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jueves, 28 de mayo de 2020

Ven tras de mí (1949)




Título original: Follow Me Quietly
Director: Richard Fleischer
EE.UU., 1949, 60 minutos

Ven tras de mí (1949) de Richard Fleischer

Para ser una cinta de apenas una hora de duración, Follow Me Quietly engloba una enorme variedad de registros: es, por encima de todo, un thriller policíaco en el que el detective Harry Grant (interpretado por William Lundigan) se afana por descubrir la verdadera identidad de un asesino en serie que se hace llamar El Juez; pero cuando se cruce en su camino una reportera fisgona que responde al nombre de Ann Gorman (Dorothy Patrick) la trama virará por momentos hacia la comedia romántica.

Detrás de tan original propuesta encontramos de nuevo a Richard Fleischer, el director todoterreno que, por aquellos años, se dedicaba a rodar películas de cine negro de bajo presupuesto, si bien, andando los años, abarcaría producciones más ambiciosas dentro del género de la ciencia ficción.



En Ven tras de mí la mayor parte de la acción transcurre de noche y bajo una intensa lluvia, tesitura que The Judge suele aprovechar para dar rienda suelta a sus arrebatos criminales. Aunque Grant ideará un curioso sistema para desenmascarar al culpable y, en lugar de un retrato robot, manda construir una réplica de tamaño natural, de modo que los testigos son conducidos a una rueda de reconocimiento cuyo ocupante principal es un maniquí.

Ya en la escena culminante, cuando el sospechoso número uno se vea acorralado en lo alto de una compleja estructura metálica, se hará evidente que padece algún tipo de trastorno mental, puesto que la sola visión de un surtidor del que brota abundante agua desencadena uno de sus repentinos raptos maníacos. Así que misión cumplida: muerto el perro se acabó la rabia y el policía y la periodista regresan al bar donde se conocieron, enternecedoramente acaramelados.


miércoles, 27 de mayo de 2020

Atraco al furgón blindado (1950)




Título original: Armored Car Robbery
Director: Richard Fleischer
EE.UU., 1950, 67 minutos

Atraco al furgón blindado (1950)
de Richard Fleischer

Seis años antes de que Kubrick estrenase The Killing (1956) ya hubo una cinta policíaca de serie B cuyo desenlace transcurría en un aeropuerto, de noche, y con un maletín repleto de billetes que acaban desparramados por el suelo. Y no es la única coincidencia, puesto que ambas narran un golpe milimétricamente cronometrado que se termina echando a perder en el último momento. Porque el cine negro sería muy tortuoso y todo lo enardecedor que se quiera, eso nadie lo pone en duda, pero el imaginario del que beben sus obras resultaba, cuando menos, repetitivo.

En los inicios de su prolífica carrera, el incombustible Richard Fleischer rodó para la RKO éste y otros títulos de similar factura, todos ellos de bajo presupuesto y altísima calidad artística. Filmes de corte detectivesco entre los que, amén de Armored Car Robbery, destacan Ven tras de mí (Follow Me Quietly, 1949) o Testigo accidental (The Narrow Margin, 1952). Historias que apenas sobrepasaban la hora de duración, ya que su destino habitual era servir de complemento en algún programa doble.



Adusto y corpulento, el teniente Cordell (Charles McGraw) no cesará hasta vengar la muerte de un compañero fallecido en acto de servicio, aunque para ello tenga que seguir muy de cerca los pasos del escurridizo Dave Purvis (William Talman) y su amante cabaratera Yvonne LeDoux (Adele Jergens), a la que el agente llega a instalar micrófonos ocultos en su propio camerino.

A pesar de lo condensado de la trama, Fleischer la dirige con la solvencia habitual en él, incidiendo en aspectos un tanto sensacionalistas para la época (como esa violencia incipiente, pero, al mismo tiempo, omnipresente), y una puesta en escena sobria, basada en un montaje trepidante que tiene algo de contrarreloj.


martes, 24 de marzo de 2020

Cuando el destino nos alcance (1973)




Título original: Soylent Green
Director: Richard Fleischer
EE.UU., 1973, 97 minutos

Cuando el destino nos alcance (1973)
de Richard Fleischer


Cuando el destino nos alcance... Pues bien: llegó la hora. Tenía que ocurrir, más tarde o más temprano, y las escenas que antaño se nos antojaban exageradas en el contexto de cualquier fábula distópica hoy son, por desgracia, una triste realidad. Producida por el mismo equipo que, un par de años antes, había llevado a cabo The Omega Man (1971), Soylent Green (1973) no habla ni de confinamiento ni de virus devastadores, pero sí que muestra una sociedad colapsada por la superpoblación y la escasez de alimentos.

