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jueves, 17 de julio de 2025

El largo y cálido verano (1958)




Título original: The Long, Hot Summer
Director: Martin Ritt
EE.UU., 1958, 117 minutos

El largo y cálido verano (1958) de Martin Ritt


Frenchman's Bend era una zona de fértiles tierras bajas a la orilla del río, situada treinta kilómetros al sudeste de Jefferson. Rodeada de colinas y aislada, bien definida aunque sin límites precisos, a caballo entre dos condados, pero sin deuda de fidelidad con ninguno, Frenchman's Bend había sido el primitivo emplazamiento, por concesión estatal, de una extensísima plantación anterior a la guerra civil; plantación cuyas ruinas —el cascarón vacío de una enorme casa con sus establos derruidos, sus barracones para los esclavos, sus jardines llenos de malas hierbas, sus terrazas de ladrillo y sus paseos— aún recibían el nombre de casa del Viejo Francés, a pesar de que, en la actualidad, de las lindes originales sólo quedase constancia en los viejos registros descoloridos de la oficina del Catastro en el Juzgado del Distrito de Jefferson, y a pesar de que incluso algunos de los campos en otro tiempo fértiles hubiesen vuelto a ser las junglas de bejucos y cipreses que su primer dueño talara a machetazos.

William Faulkner
El villorrio (1940)
Traducción de José Luis López Muñoz

Basada en El villorrio, primera entrega de la Trilogía de los Snopes de William Faulkner, The Long, Hot Summer (1958) transcurre en los tórridos dominios de un gerifalte sureño. Papel que nos muestra a Orson Welles en todo su esplendor, tan excesivo y al mismo tiempo tan genial como siempre. La réplica se la da un jovencísimo Paul Newman, en los inicios de su prometedora carrera, y, de ser ciertos los rumores al respecto, parece que tras las cámaras no hubo mucha química entre el veterano cineasta (receloso de los métodos de la generación forjada en el Actor's Studio) y el apolíneo actor.

El caso es que el papel de este último, Ben Quick, se ajustaba a un perfil de new kid in town ("el chico nuevo en la ciudad"), mitad díscolo mitad ambicioso, que respondería igualmente a lo que, con otro anglicismo, pudiera denominarse self-made man en potencia. Por eso le cae en gracia al viejo Varner (Welles) y entra en abierto conflicto con el consentido Jody (Anthony Franciosa), quien, a su vez, y al sentirse traicionado por su progenitor, proyectará toda esa ira sobre su propio padre.



Lo cierto es que el reparto contó, asimismo, con la presencia de Joanne Woodward en el rol de hija prudente y algo arisca del patriarca, si bien la película pasaría a la posteridad por unir de por vida a la actriz con Newman, a uno y otro lado de la pantalla, formando una de las parejas más duraderas que haya visto Hollywood.

Rencillas familiares que hacen saltar chispas, en sentido literal y figurado, en este imponente fresco de una época, así como de las costumbres e ideología imperantes en el sur de los Estados Unidos. Melodrama magistralmente dirigido por Martin Ritt (dicen que logró la hazaña de "domar" a Welles) en el que, por otra parte, se intuye también una fuerte carga erótica latente que, sin embargo, nunca llega a caer en la vulgaridad.



viernes, 6 de marzo de 2020

El sueño eterno (1946)




Título original: The Big Sleep
Director: Howard Hawks
EE.UU., 1946, 114 minutos

El sueño eterno (1946) de Howard Hawks

Eran cerca de las once de la mañana, a mediados de octubre. El sol no brillaba y en la claridad de las faldas de las colinas se apreciaba un aspecto lluvioso. Vestía mi traje azul oscuro, corbata y vistoso pañuelo fuera del bolsillo, zapatos negros y calcetines de lana del mismo color adornados con ribetes azul oscuro. Estaba aseado, limpio, afeitado y sereno, y no me importaba que se notase. Era todo lo que un detective privado debe ser. Iba a visitar cuatro millones de dólares.

