viernes, 24 de agosto de 2018

Adonde fue el amor (1964)














Título original: Where Love Has Gone
Director: Edward Dmytryk
EE.UU., 1964, 111 minutos

Adonde fue el amor (1964) de Edward Dmytryk

Ya desde los títulos de crédito iniciales se nota enseguida el toque distintivo del productor Joseph E. Levine en este dramón típicamente de los sesenta: música de Walter Scharf, exteriores filmados en San Francisco en Technicolor, guion de John Michael Hayes, dirección artística de Hal Pereira y vestuario diseñado por la mítica Edith Head. Horas bajas para Hollywood y para el director Edward Dmytryk, uno de los Diez que sufrieron el acoso del Comité de Actividades Antiamericanas por una supuesta militancia comunista de la que terminaría abominando para delatar después, como también hiciera Elia Kazan, a sus antiguos compañeros.

Adonde fue el amor dista mucho de poseer la fuerza de Encrucijada de odios (1947), quizá la cinta mejor valorada de un Dmytryk al que apenas consideraban simple director de Serie B cuando la llevó a cabo para la RKO. Y eso que la adaptación de la novela de Harold Robbins del mismo título contaba con un reparto encabezado por la siempre carismática Bette Davis en el papel de madre adinerada y dominante y Susan Hayward como la hija escultora que lucha en vano por librarse del ascendiente materno y fundar una familia junto a Luke (Mike Connors), arquitecto, y antiguo combatiente en la Segunda Guerra Mundial, con mucha ambición pero escasos recursos.



Pese a que tanto los responsables de los estudios Paramount como el propio novelista lo negaron reiteradamente en su momento, hubo quien creyó ver en Where Love has gone ciertas similitudes con el caso del asesinato, en 1958, del amante de Lana Turner: Johny Stompanato, un violento gánster de origen italiano, había muerto apuñalado por Cheryl Crane, la hija de la actriz, en el transcurso de una disputa doméstica mientras su madre, como en tantas ocasiones, era maltratada. Tras un sonado juicio, la joven fue finalmente absuelta.

Hoy en día, el planteamiento de un drama familiar de tales características carece de la misma fuerza dramática que pudiera tener en su origen: el mundo, junto con los valores que lo sustentan, han cambiado por completo, de modo que ni el contenido erótico de unas cartas ni el hecho de si la hija menor de edad de los Miller ha perdido la virginidad o no (circunstancias sobre las que se insiste una y otra vez por ser consideradas, en aquel entonces, escandalosas) difícilmente podrán ya causar en nosotros el mismo efecto.


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