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martes, 14 de enero de 2020

Almas sin conciencia (1955)




Título original: Il bidone
Director: Federico Fellini
Italia/Francia, 1955, 112 minutos

Almas sin conciencia (1955) de Federico Fellini


La picaresca es propia de sociedades fatalmente abocadas a una necesidad atávica de supervivencia. Tanto, que, en el ámbito mediterráneo, terminó por convertirse en arte y quienes lo detentan en audaces. Véase, si no, cómo en el caso de Ulises, héroe por antonomasia en cuyo molde se forjaron todos los que han venido después, la astucia es precisamente su principal virtud.

Por muchos motivos, era inevitable que Fellini abordase, tarde o temprano, la figura del estafador. Propenso como lo fue siempre a captar galerías de tipos peculiares para sus filmes, en Il bidone el cineasta italiano centra el foco de atención sobre un grupo organizado cuyo modus operandi consiste en hacerse pasar por delegación vaticana al acecho de un tesoro enterrado o, en otras ocasiones, por altos funcionarios ministeriales responsables de asignar viviendas sociales. Y, tanto de un modo como en el otro, sus víctimas van a ser siempre los más humildes. Algo que ya prefiguraba, en cierta manera, la escena de I vitelloni (1953) en la que el personaje de Alberto Sordi, desde lo alto de un coche, hacía un corte de mangas a un grupo de operarios que está trabajando al borde de la carretera.



Sin embargo, algunos de estos individuos resulta que tienen mujer e hijos e incluso, como en el caso de Raul, alias “Picasso” (Richard Basehart), hasta inquietudes artísticas. Es el lado tierno, fieramente humano, de quien, antes que timador, es, por encima de todo, persona. Motivo por el cual han adquirido la habilidad de desdoblarse en dos existencias antagónicas, no tanto por hipocresía, sino de un modo completamente natural. Es evidente que semejante paradoja (la de engañar y robar a los pobres e ignorantes para, acto seguido, reunirse con la amantísima esposa o la idolatrada hija) tendrá que explotar en algún momento u otro por lo insostenible que resulta hacerle a los demás lo que jamás desearías para los tuyos, amén de que estos últimos —caso de Iris (Giulietta Masina) o de Patrizia (Lorella De Luca)— difícilmente aceptarán el origen fraudulento del dinero con el que se sustenta su tren de vida.

Pero Fellini cree en los “milagros”, al menos en los que propicia el celuloide, a consecuencia, esta vez, de un guion, coescrito junto a Flaiano y Pinelli, que rezuma sarcasmo, si bien con el punto justo de ternura. Acabar tus días sobre la arena de un páramo abrasado por el sol, según el modelo fijado por von Stroheim en Greed (1924), parece ser el destino de todo avaricioso. Y el Augusto al que da vida Broderick Crawford en Il bidone no podía ser menos, aunque con su negativa a entregar al clan el dinero robado esté dando a entender un arrepentimiento que, ironías del destino, llega demasiado tarde. Es apenas un destello, cierto, pero que le vale la redención al personaje ante los ojos del espectador.


domingo, 26 de abril de 2015

Deseos humanos (1954)




Título original: Human Desire
Director: Fritz Lang
EE.UU., 1954, 91 minutos

Deseos humanos (1954) de Fritz Lang


Basándose en La bête humaine de Émile Zola, Deseos humanos narra cómo el veterano de la guerra de Corea Jeff Warren (Glenn Ford) acaba de reincorporarse a su trabajo de conductor de locomotoras en los ferrocarriles. De momento, se alojará en casa de su compañero de trabajo Alec Simmons (Edgar Buchanan), donde Ellen, la hermosa hija de Alec interpretada por la actriz Kathleen Case, quedará prendada del huésped. Pero Warren se siente de inmediato atraído por Vicki Buckley (Gloria Grahame), la sensual esposa del brutal supervisor de ferrocarril Carl Buckley (Broderick Crawford), un maltratador alcohólico de hosco temperamento que se caracteriza por su violencia explosiva.

A regañadientes, Jeff se verá implicado a partir de ese momento en un sórdido asunto por la compulsivamente seductora Vicki. Después de que Buckley sea despedido por insubordinación, este le pide a su mujer que interceda en su favor ante John Owens, un rico y poderoso hombre de negocios cuya influencia puede conseguir que lo reintegren en su puesto. Pero cuando Buckley sospecha que Vicki ha tal vez usado sus favores sexuales para persuadir a Owens, lo apuñala hasta la muerte en un ataque de celos en un compartimento del tren. Jeff, testigo potencial del homicidio, se convertirá sin querer en encubridor...

Con la habitual violencia soterrada latente en sus películas, Fritz Lang se adentra en los entresijos de las pasiones arrebatadas de unos personajes que se dejan arrastrar por ellas irremisiblemente. Aunque sus papeles estaban inicialmente destinados a Peter Lorre y Rita Hayworth, respectivamente, lo cierto es que el film salió sin duda ganando con la tórrida interpretación de Glenn Ford y Gloria Grahame.

Collage con diversas escenas de la película
Jeff (Glenn Ford) y Vicki (Gloria Grahame)