lunes, 31 de julio de 2017

La vida de Anna (2016)




Título original: Anas Ckhovreba
Directora: Nino Basilia
Georgia, 2016, 108 minutos

La vida de Anna (2016) de Nino Basilia


Hace falta haber estado en Georgia para valorar en su justa medida la imagen que se ofrece de aquel país en La vida de Anna: esos bloques de pisos de hormigón (herencia visible de su pasado soviético, si bien no es la peor de las lacras que todavía arrastra), esas caras largas que se ven aquí y allá, las atroces diferencias entre clases sociales, la perturbadora presencia de EE.UU. (teórico aliado), la corrupción que se palpa en el ambiente y, en definitiva, la sensación de que allí no hay futuro posible no son ni una invención ni, mucho menos, una exageración de la directora y guionista Nino Basilia.

Ahora bien: en lo estrictamente cinematográfico, su primer largometraje no acaba de desprenderse de una cierta sensación de déjà vu, de situaciones que el espectador creerá haber visto antes en otras producciones recientes de las cinematografías del Este europeo. Tal vez, habrá quien piense, porque la situación que se vive en la mayoría de esos países es igual de caótica. Sí: aunque en un par de ocasiones, como mínimo, se nota que la realizadora evita deliberadamente caer en los mismos clichés que ya transitaron otros colegas suyos. Así pues, si hace una década el rumano Cristian Mungiu obligaba a la protagonista de la aclamada 4 meses, 3 semanas, 2 días a aceptar favores a cambio de sexo o a abortar, ahora es Anna, madre soltera, quien rehúsa ambas posibilidades aun a pesar de los muchos apuros que la apremian tanto a ella como a su hijo autista.



No puede negarse que Basilia narra la historia con garra, manteniéndonos en vilo durante muchos minutos (como en el caso de la subtrama del silencioso adolescente que sigue a Anna a todas partes o la del mafioso Otto); que la suya es una película de mujeres fuertes, capaces de afrontar la dura realidad del día a día, y no sólo en el caso de la protagonista: lo mismo podría decirse de Irma (su mejor amiga), de la anciana maestra que cuida de su hijo, de su abuela (a pesar de la demencia senil) e incluso, cabe suponer, de la madre (que, aunque ya fallecida, dejó una huella indeleble en Anna).

Lo único que chirría un poco (por no decir bastante) es el final: se nota que Anas Ckhovreba se ha financiado con la correspondiente subvención del gobierno georgiano: hacer que Anna se una a un grupo de sonrientes jóvenes apolíneos, debidamente pertrechados con la bandera del país, es un desenlace tan cargado de futuro como de impostura. Y, claro: que, después de tanta penuria, la moraleja venga a ser algo así como aquel "¡Que no estamos tan mal, hombre!" (que decía el otro) obedece más al mensaje subliminal de un filme propagandístico pensado para evitar el éxodo de compatriotas al extranjero que no a lo que debiera ser verdaderamente el cine con mayúsculas.


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