glory
Director: Stanley Kubrick
EE.UU., 1957, 88 minutos

Senderos de gloria (1957) de Stanley Kubrick


En vísperas del centenario del armisticio que puso fin a la Gran Guerra y coincidiendo con esa maravilla de exposición dedicada al mito Kubrick que podrá verse en Barcelona hasta finales del mes de marzo, resulta más oportuno que nunca revisar la fabulosa Senderos de gloria, monumento antimilitarista por antonomasia (que sería censurado, cuando no directamente prohibido, en no pocos lugares del mundo, incluida la Francia republicana), la trascendencia del cual sobrepasa ampliamente el marco cinematográfico hasta el punto de que su visionado debería ser de obligado cumplimiento en todos los centros educativos del planeta.

Pocas veces un filme ha logrado recrear con semejante grado de penetración los entresijos de la barbarie que todo conflicto bélico implica, aunque cabe suponer que Kubrick debió de tener en mente dos ilustres ejemplos que le precedieron en la noble tarea de inocular el germen pacifista en nuestras retinas: Sin novedad en el frente (1930) de Lewis Milestone y ¡Armas al hombro! (1918) de Chaplin, autor también de El gran dictador (1940), título no menos relevante a la hora de mostrar cuán ridículo puede llegar a ser el estamento militar en su forma de concebir la realidad y cuyo corrosivo sentido del humor coincide bastante con el de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964).



Como productor y protagonista de la cinta, Kirk Douglas ejercería un papel decisivo no sólo para que este proyecto saliese adelante, sino en la posterior trayectoria profesional de Stanley Kubrick, toda vez que el actor pensó en él cuando, harto de la inoperancia de Anthony Mann durante los primeros días de rodaje de Espartaco (1960), lo contrataría para que continuase la película.

Y poco más podemos añadir sobre Paths of Glory que no sea ya mostrado abiertamente por sus imágenes, desde el talante obtuso de los generales durante el tenso consejo de guerra —que prefigura, por cierto, la intolerancia del sargento Hartman en La chaqueta metálica (1987)— hasta la conmovedora escena final en la que una jovencísima Christiane Harlan (apellido de soltera de quien, meses después y a lo largo de más de cuarenta años, se iba a convertir en la señora Kubrick) hace enmudecer a todo un auditorio de curtidos veteranos con el único auxilio de su candorosa voz cantando «Der Treue Husar».