viernes, 4 de mayo de 2018

Una pareja perfecta (2005)















Título original: Un couple parfait
Director: Nobuhiro Suwa
Japón/Francia, 2005, 104 minutos

Una pareja perfecta (2005)

Si en H Story (2001) los personajes de Nobuhiro Suwa recreaban el universo de Hiroshima mon amour (1959), Un couple parfait representó una suerte de puesta al día en clave zen del rosselliniano Viaggio in Italia (1954). Así pues, al igual que sucedía con Ingrid Bergman y George Sanders en las ruinas de Pompeya, Valeria Bruni Tedeschi y Bruno Todeschini viven su progresivo distanciamiento con las esculturas del Museo Rodin como telón de fondo.

Aun así, y a pesar de la ambientación parisina y de la nacionalidad de los intérpretes, la contemplativa puesta en escena elegida por Suwa resulta profundamente oriental, con largos silencios en los que la cámara permanece estática mientras se da rienda suelta a la improvisación de los actores. Hay, por tanto, algo de Ozu en la forma de rodar, pero también del John Cassavetes que gustaba de alargar eternamente las escenas, lo cual demuestra la confluencia de modelos que se dan cita en el personal estilo de este cineasta japonés afincado en Francia.



¿Es irónico el título de la película? En esto, como suele ocurrir cuando entran en juego los sentimientos, ni es posible ponerse de acuerdo ni tampoco Suwa parece dispuesto a dar una respuesta taxativa. Porque si bien Marie y Nicolas son vistos por su entorno más inmediato como el arquetipo de pareja feliz ("Non ! Pas vous !", responde horrorizado Vincent al conocer la noticia de que van a divorciarse), el espectador juega, en cambio, con la ventaja de asistir a los continuos reproches que ambos se dedican en la intimidad.

¿Significa, entonces, que la relación ideal es la que se establece entre personas que discuten por un sí o por un no? Mal síntoma si una pareja no riñe de vez en cuando, desde luego. Aunque, al respecto, la propuesta y frase memorable de Un couple parfait es aquella de que el matrimonio, un poco como ocurre con el permiso de conducir en algunos países, debería ser revisable cada cinco o diez años. Tal vez de este modo las crisis cíclicas que genera toda convivencia pasarían a ser vistas como una oportunidad y no como una vivencia traumática.


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