El Nueva York del año 2022 es una megalópolis perpetuamente envuelta en la neblina verdosa del efecto invernadero y en la que cuarenta millones de habitantes se hacinan hasta el extremo de saturar sus calles y edificios. Suerte de esas galletitas que, en la versión original, dan título a la película y que, a falta de algo mejor que llevarse a los labios, han acabado convirtiéndose en la base de la dieta de millones de personas. Sin embargo, un terrible secreto se cierne sobre el mundo...



Tanto el filme como la novela en la que se basa de Harry Harrison (1925–2012) insisten en dibujar un panorama marcadamente maltusiano, escenario de continuos disturbios que las autoridades, tan drásticas como corruptas, reprimen sin ningún miramiento mediante los métodos más expeditivos. Es en ese contexto desalentador de "sálvese quien pueda" en el que el detective Thorn (Charlton Heston), probablemente bajo el influjo de su compañero de piso (Edward G. Robinson), un anciano de la vieja escuela, siempre rodeado de libros, que aún sabe apreciar los placeres culinarios o la música clásica, decide llevar a cabo indagaciones que podrían cambiar el curso de la historia, pero también costarle la vida.

Al igual que sucedía en El planeta de los simios (1968), otra de las cintas de ciencia ficción de aquel período en las que participó Heston, Soylent Green fundamenta su estructura narrativa en una sorpresa final que tiene por objetivo hacer reflexionar al espectador a propósito de las fatídicas consecuencias que podrían derivarse de una forma de vida insostenible. Premonitoria o no en su planteamiento, lo gracioso de ésta y otras películas por el estilo es que imaginan el futuro a partir de un presente que no siempre son capaces de trascender, por lo que tanto el vestuario como los dispositivos tecnológicos que en ella aparecen (teléfonos, televisores, computadoras...) son genuinamente setenteros por más que la acción transcurra en un siglo XXI pretendidamente ultramoderno.


viernes, 17 de febrero de 2017

Así es Nueva York (1948)




Título original: So This Is New York
Director: Richard Fleischer
EE.UU., 1948, 78 minutos

The Big City is not for me!

Así es Nueva York (1948)


No: no vamos a hablar de Paco Martínez Soria ni de las andanzas de un paisano en la capital del reino. Aunque remotamente hay algún punto de conexión entre la primera película producida por Stanley Kramer y La ciudad no es para mí de Pedro Lazaga.

Bromas aparte, So This Is New York planteaba cómo el matrimonio de Indianápolis formado por Ernie y Ella Finch (Virginia Grey) decidía, tras haber heredado una importante suma de dinero, emigrar temporalmente a Nueva York con la intención de casar allí a Kate (la hermana menor de Ella, a la que da vida Dona Drake) con algún buen partido en lugar del simple carnicero que, de momento, la corteja en su pueblo. Ambientada hacia 1928, en Así es Nueva York un joven Richard Fleischer acertaba a reflejar en clave cómica cómo las pretensiones de la clase media conducirían poco tiempo después al crac de la bolsa.

Adaptación llevada a cabo por Carl Foreman y Herbert Baker a partir del libro de relatos The Big Town de Ring Lardner, la película consiste en una sucesión de gags en la que Ernie (Henry Morgan) aguanta con sumo estoicismo las engorrosas situaciones a las que se ha visto conducido por la codicia de su esposa. Su cínica resignación será, precisamente, la fuente de la que nace la vis cómica del personaje, una especie de dandi sarcástico que no pierde la serenidad en ningún momento y que anota concienzudamente en una libretita todos los gastos.

Por otra parte, podría considerarse también que el filme aspiraba a ser una inteligente crítica de hasta qué punto puede llegar a ser absurda la existencia en las grandes ciudades, de cuya estupidez y mundanal ruido acabará huyendo la pródiga familia protagonista para refugiarse de nuevo en su apacible vida provinciana.



domingo, 17 de mayo de 2015

Impulso criminal (1959)




Título original: Compulsion
Director: Richard Fleischer
EE.UU., 1959, 103 minutos

Impulso criminal (1959) de Richard Fleischer


En el año del centenario de Orson Welles, sería un error centrarse exclusivamente en su faceta de realizador y no prestar igual atención a sus inmensas dotes como actor. Aunque a menudo lo hiciera como puro trabajo alimenticio, cierto, siempre logró otorgar a sus caracterizaciones una fuerza remarcable. Aun cuando frecuentemente su aparición se hiciese esperar: es lo que sucede en El tercer hombre (1949) y en Impulso criminal (1959). En esta última, Welles no hará acto de presencia hasta... ¡el minuto 65 de película!

