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jueves, 30 de diciembre de 2021

Apur Sansar (El mundo de Apu) (1959)




Título original: অপুর সংসার
Director: Satyajit Ray
India, 1959, 105 minutos

Apur Sansar (1959) de Satyajit Ray


El protagonista de Apur Sansar (1959) es un joven licenciado "sensible, diligente, lleno de simpatía y ánimo", tal y como especifica la carta de recomendación mostrada en el plano con el que se abre la película. Lleva tiempo, además, escribiendo una novela autobiográfica y, aunque debe tres meses de alquiler, no parece que nada ni nadie pueda socavar el entusiasmo del muchacho. Hasta que recibe la visita de su amigo Pulu, quien le pide que lo acompañe a la boda de una prima suya que vive en una región remota.

El modo tan repentino en el que el bueno de Apu pasa a ser un hombre casado dice mucho a propósito de cómo se conciertan los matrimonios en la India, así como del papel sumiso de la mujer. En todo caso, Apu disfrutará de la compañía de la bella Aparna (Sharmila Tagore) hasta que la fatalidad vuelva a darle otro giro inesperado a su destino...



Llegados a este punto, resulta relativamente sencillo señalar qué denominadores comunes se hallan presentes en cada una de las entregas de la Trilogía. Uno de ellos, ya lo hemos dicho, viene dado por las continuas desgracias que se ciernen sobre Apu y sus familiares, lo cual pone de manifiesto las fuentes literarias de tradición claramente folletinesca de las que bebe el guion. En segundo lugar, y relacionado con lo anterior, parece desprenderse una cierta crítica social del hecho de que las pésimas condiciones de vida de los personajes deriven en la muerte prematura de algunos de ellos.

Mención aparte merecen los trenes, símbolo del progreso en una sociedad no demasiado habituada a las buenas comunicaciones. Lo cierto es que dicho medio de transporte está presente en las tres películas, a menudo asumiendo una relevancia considerable: en Pather Panchali (1955) la hermana le promete al pequeño Apu que irán a ver las locomotoras cuando ella se recupere, mientras que el adolescente de Aparajito (1956) pierde en más de una ocasión el tren que debería llevarlo a Calcuta. En cambio, en esta tercera y última entrega es un tren de juguete lo que Apu le regala a su díscolo hijo Kajal.



miércoles, 29 de diciembre de 2021

Aparajito (El invencible) (1956)




Título original: অপরাজিত 
Director: Satyajit Ray
India, 1956, 110 minutos

Aparajito (1956) de Satyajit Ray


El último plano de Pather Panchali (1955) mostraba a la cariacontecida familia protagonista desde el interior de la carreta en la que Apu y sus padres abandonan la aldea. Aparajito (1956), en cambio, los presenta ya instalados en Benarés, a orillas del Ganges. El padre, brahmán, reza con los fieles que se dan cita a orillas del río sagrado, mientras la madre se ocupa de las tareas del hogar y el chico juega con sus amigos en las bulliciosas calles del barrio.

La tragedia, sin embargo, vuelve a golpear al clan, esta vez con la muerte repentina del cabeza de familia, motivo por el cual madre e hijo se verán de nuevo obligados a mudarse. Aun así, las estrecheces económicas a las que deben hacer frente no impiden que el pequeño Apu pueda ir a la escuela tal y como es su deseo. Aunque, dados los progresos del muchacho, cuando a éste se le presenta la ocasión de continuar sus estudios en Calcuta, la madre se muestra reacia a quedarse sola.



Como en la anterior entrega de la trilogía, la destreza de Ray se muestra en todo su esplendor mediante una historia, libre adaptación de una novela del impronunciable Bibhutibhushan Bandyopadhyay (1894–1950), en la que lo local adquiere dimensión universal y que le valdría al director hindú el León de Oro de la Mostra veneciana.

