jueves, 19 de septiembre de 2019

Caramel (2007)


















Título original: Sukkar banat
Directora: Nadine Labaki
Líbano/Francia, 2007, 95 minutos

Caramel (2007) de Nadine Labaki

Filme de complicidades femeninas, de fruición por los pequeños detalles que revelan el crisol de culturas que idealmente debiera ser la sociedad libanesa, Caramel (Sukkar banat, 2007) transcurre en el seno de un matriarcado evocadoramente sensorial cuyas integrantes se afanan por sobreponerse a los imperativos de un entorno que limita la libre expresión de su sexualidad. Nada que ver, por tanto, con el realismo descarnado de Capharnaüm (2018), la que, hasta la fecha, supone la penúltima incursión tras las cámaras de la actriz y realizadora Nadine Labaki.

Sukkar banat, en cambio, sitúa al espectador en un microcosmos en el que empatizar con sus integrantes resulta enormemente sencillo, desde la mujer madura que lucha denonadamente por aparentar una juventud que ya no posee hasta la que afronta los preparativos de su inminente boda con una mezcla de ilusión y culpabilidad por no llegar virgen al matrimonio. Y entendemos las inquietudes de la que se ve abocada a encuentros furtivos en hoteles de mala muerte por mantener una relación con un hombre casado, lo mismo que el sacrificio de la que renuncia a su propia felicidad para cuidar de una amiga anciana que padece demencia senil.



En otros casos, los detalles son todavía más sutiles. Como la atracción lésbica que se sugiere entre una de las trabajadoras del salón de belleza donde transcurre la acción y la misteriosa y sonriente clienta a la que suele lavar y cortar el pelo. O una crítica velada a los abusos policiales y demás corruptelas de un régimen paramilitar en la escena en la que una pareja de novios acaba en comisaría por el simple hecho de charlar de madrugada en el interior de su coche.

Sea como fuere, la película logra captar/crear una atmósfera íntima que sirve, al mismo tiempo, de refugio para las protagonistas, detentadoras de mil y un secretos que realzan la belleza de sus cuerpos hasta el extremo de haber dado con un "dulce" sistema de depilación que actúa, a la vez, como metáfora del poder que tiene la sensualidad en tanto que paliativo contra los sinsabores de la existencia.


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