Raymond Chandler
El sueño eterno
Traducción de José Antonio Lara

Hay títulos evocadoramente atractivos cuyas resonancias, a caballo entre lo poético y lo mítico, bastan por sí solas para remitir a una época o ilustrar un determinado ambiente. El sueño eterno es uno de ellos. Como prueba de lo cual podrían mencionarse la pluma de Raymond Chandler o la inmortal criatura de ella surgida, el detective Philip Marlowe, aunque la lista de nombres que contribuyeron a elevar la adaptación fílmica de la novela a la categoría de leyenda es de las que quitan el aliento, desde la participación en el guion del premio Nobel William Faulkner hasta el protagonismo de Bogart y Bacall, pasando por la puesta en escena de uno de los directores más relevantes de la época dorada de Hollywood: Howard Hawks.

Con The Big Sleep el cine negro entraba en una nueva dimensión, marcada por argumentos crípticos y un erotismo latente que hoy nos cuesta detectar, pero cuyo gancho atraía a las multitudes a las salas de proyección como la miel a las abejas. De hecho, si un filme de tales características salió adelante fue única y exclusivamente con la finalidad de repetir la química entre la pareja protagonista que ya se había dado en otro clásico de Hawks: Tener y no tener (1944). De ahí que, en los carteles publicitarios, los nombres de los actores figurasen muchísimo más destacados que el propio título de la película.



No obstante, parece ser que la cosa no acababa de funcionar como la primera vez, pese a que la relación entre Bogie y su adorada Lauren acabaría cristalizando en el matrimonio de ambos, motivo por el cual los estudios Warner decidieron añadir escenas y alterar el montaje inicialmente previsto. Resultado: una trama ininteligible en la que lo de menos es sacar algo en claro, sino dejarse arrastrar por la subyugante atmósfera de crímenes, chantajes y pasiones en la que se verán involucrados un viejo general y sus dos hijas.

Nacía así, más por accidente que por voluntad propia, un modelo cinematográfico que tendría su continuidad, durante la década siguiente, en el Macguffin hitchcockiano hasta desembocar, ya en nuestros días, en las entelequias de un David Lynch o incluso en filmes de Christopher Nolan como Memento (2000) u Origen (2010). Hubo, por cierto, un olvidable remake de 1978, rodado en Inglaterra, y en cuyo reparto participaron Robert Mitchum, James Stewart y Joan Collins.


viernes, 21 de junio de 2019

Burning (2018)




Título original: Beoning
Director: Lee Chang-dong
Corea del Sur, 2018, 148 minutos

Burning (2018) de Lee Chang-dong


Aún corro todas las mañanas por el camino de los cinco graneros y ninguno ha sido pasto de las llamas. Tampoco tengo noticia del incendio de ninguno en otro lugar. Llegó otra vez el mes de diciembre y los pájaros de invierno sobrevolaron mi cabeza. Así fui cumpliendo años.

En la oscuridad de la noche, a veces pienso en graneros que se derrumban al incendiarse.

Haruki Murakami
"Quemar graneros" (1983)
Traducción de Fernando Cordobés González y Yoko Ogihara

No hace falta decir gran cosa para explicarlo todo. En ese aspecto, el coreano Lee Chang-dong (Daegu, 1954) se alinea con otros aventajados cineastas asiáticos de su misma generación que comparten con él una tan rara habilidad. Así, por ejemplo, el filipino Lav Diaz o el japonés Hirokazu Koreeda: directores, todos ellos, especializados en el sabio arte de la sobriedad.

Burning traza un panorama desalentador de ciertos sectores de la sociedad surcoreana, cuyos individuos, producto del materialismo capitalista, aspiran a una suerte de egolatría en la que el éxito social se mide a partir de elementos tan vacuos y dispares como conducir un Porsche negro o escuchar música jazz mientras se cocina un plato de pasta en un apartamento de doscientos metros cuadrados.



Un esnobismo, el del exclusivo distrito Gangnam-gu de Seúl, que contrasta vivamente con la frustración que atenaza al protagonista, ese muchacho solitario de apariencia pusilánime que, a la espera de que se dicte sentencia contra su padre (acusado de haber agredido a un funcionario público), se ocupa de la destartalada granja familiar, cerca de la frontera norcoreana. Falto de afecto, creerá haber encontrado a su media naranja cuando una antigua vecina reaparece en su vida. Pero la felicidad es un animal caprichoso, escurridizo como una gata invisible...

