lunes, 10 de julio de 2017

Perros callejeros II: Busca y captura (1979)












Director: José Antonio de la Loma
España, 1979, 96 minutos



¿Qué puedo añadir aún después de lo que ya se dijo en este mismo blog el 26 de noviembre de 2016 a propósito de la primera parte de Perros callejeros? Tal vez que su secuela, titulada Busca y captura, es todavía más cutre que la anterior (y quizá menos que la siguiente, Los últimos golpes de 'El Torete', ya de 1980). Pero, con todo, me reitero en la necesidad de ver estas películas con una mirada indulgente, tan entrañable resulta la sociedad que retratan. Porque si en el momento de su estreno la morbosidad o el más mínimo afán transgresor movían al público a llenar las salas, hoy es fácil que una sonrisa se dibuje en nuestros labios al constatar las vueltas que ha dado el mundo y hasta qué punto puede el paso del tiempo maltratar lo que en su momento quedó impreso en el celuloide.

El mejicano Raúl Ramírez interpreta al policía Fernando

De esta segunda entrega me quedo con el juego cervantino del director de cine que se introduce en la historia como un personaje más, mezclando ficción y realidad. O con las lecciones de lexicografía que nos aporta el maestro Trompetilla (verdadero alias de Ángel Fernández Franco, el Torete). ¿O acaso alguien sabía lo que es una fusca antes de ver la peli? Pues fusca es el nombre que se le da en la jerga a las armas de fuego, principalmente a la pistola. O el momento en el que el quídam, que es quinqui pero tiene sus sentimientos, aborda en plena calle a Verónica para declararse. Por su alto interés etnográfico y antropológico, reproducimos íntegramente el diálogo:

ÁNGEL: Pues verás, yo así de palabra no ando muy fino, pero todos dicen que me explico bien, vamos, que se me entiende. 
VERÓNICA: ¿Y qué? 
ÁNGEL: Que me gustas cantidad: eres la gachí más chula y cachonda que he conocido. Estás buenísima, y por ti sería capaz de cualquier burrada. Palabra: te lo juro por mis muertos. 
VERÓNICA: ¡Pero qué bruto eres!
ÁNGEL: No te vayas a creer que ando por ahí diciéndoselo a todas. Pregúntalo en Zafiro, en el Golden, en el barrio. Chicas, las que quiero. No veas cómo se me dan, y desde que hice la peli ya es demasiado, me esperan en la puerta con las bragas en la mano. 
VERÓNICA: Qué suerte, ¿no? 
ÁNGEL: Nada, yo ni caso, a lo mío, y lo mío eres tú, chata, que te me has metido aquí (señalando al corazón) y no hay modo de sacarte, porque no quiero, ¿sabes? Es que yo soy así. A lo pronto, ¡zas!, me gusta una chavala y tiene que ser mía. 
VERÓNICA: ¿Y si ella no quiere? 
ÁNGEL: Acaba queriendo porque yo soy muy animal y muy tozudo. 
VERÓNICA: Vaya...
ÁNGEL: Yo dale que te pego hasta que la convenzo. 
VERÓNICA: ¿Y siempre consigues lo que quieres? 
ÁNGEL: ¡Siempre!

A lo que la chica, atosigada, terminará por responder:

VERÓNICA: Está bien, si lo quieres más claro, te diré que no me interesas. No soy de las que hacen cola con las bragas en la mano. Tampoco me gusta que me traten como si sólo fuera un agujero. Hay algo más, ¿entiendes?, que lo que llevamos entre piernas, ¡pedazo de bestia!

Éste es el tono habitual de un cine que ahora sería imposible, no sé si porque la corrección política tiende a imponerse o porque el nivel general del país ha mejorado algo en estos últimos años. En todo caso, Perros callejeros II nos depara la sorpresa de ver al afamado cineasta Agustí Villaronga haciendo de chulo de barrio. O una persecución automovilística alucinante en plena Rambla de Catalunya. O hasta un motín en la hoy ya clausurada prisión Modelo de Barcelona.


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