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domingo, 10 de agosto de 2025

Hud, el más salvaje entre mil (1963)




Título original: Hud
Director: Martin Ritt
EE.UU., 1963, 100 minutos

Hud (1963) de Martin Ritt


La buena sintonía entre Paul Newman y el director Martin Ritt motivó que ambos decidieran fundar conjuntamente una productora cinematográfica cuyo nombre, tal vez en alusión a la caza de brujas macartista, sería Salem. En el primero de sus proyectos, un wéstern contemporáneo titulado Hud (1963), la estrella de Hollywood interpretaba a un tipo rudo, camorrista y mujeriego al más puro estilo tejano. Sin embargo, esa rebeldía sin causa aparente en la que vive instalado el personaje deja entrever la amargura que sobre él pesa al sentirse responsable de la muerte accidental de su hermano mayor.

Buena parte de ese sentimiento de culpa se lo ha transmitido su padre, el viejo Homer Bannon (Melvyn Douglas), hombre íntegro y respetable que se avergüenza del carácter díscolo del hijo. Con ellos vive Lonnie (Brandon De Wilde), nieto y sobrino, respectivamente, de los anteriores, y si bien el muchacho se siente en un principio atraído por la aparente seguridad de su tío, pronto demostrará que su temperamento se decanta más bien del lado recto del abuelo.



La nota femenina en aquella casa la pone Alma (Patricia Neal), cocinera madura e independiente por la que unos y otros experimentan una indisimulada atracción. En el caso del patriarca Bannon y de Lon, los sentimientos que les inspira la mujer son sobre todo de naturaleza maternal. En cambio, entre Hud y ella se establece una tensión sexual no resuelta de consecuencias imprevisibles.

Tres premios Óscar (para Douglas, Neal y a la fotografía en blanco y negro), de un total de siete nominaciones, certificaron el éxito de una película en la que se percibe el mismo tono crepuscular de, por ejemplo, Vidas rebeldes (The Misfits, 1961) de Huston. Así pues, el hecho de que los rancheros se vean obligados a sacrificar sus reses, en cumplimiento de lo que dictaminan las autoridades sanitarias, como también el precario estado de salud del viejo Bannon, augura no sólo la desintegración definitiva de una familia, sino el fin de una época y, lo que es más triste, el advenimiento de una sociedad más despiadada.



domingo, 23 de marzo de 2025

El hombre de Alcatraz (1962)




Título original: Birdman of Alcatraz
Director: John Frankenheimer
EE.UU., 1962, 149 minutos

El hombre de Alcatraz (1962) de J. Frankenheimer


Si no fuese porque el personaje central de Birdman of Alcatraz (1962) existió realmente, pudiera pensarse que la idea de un recluso aficionado a la ornitología nació de la imaginación sutil de algún guionista de Hollywood. Porque qué mejor metáfora de lo que supone el cautiverio que la de un hombre condenado a cadena perpetua por doble asesinato que, sin embargo, logra encontrarle un sentido a su vida a través de las aves, símbolo de la libertad.

A este respecto, la dirección de John Frankenheimer subraya el carácter claustrofóbico de la historia mediante una puesta en escena eminentemente teatral en la que el protagonista se encuentra tan enjaulado como los gorriones y demás pájaros que cría en su celda. Una historia verídica, basada en la biografía de Robert Franklin Stroud (1890-1963), quien falleció un año después del estreno de la película sin que las autoridades federales le hubiesen permitido verla.



De todos modos, parece ser que el verdadero señor Stroud no resultaba tan afable en la vida real como el adusto preso al que interpreta magistralmente Burt Lancaster, merecedor por su papel, auténtico recital de contención dramática, de una candidatura al Óscar, así como del BAFTA y de la Copa Volpi en Venecia. Sea como fuere, lo cierto es que asistir a la evolución del convicto, viéndolo trabajar en la soledad de su celda, produce un insólito placer en el espectador, que se siente partícipe de sus progresos.

