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miércoles, 29 de enero de 2025

Flow, un mundo que salvar (2024)




Título original: Flow
Director: Gints Zilbalodis
Letonia/Bélgica/Francia, 2024, 85 minutos

Flow, un mundo que salvar (2024) de Gints Zilbalodis


Se cumplen diez años exactos del inicio de este blog, efeméride que nos pilla haciendo lo que más nos gusta y que no deja de ser sino el objetivo principal de un espacio dedicado a la reseña de películas. La que hoy nos ocupa, Flow (2024), optará al Óscar a mejor cinta de animación y al de mejor filme internacional en la próxima entrega de los premios de la Academia y nace del empeño de Gints Zilbalodis, artista lituano que se ha ocupado de escribir, dirigir y hasta componer la banda sonora de una emotiva odisea animal.

Y es que el periplo protagonizado por un lindo gatito negro y otros compañeros de viaje tan dispares como un capibara, varios perros, un lémur y un par o tres de garzas tiene mucho de aquel otro que llevaron a cabo, en los albores de los tiempos, otras tantas criaturas a bordo del arca de Noé. Hay aquí, de hecho, otro diluvio que arrasa con todo y que pone en riesgo la supervivencia de los protagonistas, verdaderos héroes en busca de su propia salvación. Aunque quizá su historia entronca mejor con un discurso medioambiental más acorde con los desastres naturales que hoy asolan nuestro mundo, ya sea en forma de sunami o de crecida del nivel del mar.



En cualquier caso, la propuesta de esta coproducción europea prescinde por completo de diálogos, asumiendo un reto similar al que planteaba, por ejemplo, el japonés Kaneto Shindô en La isla desnuda (1960). Doblemente meritorio, ahora, al tratarse de una cinta de animación cuya trama implica el avance continuo de los personajes hacia un destino incierto.

La lucha de unos seres vulnerables contra la implacable fiereza de los elementos no impide, sin embargo, un cierto tono cómico en más de una situación. Que se vuelve dramático y profundo cuando el gato solitario se ve forzado a colaborar con el resto de animales con tal de salir a flote. Hermosa metáfora en clave de fábula cuyo sentido último, a nadie se le escapa, apela a la fragilidad de nuestro mundo y a los desafíos que la humanidad, de la que por cierto no queda ni rastro en la película, deberá hacer frente en el futuro inmediato.



viernes, 17 de febrero de 2023

Las flechas de Robin Hood (1975)




Título original: Стрелы Робин Гуда
Director: Sergey Tarasov
Unión Soviética, 1975, 92 minutos

Las flechas de Robin Hood (1975)


Visto desde la óptica soviética, Robin Hood (Boris Khmelnitskiy) se nos aparece como un tipo circunspecto de negra barba cerrada y ademanes un tanto solemnes. Una formalidad que contrasta enormemente con las seis baladas pop de Vladimir Vysotsky que originariamente constituían la banda sonora de Стрелы Робин Гуда (1975). Sin embargo, la ortodoxia de las autoridades comunistas no vio con buenos ojos semejante audacia en una cinta de aventuras románticas, de modo que "se sugirió" que dichas canciones fuesen sustituidas por otras mucho más convencionales de Raymond Pauls cuya letra, por cierto, no resultaba tan incendiaria.

En ese mismo orden de cosas, también cabría achacar al sesgo ideológico de la producción, dirigida por el ruso Sergey Tarasov en los Estudios Riga de Letonia, el hecho de que el arquero de Sherwood sea presentado como un adalid de las clases oprimidas en su lucha constante contra la aristocracia parasitaria del sheriff (Ints Burans) y la élite eclesial encabezada por el insidioso obispo Gerford (Juris Strenga). Al mismo tiempo, aunque en clave ligeramente cómica, fray Tuck (Eduards Pavuls) da pruebas de un carácter libidinoso que le lleva a besarse con su amante tras el tronco de cualquier árbol.



Los exteriores de la película se rodaron en Polonia, concretamente en el Castillo de Malbork, una imponente fortaleza militar del siglo XIII, mandada construir por la Orden Teutónica, y que pasa por ser uno de los complejos medievales de ladrillo más grandes del mundo. En ese escenario tendrá lugar la tortura y posterior rescate in extremis, a punto de ser quemada en la hoguera, de Marian (Regina Razuma).

De la puesta en escena, sobria y típicamente convencional según los parámetros de las filmografías del Este, destaca, no obstante, el hecho de que las dianas utilizadas por los arqueros para medir su puntería sean simples troncos cortados por la mitad, lo cual transmite una sencillez muy alejada de la parafernalia de otras producciones artísticas en torno a la figura de Robin Hood, más vistosas, sí, pero quizá concebidas con menor rigor histórico.