Título original: I Swear
Director: Kirk Jones
Reino Unido, 2025, 120 minutos
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| Incontrolable (2025) de Kirk Jones |
La vida de John Davidson, adolescente británico de clase obrera, da un giro inesperado cuando, en plena adolescencia, comienza a manifestar los primeros síntomas de lo que años más tarde sabrá que se llama Síndrome de Tourette. Espasmos, tics y exabruptos involuntarios que provocan de inmediato el rechazo frontal de un entorno que confunde con mala conducta lo que en realidad es un trastorno neurológico hereditario.
I Swear (2025), drama bienintencionado y hasta cierto punto tendencioso, peca de excesivamente pedagógico en su afán por concienciar al espectador a propósito de la necesidad de ser comprensivos (e inclusivos) con aquellos que se encuentran en la misma situación que el protagonista. Aun así, no cabe la menor duda de que la actuación de Robert Aramayo, el actor que interpreta al personaje en su edad adulta, se encuentra entre lo más destacable de una película que, pese a la dureza de su temática, logra arrancar las carcajadas del público (y alguna que otra lágrima).
Luego está la cuestión social, el desolador panorama (estamos en la Inglaterra de los noventa) que apenas se apunta y que sirve de telón de fondo de una historia repleta de momentos dramáticamente intensos. Entre otras cosas porque, aparte de cómo reaccionan unos y otros ante las salidas de tono de John (o precisamente a causa de ello), la cinta dirigida por Kirk Jones aborda también el ámbito doméstico y hasta qué punto la familia de adopción llega a cumplir un rol más decisivo que el de la biológica.
En última instancia, I Swear explora la complejidad de las relaciones humanas con una mezcla perfecta de sensibilidad, humor y honestidad emocional. Le sobra, quizá, toda esa moralina que se desprende hacia el final, con las charlas de la policía y los talleres motivacionales de John, si bien la película conecta de manera íntima con el espectador al ofrecerle un poderoso comentario sobre la importancia de la empatía en una época de constante ruido y desconexión. Y es que la relevancia de esta producción radica precisamente en su facultad para recordarnos que, más allá de nuestros errores, la vulnerabilidad compartida sigue siendo el puente más sólido hacia la auténtica comprensión mutua.



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