domingo, 29 de enero de 2017

La religiosa portuguesa (2009)












Título original: A religiosa portuguesa
Director: Eugène Green
Portugal/Francia, 2009, 127 minutos



Eugène Green es un artista que cuenta con una lista recurrente de temas muy de su agrado: la música y el teatro renacentista y del Barroco, el País Vasco, lo espiritual, la Edad Media, la cultura francesa y también Portugal y el fado. Debido a esto último, se trasladó en 2009 hasta Lisboa para rodar, en portugués y con alguna ráfaga en francés, A religiosa portuguesa, filme en el que vuelve a desplegar la consabida retahíla de recursos que conforman su estilo: desde los diálogos filmados en plano contra plano mirando a cámara hasta una marcada tendencia a fijarse en los pies de los actores.



En todo caso, es inevitable ver esta película y no pensar en En la ciudad de Sylvia (2007) de José Luis Guerín: la forma en la que el personaje de Julie de Hauranne (Leonor Baldaque) pasea por las calles desiertas y su manera de vestir son ciertamente muy similares a las de Pilar López de Ayala. La diferencia, en cambio, estriba en el sentido del humor de Green, otra de sus constantes marca de la casa. Como cuando el recepcionista del hotel le dice a Julie que no le gustan las películas francesas porque son para intelectuales.

Tiene también algo de Kaurismäki (otro cineasta amante de la socarronería), quizá por la forma de medir las palabras o tal vez por el interés que suscita el niño Vasco en la joven actriz, hasta el punto de querer adoptarlo. Y mucho de Manoel de Oliveira, genio y decano de la cinematografía lusa. Porque ésta, a pesar de haber sido dirigida por un francés de origen americano, es una película muy portuguesa: de ahí la presencia de un personaje que pasa por ser la reencarnación del rey Sebastián I, el "monarca durmiente" que, según reza la leyenda, ha de retornar para socorrer a Portugal en sus horas más difíciles.

Por último, y ligado a lo anterior, a la ya conocida espiritualidad de Green, presente en el título y en afirmaciones de la novicia como que sólo existe un único amor, se suma esta vez la atracción que el realizador siente hacia una ciudad retratada mediante profusión de panorámicas desde los distintos miradores lisboetas (como la que abre el filme, probablemente rodada desde la cima del elevador de Santa Justa). Y lo mismo podría decirse de su música, cuyas canciones populares, tristes y fatalistas, son interpretadas por Camané y Aldina Duarte con el acompañamiento de José Manuel Neto a la guitarra portuguesa.


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