Son muchos los referentes (algunos de ellos occidentales) que se acaban dando cita en una película a medio camino entre el drama social y el suspense psicológico. De entrada, porque el relato de Haruki Murakami en el que se basa remite a otro de Faulkner, de 1939, titulado "Barn Burning". Pero es que, además, el triángulo formado por Jong-su, Hae-mi y Ben, así como el atractivo y misterioso tren de vida que lleva este último, conectan, igualmente, con el universo de El gran Gatsby de Scott Fitzgerald. Tupida red de referencias, el momento álgido de la cual se produce cuando la muchacha, en la hora mágica del véspero, danza y se quita la ropa al son de la trompeta de Miles Davis.


miércoles, 30 de agosto de 2017

Tener y no tener (1944)




Título original: To Have and Have Not
Director: Howard Hawks
EE.UU., 1944, 100 minutos

Tener y no tener (1944) de Howard Hawks


You know how to whistle, don't you, Steve? You just put your lips together and blow...

"Si me necesitas, silba..." Y, sin embargo, la frase ni fue escrita por los dos premios Nobel que colaboraron en la película (Hemingway por su novela y Faulkner como guionista) ni tampoco estaba previsto que formase parte de los diálogos. Como suele suceder muchas veces, la que acabaría siendo una de las máximas míticas de la historia del cine surgió fruto de la casualidad, durante un ensayo en los estudios Warner. Fue Howard Hawks el responsable de que dicha improvisación con una incipiente estrella llamada Lauren Bacall acabase incluyéndose en el guion definitivo y, por esa puerta, entrar en el olimpo de los momentos inmortalizados a través del celuloide.

Sin embargo, Tener y no tener no resultó una película multipremiada: apenas un galardón del National Board of Review concedido a Bogart por su papel de Harry Morgan fue todo su bagaje. No cumplió, pues, con la expectativa de ser otra Casablanca que la Warner había depositado en ella. Y es que, de hecho, son varios los puntos en común entre ambos clásicos, habida cuenta de la deliberada voluntad de repetir el éxito que la major había cosechado dos años antes con el mismo actor protagonista y un argumento en el que también se mezclaban héroes de la Resistencia empeñados en abandonar el aislamiento de un pequeño enclave colonial para liberar del yugo nazi a Francia y al resto del mundo.

Como ocurría en Casablanca, un pianista vuelve a animar las veladas

En este caso, la acción se trasladaba desde el norte de África hasta la Martinica, en aguas del mar Caribe, gestándose durante el rodaje una de las parejas más célebres que jamás vieron los siglos (pasados y venideros): la Slim de la pantalla era, en la vida real, apenas una principiante que a duras penas llegaba a los veinte años. Pero, a pesar de la diferencia de edad (Bogie ya tenía 44...), surgió de inmediato la química entre ambos, para delirio de mitómanos y desesperación de Howard Hawks, que ya le había echado el ojo a la sílfide. Se casaron al año siguiente y permanecerían juntos hasta que el cáncer se llevó al actor en 1957. El resto forma parte ya de la leyenda.

Aunque no hay que olvidarse de los demás secundarios que trabajaron en To Have and Have Not. Algunos, como el francés Marcel Dalio, ya habían participado en Casablanca, adonde hacía de crupier en el casino de Rick (Bogart). Aquí, vuelve a colaborar en favor de la causa aliada, pero esta vez haciendo de enlace entre Harry Morgan y el matrimonio de Bursac. El alcoholizado Eddie (Walter Brennan) es quizá el contrapunto cómico más notable de la película, con sus peculiares andares a base de saltitos y dejando a cuadros a propios y extraños con una pregunta recurrente: "Was you ever bit by a dead bee? ("¿Te ha picado alguna vez una abeja muerta?") Algo a lo que sólo la avispada Slim sabrá responder, metiéndose en el bolsillo a Eddie, a Harry y a todo ser viviente que haya visto alguna vez Tener y no tener.