jueves, 17 de mayo de 2018

La luz prodigiosa (2003)















Director: Miguel Hermoso
España, 2003, 108 minutos

La luz prodigiosa (2003)

Solamente por oír 
la campana de la Vela 
te puse una corona de verbena. 

Granada era una luna 
ahogada entre las yedras. 

Solamente por oír 
la campana de la Vela 
desgarré mi jardín de Cartagena. 

Granada era una corza 
rosa por las veletas. 

Solamente por oír 
la campana de la Vela 
me abrasaba en tu cuerpo 
sin saber de quién era.

Federico García Lorca
IV. «Gacela del amor que no se deja ver»
Diván del Tamarit (1934)

Hay veces en las que lo que pudo haber sucedido, aun a sabiendas de que se trate de una mera fabulación apócrifa, resulta mucho más sugerente que la insípida realidad. Cuando en 1999 La 2 de Radio Televisión Española emitió la serie de docuficción Páginas ocultas de la historia, magnífico espacio divulgativo que condujera el añorado periodista Felipe Mellizo, el episodio que mayor trascendencia obtuvo fue, precisamente, el dedicado a la muerte de Federico García Lorca y una supuesta versión de los hechos según la cual el poeta no habría fallecido a manos de sus verdugos, sino que, habiendo sobrevivido al fusilamiento, aún permaneció varios años, malherido y amnésico, en un hospicio.



No fueron pocos los incautos que tomaron por verídica lo que no era más que una invención surgida de la fantasía del escritor Fernando Marías, quien en su novela La luz prodigiosa (originalmente publicada en 1992) especulaba con la posibilidad de que los hasta la fecha infructuosos esfuerzos por localizar el cadáver de Lorca fuesen consecuencia de un final muy distinto al comúnmente aceptado por la historiografía oficial.

Tal vez a raíz de la repercusión mediática que tuvo el programa, cuatro años después se estrenó la versión cinematográfica del texto que lo inspiró. Dirigida por el granadino Miguel Hermoso, la película contó con un reparto excepcional, encabezado por Alfredo Landa, Kiti Mánver, José Luis Gómez y el italiano Nino Manfredi, amén de la banda sonora compuesta por Ennio Morricone.

Si hay una palabra que defina con exactitud su argumento, ésa es entrañable: en la estela de la ineludible vulgarización en torno a la figura y la obra lorquianas que conllevaron los actos conmemorativos del centenario de su nacimiento, Galápago (Manfredi) nos es presentado como un desvalido ancianito, no exento de un cierto toque pueril, a cuya desmemoriada cabeza irán acudiendo, poco a poco y con la inestimable ayuda de Joaquín (Landa), unos recuerdos que, en su día, le fueron arrebatados por la barbarie y que ahora regresan con cuentagotas como si de un acto de justicia poética se tratase.


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