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sábado, 5 de octubre de 2024

Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo* pero nunca se atrevió a preguntar (1972)




Título original: Everything You Always Wanted to Know About Sex * But Were Afraid to Ask
Director: Woody Allen
EE.UU., 1972, 88 minutos

Todo lo que usted siempre quiso saber... (1973)


Everything You Always Wanted to Know About Sex * But Were Afraid to Ask (1972) responde a la irreverencia de un Woody Allen iconoclasta dispuesto a no dejar títere con cabeza. Y qué mejor temática que la sexualidad y sus desviaciones para articular un filme de episodios tan divertido como delirante. Siete historias en clave surrealista, como la del hombre (Gene Wilder) que se enamora de una oveja armenia, o abiertamente blasfemas como la del rabino que acude a un concurso televisivo con la finalidad de confesar sus perversiones mientras la esposa se sienta a sus pies para devorar unas chuletas de cerdo.

Queda claro, pues, el carácter transgresor de un cineasta que lo mismo ridiculiza a la realeza del medievo en "¿Funcionan los afrodisíacos?" que la doble moral burguesa en "¿Son homosexuales los travestis?" Preguntas retóricas que, en el caso de "¿Por qué algunas mujeres tienen dificultades para llegar al orgasmo?", adquiere la forma de homenaje explícito al cine italiano, hasta el extremo de que la pareja protagonista (el propio Woody y la que fuera su esposa, Louise Lasser), así como el resto de personajes de dicho fragmento, se expresan enteramente en la lengua de Fellini y Antonioni.



Aparte de recurrir por primera vez al tipo de letra Windsor Light Condensed para los títulos de crédito, que Allen utilizaría en lo sucesivo en todas sus películas, la cinta que nos ocupa pasa también por ser la única adaptación, en toda su filmografía, de un libro ajeno. Aunque, en honor a la verdad, lo único que el cómico aprovechó de la obra homónima del doctor David Reuben fueron algunos epígrafes de los distintos episodios que integran el filme.

Y así, al abordar de manera abierta y cómica cuestiones sexuales que en su época eran consideradas tabú, Allen parodia los libros de autoayuda sobre dicha temática, desenmascarando mitos y prejuicios. Un ejercicio humorístico, a menudo sarcástico y provocador (como los espermatozoides en "¿Qué sucede durante la eyaculación?" o la teta gigante y asesina de otro de los sketches), no exento de controversia, toda vez que la película fue objeto de censura en no pocos países, siendo el caso de Irlanda, donde el metraje original sufrió varias mutilaciones, uno de los más célebres.



jueves, 25 de junio de 2020

La caída del Imperio romano (1964)




Título original: The Fall of the Roman Empire
Director: Anthony Mann
EE.UU., 1964, 172 minutos

La caída del Imperio romano (1964)


The Fall of the Roman Empire (1964) representa uno de esos casos paradigmáticos en los que la dicotomía entre el fondo y la forma acaba eclipsando cualquier consideración de otro orden. El máximo exponente a propósito de la diferencia que media entre lo artístico y lo artesanal. Así pues, y si nos atenemos exclusivamente a la fastuosidad de sus decorados, qué duda cabe que éstos marcaron un hito en la historia del cine. Baste decir, al respecto, que la reproducción a escala real del foro romano sigue ostentando, a día de hoy, el récord Guinness del plató al aire libre más grande que jamás se haya construido.

Sin embargo, la calidad de una película en términos generales no se mide en función de su envoltorio, sino más bien a partir de lo intangible y ahí es, precisamente, donde radicó el fracaso comercial del filme. Porque una cosa es que Bronston invirtiese cantidades ingentes de dinero con tal de levantar una superproducción tan despampanante como su protagonista femenina (la sensual Sophia Loren) y otra, muy distinta, es que el respetable se chupe el dedo.



En ese sentido, el problema no es sólo que el guion de Philip Yordan et alii carezca de una sólida estructura narrativa, sino, sobre todo, la constante sensación de déjà vu que asalta al espectador de principio a fin del relato. La tenemos cuando las cuádrigas de Livio y Cómodo pugnan, como ocurría en Ben-Hur (1959), por derribarse la una a la otra (no en vano, al primero de ellos lo interpreta Stephen Boyd, es decir, el Mesala de la oscarizada cinta). O cuando asistimos a las acaloradas sesiones del Senado o al campamento en el que, de la mano del protocristiano Timónides (James Mason), bárbaros y romanos ensayan un intento de convivencia pacífica y que son, una y otra, escenas vagamente inspiradas en el imaginario de Espartaco (1960), aquel mítico péplum del que el propio Anthony Mann había sido despedido a las pocas semanas de rodaje...

De ahí que el director buscara resarcirse con un proyecto megalómano, pergeñado a base de miles de extras y dólares, en el que también tuviesen cabida referencias, más o menos explícitas, a su ya dilatado universo fílmico, como la secuencia en la que Ballomar (John Ireland) le quema la mano a Timónides del mismo modo en que los villanos disparaban sobre la palma de James Stewart en El hombre de Laramie (1955). Un fresco —a ratos oscuro a ratos resplandeciente— que es al cine lo que la pintura de Jean-Léon Gérôme o de Ingres es al arte: el apogeo de un academicismo esteticista que, con demasiada frecuencia, impide apreciar el verdadero valor simbólico del conjunto. En ese sentido, cabría preguntarse ¿qué es Roma? ¿El declive de Hollywood? Y esas hordas bárbaras que Timónides, con tanto denuedo, insta a acoger hasta asimilarlas en el seno del Imperio como nueva savia que ayude a preservar el Roman way of life ¿qué son? ¿Comunistas? ¿Negros? ¿El sueño frustrado de una concordia imposible, tan amarga como el tema central de la banda sonora de Dimitri Tiomkin?