Ambientada en Chicago en 1924, Impulso criminal se basa en el mismo hecho real que La soga (1948) de Hitchcock: el crimen de Leopold y Loeb. Dos brillantes y adinerados jóvenes estudiantes de Derecho (interpretados por Dean Stockwell y Bradford Dillman, respectivamente) creen haber cometido el crimen perfecto. Una vez detenidos e inculpados (por culpa de unas gafas que "la mano de Dios" hizo que perdiera uno de ellos en la escena del crimen), el abogado Jonathan Wilk (Orson Welles) será el encargado de su defensa y de evitar que se les condene a muerte.

En la ciudad, hay quien acusa a Wilk de ateo (el Ku Klux Klan intenta intimidarlo, por ello, quemando una cruz a las puertas de su casa), pero él se muestra impávido. Es un hombre tranquilo que dice llevar ejerciendo la abogacía durante 45 o 46 años (Welles, en realidad, solo tenía 43 en ese momento...) Igual de impertérrito seguirá durante el juicio: la fuerza de sus argumentos reposa en su voz grave y profunda, haciéndose evidente (una vez más, si cabe) que Orson Welles había destacado en el mundo de la radio en los inicios de su carrera.

Stockwell, Dillman y Welles: ganadores del premio de interpretación en Cannes
Como era habitual en él, Welles prefirió sustituir su nariz por una postiza

domingo, 19 de abril de 2015

Testigo accidental (1952)




Título original: The Narrow Margin
Director: Richard Fleischer
EE.UU., 1952, 71 minutos

Testigo accidental (1952) de Richard Fleischer


En este film noir de serie B, Frankie Neal, la esposa de un mafioso que ha decidido declarar contra las malas artes del sindicato del crimen, se ve obligada a viajar de incógnito para evitar que la asesinen. Por eso tiene que ser escoltada por el sargento de la policía Walter Brown mientras viaja en tren desde Chicago hasta Los Ángeles para testificar en el juicio. Aun así. la mafia acabará cruzándose en su camino...

Parece mentira cómo, en los apenas setenta minutos que dura Testigo accidental, el siempre avispado Richard Fleischer fue capaz de condensar una trepidante historia que no por plagada de tópicos resulta menos eficaz. Curiosamente, esta The narrow margin (título original) presenta algunas similitudes con un par de películas de Alfred Hitchcock, una anterior y otra posterior a su realización.

Alarma en el expreso (The Lady Vanishes, 1938) también transcurre a bordo de un tren e igualmente construye su trama a partir de un personaje femenino, en este caso la rica ancianita que misteriosamente desaparece durante el viaje.

La otra película es Con la muerte en los talones (1959) y todo parece indicar que el mago del suspense se inspiró en un par de detalles de la película que Fleischer había rodado siete años antes. Por ejemplo, la escena en la que, fingiendo conocerla, Cary Grant se sienta en la mesa de Eva Marie Saint al huir de la policía aparece ya en Testigo accidental, solo que en esta ocasión es el sargento Brown quien pone en práctica dicha estrategia para escabullirse de los mafiosos. De modo similar, en un momento determinado se insinúa que en el interior de la litera desplegable del compartimento en el que viaja la señora Neal podría esconderse alguien, cosa que sí que llegará a hacer Cary Grant, para su incomodidad, en North by Northwest.

Sea como fuere, Richard Fleischer demuestra tener pulso e ingenio en la dirección de un film modesto, pero efectivo. Así lo atestiguan las diversas ocasiones en las que se juega con el ruido del traqueteo del tren, confundiéndolo o haciéndolo coincidir con otros ruidos similares: una mujer limándose las uñas, el teclear de una máquina de escribir... No resulta sorprendente, pues, que pudiera ser del agrado del mismísimo Hitchcok (que ya es decir...)











El reflejo en la ventanilla de otro tren será de vital ayuda para Brown