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lunes, 16 de febrero de 2026

La felicidad (1965)




Título original: Le bonheur
Directora: Agnès Varda
Francia, 1965, 80 minutos

La felicidad (1965) de Agnès Varda


Agnès Varda admitió en alguna ocasión que había escrito el guion de Le bonheur (1965) en apenas tres días y que el rodaje de la película fue, asimismo, extremadamente rápido. Y algo de esa prontitud, a decir verdad, se percibe en el desarrollo, un tanto abrupto, de una historia protagonizada por Jean-Claude Drouot y quienes eran los miembros de su propia familia (esposa e hijos) en la vida real. En cualquier caso, el uso del color que hace aquí la cineasta de la Nouvelle Vague, con saturaciones constantes y fundidos a rojo, azul y otras tonalidades estridentes, pone de manifiesto la influencia notable de la pintura impresionista.

Por otra parte, la llaneza con la que aborda el siempre espinoso tema del adulterio motivó la reacción adversa de determinados sectores de la sociedad francesa, que presionaron hasta lograr que la cinta se estrenase bajo fuertes restricciones comerciales, catalogándola de sólo apta para los mayores de dieciocho años. Altísimo precio que debió pagar una propuesta en la que no se juzga explícitamente a los personajes, sino que se deja dicha tarea para el espectador.



Lo cierto es que bajo esa estética aparentemente de postal, con una paleta saturada de girasoles, cielos azules y picnics campestres que evocan las pinturas de Renoir o Monet, se esconde una perturbadora disección a propósito del egoísmo masculino y de cómo la felicidad en el seno de una sociedad patriarcal resulta hasta cierto punto de naturaleza arbitraria. Así pues, y en ese mismo orden de cosas, la omnipresente música de Mozart envuelve las escenas, creando una atmósfera de armonía que parece inquebrantable.

Sin embargo, el aspecto más cínico del filme reside en cómo Varda muestra que, según el sistema de valores del protagonista, las mujeres son apenas objetos intercambiables, no individuos. De modo que si una pieza del engranaje de la "felicidad" desaparece, puede ser sustituida tranquilamente por otra que cumpla el mismo rol (cocinar, cuidar de los niños, ser amante...) sin que el cuadro general se altere lo más mínimo. Crítica feroz, por tanto, envuelta en papel de regalo, con la que se da a entender que a menudo la felicidad de unos se construye sobre la anulación (o desaparición) de otros.



domingo, 22 de diciembre de 2019

L'inconnu de Shandigor (1967)




Título en español: El desconocido de Shandigor
Director: Jean-Louis Roy
Suiza, 1967, 90 minutos

L'inconnu de Shandigor (1967)
de Jean-Louis Roy


La nube en forma de hongo de una explosión nuclear retrocede hasta desvanecerse por completo: son los efectos del Annulator, potente invención de un científico en silla de ruedas llamado Herbert Von Krantz (Daniel Emilfork) al que otra nube, ahora de periodistas, rodea, a su llegada al aeropuerto, atosigándolo a preguntas que él responde con un desdén no exento de altivez...

La magnificencia de las imágenes en blanco y negro de L'inconnu de Shandigor transmite una frialdad ligeramente distópica subrayada por la pompa orquestal de una banda sonora —compuesta por Alphonse Roy, padre del cineasta— igualmente fastuosa. Un nuevo cine suizo que despertaba, a finales  de los sesenta, para buscar su inspiración en la Barcelona de Gaudí. Si, además, se le suma la presencia siempre seductora de Serge Gainsbourg, el resultado final tenía que ser, a la fuerza, una cinta cuya atmósfera críptica conecta de pleno con títulos del mismo periodo como El año pasado en Marienbad (1961) de Resnais o Lemmy contra Alphaville (1965) de Godard.

Marie-France Boyer en el papel de Sylvaine


Su director, Jean-Louis Roy (Ginebra, 1938), miembro del Groupe 5 (algo así como la Nouvelle Vague helvética), no se ha prodigado excesivamente tras las cámaras, pese a haber sido candidato a la Palma de Oro en Cannes y dejar huella con una película de culto, a medio camino entre la parodia de James Bond y la fábula apocalíptica, de la que, por cierto, hasta fechas muy recientes, apenas sí circulaban copias en condiciones óptimas.

La vacuidad de los grandes espacios desiertos, con esa rectitud de líneas tan propia de las urbes deshumanizadas y alienantes, se acaba convirtiendo en un personaje más, de un modo similar al utilizado por el Antonioni de El eclipse (1962). Y, al mismo tiempo, el telón de fondo de la guerra fría —con una red de espionaje en la que participan agentes de medio mundo, incluida la temible Liga de los Calvos— se dibuja amenazador en el horizonte mientras el planeta se encamina hacia un colapso que parece inevitable.

Serge Gainsbourg: "Bye, Bye Mister Spy!"