Con todo y con eso, parece ser que el cineasta introdujo no pocas referencias autobiográficas en la cinta, como, por ejemplo, el hecho de que Apu compagine sus estudios con el trabajo en una imprenta. Sea como fuere, lo cierto es que la fuerza de las imágenes en blanco y negro, unido a un cierto toque documental capaz de captar el pulso de la vida cotidiana, ya se trate del ajetreo de la ciudad o la exuberancia de las zonas rurales, ofrece como resultado un fresco extraordinariamente conmovedor de cuyo dramatismo da cumplida cuenta la figura solitaria del protagonista, en el plano que cierra la película, alejándose por un sendero entre palmerales.



martes, 28 de diciembre de 2021

Pather Panchali (La canción del camino) (1955)




Título original: পথের পাঁচালী
Director: Satyajit Ray
India, 1955, 125 minutos

Pather Panchali (1955) de Satyajit Ray


Este año que acaba ha sido también el del centenario del cineasta hindú Satyajit Ray (1921–1992), autor, entre otras obras maestras, de la celebérrima Trilogía de Apu. De su primera entrega, Pather Panchali (1955) —ópera prima, además, del director— se han llegado a decir cosas tan increíbles como que, el primer día de rodaje, Ray nunca había dirigido una escena. O que su camarógrafo, Subrata Mitra, jamás había fotografiado ninguna película. Incluso que ni uno solo de los niños del reparto había realizado un casting.

Cierto o no, la verdad es que la autenticidad que rezuma la cinta hace que las imágenes fluyan con la misma sencillez de la vida cotidiana en cualquier aldea bengalí: la abuela quejumbrosa, los niños haciendo de las suyas, las vecinas cizañeras... Y la miseria que todo lo impregna, sin que por ello deje de haber instantes para el regocijo.



Pero poco dura la dicha en casa del pobre, sobre todo si el cabeza de familia antepone sus proyectos disparatados a la estabilidad familiar: ausente del hogar, en busca de quién sabe qué panacea en la ciudad, todo el peso de las obligaciones domésticas recae sobre la resignada madre. Las temibles lluvias del monzón se encargarán de complicarlo todo aún más...

Alabado de inmediato en los certámenes más prestigiosos (con doble galardón en el Festival de Cannes, donde la película mereció la consideración de magnífico documento humano), el debut de Satyajit Ray marcaría la irrupción a nivel internacional de las cinematografías del tercer mundo. Hasta el extremo de que, habiéndose quedado sin fondos, el cineasta recibió ayuda económica de las autoridades de su país para que pudiese culminar la trilogía.



viernes, 11 de noviembre de 2016

Charly (1968)




Director: Ralph Nelson
EE.UU., 1968, 103 minutos

Charly (1968) de Ralph Nelson


Se cumple el centenario del nacimiento de Ralph Nelson (fallecido, a su vez, en 1987 a los 71 años), cineasta de carrera irregular pero director de películas tan interesantes como Charly (1968), una historia a medio camino entre la ciencia ficción y la reflexión filosófica, con banda sonora de Ravi Shankar y que le valdría a su protagonista, Cliff Robertson, el Óscar al mejor actor.

El punto de partida, adaptación de la novela de Daniel Keyes Flores para Algernon, no podía ser más sugestivo: un individuo que a priori padece una discapacidad mental logrará convertirse, mediante un experimento científico y el debido adiestramiento, en un genio. Hay, sin duda, un elemento claramente kafkiano en todo ello: como ocurría en Informe para una academia, relato centrado en el caso de un mono que llega a desarrollar el raciocinio y las maneras de un hombre, Charly será presentado finalmente ante un auditorio de sabios que asistirá boquiabierto a sus reflexiones, la mayor parte de ellas sumamente inquietantes.



Porque la premisa que parece adivinarse tras las palabras de Charly es que él era más feliz en su etapa de ingenuo ayudante en una panadería (aunque fuese el blanco de las crueles bromas de sus compañeros) que no tras haber experimentado el desasosiego que conlleva la lucidez de la inteligencia. Por supuesto que un planteamiento tan pesimista debe ser entendido en el contexto histórico de la pérdida de confianza hacia la ciencia que se vivió en los años cincuenta y sesenta con motivo del desarrollo de las armas nucleares y de cruentos conflictos bélicos como el de Vietnam, a lo que cabría añadir, por otra parte, el cuestionamiento de lo establecido que supuso la revolución contracultural (no en vano, la película se estrenó en el mítico 1968).

En ese orden de cosas, la tenacidad de la doctora Kinnian (Claire Bloom) convierte a Charly en una suerte de Pigmalión bajo el prisma de la ciencia, un portento de consecuencias imprevisibles que acabará teniendo una trayectoria paralela a la del ratoncito blanco sobre el que se había ensayado previamente la eficacia de la intervención quirúrgica "liberadora".