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viernes, 16 de agosto de 2019

El lobo estepario (1974)




Título original: Steppenwolf
Director: Fred Haines
Suiza/Reino Unido/Francia/Italia/EE.UU., 1974, 107 minutos

El lobo estepario (1974) de Fred Haines


El lobo estepario era un hombre de unos cincuenta años, que hace algunos fue a casa de mi tía buscando una habitación amueblada. Alquiló el cuarto del doblado y la pequeña alcoba contigua, volvió a los pocos días con dos baúles y un cajón grande de libros, y habitó en nuestra casa nueve o diez meses. Vivía muy tranquilamente y para sí, y a no ser por la situación vecina de nuestros dormitorios, que trajo consigo algún encuentro casual en la escalera o en el pasillo, no hubiésemos acaso llegado a conocernos, pues sociable no era este hombre, al contrario, era muy insociable, en una medida no observada por mí en nadie hasta entonces; era realmente, como él se llamaba a veces, un lobo estepario, un ser extraño, salvaje y sombrío, muy sombrío, de otro mundo que mi mundo.

Hermann Hesse
El lobo estepario (1927)
Traducción de Manuel Manzanares

Buena parte de lo que dijimos hace un par de días a propósito de la adaptación del Ulysses que realizara Joseph Strick en 1967 se podría volver a repetir ahora en relación a otro filme igualmente inspirado en una de las grandes novelas del siglo XX: El lobo estepario. Más que nada porque ambas películas comparten el mismo guionista, Fred Haines (1936–2008), lo cual confirma la habilidad de este californiano a la hora de superar, con creces, el reto de adaptar lo inadaptable.

De entrada, porque Hermann Hesse dotó al texto de una estructura metaliteraria de clara inspiración cervantina (o quijotesca, stricto sensu, habría que decir) en la que el sobrino de la casera del protagonista transcribe las anotaciones de Harry Haller, que incluyen, a su vez, el misterioso Tractat del lobo estepario. Aunque es la característica atmósfera de pesadilla que preside todo el libro lo más difícil de traducir en imágenes.

"¡Vete a casa, Harry, y córtate el cuello! Bastante tiempo has esperado ya"


Teniendo en cuenta que la película se rodó a mediados de los setenta, Haines optó por la vía fácil de la psicodelia para recrear el particular mundo interior del personaje principal, lo cual conecta de pleno con el ambiente desinhibido en el que éste se mueve, ya que comparte con el de la generación hippie (que convirtió El lobo estepario y, sobre todo, Siddhartha, en sus libros de cabecera) una similar fascinación por las drogas, el sexo y la música.

La elección del sueco Max von Sydow para el papel de intelectual solitario no podía ser más acertada, teniendo en cuenta que el universo de Ingmar Bergman, director a cuyas órdenes tantas veces actuó, posee bastantes puntos en común con las dudas existenciales expresadas por Hesse a través de su alter ego Harry Haller (obsérvese que las iniciales, en ambos casos, son las mismas: HH). Aun así, es posible que a muchos espectadores de hoy en día se les haga un tanto pesada la peculiar puesta en escena de Steppenwolf por lo estrambótico de su planteamiento. Sea como fuere, merece la pena destacar dos aspectos excepcionalmente sobresalientes de esta película: por una parte, las animaciones del checo Jaroslav Bradac, ideales para captar todo lo que de imaginativo contiene la novela; por otra, la banda sonora jazzística del suizo George Gruntz, un portento que ilustra a la perfección las correrías de Haller en compañía de Hermine/Armanda (Dominique Sanda), Pablo (Pierre Clémenti) y Maria (Carla Romanelli).


miércoles, 14 de agosto de 2019

Ulysses (1967)




Director: Joseph Strick
Reino Unido/EE.UU., 1967, 132 minutos

Ulysses (1967) de Joseph Strick


Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, detrás de él, la bata amarilla, desceñida. Elevó en el aire el cuenco y entonó: 
—Introibo ad altare Dei.

James Joyce
Ulises
Traducción de José María Valverde

16 de junio de 1904: Leopold Bloom lleva a cabo su particular periplo dublinés. Y, con él, Stephen Dedalus. El Ulises fue la novela definitiva, un monumento de tal magnitud y tan sumamente imponente que no ha cesado de generar controversia desde que viera la luz en 1922. Porque si ya hay hasta quien sostiene el carácter intraducible de la obra magna de Joyce, sólo faltaba que algún cineasta intrépido se aventurase a adaptarla a la gran pantalla.

Y ese hombre fue Joseph Strick (1923–2010), nacido en Pennsylvania y fallecido en París, pero que recaló en Gran Bretaña para llevar a cabo la ingente tarea de transformar en imágenes los dieciocho episodios de que consta el texto. 



Un repaso somero de los títulos que componen su filmografía confirma de inmediato que a Strick le atraían la literatura de altos vuelos y los retos a partes iguales: The Balcony (1963), sobre una pieza de Jean Genet; Justine (1969, acabada y firmada por George Cukor), a partir de la novela homónima de Lawrence Durrell; Tropic of Cancer (1970), adaptación de la célebre obra de Henry Miller; A Portrait of the Artist as a Young Man (1977), la otra gran narración de James Joyce...

Condensar el Ulysses en apenas dos horas tiene casi tanto mérito como visualizar sus múltiples situaciones. Y, en ese sentido, la adaptación de Strick resulta verdaderamente antológica. No sólo porque logra captar la esencia de esa odisea moderna, sino, sobre todo, por la variedad de estilos que, estando ya presentes en cada capítulo del libro, saltan al celuloide mediante el uso oportuno de la cámara hasta culminar en el portentoso monólogo interior de Molly Bloom (Barbara Jefford) que da rienda suelta a la conciencia de la esposa a lo largo de una noche de insomnio.