Muchos son, en definitiva, los momentos que vale la pena destacar de una cinta tan sumamente memorable como la que nos ocupa, ya sea la relación de Stroud con sus carceleros (en especial aquél que le recuerda que él también es una persona, digna, por tanto, de que le den las gracias cuando es preciso), las continuas tensiones con el alcaide (Karl Malden), el ascendiente enfermizo de una madre sobreprotectora (Thelma Ritter) o el curioso idilio que mantiene con Stella Johnson (Betty Field), fruto de una intensa labor académica que termina por llamar la atención de la comunidad científica más allá de los estrechos límites de un centro penitenciario de alta seguridad.



domingo, 8 de enero de 2023

Tales of Robin Hood (1951)




Título en español: Leyendas de Robin Hood
Director: James Tinling
EE.UU., 1951, 60 minutos

Tales of Robin Hood (1951) de James Tinling


Por lo que parece, Tales of Robin Hood (1951) tenía que haber sido una serie de televisión que, por esos azares de la vida y del mercado, acabó finalmente convertida en apenas un mediometraje sin mayor trascendencia. Lo cierto es que las interpretaciones responden al poco exigente estándar que a principios de la década de los cincuenta se les debía requerir a productos televisivos que, como es el caso, iban dirigidos a un público sin mayor expectativa que el de un mero pasatiempo.

No faltan, eso sí, las típicas escenas del repertorio, repetidas hasta la saciedad en todas las secuelas habidas y por haber y, por ende, reconocibles por cualquier espectador que medianamente conociese la saga: el duelo a bastonazos entre Robin (Robert Clarke) y Little John (Wade Crosby) sobre el tronco que cruza un río; el concurso de arqueros en el palacio de Locksley que, en realidad, es una trampa para atrapar al príncipe de los ladrones; etc., etc.



Sorprende, por otra parte, la ausencia de alusiones al rey Ricardo o al príncipe Juan, quedando relegado el rol de nobles a los pérfidos Sir Gui de Clairmont (Paul Cavanagh) y su fiel esbirro Sir Alan de Beaulieu, interpretado por Keith Richards (no el de los Stones, sino otro tipo de igual nombre y que, ironías del destino, concluiría su carrera como actor en 1964, el mismo año en el que el célebre guitarrista comenzó a publicar álbumes con su banda).

En fin, poco más se puede añadir a propósito de una cinta rodada íntegramente en estudio y cuya principal (y quizá única) virtud es que apenas alcanza los sesenta minutos de duración.



sábado, 11 de abril de 2020

El tiempo en sus manos (1960)




Título original: The Time Machine
Director: George Pal
EE.UU., 1960, 103 minutos

El tiempo en sus manos (1960) de George Pal

Me pareció encontrarme en la decadencia de la Humanidad. El ocaso rojizo me hizo pensar en el ocaso de la Humanidad. Por primera vez empecé a comprender una singular consecuencia del esfuerzo social en que estamos ahora comprometidos. Y sin embargo, créanlo, ésta es una consecuencia bastante lógica. La fuerza es el resultado de la necesidad; la seguridad establece un premio a la debilidad. La obra de mejoramiento de las condiciones de vida —el verdadero proceso civilizador que hace la vida cada vez más segura— había avanzado constantemente hacia su culminación. Un triunfo de una Humanidad unida sobre la naturaleza había seguido a otro. Cosas que ahora son tan sólo sueños habían llegado a ser proyectos deliberadamente emprendidos y llevados adelante. ¡Y lo que yo veía era el fruto de aquello!

H. G. Wells
La máquina del tiempo
Traducción de Nellie Manso de Zúñiga

Publicada originariamente en 1895, The Time Machine supuso la primera de una exitosa serie de novelas de ciencia ficción a cargo del escritor inglés Herbert George Wells (1866-1946). Y que, como no podía ser de otra manera, la factoría Hollywood, de la mano del director George Pal y los auspicios de la Metro-Goldwyn-Mayer, acabaría convirtiendo en una película emblemática protagonizada por el australiano Rod Taylor. A la vista de sus maquetas y monstruitos con peluca, quizá más de uno se sorprenda hoy día al saber que El tiempo en sus manos (impagable título que recibió la cinta en España) resultó agraciada con el Óscar a los mejores efectos especiales. Ahí es nada... Claro que también hay que tener en cuenta que estamos hablando de una etapa eminentemente artesanal, muy anterior al advenimiento de los retoques digitales. 

En cualquier caso, al departamento de arte de esta versión le correspondió el honor de fijar en el imaginario colectivo el aspecto del artilugio, una maravilla al más puro estilo victoriano y cuyo diseño, por cierto, terminaría inspirando uno de los trofeos que concede el Festival de cine de Sitges. Comparada con el texto en el que está basada, The Time Machine presenta no pocas diferencias. Así pues, son cosecha del guionista David Duncan, por ejemplo, las dos escalas que lleva a cabo George (una en 1917, la otra en 1966) antes de llegar a su destino. O el hecho de que los dóciles Eloi sean capaces de expresarse en inglés. Como tampoco se especifica en la novela que el Viajero a través del Tiempo fuese el propio H.G. Wells...



En líneas generales se puede concluir que el filme resulta un ápice más optimista que la novela, ya que se deja abierta la posibilidad de que el protagonista se reúna en el futuro con la apacible Weena (Yvette Mimieux), aunque, de todos modos, el mensaje de fondo sigue siendo el mismo: la responsabilidad de la raza humana con respecto a su porvenir. En ese sentido, cabe recordar que el presente de Wells, a finales del siglo XIX, se había desarrollado en un contexto de desconfianza, acrecentada por su ideario socialista, hacia las posibles consecuencias que el creciente maquinismo llegaría a ejercer sobre la sociedad. En cambio, la versión fílmica, rodada en plena Guerra Fría, habla abiertamente de amenaza nuclear, situando una hipotética destrucción de Londres, a causa de bombas atómicas, apenas seis años después del estreno del filme.

Desplazarse a su antojo a lo largo y ancho de esa cuarta dimensión que es el tiempo, descubrir qué nos depara el futuro... A George Pal le bastaron 750.000 dólares (una minucia en comparación con los presupuestos que solían manejar los grandes estudios de la meca del cine) para mostrar cómo la Humanidad del lejano 802.701 se habría escindido en dos especies bien distintas: una indolente y apolínea, los Eloi; otra subterránea y horrenda que se alimenta de ellos, los Morlocks. Sólo el azar y la magia del cine propiciarán que un visitante del pasado remoto irrumpa en aquellas latitudes para encender la mecha de una rebelión que podría cambiar el mundo (o lo que queda de él).


domingo, 7 de abril de 2019

La mujer y el monstruo (1954)















Título original: Creature from the Black Lagoon
Director: Jack Arnold
EE.UU., 1954, 79 minutos

La mujer y el monstruo (1954) de Jack Arnold

Tan sencillo como respirar (o nadar): un simple paquebote en mitad del Amazonas y un actor embutido en un disfraz de anfibio. La fórmula empleada por los guionistas de La mujer y el monstruo consistió, básicamente, en sacarle el máximo partido a las escenas submarinas, así como al golpe de efecto que, a mediados de los cincuenta, suponía el uso del 3D. De ahí que, en tantas ocasiones, los personajes y objetos filmados se dirijan de frente hacia el centro de la pantalla hasta chocar con el punto de vista del espectador...

En cualquier caso, y al margen de contar con la presencia del español Antonio Moreno en uno de sus habituales papeles secundarios, Creature from the Black Lagoon es célebre por diferentes motivos. En primer lugar porque el sueco Ingmar Bergman, a priori tan alejado de las producciones de ciencia ficción de Serie B, tenía la costumbre de ver esta película todos los años el día de su aniversario. Pero también porque fue el título que encasillaría de por vida a la actriz Julia Adams (recientemente desaparecida a comienzos del pasado mes de febrero).



Aun así, el mejor y más emotivo homenaje fue el llevado a cabo por Guillermo del Toro a través de su oscarizada La forma del agua (2017), donde la criatura protagonista presentaba un aspecto calcado al del "Hombre Branquias" que aquí era perseguido con denuedo por una aguerrida expedición científica.

Aunque, en realidad, eso de que una bestia prehistórica se encapriche de una linda muchachita, a la que acaba raptando antes de ser abatido por los abnegados varones que acuden en su rescate, es más antiguo que el andar. De hecho, fue el mismo planteamiento del que se sirvieron los creadores de King Kong (1933), otro filme que daría lugar a no pocas secuelas y sucesivos remakes. La mujer y el monstruo, por cierto, tuvo dos: La venganza del hombre monstruo (1955), dirigida por el propio Jack Arnold, y El monstruo camina entre nosotros (1956) del malogrado John Sherwood (1903–1959).